La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Celia Roldán no era una persona diseñada para decir tacos.

No porque pareciera fina, que también, sino porque parecía tener cada palabra registrada, medida y archivada por orden de utilidad. Celia no hablaba: emitía informes breves. Así que cuando leyó la nota, perdió color y soltó un “joder” en mitad del vestuario, el mundo hizo una pausa pequeña.

O al menos mi mundo.

Martina se quedó tan quieta que parecía haber olvidado cómo se cerraba una taquilla.

Nora, a mi izquierda, abrió los ojos con un entusiasmo que habría sido precioso si no estuviéramos mirando una amenaza anónima.

Amina no dijo nada. Solo se acercó un paso y miró el papel con esa calma suya que no tranquilizaba, porque parecía la calma de alguien que ya estaba preparando un plan.

—¿Quién te ha dado esto? —preguntó Celia.

—Nadie.

—No puede haber aparecido de la nada.

—Gracias por la clase de física, Roldán. Estaba en mi taquilla.

Celia miró la taquilla, luego el papel, luego el vestuario.

Varias chicas se cambiaban, hablaban, se secaban el pelo, fingían normalidad.

El ruido de las duchas llenaba el fondo.

Era absurdo que algo así estuviera pasando allí, entre calcetines húmedos, mochilas abiertas y olor a champú.

Pero, claro, las cosas inquietantes rara vez esperan a que una tenga iluminación dramática.

—¿La taquilla estaba cerrada? —preguntó Amina.

—Sí.

—¿Seguro?

La miré.

—Amina, me estoy volviendo paranoica, pero todavía sé distinguir una taquilla abierta de una cerrada.

—Entonces alguien tiene llave o combinación.

—O magia elitista —dijo Nora.

Nadie se rio. Ni siquiera ella.

Celia dobló el papel otra vez, con cuidado.

—Esto no puede verlo cualquiera.

—Qué tranquilidad, porque por un segundo pensé en proyectarlo en la pared del comedor —dije.

—Alma.

Me callé. No por obediencia, sino porque su voz sonó distinta. No mandona. Asustada.

Martina cerró mi taquilla despacio.

—¿Qué significa “la alumna que se fue antes de la nieve”?

Celia miró hacia la puerta del vestuario. Luego bajó la voz.

—No lo sé.

—Mentira —dije.

Sus ojos volvieron a mí.

—No lo sé entero.

—Eso ya suena más celiano.

—No bromees.

—Bromeo cuando quiero vomitar de nervios. Es un servicio interno.

Nora levantó una mano.

—Confirmo que funciona regular desde fuera.

Amina tomó el papel de la mano de Celia y lo leyó una vez más.

—La letra es cuidada. Alguien quiere que se lea bien, pero no que parezca infantil.

—Es la misma letra que la del dibujo —dije.

Martina me miró. Celia también. A Nora se le encendió la cara.

—¿Qué dibujo?

Ahí estaba. El momento de contar lo que había estado escondiendo como si esconderlo lo volviera menos real.

Metí la mano en la mochila, saqué el cuaderno azul y busqué la página donde había guardado el dibujo de Dani.

No lo había llevado al pabellón deportivo por gusto; desde la noche anterior no quería dejarlo solo en la habitación.

Muy normal todo. Una chica de catorce años paseando una amenaza escrita en un dibujo de su hermano como quien lleva apuntes de Lengua.

Se lo enseñé.

Martina ya lo había visto a medias cuando lo saqué esa mañana para comprobar que seguía allí, pero no la frase.

No completa. Nora se tapó la boca con una mano.

Amina inclinó la cabeza, analizando. Celia no tocó el papel; se quedó mirándolo como si le diera miedo que el dibujo pudiera contagiar algo.

—¿Cuándo apareció esto? —preguntó.

—Anoche. Después de la tradición de Bruma. Alguien entró en mi habitación y escribió debajo de la frase de Dani.

—¿Por qué no dijiste nada?

La pregunta salió demasiado dura. Martina se tensó.

—Porque soy una persona muy equilibrada que toma decisiones excelentes bajo presión —contesté.

—Alma.

—Porque me dio miedo, ¿vale? Porque si lo decía en voz alta era real.

Porque acababa de llegar. Porque no sabía si era una novatada.

Porque mi habitación está al final del pasillo y alguien entró como si nada.

Porque no quería parecer la becada histérica de la 226 antes de aprenderme los horarios. Elige la opción que más te guste.

Celia bajó la mirada. Durante un segundo pareció avergonzada.

—Vale.

—No, no vale, pero es lo que hay.

Amina colocó el dibujo y la nota uno junto al otro sobre el banco del vestuario.

—La letra parece la misma.

—Lo es —dijo Nora—. Pequeña, apretada, como de persona que escribe secretos y listas de la compra con la misma ansiedad.

—La pregunta es quién puede entrar en mi habitación y en mi taquilla.

—Prefectas —dijo Martina.

—Personal —añadió Amina.

—Profesores —dijo Celia—. Coordinación. Mantenimiento.

—Medio colegio, vamos —resumí—. Me siento protegida.

Una puerta se abrió al fondo del vestuario y entraron dos alumnas de Cumbre riéndose. Celia recogió la nota y el dibujo de inmediato. Fue un movimiento tan rápido que casi me asustó más que la amenaza. Me devolvió ambos papeles.

—No aquí —dijo.

—¿Dónde?

—En un sitio donde no nos oigan.

—Aquí las puertas escuchan —murmuré.

Celia me miró.

—¿Qué?

Negué con la cabeza. No quería meter también a la limpiadora en la conversación, no todavía. Cada vez que añadía una pieza, el dibujo se volvía más grande y yo más pequeña.

Nos cambiamos con una rapidez poco elegante.

Martina se puso la camisa al revés y tardó medio minuto en darse cuenta.

Nora guardó una zapatilla dentro de la mochila de Amina y luego acusó a la institución.

Amina se limitó a devolvérsela sin comentar nada, lo cual hizo que Nora pidiera disculpas con una solemnidad absurda.

Celia esperó junto a la puerta, rígida, mirando el pasillo como si alguien pudiera aparecer con una confesión y un cuchillo.

Yo guardé los papeles dentro del cuaderno azul, el cuaderno dentro de la mochila y la mochila pegada al cuerpo.

No sabía quién había escrito las notas. Pero sabía una cosa: esa persona podía moverse por mis espacios mejor que yo.

Eso tenía una gracia nula.

La primera idea fue ir a ver a Teresa Luján. La segunda, no hacerlo. La tercera, discutir ambas opciones como si fuéramos un comité de crisis internacional con calcetines húmedos.

Nos metimos en un aula vacía junto al pabellón deportivo.

Era pequeña, usada quizá para tutorías o teoría de Educación Física.

Había una pizarra, varias sillas apiladas y un póster del sistema muscular humano donde un hombre sin piel parecía juzgarnos por nuestra postura.

Cerramos la puerta. Amina comprobó que no hubiera nadie en el pasillo.

Nora se sentó sobre una mesa. Martina se quedó de pie junto a mí.

Celia, por supuesto, tomó el control sin pedirlo.

—Hay que ordenar lo que sabemos.

—Eso es muy Atlas —dije.

—Y muy útil.

—No he dicho que no.

Celia levantó un dedo.

—Primero: en tu habitación hay unas iniciales, L. M., y el año 2009.

—Dentro del cajón.

—Segundo: viste una foto de la promoción 2009 de Bruma y leíste el nombre Lucía Mansilla.

—Sí.

—Tercero: alguien escribió “No todos vuelven” en el dibujo de tu hermano.

Martina hizo una mueca al oírlo de nuevo.

—Cuarto —continuó Celia—: hoy aparece una nota en tu taquilla con la misma letra: “Pregunta por la alumna que se fue antes de la nieve.”

—Quinto —dijo Amina—: Celia reconoce algo o cree reconocerlo.

Celia cerró la boca.

—Buen resumen —murmuró Nora.

—No he dicho que reconozca nada.

—Has dicho joder —le recordé—. En tu idioma eso equivale a desmayarte encima de una mesa.

Celia me sostuvo la mirada, pero no discutió. Se sentó en una silla y apoyó la carpeta sobre las rodillas. Parecía estar decidiendo cuánto darnos. O cuánto podía permitirse darnos sin convertirse ella también en una puerta abierta.

—Mi madre trabaja en un hotel —dijo al fin—.

En Zaragoza. Una de sus compañeras tuvo una sobrina aquí hace años.

No alumna. Trabajó un verano en cocina o limpieza, no sé bien.

Cuando me dieron la beca, mi madre se lo contó.

Y esa mujer le dijo que el Aurora era un sitio precioso, pero que tuviera cuidado con las historias que no salían en los folletos.

—Eso es muy específico y nada tranquilizador —dijo Nora.

—¿Mencionó a Lucía Mansilla? —pregunté.

Celia negó con la cabeza.

—No por nombre. Pero dijo algo de una alumna que se marchó antes de la primera nevada.

La sala se quedó quieta.

Ahí estaba.

Antes de la nieve.

—¿Se marchó? —preguntó Martina.

—Eso decían.

—¿Y qué decía la compañera de tu madre?

Celia se frotó las manos, nerviosa. Era la primera vez que la veía hacer un gesto así. Algo no calculado.

—Que la chica no llegó a despedirse de nadie. Que retiraron sus cosas. Que dijeron que la familia la había sacado del centro por motivos personales. Que en la casa donde estaba no volvieron a pronunciar su nombre durante meses.

Sentí un frío muy lento.

No porque Lucía Mansilla fuera el alumno desaparecido que todavía no habíamos visto desaparecer. Sino porque era el molde. La forma vieja de una historia que el Instituto, quizá, sabía repetir.

—¿Era de Bruma? —pregunté.

Celia me miró.

—No lo sé.

—Sí lo sabes. O lo sospechas.

—Si sus iniciales están en tu habitación y la foto que viste era de Bruma, sí. Lo sospecho.

Martina abrazó sus libros contra el pecho.

—Pero puede haberse ido de verdad.

—Claro —dije—. Y alguien puede estar escribiéndome notas por nostalgia administrativa.

—No digo que no sea raro. Digo que igual no murió nadie.

La palabra murió cayó en el aula como algo que no habíamos invitado pero llevaba rato esperando fuera.

Nora dejó de balancear las piernas.

—Nadie ha dicho muerte.

—No —contestó Amina—. Pero todos la estamos pensando.

Me apoyé contra la mesa. El póster del hombre sin piel seguía mirándonos con sus músculos perfectamente etiquetados. Me dieron ganas de pedirle opinión. Total, allí todo el mundo parecía saber más que yo.

—Tenemos que preguntar —dije.

—A quién —preguntó Celia.

—A Inés.

Martina levantó la cabeza.