La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Cuando nos alejábamos del invernadero, vi algo pegado en la parte interior de uno de los cristales. Una cinta vieja, descolorida, como las que se usan para acordonar zonas. Tenía letras negras, casi borradas. Me acerqué un poco.

NO PASAR

—¿Alma? —llamó Mercedes.

—Voy.

No era nada. Probablemente habían cerrado una zona de cultivo, una reparación, una plaga, chinches vegetales o lo que fuera.

Pero aquella cinta vieja, detrás del cristal, me dio una sensación rara.

No miedo exactamente. Más bien reconocimiento.

El Instituto estaba lleno de sitios que decían no pasar.

Algunas puertas lo decían con carteles. Otras, con muebles. Otras, con miradas.

El tercer punto estaba en el mirador bajo.

Para llegar había que subir un camino de grava que bordeaba el pabellón deportivo y pasaba junto a las pistas exteriores.

Allí el frío pegaba más. La niebla se abría a ratos y dejaba ver el valle abajo, muy lejos, como si el mundo normal estuviera ocurriendo en otra vida.

Mercedes caminaba delante, concentrada. Sergio iba a su lado, haciéndole preguntas sobre senderismo.

Héctor se había quedado un poco atrás conmigo.

—¿Siempre eres así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Como si todo lo que alguien dice tuviera doble fondo.

—En mi experiencia, suele tenerlo.

—Agotador.

—Muchísimo. Pero económico: te ahorra sorpresas.

Héctor se metió las manos en los bolsillos.

—No todos aquí son enemigos.

—Eso me lo está diciendo mucha gente. Empiezo a pensar que tenéis una campaña.

—Solo digo que no hace falta entrar mordiendo.

—Yo no muerdo. Hago comentarios preventivos.

—A veces los comentarios preventivos también hacen daño.

Aquello me pilló con el pie levantado, literalmente. Estuve a punto de tropezar con una piedra. Héctor me sujetó del brazo, rápido.

—Cuidado.

Me aparté enseguida.

—Estoy bien.

—Ya lo veo.

No lo dijo con burla. Eso era lo molesto. Miré al frente. Mercedes y Sergio no nos habían visto, ocupados con el mapa. La niebla se abría y cerraba alrededor del camino.

—No lo hago por hacer daño —dije, más bajo.

—Ya.

—Lo hago para que no me lo hagan primero.

Héctor no contestó enseguida.

—Eso también se nota.

Mierda.

No me gustaba que Héctor Paredes de la Fuente, muñequera visible, me estuviera leyendo con más precisión de la autorizada. Bastante tenía ya con Beltrán, Martina, Teresa Luján y medio internado desarrollando vocación de psicoanalista.

—¿Tú cuál es tu problema? —pregunté.

—¿Mi problema?

—Sí. Todo el mundo aquí parece tener uno escondido debajo del apellido. El tuyo cuál es.

Héctor se rio. Esta vez de verdad.

—¿Preguntas así siempre?

—Solo cuando estoy incómoda.

—Pues debes de estar incómoda bastante a menudo.

—Aurora ayuda.

Llegamos al mirador antes de que pudiera contestar.

Era una terraza semicircular de piedra con una barandilla baja y vistas al valle.

O lo que habría sido vista si la niebla no hubiera decidido ponerse poética.

El tercer punto estaba escondido detrás de una placa con el lema del Instituto.

Otra vez la luz, la altura y todo ese entusiasmo vertical.

La pregunta era más práctica: calcular distancia aproximada entre dos puntos del mapa usando la escala.

Sergio lo hizo rápido. Mercedes comprobó.

Héctor aportó una corrección pequeña. Yo observé, porque reconocer que una no sabe algo también era una forma de inteligencia, o eso iba a decir si alguien me lo echaba en cara.

Mientras Mercedes anotaba la respuesta, oí voces por el camino inferior.

El grupo de Martina apareció entre la niebla. Ella venía con las mejillas coloradas por el frío, Celia detrás, Vega a su lado y Nicolás cerrando el grupo con el mapa doblado en una mano. Al vernos, Martina sonrió.

—¿Cómo vais?

—Dominando el territorio —dije—. O siendo dominados con cierta dignidad.

Celia miró a Mercedes con el mapa.

—¿Lo llevas tú?

Mercedes asintió, algo insegura.

—Sí.

—Bien —dijo Celia.

Solo eso. Bien. Pero Mercedes pareció crecer medio centímetro. Celia tenía ese efecto extraño: podía herir con precisión, pero también validar con una sola palabra cuando quería. Era como una profesora dura atrapada en una alumna de catorce años.

—¿Habéis encontrado el punto del invernadero? —preguntó Martina.

—Sí —respondí—. Y una cinta de no pasar, para variar.

Nicolás levantó la vista.

—¿Dentro?

—Pegada a un cristal.

—Será de mantenimiento.

—Eso digo yo cuando quiero dormir tranquila.

Celia me miró. Su cara decía: no empieces aquí. Mi cara, espero, dijo: estoy haciendo un esfuerzo heroico.

Valdés apareció en el camino superior con un cronómetro.

—Seguid. Quedan veinte minutos.

Los dos grupos nos separamos. El cuarto punto nos llevó hacia una zona lateral del edificio principal, cerca del ala norte.

Yo intenté no ponerme rígida. Fracasé en silencio.

La puerta de cristal esmerilado no se veía desde fuera, pero sí las ventanas altas, algunas cubiertas por contraventanas interiores.

En una de ellas, la pintura del marco estaba desconchada.

El resto del edificio era impecable; esa zona parecía olvidada a propósito, que es una forma muy elegante de estar prohibida.

Mercedes señaló una esquina del mapa.

—El punto está junto al muro, antes de la puerta de servicio.

—¿Otra puerta de servicio? —dije—. Mi ecosistema natural.

Héctor me miró.

—¿Tu habitación está ahí, no?

—¿Todo el mundo sabe lo de mi habitación?

—No todo el mundo.

—Qué alivio. Solo la aristocracia deportiva.

—Se comentó en Bruma.

—Bruma guarda, pero también distribuye.

Mercedes encontró la tarjeta detrás de un farol bajo.

La pregunta era sobre sonidos en niebla.

Tuve que contener una risa. La profesora Rivas habría estado orgullosa.

Respondimos rápido: la niebla y la humedad podían alterar la percepción, los obstáculos desviaban o absorbían sonidos, no convenía confiar solo en el oído para orientarse.

Mientras Sergio escribía, oí algo al otro lado del muro.

Un golpe.

Seco.

Muy parecido al que había oído junto a la puerta del ala norte el día anterior.

Levanté la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Mercedes.

—¿Habéis oído eso?

Los tres se quedaron quietos.

Silencio.

Solo el viento suave, un pájaro, voces lejanas de otros equipos.

—No —dijo Sergio.

Héctor miró hacia el muro.

—Yo sí.

Lo miré.

—¿Qué ha sido?

—Una puerta, quizá.

—¿Qué hay al otro lado?

Héctor dudó. Solo un segundo.

—Acceso de mantenimiento al ala norte.

Mercedes bajó la voz.

—¿La zona restringida?

—Sí.

Me acerqué un poco al muro. Había una puerta metálica pequeña, casi escondida por una hiedra oscura.

No tenía cartel, solo una cerradura vieja y marcas en la pintura.

Parecía cerrada. Claro que todo allí parecía cerrado hasta que alguien entraba en mi habitación y escribía en el dibujo de mi hermano.

—Alma —dijo Sergio—. Tenemos que seguir.

Héctor no me quitaba la vista de encima.

—No te acerques.

—Estoy mirando una puerta. Parece una actividad muy popular en mi vida.

—García.

Su tono fue bajo, serio. No de broma. No de Cumbre. Algo más.

—¿Qué? —pregunté.

—No todas las puertas cerradas quieren que las abras.

Me quedé helada.

Porque la frase era demasiado parecida a la de Beltrán, demasiado ajustada a todo lo que llevaba dos días acumulándose, demasiado adulta en boca de un chico que debería estar preocupado por ganar una prueba de Educación Física y no por sonar como una advertencia con zapatillas caras.

—¿Qué sabes tú del ala norte? —pregunté.

Héctor apartó la mirada.

—Nada.

—Mentira.

—No es mentira. Es una respuesta incompleta.

—Qué conveniente.

Mercedes, muy pálida, levantó el mapa.

—Nos queda un punto. Si llegamos tarde, Valdés nos penaliza.

Sergio asintió.

—Vamos.

Me obligué a apartarme de la puerta. No porque quisiera. Porque Celia tenía razón, Mauro tenía razón, todo el mundo con frases sensatas tenía razón y yo estaba empezando a cansarme de que mi impulso quisiera vivir menos que mi beca.

El último punto estaba junto a las pistas exteriores.

Llegamos con cinco minutos de margen. Mercedes entregó las respuestas a Valdés, que las revisó mientras los demás equipos iban volviendo.

Martina llegó poco después, con Celia y Nicolás.

Su grupo también había completado todo. Jaime Montero llegó primero con el suyo, claro, pero Valdés les señaló dos errores de respuesta.

A Jaime le cambió la cara como si la realidad hubiera cometido una descortesía.

Cuando todos estuvieron de vuelta, Valdés nos reunió en círculo sobre la pista.

—Conclusiones —dijo—. La rapidez ayuda, pero no sustituye pensar. La confianza ayuda, pero no sustituye escuchar. Y la experiencia ayuda, pero no convierte automáticamente a nadie en líder.

Miró a varios alumnos de Cumbre. No a Héctor en concreto, pero también. Héctor bajó la vista con una sonrisa pequeña, aceptando el golpe con deportividad. Jaime parecía menos dispuesto a aceptar la pedagogía.

—El mejor equipo de hoy —continuó Valdés— ha sido el cuatro.

Mercedes abrió los ojos.

—¿Nosotros? —susurró.

—Vosotros —dijo Valdés—. Buen reparto de mapa, corrección de errores, escucha y toma de decisiones. Especialmente bien, Mercedes.

Mercedes se quedó roja hasta el cuello. No como en Bruma, cuando parecía querer desaparecer, sino de otra forma. Como si algo en ella hubiera sido visto por fin sin caballo, sin apellido y sin vergüenza.

Nora aplaudió desde su grupo.

—¡Vamos, Mercedes!

Mercedes se rio, sorprendida. Los demás aplaudieron también. Héctor inclinó la cabeza hacia ella.

—Lo hiciste muy bien —dijo.

—Gracias.

Yo la miré y pensé que quizá el Aurora no solo nos iba a mostrar quiénes eran crueles.

También iba a mostrar quiénes eran invisibles incluso dentro del privilegio.

Mercedes, con su apellido kilométrico y su caballo, sabía leer mapas.

Martina sabía escuchar. Jimena sabía sostener presión sin romperse del todo.

Amina sabía decir una verdad y dejarla ahí.

Nora sabía hacer reír para que nadie se ahogara.

Celia sabía sobrevivir midiendo cada paso.

Mauro sabía mirar las salidas. Nicolás sabía escribir escenas demasiado buenas.

Héctor sabía ceder el mapa, aunque le costara.

Y yo…

Yo todavía no sabía qué sabía hacer allí, aparte de meterme en problemas con cierta creatividad.

Cuando Valdés nos dejó ir a ducharnos y cambiarnos, Mercedes se acercó a mí.

—Gracias por lo del mapa.

—Lo llevaste tú.

—Pero tú dijiste que lo llevara.

—Porque sabías hacerlo.

—Nadie suele pensar eso de mí.

Lo dijo sin pena, casi con pudor. Me dio la sensación de que Mercedes se pasaba la vida siendo la chica del caballo, la del apellido, la de la familia correcta, y que nadie esperaba que debajo hubiera una persona con capacidades concretas.

—Pues que espabilen —dije.

Sonrió.

—Eres un poco borde.

—Sí. Pero con intención pedagógica.

Se fue riéndose. Martina me alcanzó mientras entrábamos en el vestuario.

—¿Habéis ganado?

—Mercedes ha ganado. Nosotros hemos decorado el proceso.

—Me alegro.

—¿Qué tal con Nicolás y Celia?

Martina hizo una mueca.

—Intenso.

—Qué resumen más poco informativo.

—Celia quería comprobar cada respuesta tres veces. Nicolás quería avanzar. Yo intenté que no se asesinaran con educación.

—¿Y Vega?

—Vega rezaba.

Me reí. Luego miré hacia la puerta del vestuario, asegurándome de que nadie estuviera demasiado cerca.

—Martina.

Ella notó el cambio enseguida.

—¿Qué?

—Antes, junto al ala norte, he oído otro golpe.

Su expresión se tensó.

—¿Otro?

—Como una puerta. Héctor también lo oyó.

—¿Héctor?

—Sí.

—¿Y qué dijo?

—Que había un acceso de mantenimiento al ala norte. Y luego me soltó una frase muy rara sobre puertas cerradas.

Martina esperó.

—Me dijo: “No todas las puertas cerradas quieren que las abras.”

—Qué mal rollo.

—Sí. Muy poético para alguien con muñequera visible.

Martina no se rio.

—Alma, quizá deberías hablar con la señora Luján.

Pensé en el dibujo. En la frase. En la limpiadora. En Lucía Mansilla. En Celia diciéndome que no buscara sola. En Héctor reconociendo el golpe. Todo junto ya no parecía una broma suelta. Parecía una habitación llena de piezas que alguien había dejado demasiado cerca.

—Todavía no tengo nada —dije.

—Tienes suficiente para estar asustada.

—Eso no es una prueba.

—No he dicho que lo sea.

Nos miramos entre el ruido de taquillas, duchas y chicas hablando de la prueba.

Jimena entró detrás de nosotras, seguida de Nora y Amina.

Celia estaba al fondo del vestuario, cambiándose en silencio.

Por un segundo, todas parecíamos solo alumnas después de Educación Física, cansadas, despeinadas, con hambre y olor a césped húmedo. Una escena normal. Casi feliz.

Entonces Celia levantó la vista y me miró.

No dijo nada.

Pero sus ojos fueron directos a mí, luego a Martina, luego a la puerta del vestuario, como si hubiera oído la última parte de nuestra conversación o como si ya supiera que yo no iba a obedecer su consejo de no buscar.

Aparté la mirada primero.

Otra vez.

Después abrí mi taquilla y encontré dentro una nota doblada.

No estaba allí antes. Estaba segura. Había dejado la taquilla vacía salvo por la toalla y el neceser. La nota estaba encima de la ropa limpia, doblada en cuatro, sin nombre.

La cogí despacio.

Martina, a mi lado, dejó de moverse.

—¿Qué es?

No respondí. Abrí el papel.

La letra era la misma del dibujo. Pequeña. Apretada. Cuidadosa.

Pregunta por la alumna que se fue antes de la nieve.

Sentí que todo el vestuario se alejaba un poco: las voces, el agua, las risas, las taquillas cerrándose. Todo menos la frase.

Martina la leyó por encima de mi hombro y se quedó blanca.

Amina, que estaba cerca, también la vio. No dijo nada, pero sus ojos cambiaron.

Nora se acercó.

—¿Qué pasa?

Cerré la nota de golpe.

Demasiado tarde.

Celia había visto mi cara desde el fondo del vestuario. Caminó hacia nosotras con el pelo húmedo y la expresión más seria que le había visto nunca.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Yo podría haber dicho nada.

Podría haber mentido otra vez.

Pero la nota me temblaba entre los dedos y, por primera vez desde que había llegado al Instituto Aurora, entendí que quizá lo peligroso no era hablar.

Quizá lo peligroso era seguir sola.

Le tendí el papel.

Celia lo leyó.

Su rostro perdió color.

—Joder —susurró.

Y si Celia Roldán decía joder, entonces la cosa iba en serio.