Capítulo 11
El segundo día en el Instituto Aurora empezó con una verdad incómoda: el uniforme era mentira.
No en el sentido filosófico, aunque en aquel sitio todo parecía tener sentido filosófico si lo mirabas con suficiente sueño.
Era mentira porque el uniforme fingía que todos éramos iguales.
Misma falda, misma camisa, mismo jersey azul marino, mismo escudo ridículo sobre el pecho.
Desde lejos, podías pensar que el Aurora había conseguido la fantasía educativa de borrar diferencias.
Luego llegaba Educación Física y, de pronto, la igualdad se ponía zapatillas.
Las de algunas alumnas parecían diseñadas por ingenieros que odiaban el suelo.
Ligeras, nuevas, con nombres técnicos y colores discretos.
Las mías habían sido blancas en algún momento de su juventud, antes de sobrevivir a dos cursos, tres lluvias criminales y una lavadora con tendencias destructivas.
Mi madre las había limpiado con un cepillo de dientes viejo la noche antes de venirme.
“Han quedado bien”, dijo. Y habían quedado bien, sí.
Bien en el sentido de que ya no parecían rescatadas de una zanja.
Nos reunieron en el pabellón deportivo a las nueve.
Afuera la niebla seguía pegada a las cristaleras, pero dentro todo era luz blanca, suelo brillante y olor a goma nueva.
El profesor Valdés nos esperaba junto a una mesa con mapas, brújulas, botellas de agua, conos de colores y unas tarjetas plastificadas.
Llevaba chándal negro, silbato colgado al cuello y esa calma irritante de las personas que podrían correr diez kilómetros antes de desayunar y encima decir que les despeja.
—Hoy haremos la primera prueba de orientación básica —anunció—.
No será en el bosque. Todavía. Será dentro del perímetro del centro: jardines, galerías exteriores, pistas y zona del mirador bajo.
Quiero ver cómo os movéis en equipo, cómo tomáis decisiones y cómo reaccionáis cuando una instrucción no sale como esperabais.
Nora, a mi lado, susurró:
—Yo reacciono quejándome.
—Eso ya lo ha visto todo el mundo —dije.
—Entonces voy adelantada.
Valdés señaló los mapas.
—Formaremos equipos mixtos de casas. Nadie elige grupo.
Un murmullo recorrió la clase. En el Aurora, que nadie eligiera grupo parecía una medida revolucionaria, casi bolchevique.
Vi a varios alumnos de Cumbre intercambiar miradas.
Celia, al fondo con el grupo de Atlas, se enderezó como si acabaran de activar un mecanismo interno.
Martina me buscó con los ojos desde dos filas más atrás.
Yo levanté las cejas: ni idea. Jimena estaba a su lado, impecable incluso en ropa deportiva, lo cual debería estar prohibido por una cuestión básica de justicia estética.
Valdés empezó a leer nombres.
—Equipo uno: Jaime Montero de Urquijo, Nora Vidal Castaño, Iván Lago y Lidia Soria. Equipo dos: Jimena Olarte Sáinz, Mauro Peña, Amina Diop y Rodrigo Alcázar de Santillana.
Rodrigo Alcázar de Santillana. Ese apellido no era una persona, era una procesión.
—Equipo tres: Martina Echevarría Prado, Celia Roldán, Vega Ruiz y Nicolás Arriaga de la Serna.
Martina abrió los ojos. Celia no se movió. Nicolás giró la cabeza hacia ellas con una cortesía neutra. Yo pensé que ese grupo iba a ser interesante en el sentido chino de la palabra.
—Equipo cuatro: Alma Vera García, Mercedes Aguirre de Robledo y Santa Cruz, Sergio Lamas, y Héctor Paredes de la Fuente.
Ah, perfecto. Mercedes, la del caballo Apolo; Sergio, un chico de Lumbre con cara de no haber decidido todavía si la vida le parecía divertida o agotadora; y Héctor Paredes de la Fuente, de Cumbre, alto, moreno, con sonrisa de anuncio de colonia y una cinta deportiva en la muñeca que seguramente costaba más que mi mochila.
Héctor me miró cuando nos juntamos.
—Tú eres la de Literatura, ¿no?
—Soy muchas cosas. Algunas incluso útiles.
—La de la mochila invisible.
Lo dijo sonriendo. No con burla abierta. Con esa mezcla de curiosidad y diversión que en el Aurora podía ser más peligrosa que una hostia, porque una hostia al menos no fingía estar interesada en tu opinión.
—Y tú eres el de... —lo miré de arriba abajo— la muñequera visible.
Sergio soltó una risa. Mercedes se puso colorada sin motivo, quizá por miedo preventivo. Héctor bajó la vista a su muñequera, luego volvió a mirarme.
—Touché.
—No hace falta que lo digas en francés. Me conformo con que sufra en castellano.
Valdés nos entregó un mapa y una tarjeta con cinco puntos marcados.
Debíamos encontrar cada punto en orden, responder una pregunta sencilla sobre orientación o entorno y volver al pabellón en menos de cuarenta minutos.
No ganaba el equipo más rápido, explicó, sino el que completara el recorrido con menos errores y mejor reparto de decisiones.
Mejor reparto de decisiones. Otra frase que sonaba preciosa justo antes de que alguien con demasiada autoestima intentara mandar.
—Yo puedo llevar el mapa —dijo Héctor, apenas salimos.
Claro.
Ni lo pidió. Lo anunció con una sonrisa. Como si el mapa, al ser de papel y tener líneas, hubiera nacido naturalmente para estar en manos de un chico de Cumbre con muñequera cara.
—¿Por qué? —pregunté.
Héctor parpadeó.
—He hecho orientación antes.
—Yo he visto mapas antes. Incluso algunos me han mirado de vuelta.
Sergio se acercó un poco.
—Podemos llevarlo entre todos, ¿no?
—Eso es incómodo —dijo Héctor.
—La democracia suele serlo —contesté.
Mercedes levantó una mano tímida.
—A mí se me da bien leer planos de rutas. Con mi padre hacemos senderismo.
La miramos los tres. Mercedes, fuera del caballo y del rubor, parecía haber encontrado una pequeña isla de competencia. Se puso aún más roja, pero no bajó la mano.
—Pues llévalo tú —dije.
Héctor sonrió sin ganas.
—No he dicho que no pudiera.
—Qué generoso, permitir que alguien haga algo que sabe hacer.
Sergio se tapó la boca con la tarjeta. Mercedes cogió el mapa con cuidado.
Durante un segundo pensé que Héctor protestaría.
No lo hizo. Se limitó a caminar a nuestro lado con las manos en los bolsillos del chándal, sonriendo como si todo aquello le hiciera gracia.
Ese tipo de chicos eran los peores: los que habían aprendido que enfadarse era de gente sin recursos, y que podían mantener el control incluso fingiendo que lo cedían.
El primer punto estaba junto a la fuente del jardín central. Fácil. Demasiado fácil. Había una tarjeta escondida bajo el borde de piedra con una pregunta: ¿Hacia dónde se desplaza la niebla cuando baja la temperatura al atardecer? Mercedes leyó la pregunta en voz alta.
—Hacia las zonas bajas —dije—. Creo. La profesora Rivas dijo algo así.
—Valle y depresiones del terreno —añadió Sergio—. Mi padre es geólogo.
—Esto empieza a parecer un equipo funcional —dije—. Qué inquietante.
Mercedes anotó la respuesta. Seguimos hacia el segundo punto, en una galería exterior que rodeaba el ala este.
Mientras caminábamos, vi al grupo de Martina a lo lejos.
Nicolás llevaba el mapa, claro, pero Martina señalaba algo y él la escuchaba.
Celia iba detrás, atenta, midiendo pasos.
No parecían ir mal. Bueno, Martina parecía al borde de pedir perdón por saber algo, pero eso era bastante suyo.
—¿Te cae bien Arriaga? —preguntó Héctor de pronto.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Nicolás. Os vi hablar ayer.
—Hablar con alguien no implica que te caiga bien.
—En este sitio, a veces sí.
—Entonces el sitio necesita ampliar sus categorías.
Héctor sonrió.
—Nico es buen tío.
Nico. Otra vez Nico. Al parecer el derecho a abreviar nombres también era hereditario.
—No he dicho que no.
—Pero te gusta pincharlo.
—Me gusta pinchar muchas cosas. Globos, discursos, egos.
—Entonces aquí vas a estar ocupada.
Esa respuesta me sorprendió. Era buena. Le concedí medio punto, aunque no en voz alta.
Mercedes nos hizo girar hacia una escalera de piedra que bajaba al jardín lateral.
Allí la niebla estaba más espesa. No tanto como para perdernos, pero sí suficiente para que los setos parecieran moverse.
El Instituto, desde ese ángulo, era menos postal y más fortaleza.
Las ventanas altas del ala norte quedaban a nuestra izquierda, cerradas, oscuras, con cristales que no reflejaban bien el día.
Sentí un tirón en el estómago.
No todos vuelven.
Lucía Mansilla.
La limpiadora diciéndome que cerrara con llave aunque estuviera dentro.
—El segundo punto está cerca del invernadero —dijo Mercedes.
—¿Hay invernadero? —pregunté.
—Sí —respondió Héctor—. Lo usan Ciencias Naturales y el club botánico. También para cenas de antiguos alumnos, a veces.
—Claro. Porque las plantas también necesitan networking.
Sergio se rio.
El invernadero estaba detrás de una hilera de cipreses, junto a un muro bajo cubierto de musgo.
Era una estructura de hierro y cristal, antigua, con algunas placas empañadas por dentro.
A través de los cristales se veían plantas altas, mesas de cultivo, herramientas colgadas y un sistema de riego.
El segundo punto estaba en una maceta vacía junto a la puerta.
La pregunta era sobre orientación por musgo y humedad.
Mercedes dudó. Sergio opinó. Héctor dijo algo con seguridad.
Yo recordé a la profesora Rivas diciendo que el musgo no era una brújula infalible y que la gente veía certezas donde solo había condiciones favorables.
—No pongas eso —dije cuando Héctor quiso responder que el musgo siempre crecía al norte.
—Es lo típico.
—Precisamente. La profesora dijo que era una simplificación.
—¿Y tú recuerdas todo lo que dice cada profesor?
—No. Solo lo útil para no suspender o morir en un bosque.
Mercedes miró la tarjeta.
—Alma tiene razón. Pregunta por factores, no por dirección.
Anotó una respuesta más completa. Héctor levantó las manos, teatralmente.
—Me rindo ante la coalición.
—Buena decisión —dije—. La coalición tiene mejor memoria.