Capítulo 10 #2
El aire de la habitación se había vuelto íntimo sin avisar.
No íntimo de secretos enormes, sino de pequeñas confesiones que, acumuladas, podían construir algo.
Martina con su miedo a quedarse sin palabras.
Jimena con su hermana perfecta. Nora con su forma de esconderse detrás del espectáculo.
Amina con su calma aprendida. Yo con mis pastas, mi manzana robada y mi cuaderno lleno de cosas que todavía no me atrevía a poner en la mesa.
—¿Y tú? —preguntó Jimena.
—¿Yo qué?
—¿Qué espera tu familia de ti?
La pregunta era sencilla. Maldita costumbre la de las preguntas sencillas.
Miré por la ventana. Desde la habitación de Martina se veía el jardín central.
La fuente estaba casi oculta por la niebla, pero las farolas empezaban a encenderse y dibujaban círculos amarillos sobre los caminos.
A lo lejos, una figura cruzó deprisa hacia el edificio principal.
Por un segundo pensé en Lucía Mansilla, aunque no tenía ningún motivo.
Supongo que cuando un nombre se te mete dentro, empieza a ponerse la ropa de todas las sombras.
—Mi hermano espera que vuelva convertida en alguien importante —dije.
—¿Y tu madre?
—Mi madre espera que sea feliz, pero como es lista sabe que primero necesitamos pagar cosas.
Nadie se rió. Yo tampoco.
—No lo dice así —añadí—. Ella me dice que lo haga por mí. Que no cargue con todos. Que estudie, que aprenda, que viva. Pero luego la veo mirar las facturas y... bueno. Una cosa es lo que la gente te pide y otra lo que la vida le escribe en la cara.
Martina dejó de tocar la moneda.
—Eso es muy bonito.
—No empieces, que me arrepiento.
—Lo digo en serio.
—Pues dilo menos en serio.
Nora estiró una mano hacia la caja de pastas.
—Propongo brindar por las madres que dicen una cosa mientras la vida les escribe otra en la cara.
—Con té —dijo Jimena.
—Con té, pastas y trauma interclasista —añadí.
Amina alzó su taza.
—Por sobrevivir sin convertirnos en lo que nos daña.
Nos quedamos mirándola.
—Vale —dijo Nora—. El brindis de Amina gana. El mío tenía menos profundidad y más azúcar.
Alzamos las tazas, los vasos de agua o, en mi caso, una pasta mordida. Fue ridículo. También fue bonito. A veces lo ridículo ayuda a que lo bonito no dé vergüenza.
Cuando terminamos de merendar, Jimena empezó a recoger las migas casi por instinto. Martina guardó la caja con las pastas sobrantes en un cajón.
—¿Te llevas algunas? —me preguntó.
—No.
Lo dije demasiado rápido.
—Alma.
—No, de verdad.
—Hay muchas.
—Y mañana seguirán existiendo.
—Eso no lo sabes. Nora está aquí.
—Culpable —dijo Nora.
Martina sacó una servilleta y envolvió cuatro pastas.
—Toma.
—Martina.
—Logística emocional.
—Eso no existe.
—Acabo de inventarlo.
Me tendió el paquete. Yo lo miré como si me ofreciera una deuda. Esa era la parte que más odiaba de necesitar cosas: incluso cuando venían envueltas en cariño, una parte de ti buscaba dónde estaba el precio.
—No es caridad —dijo.
—Ya usamos esa frase con la manta y acabó mal.
—Es merienda compartida con retraso.
—Eso suena a delito menor.
—Alma —dijo, y esta vez su voz fue distinta—. Déjame darte cuatro pastas sin convertirlo en un juicio sobre el capitalismo.
Nora levantó una mano.
—A favor de esa moción.
Amina también.
—A favor.
Jimena sonrió.
—A favor.
Las miré a las cuatro. Qué panda de insoportables. Amables, pero insoportables.
Cogí las pastas.
—Acepto bajo protesta.
—Constará en acta —dijo Nora.
Las guardé en la mochila, junto al cuaderno azul. Al notar el cuaderno, recordé lo que llevaba dentro. La habitación pareció cambiar un poco. Las pastas, la risa, el té, la luz suave, todo siguió allí, pero al fondo regresó la frase.
No todos vuelven.
Martina lo notó. No sé cómo. Quizá porque estaba aprendiendo a leerme con demasiada rapidez.
—¿Quieres quedarte un rato más? —preguntó.
—Tengo que ordenar apuntes.
—Puedes hacerlo aquí.
—Mi habitación se deprime si no la visito.
—Alma.
Suspiré.
—Estoy bien.
La mentira salió cansada.
Martina no insistió. Solo se levantó y me acompañó a la puerta.
—Luego hay estudio obligatorio. Podemos sentarnos juntas.
—Vale.
—Y si necesitas...
—Ya.
—No, no “ya”. Si necesitas algo, me lo dices.
La miré. Martina parecía frágil hasta que se ponía firme. Entonces dejaba de parecer una chica que no sabía qué decir y se convertía en alguien capaz de quedarse aunque el silencio pesara.
—Vale —dije, esta vez mejor—. Te lo digo.
Salí al pasillo con la mochila al hombro.
El pabellón de Bruma estaba más animado que el primer día.
Chicas yendo de una habitación a otra, risas, puertas abiertas, una prefecta corrigiendo a dos alumnas por correr, olor a champú, a colonia, a calefacción.
Al fondo del pasillo, mi habitación seguía siendo la última.
La pequeña. La apartada. La provisional.
Caminé hacia ella con menos prisa de la habitual, como si retrasar unos segundos la llegada pudiera cambiar algo.
Al pasar junto a la escalera de servicio, vi una figura salir por la puerta metálica del fondo.
Era una mujer del personal de limpieza. Llevaba un carro con sábanas y toallas, el pelo recogido bajo una redecilla y una bata gris. Tendría unos sesenta años, quizá menos, quizá la vida encima. Me miró. No como me miraban los alumnos. No con curiosidad ni cálculo. Me miró como si me reconociera.
—Tú eres la de la 226 —dijo.
No era pregunta.
—Sí.
—La habitación del fondo.
—Esa misma. Con vistas al patrimonio de residuos.
La mujer no sonrió.
—No dejes cosas importantes en los cajones.
Sentí que la mochila se me tensaba en el hombro.
—¿Perdón?
La mujer miró hacia el pasillo, luego hacia mí.
—Que a veces se atascan. Son viejos.
Eso no era lo que había querido decir. O sí. O el Aurora estaba convirtiéndome en una persona capaz de sospechar de una recomendación carpintera.
—Gracias —dije.
—Y cierra siempre con llave.
—Lo hago.
—Aunque estés dentro.
Ahí se me secó la boca.
La mujer empujó el carro, pero antes de irse volvió a mirarme. Sus ojos eran pequeños, oscuros, cansados.
—Las niñas nuevas creen que las puertas sirven para entrar y salir —dijo—. Aquí también sirven para escuchar.
Siguió caminando con el carro, despacio, sin mirar atrás.
Yo me quedé en mitad del pasillo.
A mi espalda, desde la habitación de Martina, llegó una carcajada de Nora.
Delante, mi puerta esperaba cerrada. A la derecha, la escalera de servicio bajaba hacia zonas que no conocía.
Todo parecía normal. Todo podía explicarse.
Una empleada dando consejos. Una frase rara.
Un edificio viejo. Mi cabeza llena de Lucía Mansilla.
Abrí mi habitación con cuidado.
Dentro no había nadie. La cama estaba como la había dejado. El escritorio, igual. El cajón, cerrado. La ventana, cerrada. La mancha de humedad, fiel a su vocación artística.
Entré y cerré la puerta.
Con llave.
Luego, después de dudar un segundo, giré la llave otra vez para asegurarla.
Aunque estaba dentro.
Me senté en la cama, saqué el cuaderno azul y abrí la página donde había guardado el dibujo. La frase seguía allí. Pequeña. Apretada. Ajena.
No todos vuelven.
Debajo, por primera vez, escribí yo algo. No una respuesta. No una confesión. Solo un nombre.
Lucía Mansilla.
La tinta azul se secó despacio sobre el papel.
Y en el silencio de mi habitación provisional, entre las pastas envueltas de Martina y el consejo de una limpiadora que quizá sabía más de lo que decía, entendí una cosa con una claridad bastante poco tranquilizadora.
El Instituto Aurora tenía muchas formas de enseñar.
Algunas no estaban en el horario.