La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

La primera vez que Martina me invitó a merendar en su habitación, yo pensé que merendar significaba abrir un paquete de galletas, repartirlas con cierta dignidad y fingir que una no quería las rotas porque “las rotas engordan menos”, que era una mentira familiar de larga tradición.

En casa, merendar era un concepto flexible: pan con aceite si había pan, fruta si había fruta, yogur si Dani no se lo había comido antes, o aire con imaginación si el día venía filosófico.

En la habitación de Martina y Jimena, merendar era otra cosa.

—He traído unas pastas —dijo Martina.

Yo miré la caja.

No era una caja. Era un objeto de diseño.

Venía envuelta en papel grueso, con una cinta azul y una etiqueta con letras doradas.

Dentro había pastas pequeñas, perfectas, colocadas en filas como si hubieran sido educadas en Suiza.

Algunas tenían almendra, otras chocolate, otras una cosa verde que podía ser pistacho o decoración de jardín.

—Eso no son pastas —dije.

Martina frunció el ceño.

—¿No?

—Eso es una exposición temporal.

Jimena estaba sentada en su cama, con las piernas cruzadas y un libro abierto sobre las rodillas.

Había encendido el difusor, claro. La habitación olía a flores limpias, madera cara y esa tranquilidad que tienen los sitios donde nadie se pregunta si el detergente va a durar hasta fin de mes.

Nora estaba tirada sobre la alfombra, porque al parecer en aquella habitación había alfombra y encima una podía tirarse en ella sin contraer nada.

Amina ocupaba la silla del escritorio de Jimena con la espalda recta y una taza de té en la mano, como si hubiera nacido para presidir consejos de guerra discretos.

—¿Tú no meriendas pastas? —preguntó Jimena.

—Sí. Claro. Después de jugar al polo con mis vecinos.

Nora soltó una carcajada.

—Yo tampoco juego al polo —dijo Jimena, algo ofendida pero intentando no estarlo.

—Eso te honra.

Martina abrió la caja y me la acercó.

—Coge.

—¿Hay un orden?

—¿Un orden?

—No sé. En este sitio el pan tenía protocolo. Igual las pastas también tienen genealogía.

Nora levantó una mano desde el suelo.

—Propongo que primero comamos las que parezcan más ricas y luego, si viene Beatriz, le digamos que seguimos una tradición ancestral.

—Beatriz sabría que mentimos —dijo Amina.

—Beatriz sabría que respiramos mal —contesté.

Cogí una pasta de chocolate, porque si una iba a morir socialmente era mejor hacerlo con criterio.

Estaba buenísima. Demasiado. Crujiente por fuera, blanda por dentro, con un sabor a mantequilla que me hizo pensar que algunas vacas vivían mejor que yo.

Intenté mantener una expresión neutra. No lo conseguí del todo.

—Está buena, ¿verdad? —dijo Martina.

—No quiero hablar de mis sentimientos hacia esta pasta.

—Mi madre las manda siempre cuando estoy nerviosa.

—Tu madre manda pastas cuando estás nerviosa.

—Sí.

—La mía mira precios de arroz.

Martina bajó la vista a la caja. La frase había salido ligera, pero no había caído ligera. Ese era el problema de mi humor: a veces lanzaba una piedra envuelta en papel de regalo y luego me sorprendía que hiciera ruido al chocar.

—Perdón —dije.

—No, perdona tú.

—¿Por tener pastas?

—Por no pensar.

—Martina, no tienes que pedir perdón por merendar como una duquesa con ansiedad.

Nora se incorporó sobre los codos.

—Yo sí quiero que pida perdón, pero solo si eso implica traer más.

Jimena cerró el libro.

—Mi madre dice que la comida no debería usarse para tapar emociones.

—Tu madre no ha probado estas pastas —dije.

Jimena sonrió, pero enseguida se quedó mirando la caja con una expresión pensativa.

—En mi casa la comida siempre está ahí. Ni siquiera la vemos. Hay fruta, pan, dulces, yogures, cosas para picar. Si se acaba algo, alguien lo compra. Es raro pensar que eso pueda significar algo.

Lo dijo sin superioridad. Casi con vergüenza. La vergüenza de quien descubre tarde que el suelo sobre el que camina no es suelo para todos.

—Significa mucho —dije.

No sonó acusador, o intenté que no sonara.

—En mi casa —continué—, cuando había algo rico, mi madre decía: “Coged, que se va a poner malo.” Como si el problema fuera la caducidad y no que quería que comiéramos nosotros antes que ella.

La habitación quedó en silencio. Nora dejó de masticar. Amina miró su taza. Martina tenía los ojos fijos en mí.

Me arrepentí un poco. No porque no fuera verdad, sino porque algunas verdades, dichas con la boca llena de chocolate caro, quedaban raras.

—Lo siento —dijo Martina.

—No lo sientas. Solo dame otra pasta y seguimos fingiendo normalidad.

Me dio dos.

Bien. Aprendía rápido.

Habíamos terminado las clases y aún faltaba una hora para el estudio obligatorio.

Martina había insistido en que subiera con ellas.

Yo había dudado, primero porque tenía que ordenar apuntes, segundo porque mi habitación me llamaba con su humedad melancólica, y tercero porque todavía no sabía si contarles lo del dibujo.

Lo tenía en el cuaderno azul dentro de la mochila, como una piedra.

No pesaba físicamente, claro, pero cada vez que movía la mochila parecía que algo dentro golpeaba.

Lucía Mansilla.

No todos vuelven.

Celia diciéndome que no buscara ese nombre sola.

Todo eso estaba conmigo, sentado también en la alfombra, comiendo pastas en silencio.

—¿Qué vais a hacer con los clubes? —preguntó Nora, rompiendo el momento antes de que se volviera demasiado profundo y empezáramos todas a escribir poesía.

—Yo me he apuntado al taller de lectura —dijo Martina—. Y quizá a voluntariado.

—¿Voluntariado de qué? —pregunté.

—Apoyo escolar en pueblos de la zona. Algunos sábados.

La miré.

—¿El Aurora baja de la montaña para ayudar a los mortales?

—No lo digas así.

—Lo estoy diciendo con mucha contención.

Martina se mordió el labio.

—Sé que suena mal. Pero puede estar bien.

—Puede —admití—. Depende de si van a ayudar o a hacerse fotos ayudando.

Jimena asintió despacio.

—A veces es más lo segundo. Mi hermana estuvo un año. Decía que había alumnas que se arreglaban más para ir al voluntariado que para una fiesta.

—Claro —dijo Nora—. La bondad también tiene que combinar con el abrigo.

Amina dejó la taza sobre el escritorio.

—No toda ayuda que viene de gente privilegiada es falsa.

—No he dicho eso —contestó Nora.

—Pero es fácil decirlo. Y así no tenemos que pensar qué hacer con la ayuda cuando sí sirve.

Amina no hablaba mucho, pero cuando hablaba, la habitación se sentaba un poco más recta. No era sermón. Era una calma que obligaba a mirar mejor.

—Mi madre trabaja en una asociación —añadió—. Hay gente rica que ayuda para parecer buena. Y hay gente rica que ayuda porque puede y porque alguien le enseñó a mirar. El resultado no siempre es igual, pero tampoco siempre es inútil.

Martina la miró con gratitud.

—Eso quería decir.

Yo cogí otra pasta, esta vez de almendra.

—Vale. Punto para Amina. La riqueza no os incapacita moralmente de forma automática.

—Gracias —dijo Jimena—. Muy generosa.

—Estoy creciendo como persona.

—Se nota. Casi no duele.

Nos reímos. Y fue raro, porque me di cuenta de que me estaba riendo de verdad.

No para defenderme. No para esquivar. Reír por reír.

En una habitación que no era mía, con chicas que conocía desde hacía menos de dos días, comiendo pastas que probablemente habían costado lo mismo que una compra pequeña.

El cuerpo a veces acepta refugios antes que la cabeza.

La cabeza exige pruebas, contratos, garantías.

El cuerpo se sienta en una alfombra y piensa: aquí no me están atacando ahora mismo. Qué descanso.

Jimena nos enseñó una foto de su hermana. Se llamaba Sofía. Aparecía con el uniforme del Aurora, la insignia de Bruma y una sonrisa impecable delante de la fuente del jardín. Era muy guapa, muy recta, muy todo. Jimena la miraba como quien mira una estatua que además cena en su casa por Navidad.

—Todo el mundo la quería —dijo—. Profesores, alumnas, prefectas. Beatriz la adora. Mi madre dice que Sofía aprovechó el Aurora como hay que aprovecharlo.

—Qué frase tan relajante —murmuré.

Jimena soltó una risa triste.

—Ya. A mí me dijo antes de venir que no intentara ser ella.

—Eso está bien.

—Luego añadió que, de todas formas, me vendría bien fijarme.

—Ahí se le cayó un poco el discurso.

—Un poco, sí.

Martina tocaba su moneda antigua entre los dedos. Se la había colgado en una cadena fina después de recuperarla de la caja de Bruma. La llevaba por debajo de la camisa, escondida. Solo la sacaba cuando estaba nerviosa.

—Mi familia no espera que sea brillante —dijo—. Espera que no dé problemas.

—Eso también pesa —dijo Amina.

Martina asintió.

—Mi padre dice que soy sensible, pero lo dice como si fuera una alergia. Mi madre dice que tengo que fortalecerme. Y yo... no sé. A veces siento que el mundo entero está hecho para gente que sabe contestar rápido.

Todas me miraron.

—¿Qué? —dije.

Nora levantó las manos.

—Nada. Es que has elegido un espécimen cercano.

—Yo no contesto rápido. Mi boca entra en pánico y corre.

Martina sonrió, pero no del todo.

—Ya, pero a ti te sale. A mí se me quedan las frases dentro. Luego las pienso perfectas tres horas después, cuando ya estoy en la ducha.

—Eso también me pasa —dijo Jimena.

—A mí no —dijo Nora—. Yo digo las frases mal en directo y luego las mejoro mentalmente para sufrir.

Amina bebió té.

—Yo prefiero callar hasta tener una buena.

—Claro —dije—. Porque tú eres peligrosa de forma sostenible.

Amina aceptó el comentario con una inclinación de cabeza.