La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 9 #2
28%

Capítulo 9 #2

—¿Eso se hace en debate?

—Poco. Por eso es útil.

Otra vez una frase decente. De verdad, qué pesado.

—¿Y tú? —preguntó—. Revista literaria.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no escribo.

—Ya tuvimos esta conversación.

—Y sigues equivocado. Lo de Beltrán fue coacción académica.

Nicolás miró hacia la mesa de la revista. Había tres alumnos mayores, una máquina de escribir antigua usada claramente como decoración y varios ejemplares impresos de una publicación llamada El Mirador .

—La revista no solo publica relatos. También crónicas, entrevistas, reseñas, artículos de opinión.

—Eso suena peor.

—Suena a que podrías hacerlo bien.

Me giré hacia él.

—¿Tú siempre vas por ahí diciéndole a la gente en qué sería buena?

—Solo cuando es evidente.

Me quedé sin respuesta un segundo. Qué rabia daba cuando alguien decía algo bonito de forma no suficientemente ridícula como para poder burlarse.

—¿Eso era amabilidad o estrategia de Cumbre? —pregunté.

—Depende de si funciona.

—No funciona.

—Entonces amabilidad.

Sonrió apenas. Yo miré otra vez la mesa de la revista.

Una chica de quinto nos observaba con interés.

Tenía el pelo pelirrojo recogido en un moño desordenado y una camisa manchada de tinta en el puño.

No parecía peligrosa en el sentido Aurora, lo cual no significaba nada.

En aquel sitio hasta el pan tenía jerarquía.

—Señor Arriaga —llamó Jaime Montero desde la mesa de debate—. Nos necesitan.

—El deber aristocrático te reclama —dije.

—No soy aristócrata.

—Qué humildad tan conmovedora.

—Mi familia se emocionaría al oírte.

—La mía también, pero por otros motivos.

Nicolás se fue sonriendo. Martina apareció a mi lado casi de inmediato, con un folleto de la revista en la mano.

—No lo soportas —dijo.

—Me voy a tatuar esa frase para ahorrar tiempo.

—Te estaba recomendando la revista.

—Sí, con su tono de persona que nunca ha tenido una habitación junto a contenedores.

—A lo mejor tenía razón.

—Qué traición.

Martina me tendió el folleto.

—Yo voy a apuntarme al taller de lectura. Podrías apuntarte a la revista. No tienes que publicar nada al principio.

Leí el folleto por encima. Reuniones los miércoles. Crónicas de actividades, artículos, entrevistas a profesores, relatos, poemas, sección de opinión, archivo de promociones. Me detuve en esa última parte.

—¿Archivo de promociones?

Martina siguió mi mirada.

—Supongo que escribirán sobre antiguos alumnos.

La palabra archivo me picó en la cabeza.

Lucía Mansilla.

—Quizá me apunte —dije.

Martina arqueó las cejas.

—¿Así, sin chiste?

—Estoy madurando. Ha sido horrible.

Fuimos a la mesa. La chica pelirroja sonrió.

—Bienvenidas a El Mirador . Soy Nuria Albornoz, quinto curso, Lumbre, editora de la revista. Antes de que preguntéis: no, no publicamos cotilleos, no, no aceptamos poemas sobre ojos azules salvo tragedia justificada, y sí, corregimos las comas con violencia emocional.

Me gustó al instante. Iba a tener que revisar mis criterios, porque últimamente me gustaba demasiada gente.

—Alma Vera García —dije.

—Martina Echevarría Prado —añadió Martina.

Nuria apuntó nuestros nombres.

—¿Qué os interesa?

Martina miró el folleto.

—Lecturas, quizá reseñas.

—Bien. ¿Y a ti?

Yo dudé.

—Archivo de promociones.

Nuria levantó la vista.

—Eso no suele interesar a primero.

—Soy una alumna inusual.

—Eso dicen todas las alumnas inusuales durante la primera semana.

—Yo además tengo mala habitación.

Nuria se rio.

—Eso ayuda al carácter, según dirección.

—Dirección y yo tenemos definiciones distintas de ayuda.

Nuria apoyó los codos en la mesa.

—El archivo de promociones es una sección nueva.

Queremos recuperar historias de antiguas casas, competiciones, alumnos destacados, tradiciones que han cambiado.

Nada demasiado revolucionario, porque esto sigue siendo el Aurora y hay puertas que muerden, pero algo más vivo que las placas del vestíbulo.

—¿Tenéis acceso a listas antiguas?

—A algunas. Fotos, revistas viejas, anuarios, entrevistas. ¿Por?

—Curiosidad.

La palabra salió demasiado rápida. Nuria lo notó. No dijo nada, pero lo notó.

—La curiosidad es útil —dijo—. Hasta que alguien con despacho decide que es una falta de respeto. Apuntaos aquí.

Nos dio una hoja. Martina escribió su nombre con letra redonda.

Yo escribí el mío debajo. Al hacerlo, vi otra lista en la mesa: alumnos interesados de otros cursos.

Entre los nombres había uno que reconocí: Inés Figueroa del Campo .

Mentora, veterana de Bruma, comentario inteligente en la cena y parte de la revista.

Interesante. Demasiado conveniente quizá.

O quizá yo ya estaba viendo patrones hasta en las grapadoras.

—Primera reunión, mañana a las cinco —dijo Nuria—. Aula de publicaciones, junto a la biblioteca nueva. Si venís, traed una idea. Si no tenéis idea, traed hambre. Siempre hay alguien que roba bollos de Lumbre.

—Mauro —dije.

Nuria sonrió.

—No confirmo ni desmiento.

Al alejarnos, Martina me miró.

—Archivo de promociones.

—Sí.

—¿Esto tiene que ver con lo que viste antes?

No contesté enseguida. Podía mentir. Otra vez. Pero Martina ya había explicado mi billete mejor que yo. Había venido a mi puerta a las seis y diez. Me había elegido delante de todas. Y, sobre todo, no me había obligado a hablar.

—Sí —dije.

Martina esperó.

—No puedo contarlo aquí.

—Vale.

Nada más. Solo vale.

A veces una persona dice una palabra tan pequeña que te da ganas de confiarle una habitación entera.

Las clases de la tarde fueron más ligeras en teoría y más agotadoras en la práctica.

Matemáticas, con una profesora llamada Ángela Ferrer que no toleraba calculadoras antes de pensar; Inglés, con un profesor escocés que parecía haber aterrizado en el Aurora por un error de GPS y se quedó porque le gustaba el paisaje; y una sesión introductoria de Educación Física en las pistas cubiertas.

Esta última fue especialmente reveladora.

El profesor se llamaba Marcos Valdés, tendría unos treinta y muchos, brazos de escalador y una voz que no necesitaba imponerse.

Nos reunió en el pabellón deportivo, un edificio moderno con paredes de cristal desde donde se veían las montañas.

Había pistas, rocódromo, sala de fuerza, piscina acristalada al fondo y un almacén de material que habría hecho llorar a mi antiguo instituto, donde los balones parecían haber sobrevivido a varias guerras.

—La educación física en Aurora no consiste en correr hasta vomitar ni en competir por ego —dijo Valdés—. Consiste en conocer el cuerpo que vais a necesitar para sostener la vida que decís querer.

Nora, a mi lado, susurró:

—Otro intenso.

—Este al menos tiene chándal —respondí.

Valdés habló de resistencia, movilidad, fuerza, descanso, alimentación y salud mental.

Explicó que habría pruebas de orientación, escalada, natación y trabajo por equipos.

Dijo que nadie sería evaluado solo por rendimiento, sino por progreso, técnica, cooperación y responsabilidad.

Me pareció sorprendentemente sensato. Luego miré a varios alumnos de Cumbre sonriendo como si hubieran nacido haciendo dominadas, y se me pasó un poco.

—Aquí algunos venís con años de deporte organizado —dijo Valdés—. Otros no. Eso no os coloca por encima ni por debajo. Solo significa que partís de sitios distintos. Mi trabajo es que todos avancéis sin romperos intentando parecer otros.

Me cayó bien. Qué día más peligroso. Demasiados adultos competentes empezaban a hacer grietas en mi teoría de que el Aurora era una maquinaria uniforme de crueldad con calefacción central.

Hicimos una prueba suave: movilidad, carrera corta, equilibrio, fuerza básica.

Suave para ellos, quizá. Para mí fue una negociación con mis pulmones.

No estaba en mala forma. Caminaba mucho, cargaba bolsas, subía escaleras, ayudaba en casa.

Pero una cosa era tener resistencia de vida real y otra hacer ejercicios delante de adolescentes con equipación perfecta y coleta alta de anuncio deportivo.

En una prueba de equilibrio sobre una barra baja, una chica de Cumbre resbaló y se bajó riéndose.

Todos se rieron con ella. Cuando me tocó a mí, sentí el peso de varias miradas.

No más que a otros, quizá. Pero yo ya tenía la piel llena de radares.

Subí a la barra. El pie me tembló. Pensé en la frase de Valdés: sin romperos intentando parecer otros.

Di un paso. Otro. El cuerpo encontró su sitio. Llegué al final sin caerme.

—Bien, García —dijo Valdés—. Buena concentración.

Desde un grupo cercano, Jaime Montero comentó algo que no oí. Dos chicos se rieron. Nicolás, que estaba con ellos, no. Me miró, luego los miró a ellos. No dijo nada, pero su silencio cambió algo en el grupo. Los otros dejaron de reírse.

No necesitaba que me defendiera. Me molestó que lo hiciera sin hacerlo. Me molestó más que funcionara.

Al final de la clase, Valdés nos entregó una hoja con recomendaciones de descanso, hidratación y alimentación para la semana de adaptación.

Nada de dietas absurdas. Nada de cuerpos perfectos.

Hablaba de energía, sueño, señales de fatiga, hambre real y hambre emocional.

Me pareció tan útil que casi me enfadé. Una parte de mí esperaba que Educación Física fuese el sitio donde me humillaran sin matices, y ahora resultaba que también podía aprender algo.

Mientras salíamos del pabellón, Celia apareció a mi lado. Estaba sudada, seria y más humana con el pelo un poco despeinado.

—No has caído de la barra —dijo.

—Gracias por la crónica deportiva.

—Yo sí.

—No te he visto.

—Me he asegurado.

La miré. Ella seguía mirando al frente.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Eso significa sí o significa “me he destruido el tobillo pero prefiero morir antes de admitirlo”?

Celia resopló. Casi risa.

—Significa sí.

Caminamos unos metros en silencio. El aire frío de la tarde entraba desde la puerta del pabellón. Más allá, la niebla volvía a bajar entre los pinos.

—Me he apuntado a Atlas debate —dijo Celia.

—¿Voluntariamente?

—Me conviene.

—Qué frase tan triste.

—Las frases útiles suelen serlo.

—Yo me apunté a la revista.

Celia me miró por primera vez.

—¿A la revista?

—Sí. Al parecer tengo vocación de problema impreso.

—Ten cuidado.

—Hoy esa frase está teniendo mucha demanda.

—La revista revisa archivos.

Me detuve apenas.

Celia también.

—¿Cómo sabes que me interesa eso?

—No lo sabía —dijo—. Ahora sí.

Mierda.

Celia me observó. Tenía la cara cerrada, pero los ojos muy despiertos.

—¿Qué estás buscando?

Podría haberle mentido. Me estaba volviendo experta. Pero Celia tenía una cosa: si le mentías mal, te lo iba a tirar a la cara con un informe adjunto.

—Un nombre.

—¿Qué nombre?

—Lucía Mansilla.

La reacción fue pequeña. Muy pequeña. Pero existió. Celia parpadeó una vez, demasiado lento.

—¿De qué la conoces?

El frío me subió por la espalda.

—No he dicho que la conozca.

—Entonces ¿por qué la buscas?

—Porque vi sus iniciales en mi habitación.

Celia miró alrededor. El resto de alumnos caminaba hacia las residencias o el edificio principal. Martina iba unos metros delante con Nora y Amina. Nicolás se había quedado hablando con Valdés en la puerta. Nadie nos prestaba atención.

—No busques ese nombre sola —dijo Celia.

Aquello no sonó a consejo. Sonó a miedo.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Celia.

—Porque aquí las historias antiguas no están muertas. Solo están bien guardadas.

Se marchó antes de que pudiera contestar.

Yo me quedé en mitad del camino, con la hoja de Educación Física en la mano, las zapatillas manchadas de polvo y la sensación de que el Instituto Aurora acababa de mover una pieza sin tocarla.

Martina se giró desde la galería.

—¿Vienes?

Miré hacia el edificio principal. Las ventanas empezaban a encenderse una a una entre la niebla. En algún lugar de aquel sitio había un archivo, una foto, una lista, una habitación con iniciales en un cajón y una historia que Celia conocía lo suficiente como para temerla.

—Sí —dije.

Pero mientras caminaba hacia ellas, supe que era mentira.

No estaba yendo con Martina.

No del todo.

Una parte de mí ya estaba bajando por otro pasillo, abriendo otro cajón, leyendo otro nombre.

Lucía Mansilla.

Y esa parte, por muy lista que quisiera parecer, no tenía ni idea de cómo volver.