La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Comimos lentejas.

Bueno, ellos las llamaban estofado vegetal con verduras de temporada, pero eran lentejas.

Lentejas con nombre de máster. Lentejas que probablemente habían ido a un colegio mejor que yo antes de terminar en mi plato.

Estaban buenas, claro, porque en el Instituto Aurora hasta las legumbres parecían tener expectativas académicas, pero yo apenas las probé al principio.

Tenía el nombre de Lucía Mansilla atascado en la cabeza como una canción mala.

No todos vuelven.

Martina se sentó frente a mí con una bandeja que parecía haber sido organizada por alguien que respetaba los grupos alimenticios y el equilibrio emocional.

Yo removía las lentejas con la cuchara, sin comer, mientras el comedor hacía lo suyo alrededor: voces medidas, cubiertos, sillas, profesores cruzando entre mesas, alumnos de Cumbre riéndose en un rincón con esa confianza de quien sabe que su risa no molesta, solo ocupa.

Nora llegó con Amina y se dejó caer a mi lado.

—He tomado una decisión —dijo.

—Qué miedo.

—Voy a llamar a mi sardina Prudencia.

Amina dejó su bandeja sobre la mesa.

—No es prudente llamar Prudencia a una sardina.

—Por eso. Ironía marina.

—No sé por qué esperaba una explicación mejor —dije.

Nora me miró el plato.

—¿No comes?

—Estoy esperando a que las lentejas alcancen su máximo potencial.

—En este sitio seguro que también las evalúan.

Martina no se rió. Me estaba mirando con esa expresión suya, suave y peligrosa, que empezaba a significar “sé que pasa algo y te estoy dejando decidir cuándo mentirme”. Era muy considerada. Odiosa, casi.

—Te has quedado rara desde el tablón —dijo.

—Me he emocionado con el archivo fotográfico. Siempre he tenido debilidad por los grupos de adolescentes muertos de vergüenza en uniforme antiguo.

—Alma.

—¿Qué?

—Has visto algo.

Nora se inclinó hacia nosotras al instante.

—¿Algo como “un fantasma en una ventana” o algo como “Nicolás Arriaga de la Serna usando mal una servilleta”?

—Lo segundo sería más perturbador —dije.

Amina partió un trozo de pan con calma.

—Si no quiere contarlo, no hace falta rodearla.

Me sorprendió. No porque Amina me defendiera, sino porque lo hizo sin drama, como si proteger el silencio ajeno fuera una norma básica de convivencia. Me cayó todavía mejor. Amina parecía de esas personas que hablaban poco porque, cuando lo hacían, acertaban demasiado.

—Gracias —dije.

—De nada.

Nora levantó las manos.

—Muy bien. Respetamos el misterio. Pero aviso: si el misterio crece y nos mata, pienso quejarme.

—Queda anotado.

Me obligué a comer. Las lentejas estaban calientes, espesas, con verduras cortadas perfectas y un sabor que me recordó a casa de una forma extraña.

Mi madre también hacía lentejas, pero las suyas tenían menos estética y más supervivencia.

Las estiraba con arroz, con patata, con lo que hubiera.

En invierno, cuando Dani y yo volvíamos del colegio, la cocina se llenaba de vapor y mi madre decía “hoy hay comida de verdad”, como si los otros días hubiésemos estado ensayando.

Pensé en llamarla esa noche. Luego pensé en el dibujo.

En la frase. En si debía contarle algo o callarme.

Mi madre habría querido saberlo todo. Mi madre también habría cogido un autobús, habría subido a aquella montaña y habría arrancado puertas con las manos si le decía que alguien había entrado en mi habitación.

Y no podíamos permitirnos eso. Ni económica ni emocionalmente.

Qué bonito era tener miedo y presupuesto limitado a la vez.

—Hoy tenemos tutoría de casa —dijo Jimena, que acababa de sentarse con nosotras—. Después, presentación de clubes.

—¿Clubes? —preguntó Nora—. Por favor, dime que hay uno de dormir.

—Hay debate, teatro, música, ciencias, montaña, ajedrez, voluntariado, revista, equitación…

—Equitación no —dije—. Tengo un límite de contacto con animales que tienen mejor currículum que yo.

Jimena sonrió, pero seguía más callada que antes. Desde la prueba de Bruma, algo en ella se había movido. Quizá lo de la pluma. Quizá lo de Martina. Quizá lo de su hermana perfecta rondándole como un fantasma con matrícula de honor.

—¿Tú qué vas a elegir? —me preguntó.

—El club de no llamar la atención.

Nora se atragantó con el agua.

—No te aceptan.

—Qué injusticia. Tengo potencial.

Martina volvió a mirarme. Yo bajé los ojos al plato. No quería hablar de Lucía Mansilla todavía. No quería hablar de la frase. No quería hablar de que una parte de mí estaba empezando a hilar cosas demasiado rápido y otra parte quería romper todos los hilos antes de que me ataran a algo.

La tutoría de Bruma fue en una sala del pabellón este, más luminosa que la sala común y menos ceremonial, gracias a todos los santos laicos.

Había mesas en forma de U, una pizarra, un tablón con actividades de la casa y varias plantas que parecían cuidadas por alguien con una estabilidad vital insultante.

La señorita Leire Santamaría presidía la sesión, no Beatriz, lo cual nos relajó a todas de inmediato.

Beatriz estaba presente, claro, sentada al fondo con una carpeta, porque el Aurora nunca dejaba que una bajara la guardia del todo.

Leire llevaba la bufanda verde del día anterior y una camisa blanca con las mangas remangadas. Sonreía como una adulta cansada, no como una institución con dientes.

—Bueno —dijo—. Primer día oficial. Seguís vivas.

Nora levantó la mano.

—¿Eso suma puntos para Bruma?

Leire la miró.

—De momento suma esperanza.

Algunas nos reímos. Beatriz no, pero a esas alturas yo empezaba a sospechar que Beatriz se reía por dentro con letra gótica.

—Esta tutoría sirve para varias cosas —continuó Leire—. Resolver dudas prácticas, explicar el sistema de puntos de casa, asignar alumnas mentoras y recordaros que el Instituto Aurora es exigente, pero no debería ser inhumano.

Ese debería me interesó. En los adultos honestos, los condicionales suelen ser grietas.

Leire nos habló de horarios de estudio, permisos para biblioteca, normas de lavandería, partes de incidencia, cómo solicitar ayuda académica y cómo apuntarnos a clubes.

También explicó que cada alumna nueva tendría una mentora de cursos superiores.

A Jimena, por supuesto, le asignaron a Beatriz.

A Martina le tocó Inés Figueroa del Campo, lo que me pareció una suerte.

A Nora, una tal Paula Rivas, de cuarto. A Amina, una alumna de quinto llamada Salma Benjumea.

—Alma Vera García —leyó Leire.

Bendita mujer. Entera. Con segundo nombre y apellido donde tocaba.

—Sí.

—Tu mentora será Inés Figueroa del Campo.

Martina y yo nos miramos.

—¿Las dos con Inés? —preguntó Martina.

—Inés ha solicitado llevar dos mentorías este trimestre —dijo Leire—. Tiene buen criterio y paciencia suficiente, o eso afirma ella en sus mejores días.

Desde el fondo, Beatriz hizo una anotación.

Me gustó que me tocara Inés. Me gustó demasiado rápido, así que decidí desconfiar un poco, por higiene personal.

—Las mentorías no son clases particulares ni terapia —explicó Leire—. Son acompañamiento. Si os perdéis, preguntad. Si no entendéis una norma, preguntad. Si algo os incomoda, preguntad.

—¿Y si lo que incomoda es una norma? —dije.

Algunas chicas giraron la cabeza. Leire no se sorprendió.

—Entonces preguntad mejor.

—Eso suena a que hay preguntas con seguro médico.

—Las hay. Y preguntas que se tiran por un barranco sin mirar abajo.

—Tomo nota.

Leire apoyó las manos en la mesa.

—Alma, en este sitio conviene aprender la diferencia entre valentía e impulso.

—Mi madre dice algo parecido, pero con menos tacto.

—Tu madre parece sensata.

—Es una profesional del desastre.

Leire sonrió.

—Entonces hazle caso.

No fue una reprimenda. Fue casi un consejo. Y, aun así, sentí a Celia en mi cabeza, diciéndome que midiera. Era agotador empezar a tener conciencia social antes de decir cualquier frase. Casi prefería Matemáticas.

Después de la tutoría, tuvimos una hora de presentación de clubes en el claustro cubierto.

Era un patio rectangular con arcos de piedra, suelo húmedo, bancos laterales y tablones donde cada club había colocado carteles.

La niebla entraba por los arcos como una invitada sin educación, rozándolo todo.

Los alumnos de cursos superiores ocupaban mesas con folletos, insignias, fotos y listas de inscripción.

Aquello parecía una feria universitaria en miniatura, solo que con más bufandas caras y menos libertad real.

Nora se lanzó hacia teatro como si hubiera visto tierra firme.

—Si no vuelvo, decid que improvisé demasiado.

Amina la siguió con calma.

Jimena fue hacia música. Martina dudó entre revista literaria y voluntariado.

Yo miré las mesas con cautela. Club de debate, no.

Ya tenía suficientes problemas hablando sin público formal.

Equitación, ni muerta. Montaña, quizá, pero la profesora Rivas imponía respeto y yo no estaba segura de querer que la naturaleza me examinara de cerca.

Revista literaria me atraía y me daba miedo, que era una combinación frecuente.

Taller de escritura creativa, ni pensarlo.

Bastante había tenido con Beltrán obligándome a leer una escena sobre niñas y puertas.

—García.

No tuve que girarme para saber quién era. Era preocupante lo rápido que una aprendía ciertas voces.

—Arriaga de la Serna.

Nicolás estaba a mi lado con un folleto del club de debate en la mano. Llevaba la americana ligeramente abierta y el pelo un poco revuelto por la humedad. La niebla le quedaba bien, lo cual me pareció una falta de respeto del clima.

—¿Buscando club? —preguntó.

—Buscando una mesa que no parezca una trampa de crecimiento personal.

—Prueba montaña. La trampa es más física.

—Tentador. ¿Tú debate, supongo?

—Supongo.

—Qué sorpresa. El heredero de una familia con apellidos infinitos entrenándose para convencer a otros de que tiene razón.

—También podría estar entrenándome para escuchar.

Lo miré.