La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Aquellas palabras fueron como un espejo desagradable.

Celia se sentó al otro lado de Mauro, pero no porque quisiera relajarse. Más bien porque necesitaba no parecer que estaba acusándonos desde un estrado.

—No digo que esté mal —añadió—. Digo que aquí todo se usa. Si destacas por eso, te convierten en eso. La becada con frases. La de la mochila invisible. La que hace que todos se sientan culpables cinco minutos y luego se vayan a montar a caballo.

—Yo no puedo controlar lo que hagan con lo que digo.

—No. Pero puedes controlar cuánto les das.

Me enfadaba que Celia hablara como si hubiera recibido instrucciones secretas del universo. Me enfadaba más que algunas de sus instrucciones fueran útiles.

—¿Y tu plan cuál es? —pregunté—. ¿No decir nada nunca? ¿Sacar dieces en silencio hasta que nos concedan permiso para existir?

—Mi plan es graduarme.

—Qué poético.

—Mi plan es que mi madre no tenga que seguir limpiando habitaciones de hotel a los cincuenta años.

Eso me cerró la boca.

Celia miró la manzana en mis manos, luego el jardín, luego sus propios zapatos.

—No somos iguales a ellos —dijo—. Y no porque valgamos menos. Porque no tenemos margen. Jaime Montero puede decir una estupidez en clase y mañana será una anécdota. Tú dices una verdad incómoda y pasado mañana eres un problema.

Mauro asintió despacio.

—Tiene razón en eso.

—Gracias por escoger bando —murmuré.

—No es bando. Es estadística.

Le di un mordisco a la manzana para no contestar. Estaba crujiente, dulce, perfecta. Me dio rabia que incluso la manzana pareciera estar de acuerdo con Celia.

—No voy a pedir perdón por hablar —dije al final.

—No te lo estoy pidiendo.

—Suena bastante parecido.

Celia me miró. Por primera vez desde que la conocía, pareció cansada. No fría. No competitiva. Cansada.

—Te estoy pidiendo que entiendas que cuando tú hablas, ellos no solo te oyen a ti. Nos oyen a todos los becados. Y algunos están esperando que les demos una excusa para confirmar lo que ya piensan.

El banco se quedó en silencio.

Detrás de nosotros, varios alumnos de Cumbre pasaron riéndose. Entre ellos iba Jaime Montero de Urquijo. No nos miró, o fingió no hacerlo. Nicolás no estaba con ellos. Eso me alivió y me molestó, porque no sabía por qué me importaba que no estuviera.

—A mí también me da rabia —dijo Celia, más bajo—. Todo. Las habitaciones. Las preguntas. Las miradas. Que nos digan que pidamos ayuda de forma discreta para que nadie vea lo cara que es su generosidad. Pero no quiero darles el gusto de romperme en público.

No supe qué decir.

A veces una discusión se queda sin oxígeno cuando descubres que la otra persona no quería ganarte, sino sobrevivir de otra manera.

—Vale —dije.

Celia me miró, desconfiada.

—¿Vale?

—Vale. Intentaré medir un poco más.

Mauro levantó las cejas.

—Eso ha sido histórico.

—No te emociones. He dicho un poco.

Celia asintió. No sonrió, pero algo en su cara perdió tensión.

—Y yo intentaré no tratarte como si fueras una bomba sin supervisión.

—Eso estaría bien.

—Aunque a veces lo pareces.

—Estabas tan cerca de caerme bien.

Mauro soltó una risa breve. Celia también, aunque apenas. Fue una risa mínima, casi accidental, pero existió. La registré mentalmente como prueba de vida.

El descanso terminó poco después. Al levantarnos, Celia me tocó el brazo. Un gesto rápido.

—Por cierto —dijo—. Lo de la mochila invisible estuvo bien.

Se marchó antes de que pudiera responder.

Mauro se quedó a mi lado.

—Eso, en Celia, equivale a escribirte un poema.

—Me siento abrumada.

—No hagas un chiste de todo.

Lo miré.

—¿Tú también?

—No. Solo de esto no.

El tono me detuvo.

Mauro miró hacia el pasillo por donde Celia se había ido.

—Ella tiene miedo. Mucho. Yo también. Tú también, aunque lo conviertas en frases. Lo digo porque igual nos conviene recordarlo antes de devorarnos entre nosotros.

No era una frase espectacular. No tenía brillo. No era de pizarra. Pero me tocó más que muchas frases bonitas.

—Qué pesados estáis todos con tener razón hoy —dije.

Mauro sonrió.

—Es el ambiente académico.

Volvimos hacia clase. Matemáticas, después Historia con el profesor Iriarte. Historia no me apetecía nada. Iriarte tenía cara de recordar tus errores antes de que los cometieras.

En el pasillo principal nos cruzamos con Teresa Luján. Caminaba con una carpeta y hablaba con un hombre del personal de mantenimiento. Al verme, se detuvo.

—Alma.

—Señora Luján.

—¿Todo bien con la habitación?

La pregunta me golpeó en el sitio exacto.

El dibujo.

Esa línea.

No todos vuelven.

Durante medio segundo estuve a punto de decírselo. De sacar el cuaderno, enseñarle la letra, contarle que alguien había entrado en mi cuarto. Era lo sensato. Lo adulto. Lo que mi madre me habría pedido si hubiese sabido algo.

Pero alrededor había alumnos. Mauro estaba a mi lado. Iriarte podía aparecer en cualquier momento. Y una voz, que sonaba un poco como Celia y un poco como mi propio miedo, me dijo: cuidado con cuánto das.

—Sí —respondí—. La humedad existencial sigue, pero la pared aguanta.

Teresa me miró un segundo más de lo normal.

—Si cambia algo, ven a verme.

—Claro.

Siguió caminando. Mauro me observó.

—¿Seguro que todo bien?

—Sí.

Mentí bastante bien.

Qué orgulloso habría estado Dani, si mentir no hubiera sido precisamente lo que una hermana mayor no debía enseñar.

Historia fue peor de lo esperado.

El aula del profesor Iriarte estaba en el ala oeste, con mapas antiguos en las paredes, vitrinas con monedas, documentos enmarcados y una mesa enorme al fondo.

Iriarte no nos recibió con una frase brillante.

No intentó caernos bien. Entró, dejó su carpeta, escribió su nombre en la pizarra y nos miró como si ya hubiéramos decepcionado a varias civilizaciones.

—La Historia —dijo— no es un conjunto de fechas. Es una disciplina de obediencia a los hechos.

Nora, sentada detrás de mí, susurró:

—Este no reparte bollos.

No pude evitar una sonrisa.

Iriarte la vio.

—¿Algo divertido, señorita García?

Ni siquiera había hablado yo. Mi reputación empezaba a trabajar sin mí. Muy eficiente.

—No, profesor.

—Celebro que lo sepa.

La clase fue seca, ordenada, impecable y ligeramente dolorosa. Habló de fuentes, documentos, testimonios y versiones manipuladas. En cualquier otro contexto me habría interesado muchísimo. Con Iriarte, cada concepto parecía una herramienta para golpearte los nudillos.

—Un testimonio sin prueba es literatura —dijo.

Después miró hacia mí.

Quizá fue casualidad. Quizá no. En el Aurora empezaba a tener la desagradable sensación de que las casualidades también llevaban uniforme.

Cuando la clase terminó, salí con la cabeza cargada. Martina me alcanzó en el pasillo.

—¿Comemos juntas?

—Sí. Necesito hidratos y una queja larga.

—Luego tenemos tutoría de casa.

—Retiro lo dicho. Necesito dos quejas largas.

Mientras bajábamos hacia el comedor, pasamos junto al tablón principal del vestíbulo.

Había anuncios de actividades, horarios de biblioteca, competiciones de casas, clubes, tutorías y una lista de alumnos seleccionados para el programa de debate inicial.

Mi nombre no estaba, gracias a Dios. El de Nicolás sí.

El de Jaime también. El de Martina aparecía en un taller de lectura. El de Jimena, en música.

Al lado del tablón había una vitrina con fotografías antiguas de promociones. Me detuve sin querer.

No por las fotos. Por una placa pequeña, colocada bajo una imagen de hacía años. En la foto aparecía un grupo de alumnos con uniforme antiguo, sonriendo en la escalinata principal. Debajo, una inscripción:

Promoción 2009 — Casa Bruma.

Sentí un pinchazo.

L. M. — 2009.

Las iniciales del cajón.

Me acerqué un poco más.

—¿Qué pasa? —preguntó Martina.

Busqué rostros, nombres, algo. La placa tenía una lista diminuta de alumnos. Demasiado pequeña para leerla bien tras el cristal. Me incliné.

Lucía Mansilla.

Ahí estaba.

L. M.

No pude leer el segundo apellido porque una mancha de reflejo se cruzaba justo encima. Pero el nombre bastó.

Lucía Mansilla. Bruma. 2009.

—Alma —dijo Martina—. ¿Qué pasa?

Me separé de la vitrina.

Podría habérselo contado. El cajón. Las iniciales. El dibujo. Esa línea. Pero la gente pasaba a nuestro alrededor. Voces, pasos, risas, bandejas sonando a lo lejos. Todo era demasiado normal para decir algo que no lo era.

—Nada —dije—. Que este sitio guarda demasiadas fotos.

Martina miró la vitrina.

—Son promociones antiguas.

—Sí.

—¿Te dan mal rollo?

—A mí me da mal rollo hasta el pan jerárquico. No soy referencia.

Pero mientras seguíamos hacia el comedor, el nombre se quedó caminando conmigo.

Lucía Mansilla.

2009.

Bruma.

No todos vuelven.

Y por primera vez pensé que quizá la frase del dibujo no hablaba de mí.

Quizá hablaba de ella.