Capítulo 8 #2
—Creo que ya he participado bastante en la economía emocional de la clase —dije.
Algunas risas. Beltrán también sonrió un poco.
—Lea.
Qué hombre más poco democrático para enseñar puertas abiertas.
Cogí mi cuaderno. Noté el billete de la señora Amparo en el bolsillo interior. Noté también el peso del dibujo de Dani dentro de la carpeta, aunque lo había dejado en mi habitación. La frase escrita por alguien más me cruzó la cabeza y me hizo dudar.
No todos vuelven.
Leí.
No miré a nadie mientras lo hacía. Solo las palabras. La niña que olía a lejía. La biblioteca. El bocadillo ajeno. La página leída tres veces. El miedo a que la puerta se cerrara no porque alguien la empujara, sino porque una se cansara antes de cruzarla.
Cuando terminé, el aula estaba demasiado callada.
Eso era lo malo de leer algo propio. Si se reían, dolía. Si no se reían, a veces dolía más.
Beltrán se quitó las gafas.
—¿Por qué no le ha puesto nombre a las niñas?
La pregunta me pilló desprevenida.
—Porque no hacía falta.
—¿O porque ponerles nombre habría hecho la escena demasiado concreta?
Me quedé mirándolo. El profesor no sonaba acusador. Sonaba interesado. Eso era peor, otra vez.
—Puede ser.
—La concreción da miedo —dijo—. Pero también da verdad. Recuérdelo.
Asentí, aunque no supe si me hablaba de la escena o de mí.
La clase siguió con comentarios sobre algunas lecturas más.
Beltrán nos habló de cómo las historias podían ordenar el mundo, pero también desordenarlo.
De cómo las instituciones necesitaban relatos para sobrevivir.
De cómo una familia, un país o un colegio podían repetir una versión de sí mismos tantas veces que incluso las personas dañadas por esa versión acababan defendiéndola.
Nadie mencionó al Instituto Aurora. No hacía falta.
Estaba en cada pared, en cada escudo, en cada frase sobre la luz y la altura.
Cuando sonó la campana de final de clase, nadie se levantó de golpe. Fue raro. En cualquier otro sitio, el timbre habría liberado cuerpos. Allí pareció despertarnos de algo.
Beltrán cerró su libro.
—Para mañana, una página sobre una puerta que creíais abierta y no lo estaba. No más de quinientas palabras. Si alguien me entrega una metáfora hueca, sufriré en silencio, pero puntuaré en voz alta.
Nora murmuró:
—Cada vez me cae mejor.
—Cuidado —dije—. Eso en este sitio seguro que también tiene consecuencias.
Mientras guardaba mis cosas, vi que Nicolás se acercaba. Me hice la distraída con el cuaderno, pero la distracción me salió fatal porque estaba metiendo el bolígrafo en el bolsillo equivocado de la mochila.
—García.
—Arriaga de la Serna.
—Buena escena.
Lo dijo sin sonreír. Sin burla. Sin ese brillo irritante que a veces le aparecía en los ojos.
—La tuya también —dije.
—Te ha dolido admitirlo.
—Un poco. Voy a necesitar reposo.
Ahora sí sonrió.
—No sabía que escribías.
—No escribo.
—Lo que has leído contradice esa afirmación.
—Escribo cuando un profesor me obliga, que es distinto y menos romántico.
Nicolás miró hacia la pizarra, donde todavía se leía La mochila invisible .
—Beltrán tiene esa costumbre.
—¿La de obligar?
—La de abrir cosas y fingir que solo está dando clase.
Me sorprendió la frase. Otra buena. Iba a tener que empezar a llevar un registro de sus virtudes para odiarlo con datos actualizados.
—¿Lo conoces de antes? —pregunté.
—Mi hermano lo tuvo.
—Claro. Aquí todos tenéis hermanos, primos, padres, abuelos y retratos en las paredes.
—No todos.
—Perdón. Algunos solo tenéis medio árbol genealógico en el sistema educativo.
No pareció ofenderse.
—Mi hermano decía que Beltrán era peligroso.
—¿Por qué?
—Porque hacía preguntas que luego no se iban.
Miré la pizarra otra vez. Origen. Mérito. Relato. La mochila invisible. Sí. Entendía el problema.
—Entonces tu hermano tenía razón.
Nicolás se quedó un segundo como si fuera a decir algo más, pero Jaime Montero de Urquijo lo llamó desde la puerta.
—Nico, vamos. Iriarte nos espera.
Nico. Qué confianza tan irritante. Nicolás levantó una mano hacia él.
—Nos vemos —dijo.
—Sobreviviré a la espera.
—No lo dudo.
Se fue. Yo lo vi salir, lo cual fue un error porque Martina me pilló.
—No lo soportas —dijo.
—Ya hemos hablado de esto.
—Sí, pero ahora lo no soportas con más información.
—Exacto. Mi rechazo es académico.
Martina guardó su cuaderno con una sonrisa.
—Te ha dicho que tu escena era buena.
—También podría haber sido una estrategia para desestabilizarme.
—Claro.
—La gente con apellidos largos hace eso. Te elogia y luego te roba un territorio.
—¿Qué territorio?
—Mi paz interior.
Nora se acercó por detrás.
—¿Estamos hablando de Arriaga de la Serna? Porque si es así, informo de que Mercedes dice que su familia tiene una finca donde los ciervos deben de tener contrato indefinido.
—Gracias, Nora —dije—. Ese dato era esencial para mi rechazo académico.
Amina pasó junto a nosotras.
—Ciencias Naturales en diez minutos.
Nora gimió.
—¿Ya? Pero si acaban de desmontarme emocionalmente.
—El horario no contempla derrumbes —dijo Amina.
Salimos al pasillo. El flujo de alumnos avanzaba con esa mezcla de orden y prisa contenida que empezaba a identificar como marca Aurora.
Nadie corría, pero todos parecían saber exactamente adónde ir.
Yo no. Yo seguía el movimiento general, lo que en una emergencia me habría llevado probablemente al comedor o a un precipicio.
Ciencias Naturales era en la planta baja, en un aula orientada al bosque.
La profesora se llamaba Helena Rivas y tenía unos cuarenta años, el pelo corto, botas de montaña y una forma de mirar por la ventana como si el paisaje fuera un alumno más.
En la mesa había mapas topográficos, hojas secas, piedras, una brújula, un frasco con agua turbia y varias fotografías de la zona.
—El Instituto Aurora no está rodeado de naturaleza —dijo nada más empezar—. Está dentro de ella. Conviene entender la diferencia. Lo que rodea puede ignorarse. Lo que contiene, no.
Nora, detrás de mí, susurró:
—Hoy todos vienen intensos.
Y sí. Pero la clase fue fascinante.
La profesora Rivas nos habló de la montaña, del clima, de la humedad que subía desde los valles y quedaba atrapada entre las laderas, de cómo se formaba la niebla y por qué algunos sonidos parecían venir de un sitio cuando en realidad nacían en otro.
Nos hizo cerrar los ojos durante un minuto mientras golpeaba suavemente una varilla metálica en distintos puntos del aula.
Teníamos que señalar de dónde venía el sonido. Fallamos casi todos.
—En condiciones de niebla densa —explicó—, la percepción visual baja, pero también se altera la auditiva. El bosque devuelve, absorbe y desplaza sonidos. Por eso, en montaña, creer que habéis oído algo no siempre significa haberlo oído donde pensáis.
Yo abrí los ojos.
No todos vuelven.
No, otra vez no.
Me obligué a mirar el mapa. La profesora señaló los límites del terreno del colegio: edificio principal, residencias, jardines, pistas deportivas, invernadero, piscina cubierta, sendero del mirador, torre antigua, zona norte, bosque de pinos, arroyo y barranco del Tejo.
—No cruzaréis estos límites sin supervisión —dijo—. No por capricho. Porque la montaña no negocia con vuestra autoestima.
Eso me gustó. La montaña no negocia con vuestra autoestima. Mejor lema que la luz exige altura, dónde va a parar.
Un chico preguntó si era cierto que años atrás se había perdido un alumno en el bosque.
La profesora Rivas dejó la tiza sobre la mesa.
El aula cambió.
Fue mínimo, pero yo lo noté. Martina también, porque giró la cabeza hacia mí. Nicolás, sentado unas filas atrás en esa clase, dejó de escribir.
—En un centro con más de un siglo de historia —dijo la profesora— hay muchas historias. Algunas ciertas. Otras exageradas. Otras directamente inventadas por alumnos que confunden aburrimiento con misterio.
—Pero ¿se perdió alguien? —insistió el chico.
Helena Rivas lo miró.
—En la montaña se pierde mucha gente que cree saber orientarse.
No respondió. O respondió demasiado bien.
Después siguió la clase con tipos de vegetación y normas de seguridad. Yo apunté todo, pero una parte de mi cabeza se quedó enganchada en la pregunta. Años atrás. Un alumno perdido. Historias ciertas, exageradas, inventadas. La puerta del ala norte. Los pasos al otro lado. Mi dibujo.
Cuando terminó Ciencias Naturales, teníamos un descanso de media mañana. Los alumnos salieron hacia el patio cubierto y las galerías. Algunos compraron café en una máquina que aceptaba tarjetas internas. Yo saqué la manzana que había guardado del desayuno y la limpié con la manga.
—Eso es muy de superviviente —dijo Mauro, apareciendo a mi lado.
—Es muy de persona que valora la fruta gratuita.
—¿Puedo sentarme?
Estábamos en un banco de piedra bajo la galería, desde donde se veía el jardín a medio borrar por la niebla.
Martina había ido al baño con Jimena, Nora estaba discutiendo con Amina sobre si la sardina metálica debía tener nombre y Celia venía caminando hacia nosotros con una determinación que no anunciaba nada bueno.
—Creo que la respuesta da igual —dije—. Se acerca Celia.
Mauro miró.
—Ah. Entonces sí, me siento. Necesito testigos.
Celia llegó hasta el banco y se quedó de pie delante de nosotros.
—Tenemos que hablar.
—Cada vez que alguien dice eso, muere una sobremesa —dije.
—Alma.
Mauro me miró, como pidiendo paz. Traidor.
—Vale —dije—. Hablemos.
Celia bajó la voz.
—La señora Luján tenía razón. No podemos sabotearnos.
—¿Esto viene por la clase de Literatura?
—Viene por todo.
—Qué amplio.
—Has hablado de desigualdad delante de media Cumbre.
—Era una clase sobre desigualdad.
—No seas ingenua.
Ahí me molestó.
—No lo soy.
—Entonces deja de actuar como si cada frase fuera gratis.
Mauro intervino, suave:
—Celia, Beltrán le pidió que leyera.
—Y ella leyó una escena sobre una niña pobre oliendo a lejía.
Me quedé quieta.
—No he dicho pobre.
—No hacía falta.