Capítulo 8
El profesor Beltrán no enseñaba Literatura. La soltaba en mitad del aula y esperaba a ver quién se atrevía a acercarse.
Eso pensé durante los primeros veinte minutos de clase, mientras caminaba entre los pupitres con un libro en una mano, una tiza en la otra y esa forma irritante de algunos profesores de parecer distraídos justo cuando más estaban mirando.
No leía fragmentos: los lanzaba. Una frase de una novela, una línea de teatro, una reflexión sobre los narradores que mienten, los héroes que se construyen un pedestal y los pobres que, en los libros escritos por ricos, casi siempre aparecían para enseñar una lección moral o morir con dignidad.
—La literatura —dijo, apoyándose en el borde de su mesa— no sirve para decirnos quiénes somos. Para eso ya están la familia, el colegio, los bancos, los gobiernos y la publicidad. La literatura sirve, cuando funciona, para preguntarnos quién nos ha convencido de ser eso.
Nadie escribió durante un segundo. Luego todos bajamos la cabeza a la vez, como si alguien hubiera dado una orden invisible.
El aula se llenó de bolígrafos moviéndose sobre el papel.
Yo también apunté la frase, aunque no sabía si la estaba copiando porque me parecía buena o porque me daba miedo olvidarla.
En el Instituto Aurora, incluso pensar parecía tener consecuencias académicas.
Beltrán caminó hasta la pizarra y escribió tres palabras:
Origen. Mérito. Relato.
—Hoy no vamos a analizar un texto concreto. Vamos a analizar una mentira concreta.
Un murmullo recorrió el aula. A mi izquierda, Martina enderezó la espalda.
A mi derecha, Jimena abrió su cuaderno con una precisión impecable.
Detrás, Nora susurró algo que sonó como “por fin”, pero Amina la miró y Nora fingió toser.
En la zona de Cumbre, varios alumnos se acomodaron como si acabara de empezar una competición.
Nicolás seguía junto a la ventana, con el bolígrafo entre los dedos, mirándolo todo sin parecer mirar nada.
—La mentira es esta —continuó Beltrán—: todos empezamos desde el mismo sitio.
El silencio se volvió más denso.
Yo noté que algo dentro de mí se colocaba en guardia.
Era ridículo, porque el profesor no me estaba mirando.
Pero esa frase tenía mi nombre escrito con tinta invisible.
Todos empezamos desde el mismo sitio. La había oído mil veces con otros disfraces: si quieres, puedes; el esfuerzo siempre tiene recompensa; nadie te regala nada; el que vale llega.
Frases bonitas, limpias, brillantes. Frases que quedaban preciosas en la boca de quien nunca había tenido que estudiar con el ruido de una lavadora agonizando al lado.
—No me malinterpretéis —dijo Beltrán—. El mérito existe. El esfuerzo importa. La disciplina importa. La inteligencia importa. Pero el relato del mérito absoluto suele tener un problema: le encanta olvidar la línea de salida.
Un chico de Cumbre levantó la mano. Rubio, mandíbula cuadrada, uniforme perfecto. No recordaba su nombre, pero tenía pinta de Álvaro. O de Jaime. O de esos nombres que siempre aparecen en los colegios privados para discutir con seguridad.
—Profesor, si negamos el mérito, también negamos el esfuerzo individual.
Beltrán sonrió como si le hubieran ofrecido un caramelo.
—No he negado el mérito. He negado la comodidad de fingir que solo existe el mérito. Son cosas distintas. Dígame su nombre.
—Jaime Montero de Urquijo.
Casi. Jaime. Me apunté mentalmente medio punto.
—Señor Montero de Urquijo —dijo Beltrán—, ¿usted cree que una persona que nace en una casa llena de libros y otra que nace en una casa donde nadie puede ayudarla con los deberes compiten en igualdad si ambas sacan un ocho?
Jaime no se movió.
—No exactamente. Pero la segunda también puede esforzarse más.
Ahí estaba. El clásico. Esforzarse más. Como si el esfuerzo fuera una cuerda infinita que una podía estirar sin que se le despellejaran las manos.
Beltrán no respondió enseguida. Miró alrededor.
—¿Alguien quiere contestar?
No, pensé. Nadie quiere. Nadie con instinto de supervivencia quiere.
Mi mano, al parecer, no tenía instinto de supervivencia.
No la levanté del todo. Fue más bien un movimiento mínimo, un error muscular. Pero Beltrán lo vio, claro. Beltrán habría visto una mota de polvo cambiando de opinión.
—Señorita García.
Joder.
—No iba a…
—Ahora sí.
Varias miradas giraron hacia mí. Algunas curiosas. Otras divertidas. Celia no estaba en esa clase, gracias a Dios, porque si me hubiera visto a punto de hablar otra vez habría atravesado la puerta solo para estrangularme con una rúbrica de conducta.
Apoyé el bolígrafo sobre el cuaderno.
—Creo que esforzarse más no siempre significa lo mismo.
—Continúe.
—No es lo mismo esforzarte más después de dormir ocho horas, desayunar bien y tener una habitación tranquila que esforzarte más cuando has dormido mal, tienes que cuidar a tu hermano, tu casa es un caos o no sabes si tu madre va a poder pagar internet ese mes.
Las dos personas se esfuerzan, sí. Pero una gasta energía en estudiar y la otra gasta energía en llegar viva al momento de estudiar.
El aula se quedó quieta. No muda, pero sí quieta. Como si la frase hubiera movido una silla que nadie quería admitir que estaba en medio.
Jaime Montero de Urquijo me miró. No parecía mala persona. Ese era el inconveniente. Parecía un chico acostumbrado a tener razón con buenos modales.
—Pero entonces —dijo—, ¿qué hacemos? ¿Bajamos el nivel?
La pregunta me dio en algún sitio.
No porque fuera cruel. Porque era exactamente lo que algunos pensaban de las becas. Que si entrábamos nosotros, había que bajar algo. El nivel, la exigencia, la pureza del club, la temperatura del agua de la piscina, qué sé yo.
—No —dije—. Dejamos de fingir que a todos nos pesa igual la mochila.
Nora, detrás de mí, murmuró:
—Toma.
Amina le dio un toque suave con el codo.
Beltrán no sonrió esta vez. Me miró de una forma seria, casi agradecida.
—Esa imagen nos sirve —dijo—. La mochila invisible. Apuntadla. No porque sea de manual, sino porque no lo es.
Sentí calor en la cara. No estaba acostumbrada a que un profesor usara algo mío como si tuviera valor.
En mi antiguo instituto, si decías algo interesante, a veces se perdía entre dos gritos del pasillo y un fluorescente que parpadeaba con vocación de interrogatorio.
Allí, en cambio, una frase podía quedarse flotando en el aire y convertirse en parte de la clase.
Era bonito. También era peligroso. Lo bonito siempre se volvía peligroso en cuanto una empezaba a necesitarlo.
Beltrán escribió en la pizarra:
La mochila invisible.
—Bien —dijo—. Ahora quiero que cada uno escriba durante diez minutos una escena breve. No un ensayo. Una escena. Dos personas llegan a una misma puerta. La puerta está abierta para ambas, pero una tarda más en entrar. ¿Por qué?
Hubo un pequeño ruido de incomodidad. Algunos alumnos miraron la hoja en blanco como si acabaran de pedirles que donaran sangre. A mí, en cambio, se me encendió algo en las manos. Una escena. Eso sí sabía hacerlo. O al menos lo necesitaba.
Escribí sobre una niña que llegaba a una biblioteca con las manos limpias pero oliendo a lejía, porque había ayudado a su madre a limpiar una casa antes de ir a estudiar.
Otra niña llegaba a la misma biblioteca con el pelo mojado de piscina y un bocadillo preparado por alguien más.
Las dos entraban. Las dos abrían un libro.
Pero una tenía que leer la página tres veces porque estaba pensando en si su madre habría comido.
No puse nombres. No hacía falta. La literatura, cuando no se ponía pedante, tenía esa ventaja: podía esconderte justo mientras te desnudaba.
Al terminar los diez minutos, Beltrán pidió voluntarios.
Nadie levantó la mano.
Yo tampoco. Milagro.
—Señor Arriaga de la Serna —dijo entonces.
Nicolás alzó la vista con una calma que me dio rabia anticipada.
—¿Sí?
—Lea.
Nicolás no protestó. Tomó su cuaderno y leyó una escena sobre dos chicos ante la puerta de un equipo de debate.
Uno había sido entrenado desde pequeño para hablar en público; el otro tenía ideas brillantes, pero cada vez que abría la boca temía que se notara su acento.
La escena era sobria, precisa y, muy a mi pesar, buena.
No brillante de “mírame”, sino buena de verdad.
El segundo chico no era ridiculizado. Tampoco convertido en santo.
Solo estaba ahí, delante de una puerta abierta que no se atrevía a cruzar porque le habían enseñado que su voz entraba siempre con barro en los zapatos.
Cuando Nicolás terminó, nadie dijo nada durante un segundo.
Beltrán asintió.
—Ha entendido el ejercicio.
Nicolás bajó el cuaderno.
Yo miré mi mesa. Me fastidiaba muchísimo que escribiera bien. Uno podía ser guapo, rico, seguro, tener apellidos con ecos de notaría y encima escribir bien, pero entonces lo mínimo era que le saliera una alergia leve a los días impares. Por equilibrio cósmico.
—Señorita Echevarría Prado —dijo Beltrán.
Martina se puso colorada.
—¿Tengo que leer?
—Sería conveniente, sí.
Martina leyó con voz baja una escena sobre una chica que llegaba a una puerta abierta, pero no entraba porque dentro estaban todos esperando que dijera algo interesante.
La puerta no estaba cerrada, pero el silencio del otro lado era enorme.
Nadie la empujaba hacia fuera; nadie la dejaba entrar del todo.
Era una escena triste, pequeña, muy suya.
Cuando terminó, Jimena la miraba como si acabara de entender algo que tenía delante desde hacía horas.
Yo sentí ganas de decirle que era preciosa.
No lo hice en voz alta porque la clase no era un club de abrazos, pero se lo escribí en la esquina de mi hoja y se lo enseñé sin que Beltrán viera.
Muy buena.
Martina leyó la nota, sonrió apenas y volvió a mirar al frente.
—Señorita García —dijo Beltrán.
No.
No, no, no.