Capítulo 7 #2
—Era de una vecina —dije—. Me lo metió en la mano antes de irme.
Nada más. No podía decir más sin que la voz se me fuera a un sitio peligroso.
Martina me devolvió el billete. Nuestros dedos se tocaron un segundo.
Lo guardé en el bolsillo interior de la americana, donde había estado antes.
El papel seguía siendo el mismo, pero no.
Ahora había pasado por una caja de Bruma, una mirada ajena y una vergüenza que no sabía si me habían quitado o me habían colocado mejor.
Beatriz cerró la caja cuando todas recuperamos nuestros objetos.
—Recordad esto —dijo—. En el Instituto Aurora, casi nadie muestra lo que más teme perder. Aprended a verlo sin necesidad de que os lo enseñen.
Era una frase buena. Otra. Qué pesado era aquel sitio siendo inquietante y eficaz al mismo tiempo.
Nos dejó ir al desayuno. Al salir de la sala común, Nora se pegó a mi lado.
—Bueno, me han analizado una sardina. Creo que ya puedo estudiar aquí.
—Has superado la prueba psicológica del pescado.
—Mi padre estaría orgulloso y confundido.
Martina caminaba en silencio. Yo quería preguntarle por su abuelo.
No lo hice. Hay preguntas que conviene no lanzar en pasillos.
Ella tampoco me preguntó por la vecina, ni por el billete, ni por mi cara de no haber dormido.
Agradecí esa prudencia. La amistad, empezaba a sospechar, no consistía solo en hablar.
También en saber cuándo no meter los dedos.
Desayunamos en el comedor con menos ceremonia que la cena, gracias a Dios y a la necesidad humana de cafeína.
Aun así, el pan siguió teniendo sus complejidades políticas.
Esta vez esperé a que una veterana cogiera una rebanada antes de tocar la cesta.
No por obediencia. Por estrategia. Celia habría estado orgullosa, lo cual me preocupó más que infringir una norma.
Mauro se acercó con una bandeja y se sentó frente a mí, aprovechando que las mesas del desayuno eran más libres.
—¿Sobreviviste a Bruma? —preguntó.
—He entregado un objeto personal, he sido analizada y me he levantado antes que el sol. Sobrevivir quizá es una palabra grande.
—En Lumbre nos hicieron improvisar una presentación sobre un objeto imaginario.
—¿Y?
—Vendí una grapadora emocional.
—¿Qué hace una grapadora emocional?
—Une partes rotas, pero deja marcas.
Lo miré.
—Mauro, eso es preocupantemente bueno.
—Gracias. Me dieron un bollo.
Nora, que había aparecido con Amina, se sentó a nuestro lado.
—En Bruma nos quitaron pertenencias. En Lumbre reparten bollos. Hemos elegido mal.
—No elegimos —dijo Amina.
—Peor. El sistema eligió mal por nosotras.
Martina sonrió por encima de su taza. Jimena llegó un poco después, más callada que de costumbre, y se sentó con nosotras.
Nadie comentó lo de la moneda ni la pluma.
El desayuno tuvo, por primera vez, algo parecido a normalidad.
Una normalidad rara, sí, con alumnas de apellidos largos pasando junto a nosotros, profesores entrando por una puerta lateral y niebla pegada a los ventanales, pero normalidad al fin.
Comí tostadas, fruta y un yogur. Me guardé una manzana en el bolsillo de la chaqueta sin pensarlo.
Martina me vio.
—¿Qué? —dije.
—Nada.
—Es para media mañana.
—No he dicho nada.
—Tu ceja ha hecho un comentario.
—Mi ceja pide disculpas.
Nora se inclinó hacia nosotras.
—¿Está permitido robar fruta?
—No es robar si está en una institución educativa —dije—. Es ampliar recursos.
Mauro asintió.
—Me gusta esa tesis.
El primer timbre de clases sonó a las ocho menos cinco.
No era un timbre estridente, claro. Era una campana suave, culta, una campana que seguramente había leído poesía francesa.
Recogimos las bandejas y seguimos al resto hacia el edificio principal.
Según el horario, Bruma y Cumbre compartían Literatura a primera hora con el profesor Beltrán.
Literatura para gente que nunca ha pasado hambre, pensé, recordando mi propia mala leche del día anterior.
Luego me arrepentí un poco. El profesor Beltrán me había caído bien en el pasillo.
No mucho, porque todavía era adulto y trabajaba allí, pero sí lo suficiente para concederle diez minutos antes de juzgarlo para siempre. Generosísima, yo.
El aula de Literatura estaba en la segunda planta, orientada al bosque.
Las ventanas altas dejaban entrar una luz grisácea, filtrada por la niebla, y las paredes estaban cubiertas de libros.
Había pupitres individuales, pero colocados en semicírculo, no en filas.
En la pizarra, escrita con tiza blanca, había una frase:
“No hay puerta más cerrada que aquella que todos aceptan abierta.”
Me quedé mirando la frase.
—¿Eso es de alguien? —preguntó Nora.
—De alguien con ganas de complicar una puerta —dije.
Nicolás ya estaba en el aula, sentado cerca de una ventana, hablando con otro chico de Cumbre. Al verme, levantó apenas la barbilla.
—García.
—Arriaga de la Serna.
—¿Primer amanecer de Bruma?
—He visto cosas que no creerías.
—Eso espero.
Su tono tenía broma, pero sus ojos no del todo.
Me pregunté si Cumbre tendría sus propias tradiciones.
Me pregunté qué objeto habría dejado él, si le hubieran obligado.
Algo caro, seguramente. O algo que no sabría explicar porque a la gente como Nicolás también le enseñaban a esconder sus heridas, solo que con mejores zapatos.
Me senté junto a Martina. Nora y Amina se pusieron detrás.
Jimena, al otro lado de Martina. Los alumnos de Cumbre ocuparon la zona izquierda con naturalidad territorial.
Vi a Celia entrar con un grupo de Atlas, aunque según el horario no le tocaba esa clase con nosotros; se detuvo en la puerta para hablar con una profesora y me miró un segundo.
Yo levanté un dedo en saludo. Ella no respondió. Bueno, tampoco esperaba confeti.
El profesor Beltrán entró a las ocho en punto.
No pidió silencio. Lo consiguió caminando.
Dejó varios libros sobre la mesa, se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y nos observó como si fuéramos una edición rara de algo.
—Buenos días —dijo—. Soy Emilio Beltrán. Algunos me llamaréis profesor Beltrán. Otros, a mis espaldas, probablemente cosas más creativas. Os agradeceré que, si son buenas, me las hagáis llegar por escrito.
Nora susurró:
—Me cae bien.
A mí también. Maldita sea.
Beltrán señaló la frase de la pizarra.
—Primera pregunta del curso. ¿Para qué sirve la literatura?
Un chico de Cumbre levantó la mano demasiado rápido.
—Para comprender la condición humana.
—Respuesta correcta, aburrida y seguramente heredada —dijo Beltrán—. Siguiente.
El chico se puso rojo. Yo abrí los ojos. Vaya. Diez minutos no. El profesor acababa de ganarse veinte.
Una alumna de Bruma dijo que servía para desarrollar empatía. Jimena apuntó que permitía conservar la memoria. Martina dijo, muy bajito, que a veces servía para decir cosas que de otra forma nadie escucharía. Beltrán la miró con interés y asintió.
—Bien. Más.
Nadie habló durante unos segundos.
Yo no pensaba hablar. De verdad que no. Tenía sueño, un billete emocional en el bolsillo, una amenaza escrita en el cuaderno y un plan muy sólido de pasar desapercibida al menos hasta el recreo. Pero Beltrán se paseó por el aula, pasó junto a mi pupitre y se detuvo.
—Señorita García.
Ah, mira. Mi anonimato había durado nueve minutos.
—¿Sí?
—Tiene cara de estar discutiendo conmigo sin abrir la boca.
Varias risas.
—Es mi cara normal.
—Lamento su cansancio vital, pero insisto. ¿Para qué sirve la literatura?
Podría haber dicho algo bonito. Podría haber repetido lo de la empatía, la memoria o la condición humana versión con menos polvo. Pero la noche anterior seguía pegada a mí. La frase en el dibujo. La caja. El billete. La vergüenza. Mi madre planchando una camisa tres veces.
—Para no tragarte entera la versión oficial de las cosas —dije.
El aula se quedó callada.
Beltrán sonrió, muy despacio.
—Explíquese.
—No sé. Los libros te enseñan que la gente cuenta la historia como le conviene.
Los reyes, los asesinos, los enamorados, los cobardes, todos.
A veces lees una novela y descubres que el narrador te ha mentido, o que no sabía lo que decía, o que el malo tenía una versión preciosa de sí mismo.
Supongo que sirve para eso. Para escuchar mejor cuando alguien intenta convencerte de que una puerta está abierta solo porque no se ve el candado.
Beltrán me miró.
Lo escrito en la pizarra volvió a parecerme menos abstracto y más incómodo.
—Excelente —dijo.
No lo dijo como un premio. Lo dijo como una puerta abriéndose, precisamente.
Y por primera vez desde que había llegado al Instituto Aurora, sentí algo parecido a placer académico.
No el alivio de no meter la pata. No la satisfacción de contestar bien para sobrevivir. Placer. Ganas de seguir pensando.
Nicolás me miraba desde su sitio. Esta vez no sonreía. Martina sí, un poco, con orgullo disimulado. Nora hizo un gesto mínimo de aplauso debajo de la mesa.
Beltrán cogió un libro.
—Este trimestre leeremos textos sobre poder, origen y relato. Empezaremos por una idea sencilla: quien controla la historia controla también el lugar que ocupan los demás dentro de ella.
Me quedé muy quieta.
El profesor siguió hablando, pero yo ya había guardado esa frase en algún sitio. Quien controla la historia controla también el lugar que ocupan los demás dentro de ella.
Pensé en mi habitación provisional. En la dirección llamando “retirada familiar” a una desaparición que todavía no había ocurrido, aunque yo no lo sabía.
En una mano desconocida escribiendo sobre el dibujo de mi hermano.
En el Aurora corrigiendo nombres, asignando habitaciones, ordenando mesas, decidiendo qué era tradición y qué era ataque.
Pensé que quizá la literatura sí podía ser peligrosa.
Y pensé, también, que quien había escrito No todos vuelven en mi dibujo tal vez quería asustarme.
O tal vez quería avisarme.
No sabía qué posibilidad me daba más miedo.