Capítulo 7
Dormí mal, que es una forma generosa de decir que no dormí casi nada y que, cuando lo hice, soñé con cajones que se abrían solos, campanillas sonando debajo de mi cama y Dani escribiendo frases con una letra que no era la suya.
El papel estuvo toda la noche sobre el escritorio.
No fui capaz de guardarlo. Tampoco de romperlo.
Lo dejé allí, iluminado por la lámpara pequeña, como si tenerlo a la vista impidiera que se convirtiera en algo peor.
Una tontería, claro. Las cosas malas no necesitan oscuridad para ser malas.
Pero yo estaba cansada, sola y en una habitación provisional al final de un pasillo de un internado elitista rodeado de niebla.
No era el momento de exigirle mucha coherencia a mi sistema nervioso.
No todos vuelven.
Leí la frase tantas veces que dejó de parecer una amenaza y empezó a parecer una estupidez.
¿No todos vuelven de dónde? ¿Del desayuno?
¿De la adolescencia? ¿De una tradición de Bruma organizada por niñas con demasiadas insignias y poco contacto con la realidad?
Intenté convencerme de que era una broma.
Una novatada. Otra parte de la bienvenida.
Alguien habría entrado mientras yo estaba en la cena o en la sala común, habría abierto mi cajón, habría visto el dibujo de Dani y habría escrito aquello para asustarme.
Fin. Nada sobrenatural, nada criminal, nada digno de música inquietante.
Solo adolescentes con imaginación y una preocupante falta de límites.
El problema era que esa explicación también daba miedo.
Porque alguien había entrado en mi habitación.
Y no en cualquier habitación. En la mía. La pequeña, la apartada, la que estaba al final del pasillo, junto a la puerta de servicio. La habitación que sobraba. La habitación perfecta para que una broma no tuviera testigos.
A las cinco y media dejé de fingir que podía dormir.
Me levanté despacio, con el cuerpo frío y la cabeza espesa, y me lavé la cara en el lavabo común del pasillo.
No había nadie. Las luces estaban bajas y el espejo me devolvió una versión de mí con ojeras de becaria victoriana a punto de descubrir un secreto familiar.
Me recogí el pelo como pude, me puse el uniforme y volví al cuarto para guardar el dibujo en el cuaderno azul.
Antes de cerrarlo, pasé el dedo por la letra desconocida.
El lápiz no estaba muy marcado. Quien lo escribió no había apretado demasiado.
Como si no quisiera dañar el papel. Muy considerado todo.
Entrar en una habitación ajena para amenazar con delicadeza. El Aurora de manual.
A las seis y siete llamaron a la puerta.
Tres golpes suaves.
Me quedé quieta.
—¿Alma? —susurró Martina desde el pasillo.
Solté el aire. No me había dado cuenta de que lo estaba reteniendo.
Abrí la puerta y Martina apareció con el pelo recogido en una coleta torcida, la cara lavada y una chaqueta encima del uniforme.
Parecía tan dormida que me dio ternura inmediata, lo cual era injusto porque yo estaba intentando mantener una actitud de supervivencia dura y elegante.
—Buenos días —dijo.
—Eso es una acusación muy grave.
—¿Has dormido algo?
—He cerrado los ojos por compromiso.
Martina me miró con más atención. No era una mirada invasiva; era peor, una de esas miradas que quieren cuidarte y por tanto te dejan sin escapatoria.
—Tienes mala cara.
—Gracias. Tú también estás preciosa, como una víctima secundaria en una película de montaña.
—Alma.
—Estoy bien.
No estaba bien. Tenía el dibujo dentro del cuaderno, la frase metida detrás de los dientes y unas ganas absurdas de enseñárselo.
Pero no se lo enseñé. No todavía. No sabía por qué.
Quizá porque si se lo enseñaba, aquello se volvía real de una manera que ya no podía desmontar con sarcasmo.
Quizá porque Martina iba a asustarse. Quizá porque yo no quería que mi primer acto de amistad consistiera en meterle miedo a una chica que bastante tenía con sobrevivir a Jimena y su difusor.
Salimos al pasillo. Bruma a las seis de la mañana parecía otro sitio. Sin voces, sin puertas abiertas, sin perfumes caros ni risas suaves. Solo madera, sombras y ese silencio de internado que no se parece al silencio de una casa. En una casa, el silencio duerme. Allí vigilaba.
Nora nos esperaba junto a la escalera, envuelta en una bufanda gris que debía de haber robado a un abuelo con estilo.
—Odio a todo el mundo —dijo en voz baja.
—Buenos días a ti también —contestó Martina.
—No. No buenos. No días. Esto es una agresión cronológica.
Amina estaba con ella, impecable, despierta y tranquila. Si tenía sueño, lo escondía mejor que algunas personas escondían cuentas en paraísos fiscales.
—¿Tú no estás cansada? —le pregunté.
—Sí.
—Pues tienes la decencia de parecerlo fatal.
Amina sonrió un poco.
—Mi madre dice que una nunca debe regalar la primera cara del día.
—Tu madre parece peligrosa.
—Lo es.
Bajamos juntas a la sala común. Las demás llegaron en pequeños grupos: Jimena con Martina, aunque Martina se había venido conmigo; Mercedes con los ojos hinchados; Vega y Lidia hablando entre ellas; y una chica que no recordaba haber visto demasiado, Julia, que parecía tan pálida como yo.
Beatriz ya estaba allí, por supuesto. Las personas como Beatriz no llegaban temprano: se materializaban antes que la culpa.
La caja de madera estaba sobre la mesa.
—Buenos días —dijo.
Nora abrió la boca.
Amina le tocó el brazo.
Nora la cerró. Bien por Amina. Liderazgo real, no de folleto.
—Hoy recuperaréis vuestros objetos —continuó Beatriz—. Pero antes vais a aprender una norma sencilla de Bruma: lo que se deja en custodia no se reclama con ansiedad. Se reclama con precisión.
Joder.
Yo solo quería mi billete de diez euros y quizá un café. Precisión a las seis y cuarto me parecía un lujo de gente que había dormido.
Beatriz abrió la caja. Dentro estaban los objetos en la bandeja: la pulsera de Mercedes, la foto de Vega, el anillo de Lidia, la goma roja de Amina, la sardina metálica de Nora, la pluma de Jimena, la moneda de Martina y mi billete doblado.
Verlo ahí, entre cosas más bonitas, me dio una vergüenza seca.
No porque fuera dinero. Porque era poco.
Porque era mío. Porque de pronto pensé que, para cualquiera de ellas, quizá aquel billete parecía una rareza vulgar, algo que no debía ocupar el mismo espacio que una pluma familiar o una moneda antigua.
Beatriz nos miró una a una.
—Cada pareja entrará por turnos. Una recogerá su objeto. La otra deberá decir por qué cree que su compañera eligió ese objeto.
Martina giró la cabeza hacia mí.
—¿Qué?
Beatriz siguió como si no hubiera oído.
—No se trata de acertar. Se trata de mirar con atención.
Claro. Bruma mira. Bruma escucha. Bruma analiza tus traumas personales antes del desayuno. Un servicio completísimo.
Jimena y Martina iban primero, porque Jimena la había elegido.
Jimena recogió su pluma. Martina tuvo que explicar que probablemente la había dejado porque representaba a su hermana, a su familia y a esa presión de escribir algo propio sin copiar una vida ajena.
Jimena se quedó tan quieta que supe que Martina había acertado demasiado.
Luego Jimena recogió la moneda de Martina y dijo que quizá era de alguien que la había querido sin exigirle ser perfecta.
Martina bajó los ojos. No lloró, pero casi.
Yo sentí una punzada rara, una mezcla de cariño y celos diminutos.
Martina y Jimena tenían una habitación compartida, una ventana al jardín y ahora también una intimidad construida delante de todas. Muy bonito. Muy molesto. Muy humano.
Nora y Amina fueron después. Nora recogió su sardina metálica.
—La elegí porque es absurda —dijo, antes de que nadie pudiera opinar—. Y porque mi padre me la compró en un puerto después de perder un barco.
—No puedes explicarlo tú —dijo Beatriz.
—Perdón. Me puede el género autobiográfico.
Amina tomó la sardina y la observó con calma.
—Creo que la eligió porque parece una broma, pero no lo es. Así puede fingir que algo importante no lo es tanto.
Nora dejó de sonreír.
—Vaya —dijo—. Buenos días también a tu capacidad de destrucción.
Amina le devolvió la sardina sin hacer ruido. Nora, por una vez, no añadió nada.
Cuando nos tocó a nosotras, el estómago me hizo una cosa desagradable. Martina recogió su moneda primero. Yo la miré en su palma: oscura, gastada, con un borde irregular. No parecía valiosa, pero se notaba tocada muchas veces. Los objetos queridos envejecen de otra manera.
—Creo que la eligió porque era de su abuelo —dije—. Pero no solo por eso. Creo que la eligió porque es pequeña y puede llevarla sin que nadie le pregunte, y porque a veces la gente necesita esconder las cosas importantes para que no se las llenen de opiniones.
Martina me miró.
Yo me encogí de hombros, incómoda.
—O igual la eligió porque le gusta la numismática. No sé. Estoy improvisando con dignidad.
Algunas chicas sonrieron. Martina cerró los dedos alrededor de la moneda.
—Era de mi abuelo —dijo—. Me la daba cuando tenía miedo. Decía que no servía para comprar nada, pero servía para recordar que el miedo pasaba.
La voz se le quedó pequeña al final.
Beatriz asintió.
—Bien.
Luego Martina cogió mi billete.
Lo hizo con mucho cuidado. Demasiado cuidado. Como si supiera que aquel papel podía romper más de lo que parecía.
—Creo que Alma lo eligió porque alguien se lo dio antes de venir —dijo.
No esperaba que acertara tan rápido. Me quedé mirándola.
—Y creo que no es importante por lo que vale —continuó—, sino porque quien se lo dio probablemente no podía darlo tan fácilmente. A veces eso pesa más que una cosa cara.
La sala se quedó callada.
Yo noté el calor subiéndome al cuello. Odié notar el calor. Odié que me vieran. Odié que Martina me hubiera visto bien. Odié, sobre todo, que me dieran ganas de llorar por diez euros doblados.