Capítulo 6 #2
Aquello se quedó ahí, en mitad de la sala común, con su uniforme barato y sus zapatos sencillos.
Beatriz me miró de una forma distinta. No blanda. Beatriz no era blanda. Pero sí más atenta.
—¿Y qué estarías dispuesta a perder para quedarte? —preguntó.
Ahí tuve que tragar saliva.
Podría haber hecho un chiste. Lo tenía fácil. La paciencia. Horas de sueño. La fe en la humanidad. Cualquier cosa. Pero la sala estaba demasiado quieta y mi voz había empezado a caminar por un sitio donde los chistes no servían de barandilla.
—No lo sé —dije al final.
Beatriz esperó.
—Y eso me da miedo.
La sinceridad cayó de golpe, sin adornos. Me arrepentí en cuanto salió. No porque fuera mentira, sino porque era demasiado verdad delante de demasiada gente.
Una de las veteranas bajó la mirada. Inés Figueroa del Campo, la de la cena, me observaba desde una silla lateral con una seriedad que no era burla.
Jimena parecía triste. Martina tenía los ojos brillantes.
Nora me miraba como si acabara de decidir que, si hacía falta, se pelearía con medio colegio usando solo sarcasmo y una silla.
Beatriz cerró la caja.
—Bien —dijo.
Otra vez esa palabra. Bien. Como si nos hubiera abierto un poco el pecho y hubiera comprobado que el mecanismo funcionaba.
—Primera parte concluida.
—¿Primera? —susurró Nora—. Fantástico. Me encanta cuando el mal viene por entregas.
Esta vez no me reí. Todavía tenía la garganta rara.
Beatriz tomó la jarra de agua y llenó cinco vasos. No todos, solo cinco. Los colocó sobre la mesa.
—Bruma guarda —dijo—. Pero Bruma no guarda todo. Algunas cosas deben dejarse atrás para poder mirar con claridad.
Una veterana apagó una de las lámparas. La sala quedó aún más tenue. No era oscuridad completa, pero sí la suficiente para que cada cara pareciera más seria de lo normal. Beatriz abrió un compartimento inferior de la caja y sacó una bandeja de madera vacía.
—Cada alumna nueva dejará aquí un objeto personal hasta mañana al amanecer.
Mercedes emitió un pequeño sonido de horror.
—No se trata de valor económico —continuó Beatriz—. Se trata de elección. Algo que hayáis traído con vosotras. Algo que no queráis perder. Algo que os recuerde quién erais antes de cruzar la puerta del Instituto.
Ahí estaba la trampa.
No era una tortura. No era peligroso. No era algo que pudieras denunciar sin que sonara ridículo.
“Buenas noches, mamá, en el internado de élite me han pedido dejar un objeto en una caja hasta mañana.” No parecía grave.
Pero lo era un poco. Porque no te quitaban cualquier cosa: te obligaban a mostrar qué cosa podía dolerte.
Mercedes dejó una pulsera con un dije de caballo. Muy sutil todo, Apolo.
Vega dejó una foto pequeña. Lidia, un anillo. Amina, una goma de pelo de tela roja que, según dijo, le había dado su abuela. Nora dejó un llavero con una sardina metálica.
—No preguntéis —dijo—. O sí, pero habrá relato.
Algunas rieron.
Jimena dejó una pluma estilográfica. Martina se quedó mirando sus manos. Yo sabía que llevaba algo. La había visto tocarse el bolsillo de la falda varias veces desde que entramos. Al final sacó una moneda antigua, pequeña, oscurecida.
—Era de mi abuelo —dijo.
La dejó en la bandeja como si pesara muchísimo.
Me tocaba a mí.
Y yo, por primera vez en mucho rato, no tenía nada gracioso preparado.
El dibujo de Dani estaba en mi habitación.
Gracias a Dios. El billete de diez euros de la señora Amparo estaba en mi bolsillo interior, doblado dentro de la americana.
También llevaba una goma de pelo, un bolígrafo barato y la tarjeta de coordinación residencial.
Podía dejar el bolígrafo, claro. Podía hacer trampa.
Nadie sabía lo que era importante para mí.
Esa era una ventaja de venir de un sitio donde las cosas valiosas no parecían valiosas.
Metí la mano en el bolsillo.
Toqué el billete.
Diez euros.
No eran solo diez euros. Eran la señora Amparo abriendo la puerta en bata. Eran “tú estudia mucho”. Eran alguien que tenía poco dándome algo porque creía que yo podía llegar lejos. Era una ayuda tan pequeña que casi daba vergüenza, y precisamente por eso dolía.
Saqué el bolígrafo.
Lo tuve entre los dedos.
Beatriz me miraba. No dijo nada.
Yo miré la bandeja: pulsera, foto, anillo, goma roja, sardina, pluma, moneda.
Todas habían dejado algo con historia visible.
Si yo dejaba un bolígrafo, nadie podría demostrar que mentía.
Pero yo sí. Y lo peor del Aurora era que empezaba a obligarme a verme desde fuera y desde dentro al mismo tiempo.
Joder.
Guardé el bolígrafo y saqué el billete doblado.
No lo extendí. No quería que se viera cuánto era.
—Esto —dije.
Lo dejé en la bandeja.
Beatriz bajó los ojos hacia el papel.
—¿Dinero?
La pregunta me dio calor en la cara.
—Sí.
—La indicación era dejar algo personal, no necesariamente útil.
—Es personal.
Mi voz salió más seca de lo que pretendía.
Beatriz sostuvo mi mirada. Alrededor, algunas chicas se habían quedado quietas. Seguramente para muchas de ellas diez euros eran una propina, un taxi corto, una broma. Para mí eran una vecina mintiendo a su propia economía para mandarme a un mundo que no era el suyo.
—De acuerdo —dijo Beatriz.
Y no añadió nada más.
Eso, curiosamente, se lo agradecí.
Cuando todos los objetos estuvieron en la bandeja, una veterana la colocó dentro de la caja. Beatriz cerró la tapa con llave y se guardó la llave en el bolsillo de la americana.
—Mañana, al amanecer, antes del desayuno, vendréis a recuperar lo que habéis dejado. Si alguna no acude, su objeto permanecerá en custodia hasta el final de la semana.
—¿Al amanecer? —preguntó Nora—. ¿Tenemos gallo institucional o hay que adivinarlo?
—A las seis y cuarto —dijo Beatriz.
—El gallo habría sido más humano.
—Puntualidad absoluta.
Yo pensé en mi habitación, en la cama estrecha, en el dibujo de Dani, en el billete encerrado en una caja y en el hecho de que todavía faltaba mucho para Navidad. Aquel sitio no te golpeaba. Te iba quitando pequeñas cosas para ver cuánto tardabas en pedir perdón por echarlas de menos.
Después nos dieron los vasos de agua. Solo a cinco de las ocho. No entendí por qué hasta que Beatriz habló de nuevo.
—Ahora elegiréis.
Ah, claro. Más.
—Cada una de vosotras deberá escoger a una compañera nueva de Bruma para acompañarla mañana a recuperar su objeto. Quien no sea elegida por nadie irá sola.
Martina me miró enseguida.
Yo la miré también.
Demasiado rápido.
Y ahí entendí la maldad exacta de la tradición.
No era solo dejar algo. Era medir alianzas. Ver quién escogía a quién, quién quedaba fuera, quién necesitaba ser elegido, quién fingía que no le importaba. Era una crueldad social envuelta en terciopelo. Nada homicida. Nada denunciable. Solo un pequeño laboratorio de pertenencia.
—El orden será el mismo —dijo Beatriz—. Jimena.
Jimena dudó. Miró a Martina, luego a mí, luego otra vez a Martina.
—Martina —dijo.
Martina abrió los ojos.
—Yo elijo a Alma —dijo rápidamente.
Noté algo raro en el pecho. Alivio, sí. También culpa. Porque Martina no había dudado. Y yo quizá sí habría dudado si me hubieran preguntado primero, no porque no la quisiera elegir, sino porque siempre estaba calculando consecuencias, incluso en la amistad. Qué asco daba conocerse.
Nora levantó la mano aunque no le tocaba.
—Yo elijo a Amina, porque tiene pinta de saber qué hacer si encontramos niebla, lobos o prefectas.
Amina sonrió apenas.
—Yo elijo a Nora —dijo.
Mercedes eligió a Vega. Vega, a Lidia. Lidia, después de un segundo demasiado largo, eligió a Jimena. Eso dejó a Mercedes sin devolución, pero no sola, porque ya había elegido. El sistema no era exactamente recíproco; era más retorcido. Beatriz lo anotó todo en una hoja.
Yo miré a Martina.
—Gracias —susurré.
—No seas tonta.
—Estoy en ello, pero me cuesta.
Martina sonrió. Una sonrisa pequeña, nerviosa, bonita.
Beatriz volvió a hacer sonar la campanilla.
—La actividad ha terminado. Podéis volver a vuestras habitaciones. Recordad: seis y cuarto. Sin retrasos.
Las veteranas se levantaron. Algunas nos observaron al pasar, evaluándonos. Inés Figueroa del Campo se detuvo un momento a mi lado.
—Buena respuesta —dijo en voz baja.
—¿Cuál? ¿La de perder cosas o la de no saber perderlas?
—Las dos.
Se fue antes de que pudiera contestar. Empezaba a cansarme la gente interesante. Una no podía construir prejuicios en paz.
Salimos de la sala común en grupo. El pasillo estaba casi a oscuras, iluminado por lámparas pequeñas junto a las puertas. Eran poco más de las diez, pero parecía medianoche. El Instituto Aurora tenía esa habilidad de envejecer las horas.
Nora caminaba a mi lado.
—Bueno —dijo—, ha sido menos sangriento de lo esperado.
—Todavía no hemos recuperado los objetos.
—Cierto. Quizá al amanecer nos sueltan perros.
—Perros discretos. De Bruma.
Martina venía callada. La miré.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Eso ha sonado a no.
—Estoy pensando.
—Peligroso.
—Jimena me eligió a mí.
—Sí.
—Y yo te elegí a ti.
—Sí.
—No quería que pensara que...
—Martina.
Se detuvo. El pasillo se movía alrededor con chicas entrando en habitaciones, puertas cerrándose, voces bajas. Yo bajé la voz.
—No tienes que hacer malabares para que nadie se sienta abandonado. Eso también cansa.
Me miró con una expresión rara. Casi agradecida. Casi triste.
—Ya.
—Además, Jimena sobrevivirá. Tiene difusor.
Eso sí la hizo reír.
Al llegar a mi puerta, Nora siguió hacia la 216 y Martina se quedó un momento conmigo. La habitación 226 nos esperaba al final del pasillo, pequeña, apartada, con su puerta de servicio cerca y su aire de disculpa institucional.
—Te acompaño mañana —dijo.
—Ya lo habías anunciado públicamente ante la logia.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Seis y diez aquí.
—Seis y diez es una hora ilegal.
—Alma.
—Vale. Seis y diez.
Martina dudó un segundo y luego me abrazó.
Fue rápido. Torpe. Casi un accidente. Pero fue un abrazo. Yo me quedé rígida medio segundo, porque mi cuerpo a veces tardaba en aceptar cosas buenas. Luego le devolví el abrazo con una mano, como pude, sin saber muy bien dónde colocar la ternura.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Se fue hacia su habitación. Yo entré en la mía y cerré la puerta con llave.
El cuarto estaba frío. Más que antes. O quizá era yo.
Me quité la americana, la colgué, me senté en la cama y miré el bolsillo vacío donde había estado el billete.
Me sentí idiota por echar de menos un papel de diez euros que iba a recuperar en unas horas.
Me sentí más idiota todavía por saber que no era el billete lo que echaba de menos.
Abrí el cajón del escritorio para sacar el dibujo de Dani.
No estaba igual.
Me quedé inmóvil.
El dibujo seguía allí, sí. Pero no estaba como lo había dejado. Yo lo había guardado apoyado contra el lateral, con la cara dibujada hacia arriba. Ahora estaba boca abajo, ligeramente torcido, encima del cuaderno azul.
Durante unos segundos no respiré.
Luego me dije que quizá lo había puesto así yo.
Que estaba cansada. Que había tenido un día larguísimo.
Que mi memoria podía fallar. Que no todo era una señal.
Que una habitación vieja crujía, una puerta mal cerrada podía moverse, un cajón podía deslizar las cosas si estaba torcido.
Muy lógico todo. Muy tranquilizador. Muy mentira.
Me acerqué despacio y le di la vuelta.
El dibujo estaba intacto. Mi madre, Dani y yo. Yo con capa, maleta y espada.
Debajo de la frase de Dani, alguien había escrito otra línea con lápiz, en una letra pequeña y apretada que no era la suya:
No todos vuelven.
Sentí que el frío de la habitación me entraba por la boca.
Miré la puerta. Cerrada. Miré la ventana. Cerrada. Miré el pasillo por debajo de la rendija. Luz quieta.
Volví a mirar el papel.
No todos vuelven.
No grité. No llamé a nadie. No hice nada inteligente ni heroico. Me quedé sentada en la cama, con el dibujo en las manos, escuchando cómo el Instituto Aurora respiraba alrededor de mí con sus paredes antiguas, sus normas invisibles y su educación exquisita.
Y por primera vez desde que había llegado, pensé que quizá el colegio no solo quería enseñarme cuál era mi sitio.
Quizá también quería saber cuánto miedo cabía en él.