Capítulo 6
La primera tradición de Bruma empezó con una campanilla y una frase que, si una la sacaba de contexto, podía haber servido para inaugurar una secta pequeña.
—En Bruma no se entra hablando —dijo Beatriz Montelar de la Hoz—. Se entra escuchando.
Nadie se movió. No porque la frase fuera especialmente profunda, sino porque la sala común estaba iluminada apenas por dos lámparas laterales y todo lo que decía Beatriz parecía venir con eco moral.
Las alumnas nuevas estábamos de pie en el centro, formando una hilera bastante poco heroica.
Las veteranas ocupaban las sillas contra las paredes, observándonos con una mezcla de curiosidad, superioridad y aburrimiento heredado.
Yo intenté mantener la cara tranquila, pero la verdad era que tenía el estómago lleno de tarta de manzana, rabia social y una sospecha creciente de que aquella noche iba a perder algo más que la paciencia.
En el centro de la sala estaba la caja de madera que habíamos visto al entrar. Era oscura, con el emblema de Bruma grabado en la tapa. A su lado, la jarra de agua, la campanilla y cinco velas sin encender. Todo muy discreto. Todo muy simbólico. Todo muy “si aparece una cabra, me voy”.
Martina estaba a mi derecha. Tenía las manos entrelazadas delante de la falda y respiraba con cuidado, como si incluso inhalar de más pudiera llamar la atención.
Nora, al otro lado, parecía menos asustada que indignada por no saber las reglas del juego.
Jimena estaba unos pasos más allá, mirando al suelo con expresión de haber oído historias suficientes para estar preocupada, pero no tantas como para estar preparada.
Había otras cuatro chicas nuevas: Mercedes, la del caballo emocional; una niña pelirroja llamada Vega; otra de pelo rubio ceniza, Lidia; y una chica muy alta, africana o hija de africanos, no lo sabía todavía, llamada Amina, que observaba todo con una serenidad que me dio envidia inmediata.
Beatriz dejó la campanilla sobre la mesa.
—Esta no es una novatada —dijo.
Nora inclinó apenas la cabeza hacia mí.
—Mala señal —susurró.
—Pésima —respondí.
Beatriz nos oyó, por supuesto. Empezaba a pensar que tenía oído de murciélago caro.
—Es una tradición de bienvenida —continuó—. Una forma de recordaros que Bruma no funciona como las demás casas. Cumbre compite, Atlas calcula, Lumbre se exhibe. Bruma mira. Bruma escucha. Bruma guarda.
Las veteranas repitieron la última frase en voz baja:
—Bruma guarda.
No fue un coro exactamente. Fue peor. Fue una costumbre. Algo que habían dicho tantas veces que ya no necesitaban pensarlo.
Martina tragó saliva.
Yo pensé en Celia diciéndome que no me quedara sola. Pensé en Jimena diciendo lo mismo. Pensé en la frase de la tarjeta: la bruma no oculta, custodia. Muy bonito todo, sí. También una estupenda manera de justificar que nadie contara nada.
—Cada una de vosotras —dijo Beatriz— va a responder a tres preguntas. No se trata de sinceridad absoluta. La sinceridad absoluta es una torpeza. Se trata de criterio. Queremos saber qué elegís decir cuando alguien os mira.
—Eso sí que no es inquietante —murmuré.
Martina me rozó el brazo con el suyo. No fue un codazo. Fue una súplica.
Beatriz abrió la caja de madera. Dentro había tarjetas dobladas, todas iguales, de un papel grueso color crema. Metió la mano, sacó una y se la entregó a Jimena.
—Empieza tú.
Jimena se quedó muy quieta. Luego cogió la tarjeta con los dedos tensos y la abrió.
—Lee en voz alta —ordenó Beatriz.
Jimena obedeció.
—“Di tu nombre completo. Di algo que tu familia espera de ti. Di algo que tú esperas de ti misma.”
Uf. Suave para empezar, pero con aguja.
Jimena levantó la vista. Durante un segundo, la chica perfecta de la diadema, los pendientes de perlas y la habitación con vistas al jardín pareció mucho más joven.
—Jimena Olarte Sáinz —dijo—. Mi familia espera que mantenga el nivel de mi hermana. Ella fue alumna de Bruma, terminó con matrícula y ahora estudia Derecho. Yo... —hizo una pausa—. Yo espero no compararme con ella todo el tiempo.
La sala quedó en silencio. No un silencio malo. Uno atento. Beatriz asintió, como si esa respuesta hubiera sido aceptable.
—Bien.
Jimena soltó el aire y dio un paso atrás. Martina la miró con ternura. Yo también la miré de otra manera. Qué fastidio cuando una persona que ya habías archivado como posible enemiga empieza a tener interior.
La siguiente fue Mercedes, la del caballo. Le tocó una tarjeta parecida, pero no igual.
—“Di tu nombre completo. Di qué objeto salvarías si ardiera tu habitación. Di por qué.”
Mercedes se puso roja hasta las orejas.
—Mercedes Aguirre de Robledo y Santa Cruz —dijo.
Nora abrió los ojos como platos. Yo hice un esfuerzo sobrehumano por no girarme hacia ella. Aguirre de Robledo y Santa Cruz. Eso no era un nombre, era una mudanza.
—Salvaría una foto de Apolo —continuó Mercedes.
Una veterana soltó una risita. Mercedes se puso aún más roja.
—Apolo es mi caballo.
Nora bajó la cabeza. Le temblaban los hombros.
—Porque... —Mercedes apretó la tarjeta— porque cuando estoy con él no tengo que ser interesante.
Esta vez nadie se rió.
Yo miré a Mercedes y sentí que el universo me daba una colleja. Mira, Alma, otra rica con dolor propio. Qué manía.
Beatriz volvió a asentir.
—Bien.
La ronda continuó. Vega tuvo que decir algo que le daba miedo perder. Lidia, algo que fingía que no le importaba. Amina, algo que no estaba dispuesta a negociar. Amina contestó con una calma limpia:
—Mi nombre. La gente se equivoca mucho al pronunciarlo y a veces me canso de corregir. Pero no pienso dejar de hacerlo.
Me cayó bien al instante. La entendí demasiado.
Luego le tocó a Nora.
Cogió la tarjeta como si fuera una multa.
—“Di tu nombre completo. Di qué haces cuando tienes miedo. Di qué haces cuando alguien más tiene miedo.”
Nora hizo una reverencia mínima.
—Nora Vidal Castaño. Cuando tengo miedo, hablo demasiado. Cuando alguien más tiene miedo, también hablo demasiado, pero con intención solidaria.
Varias chicas se rieron. Incluso una veterana. Beatriz no, claro. Beatriz probablemente se reiría solo en escritura notarial.
—¿Nada más? —preguntó.
Nora se encogió de hombros.
—También hago chistes malos.
—Eso ya lo hemos observado.
—Bruma mira —dijo Nora, muy seria.
Ahí sí hubo más risas. Beatriz la sostuvo con la mirada unos segundos, pero Nora no apartó los ojos. Me gustó su manera de no pedir perdón por existir. Era distinta a la mía. Menos rabiosa. Más teatral. Pero funcionaba.
Martina fue después.
Cogió su tarjeta y la abrió despacio.
—“Di tu nombre completo. Di una cosa que los demás no suelen notar de ti. Di una cosa que temes que noten.”
Se quedó helada.
No de forma visible para todos, quizá. Pero yo estaba a su lado. La vi. Vi cómo se le tensaron los dedos, cómo bajó la mirada, cómo su respiración cambió. La pregunta le había tocado en algún sitio sensible.
—Martina Echevarría Prado —dijo al fin—. Los demás no suelen notar que escucho más de lo que parece. Y temo que noten... —se le quebró un poco la voz, apenas— que a veces no sé qué decir aunque parezca que sí.
Me dieron ganas de agarrarle la mano. No lo hice porque no sabía si allí agarrar manos también requería autorización por escrito. Pero moví un poco el brazo hasta rozar el suyo. Ella no me miró, pero apoyó apenas su manga contra la mía.
—Bien —dijo Beatriz.
A mí me molestó ese “bien”. Como si el miedo de Martina fuera un ejercicio corregido.
Entonces Beatriz metió la mano en la caja y sacó otra tarjeta.
Me la tendió.
—Alma García.
—Vera —dije, sin pensarlo.
La sala entera pareció contener una sonrisa.
Beatriz no.
—Alma Vera García —corrigió, con demasiada suavidad.
Cogí la tarjeta.
El papel era grueso. Caro. Incluso las preguntas del Aurora tenían más gramaje que mis cuadernos del año anterior. La abrí.
Di tu nombre completo. Di por qué estás aquí. Di qué estarías dispuesta a perder para quedarte.
Ah, mira. Una pregunta sencilla. Solo faltaba que me pidieran la declaración de la renta y un órgano no vital.
Noté el silencio alrededor. No el silencio de antes. Otro. Más vivo. Las veteranas estaban atentas. Beatriz también. Martina me miraba de reojo. Nora había dejado de hacer caras. Jimena tenía los labios apretados.
Leí la tarjeta otra vez, aunque no hacía falta.
Di por qué estás aquí.
Porque soy lista. Porque saqué notas. Porque hice pruebas.
Porque mi madre se dejó la piel para que yo tuviera tiempo de estudiar.
Porque mi padre se marchó y nos dejó una ausencia con forma de factura.
Porque mi hermano cree que llevo una espada.
Porque en mi casa el futuro no se espera: se arranca. Porque si yo fallo, no fallo sola.
Di qué estarías dispuesta a perder para quedarte.
La respuesta real era demasiado grande. Demasiado fea. Demasiado mía.
Levanté la vista.
—Alma Vera García —dije—. Estoy aquí porque me dieron una beca y porque pienso aprovecharla.
Una veterana al fondo inclinó la cabeza. Beatriz esperó.
—Esa no es toda la respuesta.
—No, pero es la versión autorizada para menores.
Nora hizo un sonido ahogado. Martina cerró los ojos un instante, como quien reza para que yo sobreviviera a mi propio carácter.
Beatriz no se movió.
—La pregunta es por qué estás aquí.
—Porque mi familia no puede pagarme un sitio como este.
El silencio cambió otra vez. Me odié un poco por decirlo así, pero también me cansaba tener que envolver la verdad para que no incomodara a quienes vivían lejos de ella.
—Porque mi madre trabaja demasiado —seguí—.
Porque mi hermano cree que esto es una aventura y no quiero que deje de creerlo todavía.
Porque si estudio aquí, quizá después pueda estudiar en una universidad buena, conseguir un trabajo bueno y hacer que en mi casa la palabra “fin de mes” no suene como una amenaza.
Estoy aquí porque para algunos esto será una etapa y para mí es una salida.
Nadie dijo nada.