Capítulo 5 #2
Aplauso suave. Correcto. Impecable. Ni una arruga verbal.
Martina fue después. Se levantó con las mejillas un poco rojas.
—Martina Echevarría Prado. También vengo de Madrid. Creo que puedo aportar... —dudó— escucha. Me gusta escuchar. Y mi aspiración es aprender sin perderme demasiado.
Hubo algunas sonrisas. No burlonas. Cariñosas, incluso. A mí me pareció la mejor respuesta hasta entonces, pero claro, yo no dirigía nada. De haber dirigido algo, probablemente el pan ya estaría liberado.
Nora se puso en pie con naturalidad.
—Nora Vidal Castaño. Vengo de Santander, aunque mi madre dice que técnicamente vivimos entre Santander, Madrid y el coche. Puedo aportar sentido del humor, si no se considera infracción, y mi aspiración es no decepcionar a nadie importante antes de octubre.
Varias veteranas se rieron. Beatriz no, pero su boca se movió casi nada. Eso, en ella, debía de equivaler a carcajada.
Después me tocó a mí.
Me levanté y sentí todas las miradas como alfileres pequeños. No era una sensación nueva, pero allí tenía mejor iluminación. Miré el mantel, luego a Beatriz, luego a las alumnas de Bruma, luego a Martina, que me observaba con una mezcla de ánimo y pánico preventivo.
—Alma Vera García —dije—. Vengo de Madrid, de Vallecas.
Puedo aportar... buena memoria, bastante resistencia y una capacidad razonable para no morirme de vergüenza, aunque hoy se me está poniendo a prueba.
Y mi aspiración para este curso es aprender todo lo que pueda sin convertirme en alguien que mire por encima del hombro a los demás.
Silencio.
No enorme. No dramático. Solo un segundo de más.
Noté que había dicho algo demasiado verdadero. El problema de las verdades es que algunas salen sin pedir autorización y luego te dejan a ti con la cara puesta.
Inés fue la primera en aplaudir. Luego Martina.
Luego Nora. Después el resto, porque el aplauso también tenía jerarquías y nadie quería quedarse fuera de una decisión ya socialmente aceptada.
Beatriz me miró con una expresión ilegible.
No parecía enfadada, pero tampoco encantada.
Me senté con las piernas un poco flojas.
—Buena memoria y resistencia —susurró Nora desde dos sitios más allá—. Suena a anuncio de mochila.
—Gracias —murmuré—. Intento construir marca.
Martina me apretó la rodilla por debajo de la mesa. Fue un gesto rápido, pequeño, agradecido. No supe por qué agradecido. Quizá porque había dicho algo que ella también pensaba y no se atrevía a formular. O quizá porque todavía no me habían expulsado.
En las otras casas también hacían presentaciones.
A ratos se oían nombres y aplausos. Cumbre era más sonora.
Allí los alumnos hablaban de liderazgo, excelencia deportiva, debate internacional, proyectos familiares, idiomas y metas que parecían redactadas por adultos.
Cuando Nicolás se levantó, no necesité mirarlo.
Lo miré igual, claro, porque una es débil pero sincera.
—Nicolás Arriaga de la Serna —dijo—. Madrid. Puedo aportar experiencia en debate, organización y deporte de equipo. Mi aspiración es contribuir a que Cumbre mantenga el nivel que se espera de nosotros.
Aplauso sólido. Seguro. De esos que no preguntan si merecen existir.
Yo pensé que había dicho exactamente lo que tenía que decir.
Ni más ni menos. Nicolás hablaba el idioma del Aurora sin esfuerzo, y eso me molestó de una forma casi personal.
Él no traducía. No calculaba. No medía si una frase podía hacerlo quedar arrogante, pobre, rara o desubicada. Hablaba y el edificio asentía.
—No lo soportas —susurró Martina.
—¿A quién?
—A Nicolás.
—No soporto el concepto.
—¿Qué concepto?
—La gente que parece haber nacido con manual de instrucciones.
Martina sonrió.
—A lo mejor también está fingiendo.
—Pues que finja peor. Por solidaridad.
La cena siguió. Hubo postre, una tarta de manzana tibia con crema, porque incluso la fruta tenía contactos allí.
Yo comí despacio. No por elegancia, sino porque quería que durara.
A mi alrededor, las conversaciones iban formando un mapa invisible.
Familias que se conocían, veranos compartidos, hermanos mayores que habían pasado por las mismas casas, padres que trabajaban juntos, madres que organizaban fundaciones, primos en universidades extranjeras, apellidos que abrían conversaciones como llaves.
El Instituto Aurora no era solo un colegio. Era una red.
Y yo era un nudo que nadie había previsto.
En cierto momento, una alumna de segundo preguntó en voz alta:
—¿Es verdad que este año han ampliado las becas?
La pregunta no iba dirigida a mí, pero varias miradas vinieron a parar a mi lado de la mesa. Como palomas maleducadas.
Beatriz respondió antes de que nadie más pudiera hacerlo.
—El Instituto mantiene un programa de excelencia social desde hace décadas.
Excelencia social. Otra frase para enmarcar y luego tirar por una ventana.
—Mi padre dice que es bueno para el centro —comentó la alumna—. Da diversidad.
Diversidad. Ahí estaba. La palabra que convertía a las personas en decoración moral.
Sentí que Martina se tensaba junto a mí.
Nora dejó de jugar con la cuchara. Inés miró a la alumna de segundo con algo parecido a advertencia.
Yo podría haberme callado. De hecho, debía callarme.
Celia tenía razón. No nos iban a perdonar nada.
A ellos les parecería personalidad; a mí, falta de adaptación.
Pero a veces la inteligencia se toma un descanso y deja al orgullo al mando.
—Qué bien —dije—. Siempre he querido dar diversidad. De pequeña dudaba entre eso y veterinaria.
La alumna parpadeó. Algunas chicas se rieron. Otras no. Beatriz me miró. Esta vez sí había algo más frío en su cara.
—No lo decía así —dijo la alumna, roja.
—Ya. Últimamente todo el mundo dice cosas sin decirlas así.
El silencio volvió, un poco más largo.
Inés apoyó la servilleta sobre la mesa.
—Lo que quiere decir Alma —intervino, con una calma admirable— es que el programa de becas no debería entenderse como un adorno institucional, sino como una responsabilidad real del centro.
La miré.
Eso era exactamente lo que yo quería decir si hubiera tenido una licenciatura en no cavar mi tumba con tenedor.
Beatriz asintió.
—Bien expresado, Inés.
La conversación cambió de rumbo, empujada con una delicadeza casi profesional hacia la competición de casas del trimestre. Yo respiré. Martina me miró como si quisiera abrazarme y estrangularme un poco.
—¿Qué? —susurré.
—Nada.
—Lo ha dicho ella.
—Y tú has decidido prender una cerilla al lado.
—Una cerilla pequeña.
—Alma.
—Vale.
El resto de la cena transcurrió con esa tensión que dejan las cosas no resueltas.
Comí la tarta, bebí agua, sonreí cuando correspondía y aprendí que en el Aurora las frases viajaban más rápido que los camareros.
Varias veces sentí miradas desde otras mesas.
Una de ellas era de Celia. No parecía enfadada.
Parecía preocupada, que en ella era peor.
Otra, desde Cumbre, era de Nicolás. Cuando nuestros ojos se cruzaron, levantó apenas la copa en un gesto mínimo, burlón o admirativo, no supe distinguirlo.
Yo respondí mirando el pan. Madurez absoluta.
Al terminar, los profesores se levantaron primero.
Después los prefectos. Después nosotros, siguiendo un orden que nadie había explicado pero todos parecían conocer.
Me levanté con cuidado, dejé la servilleta donde había visto dejarla a Inés y empujé la silla sin hacer ruido esta vez. Pequeñas victorias.
En la salida del comedor, Beatriz nos reunió a las nuevas de Bruma.
—En quince minutos, sala común —dijo—. Puntualidad absoluta. Sin móviles. Sin bolsos. Sin preguntas innecesarias.
—¿Las necesarias están permitidas? —preguntó Nora.
Beatriz la miró.
—Depende de la pregunta.
—Entonces llevaré varias y usted elige.
Yo casi me enamoré de Nora. En términos amistosos, claro. Sobre todo.
Beatriz no sonrió.
—Quince minutos.
Se alejó con su insignia plateada brillando bajo las lámparas.
Martina soltó el aire.
—No me gusta.
—A mí tampoco —dijo Nora—. Pero tiene un pelo espectacular.
—Eso no ayuda —dije.
—A ella sí.
Jimena se acercó a nosotras. Parecía inquieta.
—Deberíamos subir.
—¿Tan grave es llegar dos minutos tarde? —pregunté.
Jimena me miró con una seriedad nueva.
—Esta noche, sí.
No pregunté más. A veces incluso yo sabía cerrar la boca. Brevemente, pero sabía.
Caminamos hacia el pabellón este en grupo.
Por las galerías, la noche había convertido los cristales en espejos oscuros.
Nuestra imagen avanzaba reflejada a un lado: uniformes, insignias, caras cansadas, una fila de chicas nuevas tragadas por un edificio que olía a cera, piedra y tradición demasiado bien conservada.
Fuera, la niebla se pegaba a las ventanas.
No se veía el jardín. No se veía la fuente. No se veía casi nada.
Al pasar junto al vestíbulo, vi a Celia esperándome cerca de una columna. Me separé un poco del grupo.
—¿Qué pasa?
—Tienes que parar —dijo.
Así, sin saludo. Celia economizaba hasta la cortesía.
—Buenas noches a ti también.
—Lo digo en serio.
—Ya me he dado cuenta. Lo serio te sale muy natural.
Celia apretó la carpeta contra el pecho, aunque ya no estábamos en clase ni en ninguna reunión. Quizá era su escudo. Cada una tenía el suyo. El mío hacía chistes. El suyo tenía esquinas.
—No puedes contestar así delante de todos.
—¿Así cómo?
—Como si no te importara quedarte sin sitio.
Aquello me golpeó más de lo que esperaba.
—Me importa.
—Pues no lo parece.
—Porque si parece que me importa demasiado, también pierdo.
Celia se quedó callada.
—No soy tu enemiga —dijo después.
Casi me reí. No porque fuera gracioso, sino porque en el Aurora hasta las declaraciones de paz sonaban a advertencia.
—No lo sé todavía.
—Yo tampoco sé si tú eres la mía.
—Estupendo. Entonces estamos igualadas.
Sus ojos se endurecieron.
—No, no lo estamos. Tú caes bien cuando hablas. La gente se ríe. Los profesores te recuerdan. Eso aquí puede ayudarte o hundirnos a todos.
Ahí estaba otra vez. Esa mezcla insoportable de injusticia y razón.
—No estoy intentando hundir a nadie.
—Pero puedes hacerlo igual.
Nos miramos en mitad del vestíbulo, dos becadas con uniformes iguales y miedos distintos. Celia quería pasar sin hacer ruido. Yo quería no desaparecer. El problema era que el Instituto Aurora parecía diseñado para castigar ambas cosas.
—Tengo que ir a Bruma —dije.
—Lo sé.
—¿Hay algún consejo más o puedo llegar puntual a mi humillación tradicional?
Celia suspiró.
—No te quedes sola.
La misma frase que había dicho Jimena. Pero en boca de Celia sonó menos a rumor y más a experiencia ajena heredada.
—¿Por qué dice todo el mundo eso?
—Porque aquí las cosas se cuentan diferente cuando no hay testigos.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, Celia se marchó hacia el pasillo de Atlas. La vi alejarse, rígida, pequeña bajo el techo enorme.
Martina me llamó desde la galería.
—¡Alma!
—Voy.
Me reuní con ellas. Nora me miró de arriba abajo.
—¿Problemas?
—Consejos motivacionales de otra becada.
—Qué bonito. ¿Ya tenéis sindicato?
—Estamos negociando pancartas.
Subimos a la residencia. Nadie hablaba demasiado.
Incluso Nora se quedó más callada. La sala común de Bruma estaba al final del primer piso, detrás de una puerta doble con cristales opacos.
Cuando llegamos, las veteranas ya estaban dentro.
Las luces eran bajas. Habían retirado las mesas y colocado las sillas contra las paredes.
En el centro de la sala había una caja de madera, una jarra de agua, varias velas apagadas y una campanilla plateada.
—Esto no parece una actividad de integración —susurré.
—¿Qué parece? —preguntó Martina.
Miré la caja, las velas, las veteranas y la puerta cerrándose detrás de nosotras.
—Una integración con abogados pendientes.
Beatriz Montelar de la Hoz se colocó delante del grupo.
—Bienvenidas a vuestra primera noche en Bruma —dijo.
La sala quedó en silencio.
Yo pensé en mi madre, en Dani, en el dibujo guardado en mi habitación, en la cena, en los apellidos, en el pan jerárquico, en Celia diciéndome que no me quedara sola.
Pensé que todavía no llevaba ni un día completo en el Instituto Aurora y ya había aprendido una cosa bastante útil: allí las amenazas rara vez parecían amenazas al principio.
Beatriz levantó la campanilla.
—Vamos a empezar.
Y, por primera vez desde que había llegado, nadie hizo ningún chiste.
Ni siquiera yo.