La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

La cena de bienvenida no era una cena. Era una inspección con cubiertos.

Eso lo entendí en cuanto entré en el comedor y vi que las mesas ya estaban preparadas con una precisión casi militar: manteles blancos, copas alineadas, servilletas dobladas, platos hondos sobre platos llanos, cubiertos a ambos lados y una tarjeta con el nombre de cada alumno colocada junto al vaso de agua.

No era el tipo de cena donde una se sentaba, comía y procuraba no mancharse.

Era el tipo de cena donde el pan podía revelar tu educación, tu origen y, si te descuidabas, hasta tu esperanza de vida social.

Yo me detuve en la entrada un segundo más de lo recomendable.

—No mires los cubiertos como si fueran armas —susurró Martina a mi lado.

—Estoy evaluando cuál usaría primero en defensa propia.

—El de fuera.

—¿Para defenderme?

—Para comer.

—Ah. Qué decepción.

Martina sonrió, pero estaba nerviosa. Se le notaba en que se tocaba la manga de la americana cada pocos segundos, alisándola aunque ya estaba lisa.

Jimena caminaba delante de nosotras con una tranquilidad impecable.

Nora venía detrás, mirando la sala como quien entra en una boda sin saber si conoce a los novios.

Las veteranas de Bruma nos guiaban hacia una mesa larga situada en el lateral derecho del comedor.

No era la peor ubicación, porque en el Aurora nada se presentaba tan vulgarmente como “peor”, pero tampoco era la mesa central, donde estaban los prefectos, algunos alumnos de familias históricas y varios profesores. Allí el aire parecía más caro.

Las casas estaban mezcladas, pero no del todo.

Bruma ocupaba una sección, Cumbre otra, Atlas otra, Lumbre otra.

La mezcla, por lo visto, consistía en permitir que nos viéramos desde distancias prudentes.

Las tarjetas con los nombres hacían el resto del trabajo.

A mí me habían colocado entre Martina y una chica de segundo curso llamada Inés Figueroa del Campo, que llevaba una insignia plateada y una expresión de haber nacido sabiendo dónde se dejaba la servilleta.

Miré mi tarjeta.

Alma Vera García.

Bien. Al menos para la cena existía entera.

—Te ha tocado aquí —dijo Martina, señalando mi silla.

—Sí, veo que han asumido el riesgo.

Me senté despacio, intentando no mover la silla con demasiado ruido.

Fracasé a medias. La madera raspó el suelo con un sonido pequeño, pero para mí fue como arrastrar un piano por una iglesia.

Nadie dijo nada. Esa era la especialidad del Aurora: hacerte sentir ridícula sin necesidad de colaboración externa.

En la mesa de enfrente vi a Celia. Estaba sentada entre dos alumnas de Atlas, tiesa, atenta, estudiándolo todo.

En otra mesa, Mauro compartía espacio con varios Lumbre que hablaban con entusiasmo sobre teatro, debate y no sé qué concurso europeo de oratoria.

Mauro parecía estar intentando calcular si cabía debajo de la mesa.

Le levanté apenas la mano. Él me respondió con un gesto mínimo.

La comunicación becada se estaba desarrollando con discreción admirable.

Nicolás estaba en la mesa central de Cumbre, no demasiado lejos.

A su izquierda se sentaba un hombre mayor que yo reconocí como el profesor Beltrán, el de Literatura, y a su derecha un chico rubio de cuarto o quinto curso que debía de ser prefecto porque tenía esa postura de quien administra una parte pequeña del universo.

Nicolás hablaba poco. Escuchaba, sonreía cuando correspondía, inclinaba la cabeza.

Parecía cómodo. No feliz exactamente. Cómodo.

Como si aquel mundo, con todos sus manteles, sus copas y sus apellidos, hubiera sido construido a la altura exacta de sus hombros.

Qué rabia daba la gente que encajaba.

La señora Vionnet se levantó junto a la mesa de profesores y el comedor quedó en silencio con una rapidez que me pareció antinatural.

En mi antiguo instituto, para conseguir silencio hacía falta un profesor gritando, tres alumnos ignorándolo y alguien tirando una mochila.

Allí bastaba con que una mujer con moño se pusiera de pie. Fascinante y perturbador.

—Antes de comenzar —dijo—, quiero darles de nuevo la bienvenida al Instituto Aurora. Esta cena no es solo una tradición. Es la primera oportunidad de reconocernos como comunidad.

Comunidad. Miré las mesas. Vi alumnos con apellidos dobles, prefectos con insignias, becados intentando no equivocarse, profesores observándolo todo y personal de comedor moviéndose como sombras bien entrenadas.

Si aquello era una comunidad, lo era de esas donde algunos nacían con llave y otros entrábamos por invitación temporal.

—Durante la cena —continuó Vionnet—, los alumnos nuevos serán presentados en sus respectivas casas. Los veteranos os harán algunas preguntas. Responded con naturalidad, respeto y brevedad.

Respeto y brevedad. Dos virtudes que a mí me salían regular por separado y fatal juntas.

Beatriz Montelar de la Hoz se puso en pie en nuestra mesa. Tenía una copa de agua delante, las manos apoyadas con suavidad sobre el mantel y la cara de quien no iba a permitir que nadie untara mantequilla en el orden social.

—Bruma recibe este año a ocho alumnas de primer curso —dijo—. Como sabéis, nuestra casa se distingue por la observación, la prudencia y la lealtad. La discreción no es silencio. Es inteligencia aplicada al momento adecuado.

Yo miré mi plato vacío.

La discreción no es silencio. Era buena frase, la verdad. Daba rabia cuando la gente que te intimidaba decía cosas bien.

El primer plato llegó entonces: una crema caliente servida en cuencos blancos.

Olía a calabaza, especias suaves y algo que no supe identificar porque en mi casa las especias eran sal, pimienta y, en ocasiones especiales, orégano con aspiraciones.

Nadie tocó la cuchara hasta que Beatriz lo hizo.

Recordé lo del pan. También miré el pan.

Estaba ahí, en una cesta pequeña, dorado, crujiente, inocente de toda culpa y, por lo visto, protegido por la tradición.

Nora, sentada dos sitios más allá, me miró y movió los ojos hacia la cesta.

No, vocalicé sin sonido.

Ella abrió mucho los ojos, dramática, como si estuviera muriendo de inanición aristocrática.

Inés Figueroa del Campo, la veterana a mi lado, tomó la cuchara.

—Alma, ¿verdad?

—Sí.

—Bienvenida a Bruma.

—Gracias.

—¿De dónde vienes?

Ahí estaba. La pregunta sencilla que nunca era sencilla.

—De Madrid.

—¿Zona?

Zona. No barrio. Zona. Qué delicadeza geográfica.

—Vallecas.

Inés no hizo mueca. Punto para ella. Solo asintió como si estuviera ubicando un país en un mapa.

—¿Y cómo llegaste al Aurora?

—En autobús.

Martina bajó la cara. Nora tosió. Inés me miró un segundo, y entonces, para mi sorpresa, sonrió.

—Me refería a la beca.

—Ah. Expediente, pruebas, entrevista y un ensayo sobre liderazgo que seguramente engañó a alguien.

—¿Sobre qué escribiste?

Podría haber dicho algo neutro. La superación. El esfuerzo. La importancia de la educación. Esas cosas que suenan bien y no desnudan a nadie. Pero por algún motivo, quizá porque estaba cansada de parecer agradecida hasta por respirar, dije la verdad a medias.

—Sobre mi madre.

Inés dejó la cuchara un instante.

—¿Es líder?

Pensé en mi madre sosteniendo la camisa planchada tres veces.

En sus manos ásperas. En su manera de multiplicar el dinero y esconder el cansancio.

En cómo podía discutir con una compañía eléctrica sin perder la educación hasta el minuto siete, que ya era más de lo que merecían.

En cómo seguía levantándose cada mañana aunque la vida tuviera la mala costumbre de esperarla despierta.

—Sí —dije—. Pero no sale en revistas.

Inés no respondió enseguida. Luego asintió, seria.

—Eso suele pasar con los mejores.

Vale. Esa no me la esperaba. Mi sistema defensivo se quedó un poco sin trabajo.

Al otro lado de Martina, Jimena hablaba con otra veterana sobre su hermana, su antigua casa, un viaje a Francia y una profesora de música que al parecer había marcado a varias generaciones.

Martina estaba muy quieta, atenta a todo, como si intentara aprender las normas antes de que nos explotaran en la cara.

Nora, mientras tanto, había conseguido que una alumna de segundo le explicara la historia de una competición entre casas y fingía interés mientras miraba el pan con deseo religioso.

La crema estaba buenísima. Me molestó. Hay pocas cosas más irritantes que un sistema injusto con buena cocina.

Cuando llegó el segundo plato, la conversación se volvió más suelta.

A mí me sirvieron una opción vegetariana de verduras asadas, legumbres especiadas y una salsa que parecía haber estudiado más que yo.

En la tarjeta junto a mi plato figuraba discretamente la palabra vegetariana , y me hizo gracia pensar que el Aurora podía olvidar asignarme una habitación decente pero no mi preferencia alimentaria. Prioridades.

—¿No comes carne? —preguntó Inés.

—No.

—¿Por ética?

—Por varias cosas. Ética, costumbre, economía familiar y porque una vez vi un documental a una edad equivocada.

Inés volvió a sonreír.

—Interesante combinación.

—Soy una persona compleja y barata.

Martina se rio por fin. Jimena también, aunque con prudencia. Beatriz, desde la cabecera, nos miró. No dijo nada. Solo miró. La risa se nos disciplinó sola, que seguramente era una asignatura optativa de segundo.

Entonces empezó la ronda de presentaciones.

Cada alumna nueva de Bruma debía ponerse en pie, decir su nombre completo, procedencia, una virtud que aportaba a la casa y una aspiración para el curso. Una virtud y una aspiración. Joder. Yo no llevaba ni un día allí y ya querían que me vendiera como si fuera una empresa emergente.

Jimena fue la primera de nuestro grupo.

—Jimena Olarte Sáinz. Vengo de Madrid. Creo que puedo aportar constancia y sentido de la responsabilidad. Mi aspiración es integrarme en Bruma y estar a la altura del Instituto.