Capítulo 4 #3
—¿Podéis tomaros algo en serio?
La pregunta no fue un grito, pero tenía filo.
—Varias cosas —dije—. El alquiler, los recibos, la muerte térmica del universo y que nos hayan colocado en habitaciones peores.
Mauro bajó la vista.
Celia apretó la carpeta contra el pecho.
—No son peores. Son las disponibles.
—Claro.
—Y aunque fueran peores, quejarnos no ayuda.
—¿Quién ha dicho que quejarse no ayuda? Yo me quejo bastante y mira qué cutis.
—Esto no es gracioso.
—No he dicho que lo sea.
Nos miramos. Celia tenía los ojos oscuros y muy quietos. Había rabia ahí, pero no era una rabia desordenada como la mía. La suya estaba doblada, planchada y guardada en una carpeta. Probablemente con separadores.
—No nos van a perdonar nada —dijo—. Ni un retraso, ni una mala contestación, ni una broma fuera de sitio. A ellos les parecerá personalidad. A nosotras, falta de adaptación.
Mauro dejó de sonreír.
La odié un poco por tener razón.
—Lo sé —dije.
—Pues no lo parece.
—Porque mi estrategia no es parecer muerta.
—Mi estrategia es quedarme.
Aquello nos dejó callados. Celia tragó saliva, como si no hubiera querido decirlo así, tan desnudo.
—La mía también —respondí, más baja.
Durante un segundo, casi nos entendimos. Casi. Luego Celia volvió a girarse y siguió caminando.
—Entonces aprende a medir.
Me quedé mirando su espalda.
—Qué simpática —murmuré.
Mauro caminó a mi lado.
—No es simpática, pero no va desencaminada.
—Eso es lo peor de la gente antipática. A veces acierta.
Bajamos al despacho de coordinación residencial.
Teresa Luján nos esperaba con otros dos alumnos becados de primer curso que aún no conocía: una chica menuda, de pelo rizado, llamada Sara Benítez, y un chico alto, muy flaco, con acento gallego, llamado Iván Lago.
Cinco becados en total. Cinco entre decenas de alumnos con apellidos compuestos, maletas nuevas y padres capaces de decir Canadá sin mirar el precio.
Teresa Luján cerró la puerta cuando entramos.
—Gracias por venir. Seré breve.
Eso prometían siempre los adultos antes de no serlo.
—El Instituto Aurora cuenta este año con cinco becas completas de primer curso —dijo—. Vuestra presencia aquí responde a vuestro expediente, vuestro potencial y vuestro mérito. Quiero que eso quede claro desde el principio. No estáis aquí por compasión.
Nadie se movió.
—Dicho esto —continuó—, también quiero ser honesta. Este centro puede ser difícil para cualquier alumno nuevo, pero para vosotros habrá dificultades añadidas. Algunas serán económicas, otras sociales, otras simplemente invisibles para quienes no tienen que pensarlas.
Me gustó que dijera eso. Me dio miedo que dijera eso.
—Tenéis derecho a pedir ayuda —añadió—. Académica, material o emocional. Tenéis derecho a estar aquí sin agradecer cada silla que ocupáis. Y tenéis la obligación de no sabotearos entre vosotros.
Celia bajó la mirada.
Yo también.
—La competencia académica forma parte del Aurora —dijo Teresa—. La crueldad, no debería. Si alguien os hace sentir que solo hay sitio para uno, recordad que esa es precisamente la trampa.
Ahí sí miré a Celia. Ella no me miró a mí.
—¿Preguntas? —dijo la coordinadora.
Sara Benítez levantó la mano con timidez.
—¿Hay ayudas para material extra? Nos han dicho que algunas actividades requieren equipamiento específico.
—Sí. Debéis solicitarlas a través de coordinación. De forma discreta.
De forma discreta. Incluso la ayuda tenía que entrar por la puerta de atrás, no fuera a manchar la alfombra.
Iván preguntó por los viajes de fin de trimestre. Mauro, por los libros complementarios. Celia, por las tutorías de excelencia. Yo no pregunté nada. No porque no tuviera preguntas, sino porque tenía demasiadas y ninguna quería salir con buena cara.
Al terminar, Teresa nos entregó una tarjeta con su correo interno y horarios de atención. Cuando salíamos, me llamó.
—Alma.
Me quedé atrás.
—Sí.
—Tu habitación se revisará.
—Eso me han dicho.
—Mientras tanto, si la humedad empeora, avísame.
—¿La de la pared o la existencial?
Teresa me miró.
—Empieza por la pared.
—Todo el mundo me dice eso.
—Quizá porque lo otro tarda más en secarse.
Esta vez no me reí. Solo asentí. Había adultos peligrosos porque podían hacerte daño. Teresa Luján parecía peligrosa porque podía ver demasiado.
Volví sola hacia Bruma. Celia se había adelantado, Mauro se había quedado hablando con Iván y Sara, y yo necesitaba unos minutos sin gente.
El pasillo principal estaba más tranquilo.
Desde algún aula llegaba el sonido de una persiana bajando.
En el jardín, la niebla había tomado posesión completa de la tarde.
Las farolas empezaban a encenderse, círculos amarillos suspendidos en blanco.
Al pasar junto a la galería del ala norte, escuché un ruido.
No fue grande. Un golpe seco, lejano, como una puerta cerrándose al fondo de un pasillo. Me detuve. La puerta de cristal esmerilado seguía cerrada. Detrás no se veía nada, solo una luz apagada y la sombra de las molduras. Me acerqué un poco. Había un cartel colgado con letras negras:
ACCESO RESTRINGIDO. ZONA EN REFORMA.
Leí la frase dos veces.
Luego oí pasos.
Esta vez sí. Pasos al otro lado. Lentos. Uno, dos, tres. Después silencio.
Sentí un frío distinto al de la montaña. Uno más pequeño, más íntimo, que se mete por la espalda y te recuerda que tienes imaginación y sistema nervioso, mala combinación.
—¿Te has perdido?
Casi di un salto.
Nicolás Arriaga de la Serna estaba detrás de mí, con una carpeta bajo el brazo y la corbata floja. No sé de dónde había salido. Quizá los alumnos de Cumbre se generaban espontáneamente cerca de las zonas prohibidas.
—Estoy explorando —dije, intentando recuperar algo parecido a la dignidad.
—Eso suele decir la gente perdida.
—Y la gente con espíritu aventurero.
—¿Cuál eres tú?
—La que no responde encuestas en pasillos.
Nicolás miró la puerta del ala norte.
—No deberías estar aquí.
—Estoy en un pasillo.
—Del Aurora.
—Qué observador. Con razón te dieron Cumbre.
No sonrió. Eso me llamó la atención.
—Lo digo en serio.
—¿Por qué? ¿También hay normas sobre mirar puertas?
—Hay normas sobre no complicarse la vida el primer día.
—Qué raro. Nadie me las ha entregado plastificadas.
Nicolás bajó la voz.
—Esa zona está cerrada desde hace años.
—¿No estaba en reforma?
—Aquí muchas cosas están en reforma cuando no quieren explicarlas.
Lo miré. Por primera vez desde que lo había conocido, Nicolás no parecía estar actuando para nadie. Seguía siendo irritantemente guapo, sí, qué desgracia, pero había algo más. Una sombra breve. Una tensión.
—¿Qué hay ahí? —pregunté.
Se encogió de hombros, demasiado tarde para fingir indiferencia.
—Aulas antiguas. Archivos. Polvo. Historias que los nuevos convierten en leyendas porque todavía no tienen deberes.
—¿Y tú qué conviertes en leyenda?
—Yo intento no convertirme en una.
Buena frase. Odié que fuera buena.
Antes de que pudiera contestar, sonó una voz desde el extremo del pasillo.
—Arriaga.
Era un profesor que yo no conocía, un hombre de unos cuarenta años, traje oscuro, barba recortada, mirada seca. Nicolás se enderezó casi de forma imperceptible.
—Profesor Iriarte.
El profesor nos miró a los dos. A él primero. A mí después. En mí se detuvo un poco más, como si estuviera calculando mi precio y le pareciera bajo.
—La zona norte está restringida —dijo.
—Lo sé —respondió Nicolás.
—Entonces no hay motivo para detenerse delante.
—Ninguno.
El profesor Iriarte me miró.
—¿Nombre?
—Alma Vera García.
—Casa.
—Bruma.
—Procure aprender pronto los límites del edificio, señorita García. Algunos existen por seguridad.
—Lo tendré en cuenta.
Mi tono fue correcto. Casi milagroso. Iriarte asintió y siguió andando. No hizo falta que dijera nada más. Hay profesores que te suspenden antes de conocerte, solo con la manera de pronunciar “señorita”.
Cuando desapareció, Nicolás soltó el aire.
—Ese me va a caer fenomenal —dije.
—Es de Historia.
—Peor. Los profesores de Historia recuerdan demasiado.
Nicolás me miró un segundo. Luego hizo un gesto hacia el pasillo principal.
—Deberías volver a Bruma.
—¿Me estás dando una orden o salvando de otra advertencia amable?
—Estoy intentando que no te ganes enemigos antes de la cena.
—Llegas tarde.
Esta vez sí sonrió.
—Eso parece.
Nos quedamos un segundo en silencio. El ala norte, a nuestra espalda, no volvió a hacer ruido.
Quizá no había sonado nada. Quizá habían sido tuberías, madera vieja, personal del centro.
Quizá mi cabeza, emocionada por tener por fin un edificio gótico a mano, estaba intentando justificar su presupuesto.
—García —dijo Nicolás.
—Arriaga de la Serna.
—En la cena, espera a que los prefectos cojan pan.
Lo miré.
—¿También tú con el pan?
—Es una estupidez.
—Entonces paso.
—Precisamente porque es una estupidez, conviene no empezar por ahí.
—¿Por qué todo el mundo me está dando consejos para respirar sin molestar?
Nicolás no contestó enseguida.
—Porque aquí la gente recuerda las primeras veces.
No sonó como una amenaza. Sonó como experiencia.
Me fui sin darle las gracias. No porque no las mereciera, sino porque a veces una tiene que conservar algo de orgullo, aunque sea uno pequeño, de bolsillo.
Cuando llegué a mi habitación, la tarde ya era casi noche. La lámpara del escritorio proyectaba un círculo cálido sobre el cuaderno azul, el dibujo de Dani y la normativa de habitaciones individuales. Cerré la puerta. Esta vez con llave.
Me quité la americana y la colgué con cuidado. Luego me senté en la cama y abrí uno de los paquetes de galletas. Comí dos. Después tres. No porque tuviera hambre, sino porque sabían a casa y la casa, esa tarde, quedaba demasiado lejos.
Miré otra vez el cajón donde estaban las iniciales escondidas.
L. M. — 2009.
No lo abrí.
Todavía no.
En el pasillo, las chicas empezaban a prepararse para la cena de bienvenida.
Risas, agua corriendo en los baños, puertas, pasos, voces preguntando si alguien tenía horquillas, medias limpias, brillo de labios, valor.
Yo me miré en el espejo pequeño del armario.
Tenía el pelo algo deshecho, la cara pálida y una insignia de Bruma en la solapa que parecía demasiado brillante para mí.
—Bueno —me dije—. Primer día y aún no has prendido fuego a nada.
No estaba mal.
Me lavé la cara, me peiné otra vez y me puse la americana. Antes de salir, cogí el dibujo de Dani y lo guardé en el cajón superior, lejos de las marcas antiguas. Luego cerré con cuidado.
La habitación se quedó detrás de mí, pequeña, fría, provisional.
Igual que yo.
Pero, por ahora, seguíamos dentro.