Capítulo 4 #2
—Además —continuó Beatriz—, esta noche, después de la cena de bienvenida, las alumnas nuevas de Bruma deberán reunirse en la sala común. Habrá una actividad de integración.
—¿Obligatoria? —pregunté.
—Tradicional.
—Traducción: obligatoria.
Beatriz sonrió.
—Veo que aprendes rápido.
No me gustó su sonrisa. No era cruel. Era peor. Era paciente.
Cuando se fue, Martina cerró la puerta. Esta vez sí la cerró, con cuidado pero con intención.
—No puedo creerlo —dijo.
—¿La manta o la amenaza tradicional?
—Las dos cosas.
—Bienvenida a mi teoría: en el Aurora incluso las mantas tienen protocolo.
Martina se quedó con la manta abrazada contra el pecho.
—No quería meterte en problemas.
—No me has metido en problemas. Ya venía yo con plaza reservada.
—Pero...
—Martina, si una manta es suficiente para desestabilizar mi carrera académica, quizá no era una carrera muy sólida.
Intenté sonreír. Me salió regular. La verdad era que me había dolido más de lo que quería admitir.
No por la manta. Por el gesto. Por el mensaje.
Por esa facilidad que tenía el Aurora para convertir cualquier intento de cuidado en una infracción si venía de la persona equivocada.
Martina podía regalarme una manta en su mundo, quizá.
En el mío, una manta regalaba demasiada información.
—Voy a hablar con Jimena —dijo Martina—. A lo mejor sabe algo de esas actividades.
—Perfecto. Espionaje de dormitorio con aroma floral.
—¿Vienes?
Miré mi cuarto. El armario cerrado, la cama estrecha, el escritorio, el dibujo de Dani, la normativa individual en mi mano. De pronto me pareció que si me quedaba allí sola demasiado tiempo, iba a empezar a oír pensamientos feos.
—Voy.
Salimos al pasillo. La residencia femenina de Bruma había cobrado vida.
Puertas abiertas, voces, risas contenidas, secadores de pelo, maletas a medio vaciar, perchas chocando dentro de armarios.
Olía a colonia, madera encerada y nervios de adolescente con presupuesto.
Las habitaciones buenas estaban en la parte central del pasillo, lejos de la puerta de servicio.
La de Martina y Jimena era la 214, con dos camas, dos escritorios, dos armarios amplios y una ventana enorme al jardín.
La fuente se veía entre la niebla, difusa, casi bonita.
Había una alfombra pequeña junto a cada cama y una lámpara de lectura en cada escritorio.
Nada excesivo. Solo suficiente para recordarme que mi habitación era la versión con letra pequeña.
Jimena estaba ordenando libros en una estantería portátil. Por colores, efectivamente. Había colocado también un difusor sobre el escritorio, un marco con una foto familiar y una caja de madera con iniciales grabadas.
—Hola —dijo al vernos—. ¿Todo bien?
Martina levantó la manta.
—Beatriz dice que no podemos intercambiar ropa de cama sin autorización.
Jimena hizo una mueca.
—Sí, eso es verdad.
—¿Tú lo sabías? —pregunté.
—Mi hermana me habló de algunas normas.
—Tu hermana nos cae fatal de momento.
Jimena se quedó quieta. Luego se dio cuenta de que quizá era broma. O quizá no. La pobre tenía que trabajar muchísimo conmigo.
—No es por maldad —dijo—. Es que hace unos años hubo chinches.
Me quedé mirándola.
—¿Chinches?
—Sí.
—Qué decepción. Yo esperaba una tragedia más elegante.
—Alma —dijo Martina, aunque ella también parecía decepcionada.
Jimena se sentó en su cama.
—Las actividades de integración sí son más complicadas.
—Define complicadas —pedí.
—Depende de la casa. En Bruma suelen ser... discretas.
—Qué tranquilizador. Los asesinatos discretos siempre me han parecido más educados.
Martina me dio con la manta en el brazo.
—No son asesinatos —dijo Jimena—. Son pruebas simbólicas. Juegos. Tradiciones.
—No sé si os dais cuenta de que cada palabra que añadís empeora la anterior.
Jimena suspiró. Parecía debatirse entre contarnos algo y proteger una norma no escrita. Al final ganó el miedo, o la prudencia, o esa lealtad heredada que tenían algunos hacia el colegio incluso antes de quererlo.
—No puedo decir mucho.
—Claro que puedes —dije—. Lo que pasa es que no quieres morir socialmente antes de Navidad.
Martina se sentó a su lado.
—Jimena, por favor. Estamos perdidas.
Jimena miró la puerta abierta. Luego bajó la voz.
—No es peligroso de verdad. Al menos no debería. Pero los veteranos usan las actividades para medir a los nuevos. Ven quién se asusta, quién obedece, quién protesta, quién intenta destacar, quién se rompe.
—Qué sano todo —dije.
—En Bruma valoran la discreción. Si haces demasiado ruido, te marcan. Si pareces demasiado débil, también.
—¿Y si haces chistes malos?
—No sé. Supongo que eso es territorio nuevo.
Martina me miró con una sonrisa pequeña. Yo levanté las manos.
—Estoy abriendo camino.
Jimena se mordió el labio.
—Mi hermana decía que lo importante es no quedarse sola.
Ese consejo cayó en la habitación de una forma distinta. No sonó a norma. Sonó a supervivencia.
—¿Sola físicamente o sola en plan emocional adolescente? —pregunté.
—Las dos.
No contesté. Miré por la ventana. En el jardín, dos alumnas mayores cruzaban bajo la niebla con carpetas contra el pecho.
Sus figuras aparecían y desaparecían entre los setos.
El Instituto Aurora tenía esa capacidad: hacía que la gente pareciera parte de un cuadro antiguo, incluso cuando seguramente solo iba a recoger calcetines de la lavandería.
—¿Y las otras casas? —preguntó Martina.
Jimena pareció agradecer cambiar de tema.
—Cumbre es más competitiva. Deportes, liderazgo, exposición pública. Atlas es estrategia, notas, debate, expedientes impecables. Lumbre es creatividad, oratoria, artes, proyectos. Bruma observa.
—Bruma cotillea con prestigio —resumí.
—Bruma escucha —corrigió Jimena.
—Eso dicen todos los cotillas buenos.
La puerta se abrió un poco más. Una chica morena, de piel muy clara y ojos grandes, asomó la cabeza.
—Perdón. ¿Es aquí donde huele increíble o me estoy desmayando?
Jimena sonrió.
—Es el difusor.
—Bendito sea.
La chica entró sin pedir mucho permiso, pero de una manera tan natural que no resultó invasiva. Llevaba el uniforme a medio colocar, la corbata floja y el pelo recogido con un lápiz, lo cual me pareció una decisión estética arriesgada y admirable.
—Soy Nora —dijo—. Nora Vidal Castaño. Habitación 216. Mi compañera está llorando por videollamada con su caballo.
Silencio.
—¿Con su qué? —pregunté.
—Su caballo. Se llama Apolo. El caballo, no la compañera. La compañera se llama Mercedes de algo larguísimo, pero ya he desconectado después de la tercera preposición.
Me gustó Nora inmediatamente. Quizá demasiado rápido, pero había entrado criticando a una chica que lloraba por un caballo, y eso creaba vínculos.
—Alma —dije.
—La de Vera que no es apellido.
—Veo que mi campaña de comunicación funciona.
—Martina —dijo Martina.
—Jimena —añadió Jimena.
—A ti ya te conocía —dijo Nora—. Olarte Sáinz. Mi madre conoce a tu tía. O a tu madre. O a alguien que lleva tus pendientes en versión adulta.
Jimena tocó sus pendientes de perlas, incómoda.
—Puede ser.
Nora se dejó caer en la silla de Martina.
—¿Sabéis algo de lo de esta noche? Mercedes dice que su primo estuvo en Bruma y que no hablemos más de lo necesario.
—Qué alegría de primo —dije.
—Ya. También dice que en la cena no cojamos pan hasta que lo cojan los veteranos.
La miré.
—¿Perdona?
—Eso.
—¿El pan tiene jerarquía?
—Aquí todo tiene jerarquía.
Dicho así, con esa facilidad, la frase pareció describir el colegio entero. El pan, las habitaciones, los apellidos, las mantas, las casas, las vistas, las bromas, el derecho a preguntar, el derecho a equivocarse.
Martina se abrazó la manta.
—No voy a sobrevivir.
—Sí vas a sobrevivir —dijo Nora—. Solo tienes que parecer tranquila mientras no entiendes nada. Mi familia lleva años haciéndolo en bodas.
Jimena se rio. Martina también. Yo me apoyé contra el marco de la ventana y sentí, por primera vez desde que había subido al autobús, que el Aurora quizá no iba a ser solo un sitio donde me miraran. Quizá también podía ser un sitio donde mirar con otras.
Entonces Celia apareció en la puerta.
No llamó. Tampoco entró. Se quedó allí, con una carpeta en la mano y el uniforme impecable.
—La reunión de becados es en diez minutos —dijo.
Mauro estaba detrás de ella, en el pasillo, con cara de haber sido arrastrado a una misión diplomática.
—¿Reunión de becados? —pregunté.
—Nos ha citado la señora Luján —contestó Celia—. Coordinación residencial.
Martina me miró.
—¿Quieres que vaya?
Celia giró los ojos hacia ella. No fue un gesto enorme, pero sí suficiente.
—He dicho becados.
Martina se quedó quieta. Jimena fingió ordenar un libro. Nora abrió mucho los ojos, encantada con el drama recién servido.
Yo me separé de la ventana.
—Gracias por la aclaración. Por un momento pensé que becados significaba “gente con manta requisada”.
Celia no sonrió.
—No conviene llegar tarde el primer día.
—No conviene hacer muchas cosas y aquí estamos.
Mauro tosió.
—Podemos ir —dijo—. Antes de que esto se convierta en una competición de frases.
Celia se dio media vuelta. Yo miré a Martina.
—Luego te cuento.
—Vale.
—Y no dejes que Jimena ordene tu vida por colores.
—Lo intentaré.
Salí al pasillo con Celia y Mauro. Caminamos los tres en silencio durante unos metros. Celia iba delante, como si la hubieran nombrado representante oficial de la pobreza con expediente excelente. Mauro caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos.
—¿Tú sabías lo de la reunión? —le pregunté.
—Me dejaron una nota en la habitación.
—A mí nadie me dejó nada.
Celia habló sin girarse.
—Quizá porque no estabas.
—O quizá porque mi habitación está tan lejos que el mensajero necesitaba provisiones.
Mauro sonrió apenas.
—Tu habitación está al final del pasillo, ¿no?
—Junto al reino de los contenedores.
—La mía da al aparcamiento de proveedores —dijo él.
—Qué nivel. Vistas industriales.
Celia se detuvo y nos miró.