Capítulo 4
Mi habitación tenía una virtud maravillosa: era imposible perderse dentro.
Desde la cama podía tocar el escritorio con un pie, el armario con la mano y la pared con la dignidad, si la dignidad hubiera sido un músculo.
La ventana, estrecha y alta, daba a la zona de servicio del pabellón este, aunque zona de servicio sonaba demasiado generoso.
Era un rectángulo de grava, una celosía de madera, tres contenedores discretos y una puerta metálica por donde entraban y salían personas adultas con carros de ropa, cajas y esa expresión de quien conoce un edificio mejor que quienes lo poseen.
Si estiraba un poco el cuello, también podía ver un trozo de bosque.
No el bosque bonito de las postales del Aurora, sino el bosque lateral, húmedo, oscuro, lleno de ramas que parecían dedos de una señora mayor juzgándote desde lejos.
Aun así, era mi habitación.
Provisional, sí. Pequeña, también. Con una mancha de humedad en la esquina y una cama que crujía como si tuviera opiniones políticas.
Pero mía, al menos por ahora. Y eso tenía algo raro.
En casa nunca había tenido una habitación solo para mí.
Compartía espacio con Dani de formas creativas: mis libros en una estantería del salón, su ropa en una cómoda del pasillo, mi mesa de estudio contra una pared donde se oía perfectamente al vecino toser, discutir o ver concursos.
Allí, en cambio, tenía una puerta que podía cerrar.
Una cama solo mía. Un escritorio solo mío.
Una ventana que no daba a ningún sitio interesante, vale, pero nadie podía pedirme que la compartiera.
No sabía si sentirme afortunada o insultada.
Así que hice las dos cosas, porque las mujeres somos multitarea y las pobres, más.
Empecé a colocar la ropa en el armario. El uniforme ocupaba poco.
Demasiado poco, en realidad. Una camisa blanca de repuesto, dos polos, el jersey, la americana, la falda, las medias, ropa interior, un pantalón de deporte, unas zapatillas que habían sobrevivido heroicamente al año anterior y tres camisetas normales para los ratos libres.
La lista del Aurora hablaba de “vestimenta informal adecuada para actividades no académicas”, una frase que en mi casa habíamos traducido como “algo sin agujeros visibles”.
Mi madre había cosido el bajo de un vaquero, había quitado bolitas de un jersey azul y había revisado cada prenda como si la ropa pudiera delatar nuestros ingresos en voz alta.
Spoiler: podía.
Doblé las camisetas en el cajón inferior. Allí encontré, en la madera interior, unas marcas muy finas. Al principio pensé que eran arañazos sin más, pero al acercarme vi letras. Alguien había escrito con punta de compás, o con llave, o con mucha paciencia:
L. M. — 2009
Nada más. Dos iniciales y un año.
Pasé el dedo por encima. La marca estaba gastada, como si llevara mucho tiempo allí.
No era exactamente inquietante. En los colegios la gente escribía nombres en mesas, puertas, baños, corazones ridículos atravesados por flechas, insultos con faltas de ortografía y declaraciones de amor que morían antes que la tinta.
Pero aquello estaba dentro del cajón, escondido en una habitación que, según el Aurora, era provisional.
Me pregunté quién había sido L. M. y si también le habría tocado una habitación junto a los contenedores.
Quizá otra becada. Quizá una alumna castigada.
Quizá una niña rica que había pedido vistas al jardín y recibió aquello como tragedia fundacional.
—No empieces —me dije.
Porque esa era otra. Yo tenía facilidad para imaginar historias donde solo había muebles viejos.
Si una silla cojeaba, yo podía construirle un pasado familiar traumático.
Si un cajón tenía iniciales, ahí estaba yo, a punto de convertirme en investigadora emocional de madera escolar.
Vamos, que me faltaba una lupa y un trauma más para ser insoportable.
Guardé la ropa encima de las marcas y cerré el cajón.
Después coloqué los libros. Cuaderno azul, carpeta de normas, diccionario pequeño, una novela que mi madre había insistido en que llevara porque “si te sientes sola, leer ayuda”, y otra que yo había metido porque si me sentía sola quería leer algo donde la gente estuviera peor que yo.
También saqué el dibujo de Dani y lo dejé sobre el escritorio, apoyado contra la pared. Lo miré un rato.
No te vuelvas de ellos. Vuelve de nosotros.
Dani podía ser un niño muy profundo cuando no estaba intentando meter galletas en una maleta.
Llamaron a la puerta.
—¿Se puede?
Era Martina, otra vez. Empezaba a sospechar que iba a convertirse en una aparición recurrente, pero de las buenas. Estaba en el umbral con una bolsa de tela en una mano y una expresión entre culpable y decidida.
—Depende —dije—. Si vienes a contarme que tu habitación tiene balcón, te lanzo una galleta. Y no de las buenas.
—No tiene balcón.
—Entonces pasa.
Entró mirando alrededor, intentando no parecer que comparaba. Eso también decía mucho de ella. La gente con educación de verdad no era la que sabía usar todos los cubiertos, sino la que sabía mirar una habitación pequeña sin convertirla en espectáculo.
—Te he traído esto —dijo, levantando la bolsa.
—¿Una orden de desalojo?
—Una manta.
La sacó antes de que pudiera contestar. Era una manta gris claro, suave, doblada con cuidado. Demasiado suave para una manta cualquiera. Tenía pinta de costar más que mi ropa de dormir.
—En mi habitación hay dos —explicó—. Jimena ha traído una suya, enorme, así que esta sobra.
—Martina.
—No es caridad.
—Cuando alguien empieza diciendo eso, suele venir caridad con lacito.
—Es logística térmica.
—Ah, claro. Mucho mejor.
La dejó sobre la cama sin esperar permiso. Me molestó un poco. Luego me di cuenta de que me molestaba porque quería aceptarla.
—Hace frío aquí —dijo.
—Estoy junto a los contenedores. Quizá por la noche emiten calor moral.
—Alma.
—Gracias.
La palabra salió más baja de lo que quería. Martina sonrió, pero no como si hubiera ganado. Solo sonrió y se sentó en la silla del escritorio. Yo me quedé de pie porque, si me sentaba en la cama, el cuarto habría alcanzado su aforo máximo.
—Jimena está ordenando sus cosas por colores —dijo.
—Qué serenidad espiritual.
—Creo que le pone nerviosa desordenar.
—A mí me pone nerviosa la gente que no desordena nunca. Parece que esté ocultando cadáveres con método.
Martina soltó una risa. Luego miró el dibujo de Dani.
—¿Es tu hermano?
—Sí. Dani.
—Dibuja bien.
—Me ha puesto capa. Eso siempre mejora cualquier retrato.
—¿Lo vas a echar mucho de menos?
La pregunta era sencilla, pero me pilló sin armadura. Miré el dibujo. Dani me había dibujado con una espada más grande que mi cuerpo y una sonrisa que yo no recordaba tener.
—Sí —dije—. Pero no se lo digas a nadie. Tengo una reputación de persona insoportable que mantener.
—Tu secreto está a salvo.
Se hizo un silencio cómodo. Eso también era nuevo. Yo conocía silencios tensos, silencios pobres, silencios de madre haciendo cuentas, silencios de Dani fingiendo dormir mientras mi madre hablaba con una compañía telefónica. Pero silencios cómodos, pocos.
Martina pasó los dedos por el borde del escritorio.
—Mi habitación huele a flores.
—La mía a pintura tapando culpa.
—Jimena ha traído un difusor.
—Por supuesto que Jimena ha traído un difusor.
—Dice que su madre se lo ha comprado porque aquí la humedad estropea el ánimo.
La miré.
—¿La humedad estropea el ánimo?
—Eso dice.
—Mi madre cree que el ánimo se estropea con facturas. Se nota que no han comparado estudios.
Martina bajó la cabeza, sonriendo. Luego la puerta volvió a sonar, pero esta vez no esperaron respuesta. Beatriz Montelar de la Hoz apareció en el marco con una carpeta contra el pecho. Su mera presencia hizo que mi cuarto pareciera todavía más pequeño y menos aprobado por la aristocracia.
—Alma García —dijo.
—La costumbre de llamar antes y esperar es muy bonita también —contesté.
Martina abrió mucho los ojos. Beatriz, no. Beatriz parecía haberse vacunado contra la ironía.
—La puerta estaba abierta.
—Cierto. Culpa mía por confiar en la arquitectura.
Beatriz entró un paso. Solo uno. No necesitaba más para ocuparlo todo.
—Vengo a entregarte la normativa específica de habitaciones individuales.
Me dio una hoja plastificada. Habitaciones individuales. Qué categoría tan elegante para “cuarto que nadie más quiso”.
—Gracias.
—Las alumnas con habitación individual tienen la responsabilidad adicional de mantener su espacio especialmente ordenado. También deben integrarse de forma activa en la vida común de la casa, para evitar aislamientos innecesarios.
—Qué considerada la normativa, preocupándose por mi vida social.
—No es una sugerencia.
—Ah, entonces es cariño obligatorio.
Martina se levantó de la silla muy despacio, como si temiera que una palabra más activara una alarma.
Beatriz miró la manta sobre la cama.
—Las alumnas no deben intercambiar ropa de cama sin autorización.
—Es una manta —dijo Martina.
—La ropa de cama incluye mantas.
—Está limpia.
—No he dicho lo contrario.
El ambiente cambió. Poco, pero cambió. Beatriz no había levantado la voz, ni había sido grosera, ni siquiera desagradable en apariencia.
Eso era lo más irritante de aquel lugar: casi nadie hacía nada lo bastante brutal como para que pudieras señalarlo sin parecer exagerada.
Solo colocaban una norma encima de otra hasta que una se quedaba sin aire.
—La devolveré —dije.
Martina me miró.
—No hace falta.
—Sí hace falta —dijo Beatriz.
Ahí estaba. No hacía falta gritar cuando una tenía el reglamento de su lado.
Cogí la manta y se la tendí a Martina. Ella no la aceptó al principio.
—Martina —dije.
La cogió. Tenía la mandíbula apretada. Me sorprendió verla enfadada. No porque no tuviera motivos, sino porque su enfado parecía recién estrenado y no sabía aún dónde ponerlo.