Capítulo 3 #3
—Martina, cariño, en los internados los juegos son la forma que tiene el peligro de ponerse zapatos cómodos.
Beatriz nos explicó normas de residencia: horarios de silencio, uso de duchas, turnos de estudio, prohibición de entrar en habitaciones ajenas después de las diez, nada de dispositivos durante la noche, permisos para la biblioteca, uniforme obligatorio salvo franjas deportivas, sanciones por retraso, sanciones por desorden, sanciones por “conducta contraria al espíritu de la casa”.
Esa última me pareció especialmente útil, porque podía significar cualquier cosa.
Estornudar con mala actitud, por ejemplo.
Al terminar, una de las prefectas repartió sobres con nuestros nombres. Dentro había una tarjeta de Bruma, la insignia de repuesto, una nota de bienvenida y una frase escrita en letra azul:
La bruma no oculta. Custodia.
La miré durante un segundo.
—Qué manía con que todo suene a epitafio —murmuré.
Martina leyó la suya.
—Es bonita.
—Sí. El cementerio también tiene flores.
—Eres imposible.
—Estoy en fase de adaptación.
Beatriz nos oyó, claro. Yo empezaba a sospechar que Beatriz oía incluso pensamientos con mala postura.
—Alma García —dijo.
Levanté la vista.
—Sí.
—Después de comer, pásate por coordinación residencial. Hay que revisar tu asignación provisional.
Todas las chicas miraron hacia mí. No mucho. Lo justo. En el Aurora, incluso el cotilleo parecía tener modales.
—Perfecto —dije.
Mi voz sonó tranquila. Me sorprendió. Por dentro, en cambio, algo se me apretó. Asignación provisional. Otra vez. Habitación provisional, lugar provisional, nombre provisional. Una podía empezar a sospechar que lo provisional no era la habitación, sino ella.
Cuando salimos de la sala, Martina caminó conmigo por el pasillo.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No hace falta.
—No me importa.
—Ya lo sé.
—Entonces voy.
La miré.
—Martina.
—¿Qué?
—A veces decir “no hace falta” significa “me da vergüenza aceptar”.
—Ah —dijo—. Pues entonces voy.
Me quedé mirándola un segundo. Había gente que era buena de una forma muy incómoda.
—Vale —dije—. Pero si nos echan, tú explicas a mi madre que duré menos que una planta de supermercado.
Comimos en el gran comedor a las dos. La distribución ya respetaba las casas, aunque había mesas mixtas para primer curso.
A Martina, Jimena y a mí nos tocó una mesa cerca de una ventana, con otros tres alumnos de Bruma y dos de Cumbre.
Nicolás estaba en otra mesa, no muy lejos.
Celia, con Atlas, parecía concentrada en aprender las normas no escritas antes de que alguien las explicara.
Mauro me saludó desde Lumbre con una inclinación mínima de vaso.
La comida era buena. Muy buena. Crema de verduras, pollo asado para los demás, opción vegetariana para quien la había solicitado, pan crujiente, ensalada, fruta, yogur.
Yo había marcado vegetariana en el formulario porque no comía carne desde hacía años, más por mezcla de costumbre, economía y cierta compasión que por épica moral.
Me sirvieron una lasaña de verduras que olía mejor que cualquier cosa que hubiera comido en una semana.
Intenté no parecer impresionada. Fracasé por dentro.
—¿Está buena? —preguntó Martina.
—No quiero hablar de ello.
—¿Por qué?
—Porque si reconozco que está buena, el sistema gana.
Martina sonrió.
Un chico de Cumbre sentado enfrente, rubio, con cara de llamarse Álvaro o cometer delitos fiscales en el futuro, nos escuchó.
—¿Eres la becada? —preguntó.
La mesa se quedó un poco quieta.
No lo dijo con brutalidad. Lo dijo con curiosidad. Como quien pregunta si eres alérgica a los frutos secos o si vienes de intercambio. Eso lo hizo peor.
—Depende —dije—. ¿Hay premio?
El chico pestañeó.
—No, digo... como corrigieron tu nombre antes.
—Ah. Sí. Soy la becada con nombre corregible.
Martina bajó la mirada al plato. Jimena tomó un sorbo de agua. El chico pareció darse cuenta tarde de que había pisado algo blando.
—No lo decía mal.
—Qué suerte. Si lo llegas a decir mal, igual me conceden otra habitación.
Una chica de Bruma soltó una risita nerviosa. El chico se puso rojo. Un poco. Lo justo para que yo me sintiera culpable, que era una faena porque me estaba quedando una réplica bastante digna.
—Perdona —dijo.
Lo dijo bien. Sin sarcasmo.
—Vale —respondí.
Y ahí quedó. No porque estuviera todo resuelto, sino porque la vida a veces no tiene música dramática. A veces alguien mete la pata, alguien contesta de más, alguien pide perdón y todos vuelven a la sopa fingiendo que no acaban de ver un cable pelado.
Después de comer, Martina insistió en acompañarme a coordinación residencial. Jimena dijo que nos esperaba en la sala común. Al salir del comedor, vimos a Nicolás apoyado junto a una columna, hablando con una profesora. Cuando pasamos, se apartó un poco para dejarnos sitio.
—García —saludó.
—Arriaga de la Serna.
Martina miró al suelo como si se estuviera perdiendo algo y no supiera si quería encontrarlo.
—¿Ya has conquistado Bruma? —preguntó Nicolás.
—Estoy empezando por las humedades.
—Buen enfoque. Siempre conviene conocer los cimientos.
—Sobre todo si pueden caerte encima.
La profesora que estaba con él carraspeó. Nicolás sonrió apenas.
—Nos vemos en la cena de bienvenida.
—Intentaré sobrevivir hasta entonces.
—Sería conveniente.
No supe qué hacer con esa frase. Así que hice lo más sensato: me fui.
Coordinación residencial estaba en un despacho pequeño junto a la entrada del pabellón este. Nos recibió una mujer de unos cincuenta años, gafas finas y un moño menos agresivo que el de Vionnet. Se llamaba Teresa Luján, según la placa de la mesa, y tenía delante mi expediente.
—Alma Vera García —dijo, leyéndolo bien.
Casi le aplaudo.
—Sí.
—Toma asiento.
Martina se quedó junto a la puerta.
—Ella viene conmigo —dije antes de pensarlo.
Teresa Luján miró a Martina, luego a mí.
—Puede esperar fuera.
—Preferiría que no.
No sé de dónde salió esa frase. Sonó educada, pero firme. Mi madre habría estado orgullosa y aterrada.
La coordinadora nos observó un segundo y luego asintió.
—Como quieras.
Nos sentamos. Martina parecía sorprendida de que yo la hubiera incluido. Yo también, para qué mentir.
—Tu habitación actual es provisional —dijo Teresa Luján— porque hubo un ajuste de última hora en la distribución del pabellón. Queríamos informarte de que la situación será revisada durante la semana.
—¿Un ajuste?
—Sí.
—¿De esos que siempre acaban junto a una puerta de servicio?
Martina contuvo la respiración. Teresa Luján no se enfadó. De hecho, algo en sus ojos cambió, muy poco, pero cambió.
—De esos que no deberían notarse tanto —dijo.
Me quedé callada.
Eso no me lo esperaba.
La coordinadora cerró el expediente.
—Entiendo que tu incorporación pueda resultar exigente.
—Qué forma tan elegante de decir incómoda.
—También. Pero necesito que comprendas algo. En este centro hay normas visibles y normas invisibles. Las visibles están en tu carpeta. Las invisibles tardarás algo más en aprenderlas.
—¿Eso era un consejo o una amenaza?
—Era una advertencia amable.
—Ah. Entonces gracias, supongo.
Teresa Luján se quitó las gafas.
—No confundas todas las dificultades con ataques personales, Alma. Pero tampoco ignores los ataques personales cuando lleguen disfrazados de dificultad.
Aquello me descolocó. Era demasiado útil para venir de un despacho.
—¿Eso lo enseñan en coordinación residencial?
—Lo enseña trabajar aquí muchos años.
Durante un segundo quise preguntarle por qué seguía trabajando allí si veía las cosas. Pero no lo hice. Aún no. En mi primer día ya estaba acumulando demasiadas preguntas con potencial de incendio.
—Puedes volver a tu habitación —dijo—. Y si hay algún problema concreto, vienes a verme.
—¿Concreto como una gotera o concreto como discriminación estructural?
Martina hizo un sonido ahogado.
Teresa Luján me miró por encima de las gafas.
—Empieza por la gotera. Lo otro requiere formularios más largos.
Me reí. No pude evitarlo.
Al salir del despacho, Martina me agarró del brazo.
—Me cae bien.
—A mí también. Eso es preocupante.
—¿Por qué?
—Porque si empiezo a fiarme de adultos, ¿qué será lo siguiente? ¿Respetar normas?
Volvimos por la galería hacia la residencia.
La niebla se había espesado al otro lado del cristal.
El jardín central ya no se veía entero. La fuente aparecía y desaparecía entre capas blancas, como si alguien la estuviera borrando con una goma.
Los alumnos cruzaban los caminos convertidos en sombras con uniforme.
Todo el Instituto parecía más silencioso.
—Es raro —dijo Martina.
—¿El qué?
—El sitio. Es precioso, pero...
—Pero parece que si gritas, la niebla decide si te devuelve la voz.
Martina me miró.
—Sí.
Nos quedamos un momento junto al cristal. Al fondo, más allá del jardín, vi la silueta del ala norte. Imaginé la puerta de cristal esmerilado por dentro, los pasillos cerrados, los archivos y zonas en reforma. Aulas antiguas, había dicho la tutora. Cosas que podían caerte en la cabeza.
Una sombra pasó detrás de una de las ventanas altas.
Fue rápido. Quizá un reflejo. Quizá un profesor. Quizá nada.
—¿Has visto eso? —pregunté.
Martina siguió mi mirada.
—¿Qué?
La ventana estaba vacía.
—Nada —dije.
Y eso habría sido todo si, justo en ese momento, la campana del Instituto no hubiera sonado desde algún lugar de la torre. Un sonido grave, profundo, demasiado antiguo para anunciar simplemente una actividad de integración.
Martina se estremeció.
—Cena de bienvenida a las ocho, ¿no?
—Sí.
Miré una vez más hacia el ala norte. La niebla había cubierto la ventana.
—Antes tenemos toda la tarde para que el colegio intente educarnos.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Metí las manos en los bolsillos de la americana. Noté la insignia de Bruma en la solapa, fría todavía, como si no hubiera aceptado mi temperatura.
—Lo de siempre —dije—. Fingir que no estoy asustada hasta que parezca verdad.
Martina no se rio. Esta vez no hacía falta.
Seguimos caminando juntas por la galería. Detrás de nosotras, el Instituto Aurora cerró la tarde con una campana, una niebla cada vez más espesa y una frase pegada en mi cabeza como una astilla.
La bruma no oculta. Custodia.
Qué bonito.
Qué mal rollo.