Capítulo 3 #2
Celia se levantó al instante. Subió al escenario con paso firme, recibió una insignia negra y bajó hacia el grupo de Atlas sin mirar atrás.
No parecía contenta ni descontenta. Parecía haber archivado la información.
Atlas. Le pegaba, de alguna manera. Algo de líneas rectas, mapas, estructuras y gente que no perdía tiempo en gustar.
—Mauro Peña —leyó Vionnet—. Lumbre.
Mauro suspiró por la nariz, como si le hubiera tocado pagar un impuesto. Al pasar por mi lado murmuró:
—Si me prendo fuego, avisa.
—Solo si es académico.
Subió, recibió una insignia dorada y bajó al grupo de Lumbre, donde un chico mayor le dio una palmada en el hombro demasiado fuerte. Mauro se tambaleó un poco y fingió que no.
La lista siguió. Apellidos largos. Apellidos muy largos. Apellidos que venían con preposición, historia y seguramente una casa en el norte. Nicolás fue llamado unos minutos después.
—Nicolás Arriaga de la Serna —dijo Vionnet—. Cumbre.
Hubo un aplauso más fuerte. No escandaloso, claro.
El Aurora no hacía escándalos. Pero sí más lleno, más inmediato, más suyo.
Nicolás subió al escenario sin ninguna prisa.
Recibió la insignia verde de manos de un prefecto alto y rubio que le sonrió como se sonríe a un igual, no a un alumno nuevo.
Al bajar, Nicolás miró hacia el grupo de Cumbre, luego hacia el salón. Nuestros ojos se cruzaron un segundo.
Yo aparté la vista primero. Me dio rabia. No porque me hubiera intimidado. Porque había apartado la vista primero, que es distinto y mucho peor.
Siguieron llamando alumnos. Cada nombre iba vaciando la zona central y llenando los laterales.
Yo me quedé sentada con otros pocos, sintiendo cómo el asiento se volvía cada vez más visible debajo de mí.
No quería ponerme nerviosa. Era absurdo ponerse nerviosa por una casa con insignia.
No era Hogwarts, por mucho que el edificio se esforzara.
Pero en el Aurora hasta lo absurdo parecía tener consecuencias.
La señora Vionnet bajó la vista.
—Alma Vera.
Me levanté demasiado rápido.
—García —dije.
El salón quedó un poco más quieto. No en silencio total, pero sí con esa atención súbita que aparece cuando alguien hace algo mínimamente incómodo en un sitio donde todos han sido entrenados para evitarlo.
La señora Vionnet levantó la mirada.
—Disculpa.
—Alma Vera García —dije—. Vera es mi segundo nombre.
No lo dije alto, pero el atril tenía micrófono y el micrófono, por lo visto, no entendía de prudencia. Mi voz salió por los altavoces con una claridad maravillosa y horrible.
Alguien rió en la zona de Cumbre. Una risa pequeña. Beatriz Montelar de la Hoz no movió ni una pestaña. Jimena me miraba con una especie de horror educado. Martina, desde Bruma, tenía la boca apretada para no sonreír o para no sufrir, no sabría decir.
La señora Vionnet asintió.
—Alma Vera García —repitió—. Bruma.
Bruma.
Sentí un alivio tonto. Tonto, pero real. Bruma significaba Martina. También significaba Jimena, claro, pero una no puede pedir milagros completos antes de comer.
Subí al escenario. Los escalones crujieron apenas bajo mis zapatos baratos.
No sé si alguien más lo oyó. Yo sí. Hay sonidos que parecen inventados para recordarte quién eres.
Al llegar arriba, Beatriz me esperaba con una insignia plateada.
De cerca era todavía más perfecta, y eso me pareció una falta de consideración.
—Bienvenida a Bruma, Alma García —dijo.
—Gracias.
Me prendió la insignia en la solapa. Sus dedos no temblaron.
Los míos sí, un poco, aunque hice como que no.
La insignia era fría. Una nube cruzando un sol.
Bruma. La casa de lo que cubre, lo que protege, lo que confunde.
Me habría gustado pensar que era poético.
En ese momento solo pensé que esperaba no pincharme.
Al bajar del escenario, pasé cerca de la zona de Cumbre. Nicolás estaba allí, con su insignia verde y las manos juntas delante del cuerpo. No sonreía, pero sus ojos sí tenían algo.
—García —dijo en voz baja cuando pasé.
No fue burla. O no del todo.
—Arriaga de la Serna —contesté.
—Te dejas apellidos.
—Estoy ahorrando aire.
Esta vez sí sonrió. Me fui antes de que eso me importara.
Martina me recibió en Bruma con una alegría desproporcionada.
—¡Nos tocó juntas!
—Sí. El sistema aún no sabe lo que ha hecho.
Jimena inclinó la cabeza con amabilidad.
—Bruma suele ser una buena casa.
—¿Suele?
—Bueno, todas lo son.
—Claro. Pero algunas lo son con vistas al jardín.
Martina me pisó suave el zapato. No dolió. Fue más bien una petición de paz internacional.
La ceremonia terminó con un aplauso general.
Alderete volvió al atril y habló de tradición entre casas, competiciones académicas, deportivas y culturales, tutorías, puntuaciones y una cena de bienvenida donde, según dijo, “comenzaríamos a integrarnos en la vida del Instituto”.
Integrarnos. A mí esa palabra me sonaba siempre a meter algo extraño en un sistema y esperar que no lo rechazara.
Como un trasplante. O como una becada en Bruma.
Después nos entregaron carpetas con horarios, mapas, normas, contactos de tutores, códigos de conducta y una lista de actividades obligatorias.
La carpeta pesaba más que algunas decisiones vitales.
La abrí mientras salíamos del salón. Horario de lunes a viernes.
Literatura, Ciencias Naturales, Matemáticas, Historia, Ética, Lengua, Inglés, Educación Física, Laboratorio, Taller de Liderazgo, Tutoría de Casa.
Taller de Liderazgo. Joder, qué empeño tenía la gente rica en liderar cosas.
Nadie parecía ofrecer un taller de llegar a fin de mes, que a mí me habría parecido bastante más útil.
—Nos toca Literatura mañana a primera —dijo Martina, mirando su horario.
—Bien. Empezaremos el día fingiendo que hemos leído cosas.
—Yo sí leo.
—Yo también. Pero fingir es una competencia transversal.
Jimena se acercó a nosotras mientras caminábamos por la galería.
—El profesor Beltrán es exigente, pero dicen que sus clases son increíbles.
—¿También habla en capítulos? —pregunté.
Jimena me miró, desconcertada.
Martina intervino antes de que yo convirtiera mi primer día en una cadena de incidentes diplomáticos.
—Nos lo cruzamos antes. Parece interesante.
—Lo es —dijo Jimena—. Mi hermana lo tuvo en cuarto. Dice que consigue que la literatura parezca peligrosa.
Eso sí me interesó. La literatura peligrosa me parecía mucho mejor que la literatura decorativa. La decorativa era esa que la gente colocaba detrás en las videollamadas para parecer profunda.
Al llegar al vestíbulo, nos dejaron unos minutos libres antes de la presentación de normas residenciales.
Los alumnos se dispersaron en grupos. Los de Cumbre ocuparon una zona cerca de la escalera, como si la escalera les perteneciera por derecho natural.
Nicolás hablaba con una chica morena de pelo cortísimo y un chico rubio que llevaba su insignia verde como si fuera una condecoración militar.
Celia estaba junto a otros Atlas, escuchando a una prefecta con cara de no haber entregado jamás un trabajo tarde.
Mauro, en Lumbre, parecía atrapado entre dos alumnos que hablaban con entusiasmo sobre una competición de debate.
—Pobre Mauro —dije.
—¿Por qué?
—Está viviendo una conversación contra su voluntad.
Martina miró y se rió.
—Podríamos rescatarlo luego.
—Eso hacen los líderes, ¿no? Rescatar gente de charlas aburridas.
—Creo que el liderazgo del Aurora va por otro lado.
—Peor para el Aurora.
Jimena se excusó para saludar a una alumna mayor que, al parecer, conocía a su prima. En cuanto se alejó, Martina bajó la voz.
—No es mala.
—No he dicho que lo sea.
—La estás mirando como si llevara veneno en el bolso.
—Eso tampoco la convertiría en mala. Quizá solo en previsora.
Martina suspiró, pero no enfadada.
—Te cuesta confiar.
—Qué va. Confié una vez en una máquina expendedora y me robó un euro. Desde entonces soy así.
—Lo digo en serio.
La miré. Martina tenía esa forma de decir cosas serias sin ponerse solemne. Era peligrosa por eso. La solemnidad se puede esquivar con un chiste. La sinceridad sencilla cuesta más.
—No me cuesta confiar —dije—. Me cuesta pagar el precio si me equivoco.
Martina se quedó callada. Luego asintió.
—Vale.
No intentó arreglarme. Bien por ella.
Una campanilla volvió a sonar. Esta vez nos condujeron a una sala más pequeña, en la planta baja del pabellón este, donde Beatriz Montelar de la Hoz nos esperaba junto a otras dos prefectas de Bruma.
Había unas veinte alumnas nuevas, todas sentadas en sillas colocadas en semicírculo.
En una mesa lateral había jarras de agua, vasos y una bandeja con fruta.
Nadie tocó nada al principio. En los sitios caros, la comida gratis también intimidaba.
Beatriz se colocó frente a nosotras.
—Bruma es una de las casas más antiguas del Instituto Aurora —dijo—. Nuestro emblema representa la niebla que protege la luz antes de que esta pueda mostrarse. Somos una casa de observación, prudencia y estrategia. No siempre destaca quien hace más ruido.
Me pregunté si lo decía por alguien en concreto. Luego recordé que llevaba allí menos de cuatro horas y que quizá no todo iba sobre mí. Una pena, porque mi paranoia estaba haciendo un esfuerzo excelente.
—Durante esta semana —continuó Beatriz—, las alumnas de primer curso participaréis en actividades de integración. Algunas serán académicas. Otras, convivenciales. Todas forman parte de la tradición de Bruma.
Tradición otra vez. Esa palabra era como una cucaracha con uniforme: aparecía en todas partes.
Una chica levantó la mano.
—¿Qué tipo de actividades?
Beatriz sonrió.
—Ya lo descubriréis.
Varias veteranas se miraron entre ellas. Sonrisas pequeñas. Miradas rápidas. Martina se tensó a mi lado.
—Eso ha sonado fatal —susurré.
—A lo mejor son juegos.