Capítulo 3
El salón de actos del Instituto Aurora parecía diseñado para que una se sintiera culpable incluso antes de sentarse.
Tenía butacas de madera oscura, lámparas antiguas, cortinas pesadas de color azul noche y un escenario elevado con un atril en el centro.
Detrás, sobre la pared, colgaba el escudo del colegio: el sol naciente, las montañas, el lema en latín y toda esa estética de “aquí se han tomado decisiones importantes desde antes de que tu familia pudiera permitirse calefacción”.
Los alumnos de primer curso fuimos entrando en silencio relativo, que es el tipo de silencio que se consigue cuando nadie quiere ser el primero en parecer vulgar.
Los veteranos ya estaban sentados en los laterales, con sus insignias, sus sonrisas pequeñas y esa tranquilidad insoportable de quien conoce el mapa de un sitio donde tú todavía estás intentando encontrar el baño.
Martina caminaba a mi lado. Jimena Olarte Sáinz iba con ella, o más bien pegada a ella con esa naturalidad de las personas que ocupan espacio sin pedirlo.
Jimena era de esas chicas que parecían peinadas incluso cuando movían la cabeza.
Tenía el uniforme impecable, las medias perfectas y una expresión amable que, por algún motivo, no terminaba de tranquilizarme.
—¿Te ha gustado tu habitación? —le preguntó a Martina.
—Sí —dijo Martina—. Es bonita.
—La nuestra da al jardín. Por la mañana se ve la fuente.
Yo miré hacia otro lado. No porque me importara. Bueno, sí me importaba. Pero estaba intentando convertirme en una persona elevada que no odiara a una fuente por existir.
—¿Y la tuya? —preguntó Jimena, mirándome.
—La mía da a una instalación de arte contemporáneo sobre residuos.
Martina bajó la mirada para no reírse.
Jimena parpadeó.
—¿Cómo?
—A los contenedores —aclaré—. Pero dicho así parecía más caro.
Jimena sonrió con un segundo de retraso, como si todavía estuviera buscando el manual de instrucciones de mi comentario.
No parecía mala. Ese era el problema. La gente que parecía mala te ahorraba tiempo.
La gente que parecía amable, en cambio, te obligaba a esperar a que se quitara la máscara o demostrara que no llevaba ninguna.
Nos sentamos en una fila intermedia. Martina quedó a mi derecha, Jimena a la derecha de Martina. A mi izquierda se sentó Mauro Peña, que apareció sin hacer ruido, como si hubiera bajado del techo.
—Hola —dijo.
—Hola.
—Bonita sala.
—Sí. Muy acogedora. Solo le faltan dos fantasmas y un señor leyendo testamentos.
Mauro soltó una risa breve.
—No des ideas.
Tenía voz baja, ojos atentos y una manera de mirar las salidas que me resultó familiar. No porque yo mirara siempre las salidas, claro. Solo cuando estaba en un sitio nuevo, lleno de ricos, con puertas enormes y profesores que hablaban de formar carácter. O sea, casi nunca.
Celia Roldán se sentó dos filas más adelante.
Sola. No porque no hubiera sitio con otros, sino porque parecía haber decidido que sentarse sola era una declaración política.
Llevaba el pelo negro perfectamente liso, la espalda recta y una carpeta sobre las rodillas.
De vez en cuando miraba hacia el escenario, luego hacia los alumnos de los laterales, luego hacia las salidas.
No sonreía. No hablaba. No necesitaba hacerlo para dejar claro que estaba allí a ganar.
Nicolás Arriaga de la Serna entró con dos chicos y una chica que parecían formar parte de su decoración personal.
Se sentó al otro lado del pasillo, unas filas por delante.
No miró hacia mí. O hizo como que no. Llevaba la americana abierta, el nudo de la corbata perfecto y esa tranquilidad de quien no teme equivocarse porque incluso sus errores deben de tener apellido.
—Ese es Nicolás —susurró Martina.
—Ya hemos tenido el placer administrativo.
—Su familia lleva generaciones en el Aurora.
—Qué sorpresa. Yo pensaba que había caído aquí por sorteo.
Mauro se inclinó un poco hacia nosotras.
—Arriaga de la Serna. Su abuelo fue ministro. Su padre está en el consejo de no sé cuántas empresas. Su madre preside una fundación.
—Una familia humilde, entonces —dije.
—De las de toda la vida —contestó Mauro.
Me cayó mejor.
El murmullo fue apagándose cuando apareció un hombre en el escenario.
Era alto, delgado, de pelo blanco y traje gris.
No caminaba deprisa, pero tampoco despacio.
Caminaba como si el tiempo del resto tuviera que adaptarse al suyo.
Se colocó detrás del atril, dejó una carpeta sobre la madera y miró al salón con una serenidad que me puso nerviosa.
Hay adultos que gritan para imponer autoridad.
Otros no lo necesitan. Esos suelen ser peores.
—Buenos días —dijo—. Soy don Esteban Alderete, director general del Instituto Aurora.
Alderete. Por supuesto. El nombre le quedaba como hecho a medida. Esteban Alderete no podía venderte un colchón ni atenderte en una ferretería. Tenía que dirigir algo, firmar documentos con pluma o arruinarte la autoestima usando solo subordinadas.
—Hoy comienza para ustedes una etapa importante —continuó—. Llegan a una institución con más de ciento veinte años de historia. Una institución que no entiende la educación como acumulación de conocimientos, sino como formación integral del carácter, del criterio y de la responsabilidad.
Yo intenté escuchar sin poner cara. Lo intenté de verdad. Pero el Aurora parecía tener una obsesión con el carácter. Todo el mundo quería formárnoslo. A mí mi carácter me parecía bastante formado, gracias. Quizá un poco abollado por los bordes, pero operativo.
—Durante los próximos años —siguió Alderete—, aprenderán a pensar con rigor, a convivir con quienes son distintos, a liderar sin imponerse y a obedecer sin humillarse.
Mauro hizo un ruido mínimo, casi una tos. Yo no lo miré porque si lo hacía me iba a reír. Obedecer sin humillarse sonaba precioso. También sonaba a frase inventada por alguien que nunca había tenido que decir que sí con rabia porque necesitaba conservar una beca.
Alderete habló de excelencia, servicio, tradición, responsabilidad social y futuro.
Lo hizo bien. Demasiado bien. Su voz era cálida, su postura impecable y sus pausas exactas.
Si una no prestaba atención, podía creer que todo aquello era noble.
Que el Instituto Aurora era una máquina construida para sacar lo mejor de cada alumno.
Que las becas existían porque alguien, en una sala grande y luminosa, había decidido que el talento no debía depender del dinero.
Y quizá era verdad.
Eso era lo incómodo.
El Aurora no parecía un sitio falso. Parecía un sitio capaz de hacer cosas buenas por motivos discutibles, que era mucho más difícil de odiar.
—Antes de mostrarles sus horarios —dijo Alderete—, procederemos a la asignación de casas. Como saben, el Instituto Aurora se organiza en cuatro casas académicas y residenciales. No son simples divisiones administrativas. Son comunidades de aprendizaje, responsabilidad y pertenencia.
En el escenario aparecieron cuatro alumnos mayores.
Dos chicas y dos chicos. Cada uno llevaba una insignia distinta en la solapa.
Una plateada con una nube, otra dorada con una llama, otra verde con una montaña y otra negra con una figura geométrica que parecía una brújula o una amenaza de matemáticas.
—Bruma —dijo Alderete—. Cumbre. Lumbre. Atlas.
En una pantalla detrás de él aparecieron los cuatro emblemas.
Bruma era una nube cruzando un sol. Cumbre, una montaña.
Lumbre, una llama. Atlas, un círculo atravesado por líneas.
Todo muy simbólico, claro. Los colegios normales tenían grupos A y B.
El Aurora tenía casas con nombres de novela y gente dispuesta a tomárselas en serio.
La señora Vionnet subió al escenario con una lista. A su lado estaba Beatriz Montelar de la Hoz, la prefecta de Bruma, tiesa como una estatua con buenas notas.
—La asignación se ha realizado atendiendo a criterios académicos, personales y convivenciales —explicó la señora Vionnet—. Cada casa cuenta con tutores, prefectos y alumnos mentores. A partir de hoy, su casa será su primer círculo de pertenencia dentro del Instituto.
Primer círculo de pertenencia. Yo todavía no pertenecía ni a mi habitación, pero vamos, por círculos que no fuera.
Empezaron a leer nombres.
Los alumnos se levantaban, subían al escenario, recibían una insignia y bajaban hacia la zona marcada para cada casa.
Algunos sonreían aliviados. Otros parecían decepcionados.
Los veteranos aplaudían con una intensidad variable, dependiendo, supuse, de si el nuevo en cuestión tenía apellido útil, cara prometedora o familia donante.
El sistema era elegante. También era transparente si una miraba con mala leche, y yo, por suerte, venía equipada de serie.
—Jimena Olarte Sáinz —leyó Vionnet—. Bruma.
Jimena se levantó con una sonrisa perfecta. Recibió su insignia plateada de manos de Beatriz, que la saludó con familiaridad discreta.
—¿Se conocen? —susurré.
Martina asintió apenas.
—Creo que sus familias sí.
Claro. En el Aurora la gente no se conocía: se heredaba.
—Martina Echevarría Prado —continuó Vionnet—. Bruma.
Martina abrió mucho los ojos, como si no esperara que la llamaran tan pronto.
Se levantó y me miró antes de salir al pasillo.
Yo levanté los pulgares con solemnidad ridícula.
Ella sonrió, subió al escenario y recibió la insignia.
Cuando bajó hacia el grupo de Bruma, Jimena la recibió con un gesto amable.
Me alegré por ella. Me alegré de verdad. Luego pensé que, si a mí no me tocaba Bruma, quizá acababa sola con mi habitación provisional y mis contenedores filosóficos. Muy maduro todo.
—Celia Roldán —dijo la señora Vionnet—. Atlas.