La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Nadie supo si reírse. Él siguió caminando, tan tranquilo.

—Ese es el profesor Beltrán —explicó la tutora cuando se alejó—. Literatura.

—Tiene pinta de hablar en prólogos —dije.

Martina se mordió la risa.

—Es uno de los mejores profesores del centro —añadió la señorita Santamaría, pero no sonaba enfadada—. Y sí, a veces habla en prólogos.

Definitivamente, Leire Santamaría podía sobrevivir en mi lista de adultos tolerables.

La visita terminó en la residencia femenina del primer curso.

El pabellón este estaba conectado con el edificio principal por otra galería acristalada.

Desde allí, el bosque parecía más cercano.

Demasiado. Había árboles al otro lado del cristal, troncos altos y húmedos, ramas oscuras moviéndose despacio.

La niebla se enredaba entre ellos con paciencia.

No sé por qué pensé que si una se internaba allí sin conocer el camino, el colegio podía desaparecer a sus espaldas. Y no era una idea agradable.

Nos separaron por género para la instalación. Martina me apretó el brazo antes de entrar.

—Ojalá nos toque cerca.

—Ojalá no me toque dormir en un armario.

—No creo.

—Tú no has visto mi suerte.

Una alumna veterana nos esperaba en el vestíbulo de la residencia. Tenía el pelo negro, largo, liso, y una belleza afilada que no parecía necesitar aprobación. Llevaba una insignia plateada en la solapa.

—Soy Beatriz Montelar de la Hoz, prefecta de Bruma —dijo—. Durante esta primera semana ayudaré a las alumnas nuevas con su adaptación.

Montelar de la Hoz. Claro. Porque llamarse Beatriz a secas habría sido una derrota familiar.

—Las habitaciones se asignan según criterios académicos, residenciales y de convivencia —continuó—.

No se aceptan cambios salvo causa justificada.

Las normas de orden están en la carpeta que recibiréis sobre la cama.

Se espera de vosotras puntualidad, discreción, limpieza y respeto por las tradiciones del centro.

Tradiciones. Esa palabra empezó a cansarme antes de conocer ninguna.

Subimos al segundo piso. El pasillo olía a madera encerada y jabón caro.

Las puertas tenían placas con números y nombres.

Algunas estaban abiertas y dejaban ver habitaciones limpias, luminosas, con dos camas, escritorios, armarios y ventanas al jardín o al bosque.

Nada de lujo obsceno, pero sí esa comodidad silenciosa que no se anuncia porque está acostumbrada a existir.

Beatriz fue leyendo nombres.

—Martina Echevarría Prado, habitación 214. Con Jimena Olarte Sáinz.

Martina me miró un segundo, decepcionada. Jimena, la rubia de las perlas, apareció detrás de nosotras con una sonrisa perfecta.

—Qué bien —dijo Jimena—. Encantada.

Lo dijo como si “encantada” fuera una obligación del uniforme.

—Celia Roldán, habitación 219. Con Valeria Cifuentes Lora.

Celia recogió su llave sin expresión. Luego Beatriz bajó la vista a la lista.

—Alma Vera.

—García —dije, ya por deporte.

Beatriz levantó los ojos despacio.

—Aquí figura Alma Vera.

—Pues aquí estoy yo entera.

Una chica al fondo soltó una risita. Beatriz no. Beatriz me miró como si acabara de hacer una anotación mental y no precisamente para mandarme flores.

—Habitación 226 —dijo—. Provisional.

—¿Provisional?

—Sí.

—¿Eso significa que tiene ruedas?

Otra risita. Mala idea, seguramente. Pero a esas alturas mi boca ya había decidido que si íbamos a hundirnos, al menos con espectáculo.

Beatriz me entregó la llave.

—Significa que la asignación puede revisarse.

—Fantástico. Me encantan las amenazas con vocabulario administrativo.

Esta vez nadie se rió. Beatriz sonrió un poco. Muy poco.

—Bienvenida al Aurora, Alma García.

Y ahí, no sé por qué, sonó peor que si hubiera vuelto a llamarme Vera.

La habitación 226 estaba al final del pasillo, junto a una puerta de servicio y una ventana estrecha que daba al lateral del edificio.

No era un armario. Punto a favor. Pero tampoco era como las otras.

Era más pequeña, con una sola cama, un escritorio antiguo, un armario estrecho y una mancha de humedad en la esquina superior que alguien había intentado tapar con pintura blanca.

La ventana no daba al jardín ni al bosque bonito, sino a una zona de grava donde había contenedores discretamente ocultos tras una celosía de madera.

Mi maleta ya estaba allí, apoyada junto a la cama, con su rueda torcida mirando hacia la pared como si también ella quisiera pasar desapercibida.

Me quedé en la puerta.

Provisional.

Claro.

A veces las instituciones no necesitaban insultarte. Bastaba con asignarte un espacio.

Dejé la carpeta sobre el escritorio y pasé la mano por la colcha.

Estaba limpia. La habitación estaba limpia.

No era una pocilga. No podía quejarme sin parecer desagradecida, y esa era precisamente la trampa.

Todo era suficientemente correcto para que cualquier protesta sonara ridícula, y suficientemente distinto para que yo entendiera el mensaje.

No perteneces del todo. Pero mira qué generosos somos dejándote una cama.

Me senté en el borde del colchón. Durante unos segundos no hice nada. Escuché voces en el pasillo, risas, puertas abriéndose, maletas rodando, chicas comentando vistas, compañeras, horarios. Yo miré la pared manchada y pensé en mi madre diciéndome que no era menos que nadie.

Luego pensé: ya, mamá, pero algunas habitaciones opinan distinto.

Saqué el dibujo de Dani del cuaderno azul y lo puse dentro del cajón del escritorio. No encima. Todavía no. Aquel sitio no se lo merecía.

Alguien llamó a la puerta abierta.

Martina estaba allí, con su carpeta contra el pecho y cara de susto diplomático.

—¿Puedo pasar?

—Depende. ¿Vienes a decirme que tu habitación tiene chimenea?

Miró alrededor y se le borró un poco la sonrisa.

—Ah.

—Sí. Ah. Es una palabra muy popular hoy.

—La mía es compartida.

—Qué vulgar. La mía es provisional. Mucho más misterioso.

Martina entró despacio.

—Esto no está bien.

—Está limpísimo.

—Alma.

—¿Qué? ¿Voy a bajar a quejarme porque mi habitación no tiene vistas al privilegio? Me dirán que ha sido un error, que lo revisarán, que gracias por mi comprensión y que disfrute de la oportunidad única de dormir junto al cuarto de las escobas.

Martina no supo qué decir. La pobre parecía sinceramente indignada, pero de esa forma inútil en la que se indigna la gente que todavía cree que las injusticias se arreglan señalándolas.

—Puedo hablar con alguien —dijo.

—No.

—Pero...

—No, Martina. Gracias, de verdad. Pero no.

—¿Por qué?

Abrí la maleta y empecé a sacar ropa para no mirarla.

—Porque tú puedes hablar con alguien y yo tengo que seguir viviendo aquí después.

Martina se quedó callada. Esa vez sí lo entendió. O empezó a entenderlo, que ya era bastante.

Dejé la ropa sobre la cama. La camisa planchada tres veces estaba arriba de todo, intacta, absurda, heroica.

La colgué en el armario con cuidado. Luego colgué la falda, el jersey, la americana.

En el fondo de la maleta encontré los paquetes de galletas que Dani había escondido.

Cinco. El muy delincuente había metido cinco.

Martina los vio.

—¿Contrabando?

—Supervivencia.

—¿Puedo comprar tu silencio con uno?

Le di un paquete.

—Estás aprendiendo rápido.

Nos sentamos en la cama, una al lado de la otra, comiendo galletas de marca blanca en una habitación provisional de un internado de élite. No era exactamente la escena que salía en el folleto del Instituto Aurora. Mejor. En el folleto nadie parecía tener hambre.

—Mi compañera es Jimena —dijo Martina al cabo de un rato.

—La de diagnóstico Jimena.

—No parece mala.

—Eso siempre ayuda a los malos.

—Alma.

—Vale, vale. Esperaremos a que nos humille antes de juzgarla. Democracia.

Martina sonrió mirando sus manos.

—Me alegra que estés aquí.

Aquello me pilló desprevenida. No era grande, ni solemne, ni de esas cosas que una espera recordar. Precisamente por eso me tocó algo.

—Llevamos aquí veinte minutos —dije.

—Ya. Pero me alegra igual.

Me metí una galleta en la boca para no contestar algo raro. Por ejemplo, que a mí también. O que quizá el Instituto Aurora daba un poco menos de miedo con ella sentada en mi cama. O que yo no estaba acostumbrada a que alguien me eligiera tan rápido sin necesitar nada a cambio.

En el pasillo sonó una campanilla suave, casi musical.

—Presentación de casas en diez minutos —anunció una voz femenina desde algún altavoz invisible—. Alumnado de primer curso, diríjase al salón de actos.

Martina se levantó.

—¿Lista?

Miré mi habitación, la maleta abierta, el uniforme en el armario, la mancha de humedad, los paquetes de galletas, el cajón donde había guardado el dibujo de Dani.

Luego miré por la ventana estrecha. La niebla había subido un poco más.

Ya no se veía bien la celosía de madera ni los contenedores.

Todo parecía más limpio cuando se borraba lo suficiente.

—No —dije—. Pero vamos.

Salimos al pasillo juntas.

Al fondo, Beatriz Montelar de la Hoz nos observaba con su insignia plateada y su sonrisa mínima.

Un grupo de chicas nuevas bajaba la escalera hablando en voz baja.

Celia caminaba sola, tres pasos por delante de todas, con la cabeza alta.

Jimena esperaba a Martina junto al descansillo, perfecta, luminosa, peligrosamente amable.

Y en algún lugar del edificio, detrás de puertas antiguas, salas cerradas y lemas sobre la luz, el Instituto Aurora empezaba a tragarnos con una educación exquisita.

Yo bajé la escalera con Martina a mi lado y las manos metidas en los bolsillos de la americana.

Primer día, pensé. Todavía no me habían echado.

Técnicamente, era un éxito.