La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La señora Vionnet continuó hablando de excelencia, convivencia, tradición, respeto, esfuerzo y futuro.

Todo sonaba impecable. Tan impecable que daba un poco de miedo tocarlo.

A mi alrededor, los alumnos escuchaban con atención variable.

Algunos asentían como si ya hubieran nacido sabiendo asentir ante discursos institucionales.

Otros miraban de reojo a los veteranos. Yo miraba a la directora académica y pensaba que una mujer con un moño tan tirante debía de tener pensamientos muy ordenados o jaquecas legendarias.

—Cada uno de ustedes ha sido elegido por una razón —dijo—. Algunos por tradición familiar. Otros por mérito extraordinario. Todos, desde este momento, por la responsabilidad de estar a la altura.

Sentí la palabra mérito como una piedrecita dentro del zapato.

A mi derecha, una voz masculina murmuró:

—Qué generosa. Nos ha incluido a todos.

Me giré apenas.

El chico estaba dos pasos por detrás de mí, con las manos en los bolsillos de la americana y una expresión entre aburrida y divertida.

Era alto, de pelo castaño oscuro perfectamente despeinado, si es que eso tenía sentido, y cara de saber exactamente dónde estaba en cualquier habitación.

No era guapo de una forma amable. Era guapo de una forma irritante, como si alguien hubiera revisado el resultado y hubiera dicho: “sí, pero ponle también mandíbula, no vaya a sufrir”.

A su lado, dos chicos lo escuchaban con sonrisas pequeñas.

—¿Perdón? —dije.

El chico me miró. Tenía los ojos claros, quizá verdes o grises, de esos que en una novela se describirían con más paciencia de la que yo estaba dispuesta a concederle.

—Nada —dijo—. Comentaba la amplitud democrática del discurso.

—Ah.

—¿Te ha emocionado?

—Mucho. Estoy intentando no pedirle que me adopte.

Uno de sus amigos soltó una risa. El chico arqueó apenas una ceja. No parecía molesto. Peor: parecía interesado.

—Nicolás Arriaga de la Serna —dijo, como si el nombre necesitara espacio propio.

Yo esperé medio segundo, por si seguía añadiendo apellidos hasta que terminara el trimestre.

—Alma Vera García.

—Vera.

—García.

—¿Perdón?

—Vera es mi segundo nombre. García es mi apellido.

—Ah.

Lo dijo igual que la mujer de la tablet. Ah. Una sílaba pequeña capaz de colocar a cada persona en su estantería.

—Interesante —añadió.

—Muchísimo. Estamos intentando que Netflix compre los derechos.

Esta vez sonrió. Poco, pero sonrió. Tenía una sonrisa peligrosa, de esas que seguramente le habían abierto puertas desde niño y le habían impedido desarrollar otras habilidades de supervivencia.

—Señor Arriaga —dijo la señora Vionnet desde la escalinata, sin mirar directamente hacia él—, confío en que su comentario aporte algo al grupo.

Nicolás inclinó la cabeza con una naturalidad ensayada.

—Por supuesto, señora Vionnet.

La directora académica lo observó un segundo. No había enfado en su mirada. Había reconocimiento. Como si conociera a su familia, a sus padres, a sus abuelos o a todos los muertos ilustres que habían pagado algo en aquel edificio. Después continuó con el discurso.

Yo miré al frente. Nicolás Arriaga de la Serna. Perfecto. Ya tenía un nombre para ponerle cara a la irritación.

Cuando acabó la bienvenida, nos dividieron por grupos.

Cada grupo tenía un alumno veterano asignado y un profesor responsable.

A mí me tocó el grupo C, junto con Martina, Celia Roldán, Mauro Peña, Nicolás y una colección variada de gente con apellidos que parecían bufetes de abogados.

Celia estaba unos metros delante. La reconocí por la lista de becados que nos habían enviado antes de empezar: Celia Roldán, expediente excelente, procedente de un instituto público de Zaragoza.

Pelo negro cortado a la altura de la mandíbula, espalda recta, mirada de no necesitar a nadie.

Llevaba el uniforme nuevo, o tan impecable que lo parecía.

Me vio mirarla y apartó los ojos enseguida, pero no con timidez. Con cálculo.

Mauro Peña, en cambio, era más fácil de identificar porque estaba intentando desaparecer.

Moreno, delgado, con gafas, mochila sencilla y una expresión de persona que ya había decidido hablar lo mínimo para conservar energía.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, hizo un gesto casi invisible con la cabeza.

Yo se lo devolví. Fue el primer saludo becado oficial de mi vida.

Sin himno, sin abrazo, sin épica. Solo dos personas reconociendo que estaban en el mismo incendio.

—Grupo C —llamó una profesora joven—, conmigo, por favor. Soy la señorita Leire Santamaría, tutora adjunta de primer curso.

Leire Santamaría tendría unos treinta años, el pelo rizado sujeto deprisa y unas ojeras que la hacían parecer más humana que el resto.

Llevaba una carpeta contra el pecho y una bufanda verde que no combinaba con nada, detalle que me cayó bien de inmediato.

Nos condujo por la escalinata hasta el vestíbulo principal.

El interior del Instituto Aurora era todavía peor.

Peor de bonito, quiero decir. Techos altísimos, lámparas antiguas, suelo de piedra pulida, retratos de antiguos directores en las paredes y una escalera central que subía en dos brazos como si esperara que alguien importante descendiera por ella en cualquier momento.

Había flores frescas en jarrones enormes.

Flores frescas. En septiembre. En una montaña.

En mi casa teníamos un poto con tendencias suicidas.

—El edificio principal alberga las aulas de primer y segundo ciclo, dirección, secretaría académica, biblioteca nueva, sala de actos y comedor —explicó la señorita Santamaría—.

Las residencias están divididas por cursos y se encuentran en los pabellones este y oeste.

El acceso al ala norte está restringido salvo autorización expresa.

Todos miramos hacia donde había señalado. Un pasillo lateral, más oscuro que el resto, cerrado por una puerta de madera con cristal esmerilado. No parecía especialmente terrorífico. Solo cerrado. Pero los sitios cerrados en los internados tienen mala prensa por algo.

—¿Qué hay en el ala norte? —preguntó un chico pelirrojo.

—Aulas antiguas, archivos y zonas en reforma.

—¿Y por qué está restringida?

La señorita Santamaría sonrió.

—Porque “zona en reforma” suele significar que puede caerte algo en la cabeza.

—Qué pena —murmuré—. Yo ya había preparado mi primera infracción.

Martina me dio un codazo suave. Nicolás, que caminaba cerca, me oyó y volvió a sonreír sin mirarme. Me molestó que me oyera. Me molestó más que me hiciera gracia.

Atravesamos una galería acristalada desde la que se veía el jardín central.

En medio había una fuente circular con otra estatua: una mujer sosteniendo una lámpara.

Más allá, los senderos se perdían entre setos y niebla.

Algunos alumnos mayores cruzaban el patio con naturalidad absoluta.

Las chicas llevaban el uniforme como si lo hubieran inventado ellas.

Los chicos caminaban en grupos compactos, riéndose bajo, ocupando demasiado espacio.

Nadie corría. Nadie gritaba. El Aurora no parecía prohibir el desorden; parecía haber convencido a todo el mundo de que el desorden era vulgar.

—A las doce tendrán la presentación de casas —dijo la tutora—. El Instituto se organiza en cuatro casas académicas y residenciales: Bruma, Cumbre, Lumbre y Atlas.

—¿Bruma? —se me escapó.

La señorita Santamaría me miró.

—Sí, Alma.

Me quedé helada. No porque supiera mi nombre, que para eso tenía lista, sino porque lo dijo bien. Alma. No Vera. No García. Alma.

—Bonito nombre para una casa —añadí, por salir del paso—. Muy optimista.

La profesora sonrió apenas.

—La bruma también protege.

—Y hace que te estampes contra árboles.

—También.

Eso me gustó. Una profesora que no necesitaba ganar cada frase. Bien. Punto para el Aurora, aunque me fastidiara concedérselo.

Nos llevaron primero al comedor. Era una sala inmensa con ventanales al jardín, mesas largas de madera oscura y un techo cruzado por vigas.

No había bandejas metálicas ni olor a fritanga cansada.

Había manteles claros, jarras de agua, cestas de pan y un silencio ordenado, como si hasta el hambre tuviera que pedir permiso.

Imaginé a Dani allí dentro y casi me dio la risa.

Dani habría preguntado dónde estaban las croquetas. Yo también, probablemente.

Después vimos las aulas. Grandes, luminosas, con pizarras digitales, estanterías, mapas, esqueletos anatómicos, vitrinas con minerales, instrumentos de laboratorio y pupitres que no cojeaban.

En el aula de literatura había una pared entera de libros.

En la de ciencias naturales, frascos, láminas botánicas y una ventana desde la que se veía el bosque.

En ética, las mesas estaban colocadas en círculo.

Muy democrático todo, salvo por el hecho de que algunos alumnos ya parecían haber nacido en el centro del círculo.

—Las clases comienzan mañana —dijo la tutora—. Hoy tendrán instalación, asignación definitiva de habitaciones, entrega de horarios, presentación de normas y cena de bienvenida.

—¿También nos dejan respirar o va por solicitud? —murmuré.

Mauro, que iba al otro lado de Martina, soltó una risa por la nariz. Pequeña, casi accidental. Celia lo miró como si acabara de traicionar una estrategia. Yo fingí no notar nada.

Al salir del aula de literatura, nos cruzamos con un hombre mayor de traje marrón, barba blanca y ojos vivos. Llevaba varios libros bajo el brazo y caminaba con una solemnidad ligeramente teatral, como si cada pasillo fuera una oportunidad para ser recordado.

—Señorita Santamaría —saludó.

—Profesor Beltrán.

—Ah, los nuevos.

Nos miró uno por uno. Cuando sus ojos llegaron a mí, no vi desprecio. Vi curiosidad. Curiosidad real, no de vitrina.

—Bienvenidos al Aurora —dijo—. Aquí aprenderán muchas cosas. Algunas, incluso, estarán en los libros.