Capítulo 2
La carretera empezó a subir cuando la ciudad ya no era más que una mancha gris detrás de nosotros.
Al principio, el viaje tuvo algo casi normal.
Autobús cómodo, calefacción demasiado alta, alumnos fingiendo que no estaban nerviosos y padres que seguramente seguirían mandando mensajes hasta que se les acabara la cobertura o el sentido del ridículo, lo que ocurriera primero.
Martina se sentó a mi lado con las manos juntas sobre las rodillas, como si estuviera esperando que alguien viniera a examinarle la postura.
Yo miraba por la ventana y hacía como que contemplaba el paisaje, pero en realidad estaba intentando no pensar en mi madre volviendo a casa con Dani, en la habitación un poco más vacía, en la camisa que ya no estaba sobre la silla y en la maleta que, por primera vez en mi vida, contenía más futuro que ropa.
—¿De dónde vienes? —preguntó Martina.
—De Madrid.
—Yo también.
—Entonces nada exótico.
—Depende del barrio, supongo.
La miré. Martina dijo eso sin maldad. De hecho, lo dijo con una prudencia rara, como si ya hubiera aprendido que ciertas preguntas podían sonar peor de lo que pretendían.
Tenía el uniforme perfecto, claro, pero no perfecto de anuncio, sino perfecto de alguien a quien otra persona se lo había preparado con una mezcla de cariño y presión.
La falda a la altura exacta, la camisa sin una arruga, el pelo sujeto con una horquilla discreta y una mochila de cuero que parecía más madura que nosotras.
—Vallecas —dije.
—Ah.
Esperé el gesto. La ceja, la pausa, la frase de “qué barrio con tanta personalidad”, que era la manera fina de decir qué miedo me daría perderme allí. Pero Martina solo asintió.
—Yo vivo por Chamberí.
—Eso sí que suena a que las papeleras tienen estudios universitarios.
Martina soltó una risa breve y se tapó la boca después, como si reírse en un autobús pudiera infringir alguna norma interna del Aurora.
Al otro lado del pasillo, una chica rubia nos miró.
No con odio. Con algo peor: con curiosidad tranquila, como quien observa un animal que ha entrado en una casa por error.
—¿La conoces? —pregunté en voz baja.
Martina giró apenas la cabeza.
—A esa no. Creo que se llama Jimena.
La chica rubia volvió a mirar hacia delante. Llevaba pendientes pequeños de perlas y una diadema azul marino. Su cara decía que si alguna vez había tenido un problema, alguien lo había llamado inconveniente.
—Tiene pinta de llamarse Jimena —dije.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es diagnóstico.
Martina se rio otra vez. Me gustó que lo hiciera sin pedirme permiso.
En ese momento, el autobús tomó una curva larga y la ciudad desapareció de golpe.
Las montañas ocuparon todo el cristal, oscuras, enormes, con las cimas envueltas en una niebla espesa que parecía estar esperándonos.
Yo había visto niebla antes, claro. En invierno, en calles feas, sobre descampados, pegada a farolas amarillas.
Pero aquello era otra cosa. Aquella niebla no flotaba: gobernaba.
Se metía entre los árboles, bajaba por las laderas, borraba los límites del camino y convertía el paisaje en una advertencia.
—Qué bonito —susurró Martina.
—Sí —dije—. Muy bonito. También parece el sitio donde la gente empieza diciendo “solo será un fin de semana tranquilo” y acaba corriendo por el bosque.
—Ves demasiadas películas.
—Veo las justas para sobrevivir.
La carretera se estrechó. A un lado había roca húmeda; al otro, una caída que el autobús parecía respetar bastante menos que yo.
Algunos alumnos dejaron de hablar. Otros fingieron que la altura no les impresionaba porque, por lo visto, incluso el vértigo debía gestionarse con clase.
Un chico de los asientos delanteros contaba algo sobre Suiza, nieve y un monitor de esquí “insoportable”.
Yo intenté odiarlo por principios, pero la verdad es que ni siquiera tenía fuerzas.
Estaba demasiado ocupada pensando que mi madre jamás habría podido pagarme unas clases de esquí, y que si alguna vez me había deslizado por hielo había sido porque el ayuntamiento tardaba en echar sal.
—¿Has estado alguna vez en un internado? —preguntó Martina.
—He dormido en casa de mi prima cuando mi madre trabajaba de noche. Cuenta si mi prima roncaba como institución educativa.
—Yo tampoco.
—¿Lo de roncar?
—Lo del internado.
—Pues ya tenemos algo en común. Dos ignorantes rumbo a la excelencia.
Martina sonrió, pero esta vez no se rió.
Miraba la carretera con una atención tensa.
Me pregunté por qué estaba allí. No tenía pinta de becada.
Tampoco de niña rica cruel. Parecía más bien una de esas personas que habían nacido en una casa bonita y aun así habían conseguido no sentirse del todo a salvo.
Eso, en cierto modo, me daba curiosidad.
También me daba rabia, porque una parte de mí quería que los ricos fueran todos insoportables.
Era más cómodo. Si uno empieza a descubrir que también tienen miedo, se le complica el odio, y yo aquella mañana no estaba para complicaciones extra.
El autobús cruzó un arco de piedra.
No era la entrada principal, todavía no. Era una especie de límite. Dos columnas antiguas, cubiertas de musgo, con el escudo del sol naciente tallado en la parte superior. Debajo había una frase en latín y, bajo el latín, una traducción en letras más recientes:
LA LUZ EXIGE ALTURA.
—Madre mía —murmuré.
—¿Qué?
—Nada. Que ya empezamos con amenazas motivacionales.
Martina leyó la frase y frunció el ceño.
—Es bonita.
—Lo es. También es sospechosa.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien habla demasiado de altura, normalmente está buscando desde dónde mirar a los demás.
Martina no contestó. No porque se hubiera ofendido, creo, sino porque estaba pensando. Eso también me gustó. La mayoría de la gente, cuando oye una frase que no sabe dónde colocar, la pisa con otra. Martina no. Martina la dejaba ahí, como si tuviera derecho a existir.
El Instituto Aurora apareció cinco minutos después.
Y, joder, apareció de verdad.
No estaba simplemente construido en la montaña.
Parecía haber salido de ella, como si la piedra se hubiera cansado de ser piedra y hubiera decidido convertirse en colegio privado.
Era enorme, antiguo, con tejados oscuros, ventanales altos, torres estrechas y galerías cubiertas que unían distintos edificios.
Alrededor había jardines geométricos, caminos de grava, cipreses, una fuente central y, más allá, una masa de bosque que empezaba demasiado cerca.
La niebla lo rodeaba todo con una intimidad casi obscena, como si el mundo de fuera ya no tuviera permiso para mirar.
Los alumnos se pegaron a las ventanas. Hasta los que intentaban parecer acostumbrados.
Yo también, claro. Una cosa era haber visto fotos en la web y otra encontrarse delante de aquel monstruo elegante.
En la página parecía bonito. En persona imponía.
No de una forma exactamente siniestra, al menos no todavía, sino de una manera que te hacía consciente de tu tamaño.
Yo me sentí pequeña. No pequeña en plan humilde y poético.
Pequeña como una mancha en un mantel caro.
—Es precioso —dijo Martina.
—Sí.
—¿Estás bien?
—Estoy calculando cuántas generaciones de mi familia habrían tenido que ahorrar para pagar una ventana.
Martina me miró de reojo.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué?
—Bromear cuando estás nerviosa.
—No estoy nerviosa.
—Vale.
—Estoy valorando jurídicamente tirarme del autobús antes de que aparque.
—Eso es estar nerviosa.
—Eso es planificación.
El autobús se detuvo frente a una escalinata amplia.
En la entrada principal nos esperaba un grupo de adultos con trajes oscuros, carpetas y sonrisas medidas.
Había también alumnos mayores, reconocibles porque no miraban el edificio sino a nosotros.
Esa era la diferencia, supongo. Los nuevos mirábamos el Aurora como quien mira una catedral.
Los veteranos nos miraban a nosotros como quien espera que empiece una función.
—Alumnos de primer ingreso —anunció la mujer de la tablet desde el pasillo—, descendemos por orden. Tengan preparada su documentación y recuerden que el equipaje será trasladado a las residencias por el personal del centro.
El personal del centro. Me gustó esa parte. Mi maleta con rueda rebelde iba a tener más asistencia que yo.
Bajamos del autobús en fila. Al poner el pie en el suelo, el frío me mordió las piernas por debajo de la falda.
No era un frío cualquiera. Era frío de montaña rica, de ese que no viene con humedad de portal sino con pinos, piedra vieja y la sensación de que todo lo que dices puede salirte de la boca en forma de nube.
Me abracé la carpeta contra el pecho y miré alrededor.
Había más autobuses llegando, coches negros aparcados a un lado, familias que habían preferido llevar personalmente a sus hijos hasta la puerta, quizá para asegurarse de que la institución recibiera bien el apellido.
Una mujer alta, de pelo gris recogido en un moño perfecto, se colocó al pie de la escalinata. No necesitó levantar mucho la voz. Había gente que hablaba y el aire se organizaba para obedecer.
—Bienvenidos al Instituto Aurora. Soy la señora Elvira Vionnet, directora académica del primer ciclo. A partir de hoy, este centro será su casa, su comunidad y su responsabilidad. Aquí no venimos únicamente a obtener resultados. Venimos a formar carácter.
Formar carácter. Yo había oído eso antes. Normalmente lo decía la gente justo antes de hacerte pasar un mal rato y llamarlo aprendizaje.