Capítulo 1 #2
Yo asentí mucho. Sonreí lo justo. Dije gracias. Aprendí muy rápido que la gratitud también podía ser una asignatura.
—¿Has metido el cuaderno azul? —preguntó mi madre.
—Sí.
—¿El cargador?
—Sí.
—¿El neceser?
—Sí.
—¿Las zapatillas?
—También.
—¿El sobre con los documentos?
—Mamá, si sigues preguntando, al final voy a olvidar mi propio nombre.
—Alma Vera García —dijo Dani—. Aunque Vera parece apellido.
—No empieces tú también.
—Es verdad.
—Vera es mi segundo nombre.
—Pues es raro.
—Tú te llamas Daniel y todavía duermes con un dinosaurio que se llama Fermín.
—Fermín tiene ansiedad.
—Fermín es un peluche.
—Por eso.
Mi madre soltó una risa pequeña. La habitación pareció menos triste durante un momento. Dani aprovechó para meter otro paquete de galletas en la maleta. Fingí no verlo. Hay contrabandos que una acepta por amor.
A las seis y cuarto, cerramos la maleta.
Costó. Mi madre se sentó encima mientras yo tiraba de la cremallera y Dani daba instrucciones como si aquello fuera una operación quirúrgica.
Cuando por fin conseguimos cerrarla, los tres nos quedamos mirándola.
Era negra, con una rueda un poco torcida y una pegatina vieja de una compañía aérea en la que ninguno de nosotros había viajado jamás.
Nos la había prestado la vecina del tercero, que tenía una hija viviendo en Málaga y una fe absoluta en que las maletas buenas atraían destinos buenos.
—Pesa mucho —dijo Dani.
—Es mi personalidad.
—Pues deja un poco aquí.
No supe qué contestar a eso.
Desayunamos en la cocina. Café para mi madre, leche con cacao para Dani, tostadas para todos.
Mi madre había comprado mermelada de fresa, la cara, la que venía en bote de cristal y no parecía gelatina triste.
Nadie dijo que era una ocasión especial, pero la mermelada nos delató.
Dani untó demasiada en su tostada y se manchó la manga.
Mi madre no le riñó. Yo bebí la leche despacio, aunque tenía el estómago cerrado.
Pensé en el comedor del Instituto Aurora, en bandejas relucientes, zumos naturales, frutas con nombres, alumnos hablando de viajes a sitios donde la gente iba a descansar de vidas que ya eran descansadas.
Pensé en mí sentada allí, intentando no coger demasiado pan para que nadie notara que el pan gratis me parecía un milagro.
—Cuando llegues, nos escribes —dijo mi madre.
—Sí.
—Y si pasa algo, llamas.
—Sí.
—Aunque sea una tontería.
—Mamá.
—Aunque te dé vergüenza.
La miré por encima de la taza. Eso era lo que más miedo me daba, seguramente.
No las clases. No los exámenes. Ni siquiera los niños ricos con apellidos de avenida.
Me daba miedo que algo me doliera y no poder contarlo porque en mi casa ya tenían bastante.
La pobreza hacía eso: te obligaba a medir incluso tus dramas, no fuera a ser que salieran demasiado caros.
—Voy a estar bien —dije.
Mi madre asintió, pero no porque me creyera. Asintió porque necesitaba creerme.
Salimos de casa a las seis y media. El portal olía a humedad y lejía. La rueda torcida de la maleta golpeaba cada baldosa con un ruido insoportable, clac, clac, clac, como si anunciara mi marcha a todo el edificio. En el segundo, la señora Amparo abrió la puerta en bata.
—¿Ya te vas, hija?
—Sí.
—Tú estudia mucho. Y no dejes que te miren por encima del hombro.
—Lo intentaré.
—No, intentar no. Tú les miras por encima también, aunque sea desde abajo.
La señora Amparo me dio dos besos, me metió un billete de diez euros en la mano y cerró la puerta antes de que pudiera devolvérselo. Mi madre fingió que no lo había visto. Yo apreté el billete dentro del puño. Diez euros podían ser una fortuna absurda cuando venían de alguien que tampoco los tenía.
En la calle hacía frío. No frío de montaña todavía, sino ese frío urbano que sale de los portales, de los cubos de basura, de las aceras mojadas y de los madrugadores que caminan con cara de no haber elegido su vida esa mañana.
El cielo tenía un color gris sucio. Dani caminaba a mi lado sujetando una de las asas de la maleta, aunque no hacía falta.
Mi madre llevaba el bolso cruzado y miraba cada pocos pasos hacia la parada, como si el autobús pudiera escaparse antes de llegar.
Fuimos en metro hasta la estación. A esa hora, la ciudad parecía recién encendida.
Había trabajadores con mochilas, estudiantes medio dormidos, una mujer maquillándose con una precisión heroica entre dos paradas y un hombre que olía a colonia fuerte y tristeza antigua.
Yo iba sentada entre mi madre y Dani, con la maleta delante, sintiéndome disfrazada.
El uniforme del Aurora atraía miradas. No muchas, pero suficientes.
Una niña con uniforme caro en un vagón de metro temprano siempre parece una contradicción.
Una niña con uniforme caro y zapatos baratos, más.
—Te miran —susurró Dani.
—Porque soy famosa.
—No eres famosa.
—Todavía.
—Cuando seas rica, ¿me compras una consola?
—Cuando sea rica, primero compraré una lavadora que no suene como si estuviera poseída.
—Y luego la consola.
—Luego ya veremos.
Mi madre nos escuchaba con la vista fija en la ventana oscura del vagón.
Su reflejo parecía más cansado que ella.
Me pregunté si mi padre sabría que yo me iba.
Luego me pregunté por qué me lo preguntaba.
Mi padre se llamaba Andrés, tenía la especialidad admirable de no estar y, según la última noticia, vivía en otra ciudad con otra mujer y una versión de sí mismo que quizá pagaba las facturas a tiempo.
Durante años pensé que volvería. Después pensé que llamaría.
Al final dejé de pensar en él como se deja de tocar una muela que duele: no porque haya sanado, sino porque una aprende dónde no poner la lengua.
En la estación, el autobús del Instituto Aurora esperaba en una dársena apartada.
No tenía el nombre del colegio escrito en grande, solo el escudo pequeño junto a la puerta.
Era blanco, brillante, discreto. De esos vehículos que parecen decir: no necesitamos llamar la atención porque la atención ya trabaja para nosotros.
Alrededor había familias.
Y qué familias, vamos.
Padres con abrigos largos, madres con botas que seguramente costaban más que nuestra nevera, alumnos abrazando a hermanos pequeños que parecían salidos de anuncios de seguros médicos.
Había maletas rígidas, fundas de trajes, bolsas deportivas con iniciales bordadas.
Un chico rubio se quejaba porque su padre le había olvidado “la raqueta buena”.
La raqueta buena. Yo tenía una maleta que giraba hacia la izquierda si la soltabas mucho tiempo, pero él tenía una raqueta buena y, por lo visto, una raqueta de mierda de emergencia.
—Madre mía —murmuré.
—No digas tacos —dijo mi madre.
—He dicho madre mía.
—Lo has pensado.
—Eso no cuenta.
Dani se pegó a mi brazo. No estaba impresionado; estaba fascinado de una manera casi científica, como si acabara de descubrir una especie nueva. Una madre pasó a nuestro lado hablando por teléfono.
—Sí, sí, este trimestre estará en Aurora. Luego ya veremos si en Suiza o si le conviene más Canadá.
Dani me miró.
—¿Canadá es un castigo?
—Para algunos, al parecer.
Mi madre me colocó bien el cuello de la camisa.
Luego me alisó la americana, aunque estaba perfectamente alisada.
Después me apartó un mechón de pelo de la cara.
Hacía cosas pequeñas porque las grandes ya no podía hacerlas.
No podía subirse conmigo al autobús. No podía sentarse a mi lado en clase.
No podía decirles a todos aquellos niños con apellidos largos que trataran bien a su hija o les arrancaba la piel con las uñas, aunque sospecho que ganas no le faltaban.
—Escúchame —dijo.
La miré.
—Tú no eres menos que nadie.
—Ya.
—No lo digo para consolarte.
—Ya lo sé.
—Y tampoco eres más. No vayas con rabia todo el tiempo, porque la rabia cansa.
—Intentaré alternarla con sueño.
Me dio un golpecito suave en el brazo.
—Alma.
—Vale.
Me abrazó. Fuerte. Tan fuerte que por un segundo volví a tener siete años y fiebre, y ella volvió a ser el único sitio seguro del mundo. Cerré los ojos. Olía a jabón, a café y a la crema de manos barata que usaba por la noche. Me mordí la lengua para no llorar.
—Hazlo por ti también —me susurró—. No solo por nosotros.
Eso sí me rompió un poco.
Porque yo sabía que mi madre tenía razón, pero también sabía que las madres a veces dicen cosas bonitas para que sus hijas carguen mejor con lo imposible.
Claro que tenía que hacerlo por mí. Pero si yo salía de allí con buenas notas, contactos, recomendaciones, una universidad decente, quizá Dani no tendría que elegir tan pronto entre estudiar y trabajar.
Quizá mi madre podría dejar una de las casas.
Quizá la palabra futuro dejaría de sonar como algo que les pasaba a otros.
Dani me abrazó después. Rápido, torpe, con la cara escondida.
—No llores —le dije.
—No estoy llorando.
—Vale.
—Se me ha metido pena en el ojo.
—Eso pasa mucho.
Me dio un sobre doblado.
—Para cuando estés allí.
—¿Qué es?
—Una cosa.
—¿Una cosa legal?
—Más o menos.
Lo guardé en el bolsillo interior de la americana. No lo abrí. Algunas cosas había que abrirlas lejos, para que no te vieran la cara.
Una mujer con traje azul marino empezó a llamar a los alumnos desde la puerta del autobús. Tenía una tablet en la mano y una sonrisa profesional. No sonreía a las personas, sonreía al proceso.
—Alumnos de nuevo ingreso, por favor, preparen su documentación.
Mi madre sacó el sobre con mis papeles. Me lo dio como quien entrega una criatura.
—Lo tienes todo.
—Sí.
—El DNI, la autorización, el certificado médico, la carta de admisión...
—Mamá.
—Vale.
Nos quedamos calladas.
Hay silencios que son enormes y no caben en ninguna estación.
—Te quiero —dijo ella.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo más.
—Imposible.
—Bueno, tú eres mi madre. Tienes ventaja administrativa.
Se rio llorando. Dani también. Yo también, aunque lo mío salió raro.
Cuando llegó mi turno, la mujer de la tablet miró mis papeles.
—Nombre.
—Alma Vera García.
Sus ojos bajaron a la lista.
—Alma Vera.
—García —corregí.
—Perdón.
—No pasa nada.
Sí pasaba. Un poco. Pero todavía no tenía ganas de empezar mi carrera académica peleándome con una tablet humana.
La mujer marcó algo y me indicó que subiera.
La maleta pesaba más que antes. O yo pesaba menos.
Mi madre y Dani se quedaron abajo, mirándome.
Subí los escalones del autobús con mucho cuidado, porque habría sido muy triste inaugurar mi nueva vida cayéndome de boca delante de una audiencia con raquetas buenas.
Dentro olía a cuero, calefacción y colonia cara.
Algunos alumnos ya estaban sentados juntos, hablando bajo, riéndose, comparando horarios o vacaciones.
Me miraron al pasar. No todos. No de forma descarada.
Pero me miraron lo suficiente para que yo sintiera de pronto cada detalle: la americana usada, los zapatos sencillos, la maleta vieja, el pelo recogido sin gracia, mi manera de avanzar por el pasillo como si estuviera entrando en una iglesia donde no sabía si podía sentarme.
Busqué un asiento libre hacia la mitad. Al levantar la maleta para colocarla arriba, una de las ruedas se enganchó con el borde y casi se me cae encima. Una mano apareció desde el asiento de al lado y sujetó la parte inferior.
—Cuidado —dijo una chica.
Tenía el pelo castaño claro, gafas redondas y cara de haber pedido perdón antes de hacer nada. Me ayudó a colocar la maleta sin hacer comentarios, lo cual ya la convertía en una candidata aceptable a persona decente.
—Gracias —dije.
—De nada. Soy Martina.
—Alma.
—¿Nueva?
La miré.
—No, veterana de incógnito. Me gusta empezar cada año fingiendo pánico.
Martina parpadeó y luego se rio. No una risa de compromiso. Una risa real, un poco sorprendida.
—Entonces eres nueva.
—Muchísimo.
—Yo también.
Me senté a su lado porque no tenía una razón para no hacerlo y porque, para qué mentir, parecía menos peligrosa que el resto del autobús.
Desde la ventana vi a mi madre y a Dani.
Los dos levantaron la mano. Yo también. El autobús cerró las puertas con un suspiro hidráulico, como si el mundo de fuera acabara de quedarse sin acceso.
Mientras arrancábamos, Dani corrió unos pasos junto al autobús.
Mi madre le puso una mano en el hombro para detenerlo.
Los vi hacerse pequeños en la dársena, mi madre con el bolso cruzado, Dani con el pijama asomando por debajo del abrigo porque se había empeñado en venir sin cambiarse del todo. Los vi hasta que una curva los borró.
Entonces abrí el sobre de Dani.
Dentro había una hoja arrancada de su cuaderno. Había dibujado a tres personas: mi madre, él y yo. Yo aparecía con una capa, una maleta y una espada enorme. Encima, con su letra torcida, había escrito:
No te vuelvas de ellos. Vuelve de nosotros.
Me quedé mirando la frase.
Martina, a mi lado, fingió no ver que se me habían llenado los ojos de lágrimas. Eso también me cayó bien.
Doblé la hoja con cuidado y la guardé dentro del cuaderno azul.
Después apoyé la frente en el cristal. La ciudad empezó a quedarse atrás.
Los edificios se hicieron más bajos, luego más dispersos, luego desaparecieron entre carreteras, campos y una línea lejana de montañas que parecía pintada con mala intención.
El Instituto Aurora estaba allí arriba, en algún punto detrás de la niebla. Formaba líderes del mañana, decía el folleto. A mí me bastaba con que no me devorara antes de Navidad.
Joder, qué bajo tenía el listón.