La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 1
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La becada de la niebla (Instituto Aurora 1)

La becada de la niebla (Instituto Aurora 1)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1

Mi madre planchó la camisa tres veces.

No porque tuviera arrugas. La camisa estaba tan lisa que podía haber servido para envolver un cadáver en una película cara.

La planchó tres veces porque era su manera de hacer algo con las manos mientras intentaba no llorar, que en mi casa siempre había sido la forma oficial de gestionar las catástrofes: limpiar, doblar ropa, preparar comida o fingir que una estaba buscando las llaves.

—Te va a quedar grande —dijo, levantándola delante de mí.

—Mejor. Así parezco misteriosa.

—Pareces una niña con ropa prestada.

—También es un estilo.

Mi madre apretó los labios para no sonreír.

Se llamaba Marisa, tenía treinta y nueve años, aunque algunas mañanas parecía tener cincuenta y otras, cuando se reía de verdad, no llegaba a los veinte.

Trabajaba limpiando casas, cuidando a una señora mayor tres tardes por semana y cosiendo arreglos cuando alguna vecina necesitaba salvar unos pantalones que ya no tenían salvación legal.

En otra vida habría sido enfermera, o profesora, o una de esas mujeres que saben qué vino se sirve con qué plato.

En esta, sabía quitar manchas de grasa, discutir con compañías eléctricas y hacer que doscientos euros durasen más que la vergüenza.

La camisa era blanca, obligatoria y, según la lista del Instituto Aurora, “de corte clásico”.

A mí eso del corte clásico me parecía una forma elegante de decir que costaba treinta euros más de lo razonable.

La habíamos comprado en una tienda de uniformes de segunda mano, junto con la falda gris, el jersey azul marino y una americana que olía ligeramente a armario ajeno, a lavanda barata y a una alumna anterior que, por lo visto, había sudado miedo antes que yo.

—No se nota —dijo mi madre, mirando el escudo bordado en el pecho.

El escudo sí se notaba. Un sol naciente sobre unas montañas, con una frase en latín debajo que yo todavía no sabía pronunciar sin parecer que estaba invocando algo.

El Instituto Aurora tenía lema, escudo, himno y un vídeo promocional donde todos los alumnos caminaban por jardines perfectos con libros contra el pecho, mirando al horizonte como si acabaran de descubrir la cura del cáncer o, como mínimo, una manera de no pagar impuestos.

En la página web decía que formaban a los líderes del mañana.

En mi casa, el mañana era más modesto: llegar a fin de mes sin que cortaran nada.

—Se nota un poco —dije.

—Pues que se note. Has ganado esa beca.

Mi madre lo dijo como si la beca fuese una medalla.

Y lo era, supongo. También era una cuerda.

Una cuerda preciosa, dorada, con el logotipo del colegio, pero cuerda al fin y al cabo.

Había que agarrarse a ella con las dos manos, los dientes y lo que hiciera falta, porque debajo no teníamos red.

Teníamos un alquiler atrasado, un padre desaparecido desde hacía seis años y un hermano pequeño que había aprendido demasiado pronto a no pedir cosas.

Dani estaba sentado en el suelo, junto a mi maleta, metiendo a escondidas un paquete de galletas entre los jerséis.

—Te estoy viendo —le dije.

—No.

—Dani.

—Es por si allí no tienen.

—Es un internado de ricos, no una cueva.

—Ya, pero a lo mejor tienen cosas raras. Como comida con nombres.

Tenía nueve años y la lógica de alguien que sabía que la comida buena casi siempre venía con nombres que no entendíamos. En casa, si una cena tenía más de tres ingredientes, ya nos parecía cocina internacional.

—Tendrán galletas —dije.

—No como estas.

—Son de marca blanca.

—Por eso. Las buenas.

Mi madre se giró hacia la ventana, pero le vi la cara reflejada en el cristal.

Estaba sonriendo y llorando un poco, todo a la vez, como si el cuerpo no se hubiera puesto de acuerdo.

Fuera todavía era de noche. El autobús salía a las siete desde la estación, y el Instituto Aurora había enviado un documento de seis páginas explicando los horarios, el protocolo de llegada, la asignación provisional de habitaciones y la importancia de “una incorporación serena al entorno académico”.

Incorporación serena. Joder. Yo iba a subirme a un autobús para meterme interna en un colegio de élite rodeado de montañas y niebla, con una maleta prestada y unas bragas que mi madre había comprado en oferta de tres por dos, pero se suponía que debía incorporarme con serenidad.

—No metas tantas galletas —dijo mi madre, sin darse la vuelta—. Que va a parecer que no te damos de comer.

Dani se quedó quieto.

A veces en mi casa las frases hacían eso: entraban normales y de pronto se rompían por dentro.

—Mamá —dije.

—Ya, ya lo sé.

Se secó la cara con el dorso de la mano y volvió a ocuparse de la camisa.

La dobló con un cuidado casi religioso, como si estuviera preparando una ofrenda.

Yo quise decirle que no hacía falta, que no pasaba nada, que el Instituto Aurora podía meterse su corte clásico por donde le cupiera, pero no lo dije porque no era verdad.

Sí hacía falta. Sí pasaba. Y yo necesitaba que aquella camisa quedara perfecta, porque la perfección, en ciertos sitios, no era una virtud: era el precio de entrada.

Me miré en el espejo del armario. El uniforme no me quedaba mal, que ya era bastante.

La falda me apretaba un poco en la cintura y la americana me hacía los hombros extraños, como si intentara convertirme en alguien con más futuro del que traía de fábrica.

Tenía el pelo castaño recogido en una coleta, la cara demasiado seria para las seis de la mañana y unos ojos que mi madre decía que eran de mi abuela.

Yo no conocí a mi abuela, así que no podía opinar.

A mí me parecían ojos de no haber dormido.

—Pareces mayor —dijo Dani.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Pues gracias igual.

Dani se levantó y vino a abrazarme por la cintura. Tenía el pelo revuelto y el pijama de dinosaurios que ya le quedaba corto en las mangas. Olía a sueño, a galletas y a ese champú barato de manzana que siempre prometía “brillo natural” como si el brillo fuese una necesidad humana básica.

—No te vuelvas pija —murmuró contra mi camisa.

—No tengo presupuesto.

—Ni hables raro.

—¿Raro cómo?

—Como los de la tele.

—¿Los políticos?

—Peor. Los que dicen “experiencia gastronómica”.

—Prometo no decir experiencia gastronómica salvo que esté en peligro de muerte.

Dani asintió, satisfecho. Mi madre se acercó y nos abrazó a los dos.

Durante unos segundos fuimos una cosa compacta, ridícula y triste en mitad de la habitación pequeña, con la maleta abierta, la ropa doblada y la sensación de que alguien estaba a punto de arrancar una pieza de la casa y llevársela montaña arriba.

Yo no quería llorar. No por orgullo, aunque también.

No quería llorar porque si empezaba quizá mi madre se rompía del todo, y si mi madre se rompía del todo Dani iba a mirarme como si yo pudiera arreglarla.

En mi familia todos teníamos asignado un papel sin haberlo votado.

Mi madre resistía. Dani esperaba. Yo salía a salvarnos. Muy normal todo.

—Vas a estar bien —dijo mi madre.

—Sí.

—Eres lista.

—Eso dicen cuando no saben si eres guapa.

—Alma.

—Vale, perdón.

Me acarició la mejilla. Tenía las manos ásperas, con un corte pequeño en el pulgar y las uñas cortas, sin pintar. Mi madre siempre decía que las manos contaban la vida de una persona mejor que la cara. La cara podía mentir. Las manos no tenían tanto tiempo.

—No tienes que demostrar nada a nadie —dijo.

La miré.

—Mamá.

—Bueno. Tienes que demostrarlo todo. Pero no porque ellos valgan más que tú.

Eso sí era mi madre. La ternura le salía a veces, pero la realidad le salía siempre.

El Instituto Aurora me había concedido una beca completa por expediente académico, entrevista personal y “circunstancias socioeconómicas especialmente desfavorables”.

Esa última parte figuraba en el informe con una limpieza ofensiva.

Circunstancias socioeconómicas especialmente desfavorables quedaba mucho mejor que padre que se largó, madre reventada a trabajar, alquiler atrasado, nevera con eco y niña que estudia porque no le queda otra manera de escapar.

En el Aurora tenían talento para convertir la miseria ajena en lenguaje administrativo.

Supongo que era una de las asignaturas avanzadas.

Había hecho tres pruebas, dos entrevistas y una redacción sobre liderazgo.

Yo, que lo más cerca que había estado de liderar algo era convencer a Dani de que ducharse no era una conspiración del Estado.

Aun así, escribí sobre mi madre. No dije que era mi madre, claro.

Hablé de “una mujer capaz de sostener una casa con recursos mínimos, tomar decisiones bajo presión y proteger a los suyos sin reconocimiento externo”.

Quedó precioso. También quedó como si mi madre fuese una directora general de la pobreza. Pero funcionó.

La carta llegó un martes.

Mi madre la leyó de pie en la cocina, con las manos mojadas y una gota de agua bajándole por la muñeca.

Dani pensó que nos habían dado un premio en metálico y empezó a preguntar si podíamos comprar una consola.

Yo leí la palabra admitida y luego beca completa, y durante un segundo no sentí alegría.

Sentí miedo. Miedo puro, de ese que no hace ruido.

Porque una cosa era soñar con salir y otra que te abrieran la puerta.

Desde entonces, todo había ido demasiado rápido.

Papeles, autorizaciones, llamadas, uniforme, normas, lista de material, vacuna del tétanos, certificado médico, una charla por videollamada con una orientadora que sonreía como si le hubieran enseñado los dientes en un curso.

“Alma, en el Instituto Aurora creemos en el talento venga de donde venga.” Lo dijo así, venga de donde venga, como si el talento fuera un perro perdido que a veces aparecía en barrios feos.