La becada de la niebla (Instituto Aurora 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Perdón?

—Y con Inés. Y quiero que conste que las entrego porque usted lo solicita, no porque renuncio a ellas.

No sé de dónde salió eso. Probablemente de Celia. Mi voz sonó un poco suya, lo cual me asustó y me encantó.

Inés me miró con una sorpresa mínima. Martina también.

Vionnet sostuvo mi mirada.

—De acuerdo.

Beatriz fue a buscar una fotocopiadora portátil del despacho contiguo. Al pasar junto a mí, la manga se le subió apenas otra vez. No lo suficiente para ver las marcas completas, pero sí para recordarlas. Ella notó mi mirada.

—No todo es una pista —dijo en voz baja.

No fue amenaza. Fue cansancio.

—En este sitio me cuesta creerlo —respondí igual de bajo.

Beatriz no contestó.

Vionnet hizo copias de las notas delante de nosotras. Me devolvió el cuaderno. Yo lo guardé como si fuera algo vivo. Luego volvió a sentarse detrás de la mesa.

—A partir de este momento, cualquier nueva nota, mensaje, objeto fuera de lugar o situación extraña será comunicada directamente a mí, a la señora Luján o a la señorita Santamaría. No a otras alumnas. No a la revista. No a Nicolás Arriaga. No a Mauro Peña. ¿Queda claro?

Me sorprendió que mencionara a Nicolás y a Mauro.

No debería haberme sorprendido. Pero lo hizo.

—Veo que su sistema de información funciona estupendamente —dije.

—El tuyo también, por lo visto.

Touché otra vez. La señora V. tenía colmillos.

Vionnet miró a Inés.

—Tú dejarás de revisar material no catalogado sin autorización expresa.

—Sí.

—Y entregarás cualquier copia relacionada con Marta Soler, Irene Pardo o Lucía Mansilla que tengas en tu poder.

Inés se quedó muy quieta.

—No tengo más aquí.

Aquí. Buena elección.

Vionnet no la corrigió. Quizá porque también la entendió.

—Podéis iros.

Salimos del despacho en silencio. En el pasillo, Inés respiró como si hubiera estado aguantando el aire desde 2009, aunque eso era imposible. Martina se apoyó un segundo contra la pared. Yo miré la puerta cerrada.

—No ha negado a Lucía —dije.

—No —respondió Inés.

—Pero la ha convertido en ansiedad y mala adaptación.

—Eso hacen.

La miré.

—¿Quiénes?

Inés tardó en contestar.

—Los sitios que necesitan seguir pareciendo limpios.

Martina se frotó los brazos.

—Vionnet parecía preocupada por las notas.

—Sí —dije—. Pero no sorprendida.

Ninguna respondió.

Porque era verdad.

Volvimos a Bruma sin hablar demasiado. A mitad de camino, Inés se separó para ir a la biblioteca de casa. Dijo que necesitaba “ordenar cosas”. Sonó a destruir pruebas, esconderlas mejor o ambas. Martina y yo seguimos hacia la residencia.

Celia nos esperaba en el vestíbulo de Bruma.

De pie.

Con los brazos cruzados.

Con la cara de una persona que llevaba veinte minutos ensayando un juicio sumarísimo y estaba deseando estrenarlo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Hola, Celia. Qué alegría verte. El despacho de Vionnet estaba precioso, gracias por preguntar.

—Alma.

—Nos confiscó la carpeta de Marta. Hizo copias de las notas.

Dijo que Lucía se fue por problemas de adaptación y ansiedad.

Dijo que Sergio no tiene nada que ver. Le prohibió a Inés revisar archivos no catalogados.

Y mencionó a Nicolás y Mauro, así que alguien está hablando o alguien nos vigila mejor de lo que pensábamos.

Celia se quedó callada.

Agradecí que no hiciera preguntas intermedias. La eficiencia, en momentos así, tenía su encanto.

—¿Le diste las notas? —preguntó.

—Copias. El dibujo no.

Celia asintió.

—Bien.

—Gracias por aprobar mi examen moral.

—No estoy de humor.

—Yo tampoco, pero mi personalidad tiene automatismos.

Martina se sentó en uno de los bancos del vestíbulo.

—Beatriz tenía cicatrices en la muñeca —dijo.

Celia giró hacia ella.

—¿Qué?

Yo le conté lo que había visto. Las tres líneas. La reacción de Beatriz. La frase: no todo es una pista.

Celia frunció el ceño.

—Beatriz no pudo estar en 2009.

—Ya lo pensé.

—Entonces puede no tener relación.

—O puede significar que hubo otra puerta.

Martina tragó saliva.

—O que le pasó algo en otra tradición.

—O que nos estamos volviendo locas —dijo Celia.

—También está esa opción. Muy sana, por cierto.

Celia empezó a caminar. Dos pasos hacia una columna, dos pasos de vuelta. Verla inquieta era inquietante. Celia quieta imponía. Celia moviéndose parecía una alarma con uniforme.

—Tenemos que dejar de reaccionar —dijo.

—¿Y pasar a…?

—A hacer que reaccionen otros.

—Eso suena a plan.

—Lo es.

Martina y yo nos miramos. Celia con un plan daba miedo. Celia sin plan daba más.

—Vionnet ya sabe que tenemos notas —dijo—. Sabe que miramos a Lucía. Sabe que Sergio nos importa. Si seguimos buscando por los mismos sitios, nos cerrará todo.

—¿Y entonces?

—Entonces usamos algo que no pueda cerrar sin quedar en evidencia.

—La revista —dije.

Celia asintió.

—No Lucía. No Sergio. Algo amplio. Una propuesta formal para El Mirador sobre tradiciones desaparecidas del Instituto Aurora. Bruma, Cumbre, Atlas, Lumbre. Ritos antiguos, cambios, motivos de suspensión. Pedimos testimonios a antiguos alumnos a través de canales oficiales.

Martina abrió los ojos.

—Eso obligaría a dirección a revisar la propuesta.

—Sí —dijo Celia—. Y si la rechazan sin motivo, queda raro. Si la aceptan, abre puertas. Si la recortan, nos dice qué partes les dan miedo.

La miré.

—Celia Roldán, esto es maquiavélico.

—Es administrativo.

—Peor.

—Además —continuó—, necesitamos que no parezca idea de Alma.

—Gracias.

—Lo digo porque ya estás marcada.

—No, si lo he entendido. Soy la becada con tendencia a incendiar manteles.

—La propuesta la firma Inés como mentora de revista, Nuria Albornoz como editora y varias alumnas de distintas casas. Incluimos a alguien de Cumbre.

—¿Nicolás? —preguntó Martina.

—No —dijo Celia—. Demasiado vinculado a Lucía por Rafael. Mejor Héctor.

—Héctor está metido.

—Pero no marcado públicamente. Y cae bien.

—Yo también caigo bien —dije.

Celia me miró.

—Tú caes fuerte.

Nora habría aplaudido esa frase. Yo casi.

—¿Y Sergio? —preguntó Martina—. ¿Qué hacemos con él?

Celia dejó de caminar.

—Mauro intentará conseguir el título del libro que dejó en Lumbre. Sin cogerlo. Solo título. Si hay nota, ya pensaremos. Y necesitamos saber si Diego, su compañero, vio quién retiró exactamente las cosas.

—Eso es mucho para Mauro —dije.

—Lo sé.

Ahí se le notó algo. Preocupación. Culpa quizá.

—No podemos empujar a Mauro como si fuera una herramienta —añadió.

Me sorprendió que Celia lo dijera. Luego me di cuenta de que no debería. Celia era dura, no cruel. Había diferencia. Una diferencia que el Aurora confundía a menudo, y yo también cuando me convenía.

—Yo hablaré con Mauro —dijo Martina.

—No sola —respondimos Celia y yo al mismo tiempo.

Martina parpadeó. Luego sonrió un poco.

—Vale. No sola.

Nora y Amina aparecieron entonces desde la escalera. Nora llevaba una bolsa de patatas en la mano y una expresión de tragedia recreativa.

—Me dejáis fuera de una reunión y compenso con sodio —dijo—. ¿Resumen?

—Celia quiere derrotar al sistema con burocracia —dije.

Nora miró a Celia.

—No sabía que pudiera quererte más.

Celia ignoró aquello, pero se le escapó una sonrisa mínima. La vi. Todas la vimos. Hicimos como que no, por respeto a su reputación de bloque de hielo con expediente.

Amina escuchó el plan sin interrumpir. Luego dijo:

—Necesitamos también una pregunta simple.

—¿Cuál? —preguntó Celia.

—Una que cualquiera pueda responder sin sentir que acusa a nadie.

Amina dejó la mochila en el banco.

—Por ejemplo: “¿Qué tradición del Aurora desapareció y por qué?” Si suficientes personas responden, quizá alguien menciona la Vigilia de la Primera Nieve sin que tengamos que pedirlo.

Celia asintió.

—Bien.

—Y otra —añadió Amina—: “¿Qué versión recuerdas distinta a la oficial?”

Nos quedamos en silencio.

Nora levantó una patata.

—Amina acaba de ponerle una bomba preciosa al formulario.

—Demasiado directa —dijo Celia, aunque se notaba que le gustaba.

—Se puede suavizar —dijo Martina—. “¿Hay alguna anécdota del Instituto que recuerdes de forma diferente a como se contó oficialmente?”

—Eso —dijo Amina.

Yo miré a Martina. Ella se puso colorada, pero sostuvo la mirada.

La chica que no sabía qué decir estaba aprendiendo a poner palabras donde otros habían dejado huecos.

Esa tarde, por primera vez desde que Sergio desapareció de la vida del colegio con una frase limpia, sentí que no estábamos solo siguiendo migas. Estábamos haciendo algo. Pequeño, legal, quizá insuficiente, pero algo.

Hasta que Mauro llegó corriendo.

No corriendo de verdad, porque en los pasillos del Aurora eso todavía parecía pecado, pero sí caminando con el tipo de prisa que hace que las normas se aparten un poco.

—Lo encontré —dijo, sin saludar.

—¿El libro? —pregunté.

Asintió.

—Catálogo interno de Lumbre. Último préstamo registrado a Sergio Lamas. Lo dejó en la biblioteca de casa el domingo por la tarde.

—Título —dijo Celia.

Mauro tragó saliva.

— Poemas de invierno .

Nadie habló.

No hizo falta.

El mismo título del libro donde encontramos la tarjeta de audición. El mismo invierno. La misma nieve. Sergio había dejado un libro llamado Poemas de invierno en la biblioteca de Lumbre justo antes de desaparecer temporalmente por decisión familiar.

—Hay más —dijo Mauro.

Nora cerró los ojos.

—Esa frase, otra vez no.

—El libro no aparece ahora en la estantería —continuó él—. Pero en el registro pone que no fue retirado por Sergio.

—¿Quién lo retiró? —preguntó Martina.

Mauro miró a Celia.

—Profesor Iriarte.

Sentí que la lista se hacía más larga dentro de mi cabeza.

Cámara.

Tarjeta.

Libro.

Iriarte.

Celia apretó la carpeta contra el pecho.

—Vale —dijo.

Pero su voz ya no sonó solo organizada.

Sonó furiosa.

—Ahora sí vamos a morder primero.