La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

LEO

El avión aterriza en Nueva York a las once de la mañana. No he dormido durante el vuelo. No he podido. Me he pasado todo el tiempo repasando lo que voy a decir, cómo voy a explicarle a Robert mi decisión. Cómo luego voy a recuperar a Grace.

Cojo un taxi directo a la oficina. Son las doce menos cuarto cuando llego. La oficina está llena, todo el mundo está trabajando.

Cruzo la oficina directo al despacho de Robert. Llamo a la puerta.

—Adelante.

Entro. Robert está sentado detrás de su escritorio, mirando la pantalla de su ordenador. Levanta la vista cuando me ve. Parpadea, sorprendido.

—Leo. No esperaba verte hasta… ¿no deberías estar de vacaciones todavía?

—Tengo que hablar contigo —digo—. Sobre la competición.

Robert se recuesta en su silla. Me mira con esos ojos que han visto demasiadas cosas en esta industria.

—Siéntate.

Me siento. Respiro hondo. Y lo suelto sin rodeos.

—Me retiro.

Silencio. Robert me mira unos segundos sin decir nada.

—¿Perdona?

—Me retiro de la competición. El puesto es para Grace. Ella es la mejor opción. Siempre lo ha sido.

—Leo. —Robert se inclina hacia delante—. ¿Estás seguro de esto? Ese puesto es el proyecto de tus sueños. Llevas años trabajando para algo así.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué te retiras?

—Porque hay cosas más importantes que un trabajo —digo. Y es la verdad. La verdad más simple que he dicho en mi vida—. Grace es más importante.

Robert me mira durante otro segundo largo. Y entonces asiente despacio.

—Vale. Si estás seguro.

—Lo estoy.

—Entonces acepto tu retirada. —Teclea algo en su ordenador—. Informaré a Grace de que el puesto es suyo.

Me levanto. Le tiendo la mano. Robert la estrecha.

—Gracias.

—Leo. —Me detiene antes de que pueda salir—. Espero que merezca la pena.

—Lo hace —digo sin dudarlo.

Y salgo del despacho.

GRACE

Estoy sentada en el sofá de mi apartamento, mirando la pantalla de mi portátil sin ver realmente nada, cuando suena mi móvil. Es el número de la oficina.

Miro la pantalla durante dos tonos antes de decidir contestar.

—¿Sí?

—Grace. Soy Robert. Tengo noticias sobre la competición.

Se me tensa todo el estómago de golpe. Porque todavía quedan varios días para entregar el proyecto. Todavía no debería llamarme.

—¿Qué noticias? —pregunto, y mi voz sale más aguda de lo que pretendo.

—Leo se ha retirado. Acaba de venir a mi despacho para decírmelo. El puesto es tuyo. Enhorabuena.

El mundo se detiene. Se detiene en seco. Como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en el universo entero y yo me hubiera quedado suspendida en este momento imposible.

—¿Qué?

—Leo Carter se ha retirado de la competición. Ha dicho que el puesto debería ser tuyo. Que siempre has sido la mejor opción. Así que oficialmente, Grace, eres la nueva lead developer de Eclipse.

—¿Cuándo? —interrumpo—. ¿Cuándo ha ido?

—Hace una hora. ¿Por qué?

Cuelgo.

Leo está en Nueva York.

No puedo procesar esto. Leo se ha retirado. Leo, el hombre más competitivo que conozco, el hombre que lleva años trabajando para esto, se ha retirado. Por mí. Para demostrarme que no está conmigo por el trabajo. Para demostrarme que dice la verdad. Estoy segura de que lo ha hecho por eso.

Y yo he huido de él. He pensado lo peor cuando lo único que ha hecho es ser honesto conmigo.

Me levanto del sofá. El corazón me late tan fuerte que me duele. Tengo que verlo. Tengo que hablar con él. Tengo que decirle que lo siento. Que estaba equivocada. Que soy una idiota. Que…

Que lo quiero.

Dios.

Lo quiero.

Estoy enamorada de Leo y acabo de darme cuenta en el momento más inoportuno posible.

Corro a mi habitación. Me pongo unos vaqueros. Una camiseta. Las zapatillas. Cojo el móvil. Y entonces me doy cuenta de un problema. No sé dónde vive Leo. Nunca he estado en su casa. Nunca me ha dado su dirección. No tengo ni idea de cómo encontrarlo.

Y desde luego no quiero hablar de algo tan importante por teléfono.

Vuelvo al salón. Abro mi portátil. Entro en el sistema de recursos humanos de la empresa. Es facilísimo. La seguridad es mediocre en el mejor de los casos. En dos minutos tengo su dirección. Un apartamento en el Upper West Side. No está lejos.

Cojo las llaves. Bajo las escaleras de dos en dos. Paro un taxi. Le doy la dirección al conductor. Y me paso todo el trayecto intentando respirar, intentando calmarme, intentando pensar qué voy a decirle cuando lo vea. Si es que está en casa.

«Lo siento» parece insuficiente. «Estaba equivocada» tampoco es suficiente. «Te quiero» es lo único que importa pero no sé cómo decirlo sin que suene a mentira después de cómo lo he tratado.

El taxi se detiene delante de un edificio de ladrillo rojo. Pago. Salgo. Miro hacia arriba. Quinto piso. Apartamento 5B según la base de datos.

Entro en el edificio. Subo en el ascensor. Cada piso que pasa hace que el corazón se me acelere más. Cuando llego al quinto, cuando salgo y camino por el pasillo hasta su puerta, estoy jadeando como si hubiera subido corriendo.

Me quedo ahí. Delante de su puerta. Con la mano levantada. Sin atreverme a llamar. Porque ¿y si no quiere verme? ¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si me odia por haber decidido retirar su candidatura porque se ha sentido obligado?

Para.

Respira.

Llama a la puta puerta, Grace.

Llamo.

Tres golpes. Firmes. Decididos.

Silencio.

Y entonces escucho pasos. Acercándose. La puerta se abre.

Y ahí está Leo.

Con pantalones vaqueros y una camiseta gris. Descalzo. Con el pelo revuelto como si se hubiera pasado las manos por él mil veces. Sus ojos marrones se clavan en los míos con una intensidad que me atraviesa.

—Grace —dice. Y hay tantas cosas en esa palabra. Sorpresa. Esperanza. Miedo. Todo a la vez.

—¿Por qué lo has hecho? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas—. ¿Por qué te has retirado?

Leo me mira durante un segundo. Luego da un paso atrás, dejándome espacio para entrar.

—Pasa.

Entro. El apartamento es… muy Leo. Ordenado pero vivido. Estanterías llenas de libros. Un escritorio enorme con tres pantallas. Ventanales que dan a la ciudad. Y silencio. Tanto silencio que puedo oír mi propio corazón.

Leo cierra la puerta. Se gira hacia mí. Y dice, con esa honestidad brutal que me mata:

—Porque necesitabas pruebas para saber que lo que siento por ti es real, no palabras. Porque lo que te estaba haciendo dudar era la competición. Así que la he quitado de la ecuación.

—Ese puesto es nuestro sueño —digo, y la voz me tiembla—. Llevamos años trabajando para esto. Los dos. Tú también.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué…?

—Porque eres más importante que cualquier trabajo del mundo. —Leo da un paso hacia mí—. Porque prefiero perder el ascenso antes que perderte a ti. Porque te quiero, Grace. Estoy enamorado de ti. Llevo enamorado de ti desde el primer día que te vi en esa oficina hace dos años.

Se me olvida respirar. Se me olvida hasta cómo funciona el oxígeno. Porque Leo Carter acaba de decirme que me quiere. Que está enamorado de mí.

—¿Estás enamorado de mí? —consigo preguntar.

—Sí. —Leo sigue acercándose. Despacio. Como si tuviera miedo de asustarme—.

Llevo dos años mirándote desde lejos y no sabiendo cómo decírtelo.

Dos años compitiendo contigo porque al menos así estabas cerca.

Dos años volviéndome loco porque no tenía ni idea de cómo conseguir que me vieras como algo más que tu rival.

—Leo…

—Y lo que más me pone de ti, lo que me vuelve loco perdido, es lo inteligente que eres.

—Su voz sale más baja, más ronca—. Tu cerebro.

Tu forma de pensar. Tu código. Cómo resuelves problemas.

Cómo ves patrones donde nadie más los ve.

Eso me enciende más que cualquier otra cosa.

Eres brillante, Grace. Eres jodidamente brillante y eso me pone a mil.

No puedo procesar esto. Es demasiado. Es todo lo que he querido oír y al mismo tiempo me aterra porque significa que es real. Que lo que siento no es una locura. Que él también lo siente.

—Y tengo que confesarte algo más —dice Leo. Y hay algo vulnerable en su voz que hace que lo mire—. Algo que quizás debería darte miedo, pero espero que no.

—¿El qué?

Leo respira hondo.

—Hackeé el sistema del resort. Manipulé las reservas. Para que acabáramos en la misma cabaña.

Me quedo helada.

—¿Qué?

—No fue un error. No fue casualidad. Fui yo.

—Leo me sostiene la mirada—. Te escuché decir que habías reservado esa cabaña.

Y reservé la misma. Manipulé el código para que el sistema permitiera la doble reserva.

Porque necesitaba estar cerca de ti. Porque necesitaba una oportunidad para demostrarte que no soy solo tu rival. Que podía ser más.

Nos quedamos en silencio. Un silencio tan completo que puedo oír el tráfico de la calle cinco pisos más abajo.

Y entonces me río.

No puedo evitarlo. La risa sale de mi garganta como una explosión. Fuerte. Genuina. Casi histérica.

Leo me mira como si acabara de perder la cabeza.

—¿Grace?

—Hackeaste el sistema —digo entre risas—. Hackeaste un sistema de reservas de un resort en las Maldivas para poder estar cerca de mí.

—Sí —dice Leo, todavía confundido por mi reacción.

—Eso es… —Me callo. Respiro. Intento controlar la risa—. Eso es lo más romántico y más friki que alguien ha hecho por mí en la vida.

Leo parpadea.

—¿Romántico?

—Sí, Leo. Romántico. —Doy un paso hacia él.

Luego otro—. Porque alguien que hackea un sistema para pasar tiempo conmigo me está tomando muy en serio.

Porque alguien que renuncia al trabajo de sus sueños para demostrarme que no me está usando me está diciendo que soy más importante que cualquier otra cosa.

Porque tú me ves. De verdad me ves. Y me tomas en serio.

Y eso es lo único que he querido en toda mi vida.

—Grace. —Mi nombre sale de su boca como una súplica.

—Estoy enamorada de ti —digo. Y las palabras salen más fáciles de lo que esperaba.

Como si llevaran años esperando salir—. Estoy enamorada de ti y me aterra.

Me aterra porque nunca he sentido algo así.

Porque eres perfecto para mí. No demasiado perfecto.

Perfecto PARA MÍ. Como si alguien hubiera diseñado al hombre ideal para Grace Davis y te hubiera puesto en mi camino.

Y he tenido tanto miedo de que fuera mentira que preferí huir antes de arriesgarme a que me rompieras el corazón.

Leo cierra la distancia entre nosotros en dos pasos. Sus manos suben a mi cara, grandes y calientes, temblando un poco.

—No voy a romperte el corazón —dice, y su voz sale rota—. Jamás. Te lo prometo. Voy a cuidarlo como si fuera lo más valioso que tengo. Porque lo es.

Y entonces me besa.

Me besa como si llevara años esperando este momento.

Me besa como si yo fuera el aire y él se estuviera ahogando.

Me besa como si esto fuera lo único que importa en el mundo.

Y yo le devuelvo el beso con la misma intensidad, con la misma desesperación, con la misma certeza absoluta de que esto es real.

Que lo que siento es real. Que él es real.

Nos separamos solo cuando necesitamos respirar. Jadeando. Con las frentes apoyadas. Los ojos cerrados. Las manos aferradas al otro como si soltarnos fuera una opción imposible.

—Te quiero —susurro contra sus labios.

—Te quiero —responde él. Y luego otra vez—. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Como si las palabras llevaran dos años atascadas y ahora no pudiera dejar de decirlas.

—Soy un desastre —digo—. Soy bocazas y caótica y voy a sacarte de quicio más de una vez.

—Bien. —Leo me besa otra vez. Suave. Tierno—. Me gusta que me saques de quicio. Me gusta todo de ti. Incluso las cosas que no deberían gustarme. Especialmente esas.

—Voy a ganar todas las discusiones.

—Lo sé.

—Y voy a seguir corrigiéndote el código.

—Espero que lo hagas.

—Y voy a soltar más bromas terribles sobre hackear sistemas.

—No me sorprende.

Me río. Él sonríe. Y en este momento, en este apartamento en el Upper West Side con Leo sosteniéndome como si fuera algo precioso, me doy cuenta de algo.

Me doy cuenta de que por primera vez en mi vida no tengo miedo.

No tengo miedo de que no me tomen en serio.

No tengo miedo de no ser suficiente. No tengo miedo de perder.

Porque ya he ganado. He ganado esto. He ganado a Leo. He ganado la oportunidad de ser feliz de verdad.

—¿Te quedas? —pregunta Leo. Y hay tanta esperanza en su voz que me parte el corazón.

—Me quedo —respondo sin dudar ni un segundo—. Me quedo ahora. Me quedo mañana. Me quedo todo el tiempo que me dejes.

—Entonces te quedas para siempre.

Y me besa otra vez. Y esta vez no paramos.