CAPÍTULO 14
GRACE
Me despierto con el sol apenas asomándose por el horizonte y la decisión ya tomada.
No he dormido bien. He pasado la noche dando vueltas en la cama, procesando la conversación con Leo, sus palabras repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado.
«Me gustas desde el principio. Llevas dos años volviéndome loco.
» Y cada vez que las recuerdo, se me aprieta el pecho de una forma que no puedo soportar.
Me levanto despacio, intentando no hacer ruido. La cabaña está en silencio. Leo debe de seguir durmiendo. Mejor. No podría mirarlo a la cara ahora mismo. No después de lo que le dije anoche. No después de haberlo llamado mentiroso cuando lo único que ha hecho es ser honesto conmigo.
Cojo mi maleta del armario. Empiezo a meter las cosas dentro sin ningún orden.
Ropa, neceser, cargadores. Las manos me tiemblan un poco y tengo que parar un momento para respirar.
Esto está bien. Esto es lo correcto. Quedarme solo haría que todo fuera más difícil.
Más doloroso. Es mejor cortar por lo sano ahora, antes de que esto se convierta en algo de lo que no pueda recuperarme.
Termino de hacer la maleta en diez minutos.
Cojo el móvil y busco vuelos de vuelta a Nueva York.
Hay uno que sale dentro de tres horas. Es carísimo, una barbaridad por un billete de última hora, pero me da igual.
Lo reservo sin pensarlo dos veces. El email de confirmación llega casi al instante y con él la realidad de lo que estoy haciendo. Me voy. Estoy huyendo. Otra vez.
Miro hacia la puerta de mi habitación. Al otro lado, a unos metros, está la habitación de Leo.
Podría ir. Podría despertarlo. Podría explicarle…
¿qué? ¿Que tengo tanto miedo de lo que siento que prefiero salir corriendo?
¿Que no puedo creer que alguien como él pueda sentir algo por alguien como yo?
¿Que cada palabra que me dijo anoche suena demasiado perfecta para ser verdad y que por eso tiene que ser mentira?
No. Es mejor así. Más rápido. Más limpio. Sin despedidas que solo harían esto más complicado.
Cojo mi maleta. Salgo de la habitación sin mirar atrás.
Cruzo el salón de puntillas, como una ladrona en mitad de la noche aunque ya es de día.
Veo el sofá donde nos hemos acostado más veces de las que puedo contar.
La mesa donde hemos comido cada noche. La terraza donde hemos visto atardeceres que parecían sacados de una postal.
Y me rompo un poco más con cada paso que doy hacia la puerta.
Salgo de la cabaña. El aire de la mañana es fresco, casi frío contra mi piel.
El mar está en calma, el agua brillando bajo la luz dorada del amanecer.
Es precioso. Es perfecto. Y lo odio. Odio que este lugar haya sido tan perfecto.
Odio que estos días con Leo hayan sido los mejores de mi vida.
Odio que ahora tenga que irme y fingir que esto no ha significado nada.
El transporte que he pedido ya me está esperando.
Meto la maleta en el maletero. Me subo al asiento trasero.
Y no miro atrás. No puedo. Si miro atrás, si veo la cabaña donde he dejado a Leo durmiendo, donde he dejado la única oportunidad de ser feliz que he tenido en años, no voy a poder hacerlo.
Así que miro hacia delante. Y le digo al conductor que arranque.
El viaje al aeropuerto se me hace eterno y demasiado corto a la vez.
Cada kilómetro que me aleja de Leo hace que se me cierre más el estómago.
Intento convencerme de que estoy haciendo lo correcto.
Que esto es lo mejor para los dos. Que volver a Nueva York, terminar mi proyecto, ganar la competición, es lo que importa.
Es lo que siempre ha importado. Que Leo es una distracción.
Un paréntesis. Algo que nunca debería haber pasado.
Pero no me lo creo. Ni una sola palabra.
Llego al aeropuerto. Hago el check-in. Paso el control de seguridad.
Me siento en la puerta de embarque y miro el móvil.
Ningún mensaje de Leo. Claro. Todavía debe de estar durmiendo.
Todavía no sabe que me he ido. Y cuando se despierte y descubra que no estoy…
¿qué va a pensar? ¿Que soy una cobarde? ¿Que tenía razón sobre mí desde el principio?
Las dos cosas, supongo.
Anuncian mi vuelo. Me levanto. Camino hacia la puerta de embarque con las piernas pesadas como si llevara piedras atadas a los tobillos.
Subo al avión. Me siento en mi asiento junto a la ventanilla.
Y cuando el avión despega, cuando veo las Maldivas haciéndose cada vez más pequeñas debajo de mí, cuando la cabaña donde he dejado a Leo se convierte en un punto invisible en el horizonte, es cuando me doy cuenta de lo que acabo de hacer.
He huido del único hombre que me ha hecho sentir que valgo la pena.
El vuelo dura demasiadas horas. Y yo no puedo dormir, no puedo comer, no puedo hacer otra cosa que darle vueltas a todo.
A cada conversación que hemos tenido. A cada beso.
A cada vez que Leo me ha mirado como si fuera lo más importante del mundo.
A cómo anoche me dijo que le gusto desde el principio y yo le respondí acusándolo de mentiroso.
Soy idiota. Una idiota cobarde que no sabe hacer otra cosa que huir cuando algo se pone real.
Aterrizamos en Nueva York de madrugada. El contraste con las Maldivas es brutal.
Aquí hace frío. El cielo está gris. La ciudad es ruidosa y caótica y todo lo contrario a la paz que he tenido estos días.
Cojo un taxi a casa. El trayecto se me hace eterno.
Cuando por fin llego a mi apartamento en Queens, cuando abro la puerta y entro en el silencio de un piso vacío porque mi hermana debe de estar con Jack, es cuando la realidad me golpea con fuerza.
Estoy sola. Sola del todo. Y es culpa mía.
Me dejo caer en el sofá sin quitarme los zapatos.
Miro alrededor. Mi piso. Mi vida. Todo está tal y como lo dejé.
Nada ha cambiado aquí. Pero yo sí he cambiado.
He estado en el paraíso con un hombre que me ha hecho sentir cosas que no sabía que podía sentir.
Y ahora estoy de vuelta en la realidad. En mi vida de siempre. Sola. Como siempre he estado.
Como estaré siempre, me temo.
Me tapo la cara con las manos. Y por primera vez en años, lloro.
Lloro por Leo. Por lo que podríamos haber sido.
Por lo que he tirado por la borda porque soy incapaz de creer que alguien pueda quererme de verdad.
Lloro hasta que no me quedan lágrimas. Hasta que el agotamiento me vence.
Y entonces me quedo dormida ahí mismo, en el sofá, con la ropa del viaje puesta y el corazón roto en mil pedazos.
LEO
Me despierto con el sol ya alto en el cielo.
He dormido más de lo habitual. A lo mejor porque anoche no pegué ojo hasta pasadas las tres de la madrugada, dándole vueltas a la conversación con Grace, a cómo me miró cuando le dije que me gusta, a cómo huyó a su habitación como si acabara de confesarle que soy un asesino en serie.
Me levanto despacio. Me pongo unos pantalones de chándal. Salgo de mi habitación esperando encontrarla en la cocina, preparando café con ese desorden encantador que tiene para todo. Pero la cocina está vacía. El salón también. La terraza está desierta.
—¿Grace?
Silencio.
Voy hacia su habitación. Llamo a la puerta.
—¿Grace? ¿Estás despierta?
Nada. No hay respuesta.
Abro la puerta despacio, esperando encontrarla todavía dormida. Pero la cama está vacía. Hecha, como si nadie hubiera dormido en ella. Y entonces veo el armario. Abierto. Vacío.
Se me para el corazón.
No.
Entro en la habitación. Busco con la mirada. Su maleta no está. Su neceser tampoco. Ni su portátil. Ni su móvil cargándose en la mesita como cada mañana. Nada. No queda nada de Grace en esta habitación excepto el olor a su champú todavía flotando en el aire.
Se ha ido.
Grace se ha ido.
Salgo de su habitación. Camino por la cabaña como un autómata. Compruebo cada rincón esperando encontrar una nota. Algo. Lo que sea. Pero no hay nada. Solo el silencio. Solo la ausencia de Grace llenando cada espacio que hasta ayer ocupábamos juntos.
Me siento en el sofá. El mismo sofá donde anoche estábamos trabajando. Donde ella me acusó de estar con ella para sabotearla. Donde le confesé que me gusta desde que la conozco. Donde la cagué por no saber cómo hablarle sin que sonase a declaración de amor porque sé que la asustaría todavía más.
Me restriego la cara con las manos. Respiro hondo. Intento procesar lo que ha pasado. Grace ha huido. Se ha levantado esta mañana y ha decidido irse sin decirme nada. Sin despedirse. Sin darme la oportunidad de… ¿de qué? ¿De explicarme? ¿De convencerla de que no le estoy mintiendo?
Las palabras no han funcionado. Eso está claro. Le dije la verdad anoche y ella no me creyó. Pensó que la estaba manipulando. Que todo esto es una estrategia para ganar la competición. Y entonces huyó porque Grace huye cuando tiene miedo.
Y la entiendo. Porque yo también he tenido miedo durante dos años. Miedo de acercarme a ella. Miedo de que me conociera de verdad y decidiera que no le gustaba. Miedo de perderla antes de tenerla.
Y ahora la he perdido de todas formas.
Me levanto del sofá. Camino hacia la terraza. Miro el mar. El agua está en calma hoy. El sol brilla sobre la superficie como si nada hubiera cambiado. Como si mi mundo no acabara de desmoronarse.
Grace piensa que la estoy usando. Piensa que me acuesto con ella para sabotear su proyecto o para que tenga que elegir entre el ascenso y yo.
Y nada de lo que le diga va a cambiar eso.
Porque Grace no confía en las palabras. No confía en las promesas.
Ha pasado toda su vida siendo la graciosa, la que nadie se toma en serio, y ahora no puede creer que alguien pueda tomarla en serio de verdad.
Necesita pruebas. No palabras. Datos. Hechos. Necesita que le demuestre que no estoy con ella por el trabajo.
Y solo hay una forma de hacerlo.
Tengo que retirarme de la competición.
Es la única opción. La única forma de demostrarle que lo que siento por ella no tiene nada que ver con el ascenso. Que prefiero perder el puesto antes que perderla a ella. Que ella vale más que cualquier trabajo del mundo.
Es lógico. Es simple. Es la solución correcta al problema.
Y me aterra. Porque ¿y si incluso eso no es suficiente? ¿Y si me retiro y ella sigue pensando que es una estrategia? ¿Y si he perdido mi única oportunidad con ella y ni siquiera me doy cuenta?
Pero tengo que intentarlo. Porque la alternativa es no hacer nada. Es dejar que Grace siga pensando que la he usado. Es perderla para siempre. Y eso no es una opción.
Vuelvo dentro de la cabaña. Cojo mi móvil. Busco vuelos de vuelta a Nueva York. Hay uno mañana. Lo reservo. Luego abro mi email. Empiezo a escribir. Un email a Robert, nuestro jefe. Directo. Claro. Sin rodeos.
Robert, necesito hablar contigo en cuanto vuelva a Nueva York. Es urgente. Es sobre la competición.
No le digo qué voy a hacer. No todavía. Eso se lo diré en persona. Pero necesito que sepa que voy en serio. Que esto no es una decisión impulsiva. Que he pensado en ello y sé exactamente lo que estoy haciendo.
Envío el email. Luego me siento en el sofá con el móvil en la mano.
Miro la pantalla. Podría llamar a Grace.
Podría escribirle. Podría intentar explicarme…
pero no. Las palabras no han funcionado.
Y una llamada o un mensaje solo la harían huir más.
Tengo que demostrárselo con hechos. Y entonces, cuando vea que lo he hecho, cuando entienda que hablo en serio, quizás… quizás me dé una oportunidad.
Miro hacia la ventana. Hacia el mar. Hacia el cielo azul de las Maldivas que hasta hace un día compartía con Grace. Y susurro, tan bajo que apenas me oigo a mí mismo:
—Voy a luchar por ti, Grace.
Porque voy a hacerlo. Aunque tenga que perseguirla hasta Nueva York. Aunque tenga que retirarme de la competición. Aunque tenga que demostrárselo mil veces. No voy a parar.
Porque Grace Davis vale cada riesgo. Cada miedo. Cada paso que tenga que dar fuera de mi zona de confort.
Y voy a demostrárselo.