La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 13
86%

CAPÍTULO 13

GRACE

Los siguientes días son los mejores de mi vida. Y eso debería asustarme más de lo que lo hace.

Leo y yo caemos en una rutina que se siente peligrosamente como algo real.

Nos despertamos enredados en las sábanas de su cama —o de la mía, dependiendo de dónde hayamos acabado la noche anterior— y pasamos las mañanas explorando la isla.

Hacemos snorkel en arrecifes de coral que parecen sacados de un documental, alquilamos kayaks y remamos hasta playas desiertas donde nos tumbamos al sol y hablamos de todo y de nada.

Leo me enseña a identificar peces tropicales y yo le enseño a hacer el pino en la arena, cosa que termina con los dos revolcándonos entre risas cuando él pierde el equilibrio y me arrastra con él.

Por las tardes cocinamos juntos en la cocina de la cabaña.

Leo corta verduras con una precisión quirúrgica mientras yo intento no quemarme con el aceite caliente, y acabamos cenando en la terraza mientras el sol se pone sobre el océano en tonos naranjas y rosas que parecen demasiado perfectos para ser reales.

Hablamos de videojuegos, de películas, de libros.

Descubro que Leo lee fantasía épica y ciencia ficción dura, que tiene opiniones muy fuertes sobre la construcción de mundos y que puede pasarse una hora entera analizando la física imposible de Star Wars sin aburrirse ni un segundo.

Y yo lo escucho como si sus palabras fueran lo más fascinante del mundo, porque para mí lo son.

Y por las noches… Dios. Por las noches nos follamos como si el mundo fuera a acabarse.

En su cama, en la mía, en el sofá, en la ducha, contra la pared del pasillo porque no podemos esperar a llegar a ningún sitio.

Leo me toca como si fuera algo sagrado y me folla como si quisiera dejarme su marca grabada en la piel.

Me dice palabras sucias y dulces mezcladas que me hacen arder.

Y yo le devuelvo cada caricia, cada gemido, cada «Dios, Leo, no pares» hasta que los dos acabamos destrozados y satisfechos y listos para empezar otra vez.

Es perfecto. Demasiado perfecto. Y ese es justo el problema.

Porque esto no es real. Esto son vacaciones. Esto es una burbuja que va a explotar en cuanto volvamos a Nueva York y tengamos que enfrentarnos a la realidad de que somos rivales por el mismo puesto y que a lo mejor esto ha sido un error gigantesco desde el principio.

Pero no quiero pensar en eso. Todavía no. Así que no lo hago.

Hasta hoy.

Estamos en el salón, cada uno con su portátil abierto sobre la mesa baja.

Llevamos una hora trabajando en silencio, el sonido de las teclas y el mar de fondo creando una banda sonora extrañamente relajante.

Yo estoy revisando mi código para el proyecto de la competición, intentando optimizar una función que se está volviendo demasiado compleja, y Leo está…

bueno, no sé qué está haciendo Leo. Tiene el ceño fruncido de esa forma que me gusta, mordiéndose el labio mientras sus dedos vuelan sobre el teclado.

Y entonces dice:

—¿Puedo ver tu código?

Me tenso de inmediato.

—¿Qué?

Leo levanta la vista de su pantalla.

—Tu código. El que estás revisando. Pareces frustrada. Quizás pueda ayudarte.

Y ahí está. Esa vocecita en mi cabeza que lleva días susurrando y que ahora grita: «¿Ves? Quiere ver tu proyecto. Quiere saber qué estás haciendo para poder superarte. Todo esto es una estrategia. Nada puede ser tan maravilloso.»

—No gracias. Estoy bien —respondo, más brusca de lo que pretendo.

Leo me mira durante un segundo demasiado largo.

—Vale.

Y vuelve a su portátil. Sin insistir. Sin presionar. Como si mi respuesta no le hubiera dolido, aunque puedo ver la tensión en sus hombros que dice lo contrario.

Trabajo durante otros diez minutos, pero la función sigue sin funcionar como quiero. Hay un bucle que se está comiendo demasiados recursos y no consigo encontrar la forma de optimizarlo sin romper la lógica completa. Me masajeo las sienes, frustrada, y escucho cómo Leo deja de teclear.

—Grace.

—¿Qué?

—Déjame ayudarte.

—He dicho que estoy bien.

—Y yo sé que no es verdad. —Su voz sale tranquila, paciente—. Llevas una hora con el mismo problema. Y sé que eres brillante, pero a veces un par de ojos frescos ayudan.

Me giro hacia él, lista para soltarle que no necesito su ayuda, que puedo hacerlo sola, que no voy a dejar que me sabotee. Pero entonces veo su cara. Esa expresión abierta, honesta, sin un ápice de malicia. Y por dentro me ablando.

—Vale —murmuro—. Pero solo un vistazo rápido.

Leo se levanta del sofá y se sienta a mi lado, tan cerca que su muslo presiona contra el mío. Giro el portátil hacia él y señalo la función problemática. Leo la lee en silencio, sus ojos recorren las líneas de código con esa velocidad que tiene para procesar información. Y entonces dice:

—Aquí está el problema. Este bucle anidado.

Estás iterando dos veces cuando solo necesitas hacerlo una.

Si reestructuras la lógica así… —Sus dedos se mueven sobre mi teclado, rápidos y seguros, modificando el código con una precisión que me deja sin aire—.

Ves. Ahora solo iteras una vez y consigues el mismo resultado con la mitad de los recursos.

Miro la pantalla. Ejecuto la función. Y demonios. Funciona sin un fallo. Es elegante. Es eficiente. Es justo lo que necesitaba y no había conseguido ver.

—¿Cómo…? —Me callo. Trago saliva—. Gracias.

Leo me mira. Esos ojos marrones clavados en los míos.

—De nada.

Y vuelve a su sitio. Como si nada. Como si no acabara de ayudarme con algo que me habría llevado horas resolver sola. Como si no estuviéramos compitiendo por el mismo puesto.

Y eso es lo que me hace decirlo. Esa generosidad que no entiendo. Esa amabilidad que no pega con la narrativa que me he construido en la cabeza de que Leo es mi rival y que todo esto es una estrategia.

—¿Es por eso que estás haciendo esto? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. Mi voz suena ligera, como si fuera una broma, pero ambos sabemos que no lo es.

Leo deja de teclear. Me mira.

—¿Hacer qué?

—Esto. —Hago un gesto vago entre nosotros—. Acostarte conmigo. Ayudarme con mi código. ¿Es para que tenga que elegir entre el ascenso y esto? ¿O para descubrir qué estoy haciendo y poder sabotearme?

El silencio que sigue es ensordecedor. Leo me mira como si acabara de abofetearlo. Y quizás lo he hecho. Quizás acabo de cruzar una línea que no debería haber cruzado. Pero no puedo retractarme ahora.

—¿De verdad piensas eso de mí? —Su voz sale baja. Controlada. Pero puedo oír el dolor debajo.

—Yo no sé qué pensar, Leo. Somos rivales. Competimos por el mismo puesto. Y de repente estamos acostándonos. —Me callo. Respiro hondo—. Es demasiado perfecto. Todo esto. Tú. Tiene que haber algo más.

Leo cierra su portátil. Se levanta del sofá.

Y por un momento pienso que va a irse, que va a largarse de aquí y dejarme sola con mi paranoia y mi incapacidad de creer que algo bueno pueda ser real.

Pero no lo hace. En cambio, saca su móvil del bolsillo.

Teclea algo. Y entonces mi portátil emite un pitido.

—¿Qué haces?

—Acabo de enviarte mi proyecto completo. —Leo me mira con una intensidad que me atraviesa—. Todo. Cada línea de código. Cada documento. Cada nota. Para que puedas verlo y quitarte eso de la cabeza.

Me quedo mirándolo, incapaz de procesar lo que acaba de hacer.

—Leo.

—No te estoy usando, Grace. —Su voz tiembla ligeramente—.

No me estoy acostando contigo para sabotearte.

No te estoy ayudando para descubrir qué estás haciendo.

Te estoy ayudando porque me importas. Porque eres brillante y me gusta verte trabajar.

Porque cuando estás frustrada con tu código se me parte el alma y quiero arreglarlo.

—No puedes… —Me callo. El corazón me late tan fuerte que me duele—. No puedes decirme esas cosas.

—¿Por qué no? Son verdad.

—Porque estamos compitiendo. Porque uno de los dos va a ganar y el otro va a perder y entonces todo esto se va a acabar.

—Me gustas desde el principio, Grace. —Leo me corta, y hay algo desesperado en su voz—.

Desde el primer día que te vi en la oficina.

Llevas dos años volviéndome loco y no tenía ni idea de cómo acercarme a ti sin cagarla.

Así que competía contigo porque al menos así estabas cerca. Al menos así me mirabas.

No puedo respirar. No me entra el aire. Porque Leo Carter acaba de confesar que le gusto.

Que lleva dos años sintiendo algo por mí.

Y eso no puede ser verdad. No puede. Porque Leo es perfecto.

Es inteligente y divertido y está buenísimo y es amable y me entiende como nadie me ha entendido nunca.

Y alguien así no puede fijarse en alguien como yo.

En la graciosa. En la bocazas. En la que nunca se toma nada en serio.

A menos que sea mentira. A menos que esto sea justo lo que pensaba. Una estrategia. Una forma de confundirme para que baje la guardia y entonces él pueda ganar.

—No —susurro.

Leo parpadea.

—¿No qué?

—No me hagas esto. —Me levanto del sofá, alejándome de él—. No me digas esas cosas cuando sé que no pueden ser verdad.

—Grace.

—Eres demasiado perfecto, Leo. Demasiado bueno. Demasiado todo. Y yo soy… yo. La que siempre mete la pata. La que nadie se toma en serio. Así que si me estás diciendo esto para que piense que me quieres cuando en realidad solo quieres ganar…

—¿Me estás llamando mentiroso?

La pregunta sale tan baja, tan dolida, que me hace parar en seco.

—No. Yo… no sé. —Me revuelvo el pelo con las dos manos—. No sé qué pensar, Leo. Esto es demasiado. Demasiado rápido. Demasiado…

—Verdadero —termina él—. Eso es lo que es. Y eso es lo que te asusta.

Y puede que tenga razón. Pero no puedo admitirlo. No puedo dejar que me vea así de asustada, así de vulnerable. Así que hago lo que siempre hago. Me protejo.

—Necesito estar sola —digo.

Y me voy a mi habitación antes de que pueda ver la expresión en la cara de Leo. Antes de que pueda arrepentirme. Antes de que pueda hacer algo estúpido como creerle.

Me meto en la cama sin desvestirme. Me tapo con las sábanas hasta la cabeza. Y me quedo ahí, en la oscuridad, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo oigo en los oídos, procesando lo que acaba de pasar.

Leo me ha dicho que le gusto desde el principio. Que lleva dos años sintiendo algo por mí. Me ha enviado su proyecto completo para demostrarme que no me está usando. Ha confesado todo eso con una honestidad que me ha atravesado entera.

Y yo lo he llamado mentiroso. He insinuado que me está manipulando. He rechazado cada palabra que ha salido de su boca porque soy incapaz de creer que alguien como él pueda querer a alguien como yo.

—Mierda —susurro en la oscuridad.

Porque acabo de darme cuenta de algo. Acabo de darme cuenta de que llevo todas las vacaciones enamorándome de Leo Carter.

Y eso me aterra más que cualquier otra cosa que me haya pasado en la vida.

Porque si me permito sentir esto, si me permito creerle, y luego resulta que estaba equivocada…

si resulta que todo esto ha sido una mentira después de todo…

No sobreviviré.

Así que tomo una decisión. Una decisión cobarde, una decisión de mierda, pero una decisión al fin y al cabo.

Mañana me voy.

Vuelvo a Nueva York. Pongo distancia entre nosotros. Termino mi proyecto. Gano la competición. Y me olvido de que todo esto ha pasado.

Es la única forma de protegerme. La única forma de no salir del todo destrozada.

Me duermo con esa decisión tomada. Y con el sabor amargo de la cobardía en la boca.