La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

—Cada noche. —Se mueve más rápido. Más profundo—. Cada noche me iba a la cama pensando en ti. En cómo sería tenerte así. En cómo sonarían tus gemidos. En cómo se sentiría estar dentro de ti.

Se mueve más rápido. Más duro. El ángulo cambia y de repente está golpeando ese punto perfecto dentro de mí que hace que vea estrellas.

Grito. No puedo evitarlo. Las manos de Leo están por todas partes.

Recorren mi cuerpo como si no pudiera decidir dónde tocarme.

Pechos. Cintura. Caderas. Muslos. Como si quisiera memorizar cada centímetro.

Como si esta fuera la primera y la última vez.

Me aferro a él. Mis uñas se clavan en su espalda. Mis piernas se enroscan alrededor de su cintura, acercándolo más, necesitando más. Leo baja la cabeza. Besa mi cuello. Mi clavícula. Baja a mis pechos. Su boca cierra alrededor de un pezón y chupa, fuerte, y joder, eso es todo lo que hace falta.

—Leo… dios… más…

Leo obedece. Como si mi voz fuera su religión.

Se mueve más rápido. Más duro. El sonido de piel contra piel llena la habitación, mezclándose con nuestros gemidos, con el crujido de la cama.

Puedo oler nuestro sudor. Puedo sentir el calor que irradia de nuestros cuerpos.

Puedo ver el esfuerzo en la cara de Leo, cómo intenta mantener el control, cómo intenta no correrse todavía.

—Tócate —dice de repente. Su voz sale destrozada—. Quiero verte tocarte mientras te follo.

Y yo solo deseo obedecerlo. Bajo la mano entre nuestros cuerpos. Encuentro mi clítoris. Me acaricio. El placer se multiplica instantáneamente. Leo gime al verme, sus caderas golpeando más fuerte, y estoy tan cerca.

—Eres perfecta —dice Leo. Una y otra vez como un mantra—. Tan perfecta. No puedo creer que seas real. No puedo creer que estés aquí. Conmigo. Dejándome tocarte así.

La presión crece. Se acumula en mi vientre como fuego. Cada embestida de Leo. Cada roce de mis dedos. Cada palabra que sale de su boca. Todo se suma. Todo crece. Hasta que estoy al borde del precipicio, mirando hacia abajo, sabiendo que voy a caer.

—Leo…

—Córrete. —Leo me mira a los ojos. Con esos ojos marrones que están completamente destrozados—. Córrete en mi polla, Grace. Déjame sentirlo. Por favor.

Y esa palabra final. Ese por favor dicho con tanta necesidad. Es lo que me empuja.

Exploto. El orgasmo me golpea como un tsunami.

Me arrastra. Me destroza. Me recompone. Grito su nombre.

Mi cuerpo entero se tensa. Se arquea. Cada músculo se contrae.

Las oleadas de placer me recorren una tras otra, cada una más fuerte que la anterior.

Y Leo sigue moviéndose. Prolongándolo. Haciendo que dure y dure hasta que casi no puedo soportarlo.

Y entonces Leo gime. Bajo. Profundo. Roto de una forma que nunca he escuchado.

—Grace. Me corro… no puedo… Grace…

Y se corre. Dentro de mí. Caliente. Pulsando.

Puedo sentir cada espasmo. Cada pulso de su polla mientras se vacía dentro de mí.

Y algo en esa sensación, en sentirlo perder el control completamente, hace que me corra otra vez.

Más suave esta vez. Como una ola que me recorre despacio pero no menos intensa.

Leo colapsa sobre mí. Todo su peso cayendo. Pesado. Sudado. Jadeando contra mi cuello. Lo abrazo. Lo sostengo. Mis manos recorren su espalda, sintiendo el sudor, sintiendo cómo tiembla. Ambos intentando recuperar el aliento. Ambos procesando lo que acaba de pasar.

El silencio que sigue es diferente. No es incómodo. No es tenso. Es paz. Pura. Simple. Los dos tumbados en su cama, todavía conectados, todavía temblando, todavía intentando volver a la tierra.

Leo se aparta ligeramente. Solo lo suficiente para poder mirarme. Aparta el pelo de mi cara con una ternura que hace que se me encoja el pecho. Me mira con esos ojos que de repente parecen más suaves. Más vulnerables. Más… algo que no me atrevo a nombrar.

—Ha sido —Se calla. Como si no tuviera palabras. Como si todas las palabras del universo no fueran suficientes—. No sé ni cómo describirlo.

Sonrío. Completamente satisfecha.

—Ha estado bien.

—¿Bien? —Leo arquea una ceja.

—Vale. Muy bien. —Me río, y el sonido sale genuino, feliz—. Jodidamente increíble.

Leo sonríe también. Y me besa. Suave. Tierno. Diferente a todos los besos que hemos compartido antes. Este es lento. Dulce. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Como si esto fuera más que solo sexo. Como si fuera el principio de algo que ninguno de los dos está listo para nombrar.

Y yo siento algo peligroso creciendo en el pecho. Algo que no es solo deseo, sino más hondo y más aterrador. Algo que me dice que esto, lo que sea que esté pasando entre Leo y yo, es más grande que unas vacaciones en las Maldivas. Más grande que sexo. Más grande que nada que haya sentido antes.

Pero no lo digo. No digo nada de eso. Porque si lo digo en voz alta, se vuelve real. Y si se vuelve real, tendré que lidiar con ello. Y ahora mismo no estoy lista.

Así que solo le devuelvo el beso. Lo abrazo más fuerte. Y dejo que el momento sea lo que es. Perfecto. Sin palabras. Sin nada excepto nosotros dos en su cama después de habernos entregado por completo.