CAPÍTULO 12 #2
Leo obedece inmediatamente. Como si mi voz fuera una orden que no puede desobedecer.
Bajo sus pantalones y sus calzoncillos de un tirón, impaciente, necesitada.
Y entonces lo veo. La polla de Leo. Dura.
Enorme. Más grande de lo que esperaba, aunque no sé por qué me sorprende cuando todo en Leo es grande.
Está erguida del todo, presionándose contra su estómago, y hay una gota de presemen brillando en la punta.
Se me seca la boca. Se me dispara el pulso. Porque esto es real. Esto va a pasar.
—Madre mía, Leo —susurro.
—Grace, tengo que advertirte —Leo respira rápido, entrecortado—. No sé cuánto voy a durar. Nunca he… y tú eres… joder, eres perfecta. Y no sé si podré controlarme.
Lo miro. A ese hombre enorme que me está confesando sus miedos con una honestidad que me desarma por completo. Y sonrío.
—No te preocupes por eso ahora.
Vuelvo a montarme sobre él. Desnuda. Del todo.
Leo me mira como si fuera una diosa bajada del Olimpo específicamente para torturarlo.
Sus manos vuelven a mis caderas, temblando ligeramente, y puedo ver la tensión en cada línea de su cuerpo.
Está intentando controlarse. Intentando no moverse. Esperando a que yo marque el ritmo.
Cojo su polla con la mano. Está caliente.
Dura. Pulsando contra mi palma. Leo gime, todo su cuerpo se tensa, y joder, es perfecto.
La posiciono. La punta contra mi entrada.
Puedo sentir el calor. La presión. Leo tiene los ojos clavados donde nuestros cuerpos están a punto de unirse, respirando como si acabara de correr un maratón.
—Grace… —Mi nombre sale de su boca como una oración.
—Respira —digo.
Y empiezo a bajar.
Despacio. Tan despacio que es casi una tortura.
La punta entra. Leo es grande. Muy grande.
Me estiro alrededor de él, sintiendo cada centímetro, y joder, es demasiado y no es suficiente al mismo tiempo.
Bajo más. Y más. Tomándolo centímetro a centímetro.
Leo tiene los ojos cerrados ahora, la mandíbula tensa, las manos agarrando mis caderas con tanta fuerza que probablemente me dejen marcas. No me importa.
—Joder. Joder, Grace… —Las palabras salen de su boca como un mantra roto.
Bajo más. Hasta que lo tengo del todo dentro. Hasta que estoy sentada sobre él. Empalada hasta el fondo en su polla. Los dos jadeando. Los dos temblando. La sensación es abrumadora. Me siento llena. Estirada. Conectada a él de la forma más íntima posible.
—No te muevas. —La voz de Leo sale destrozada, casi irreconocible—. Por favor, Grace, no te muevas. Necesito… joder, necesito un segundo o me voy a correr ahora mismo.
Lo miro. A este hombre increíble debajo de mí. Con los ojos cerrados. La mandíbula tan tensa que se le marcan todos los músculos. Todo su cuerpo vibrando de tensión contenida. Y algo en esa imagen, en verlo tan afectado, tan al límite, me enciende todavía más.
—¿Estás bien? —pregunto, aunque la respuesta es obvia.
Leo abre los ojos. Me mira. Y lo que veo en su mirada hace que se me pare el corazón.
—Esto es… —Se calla. Traga saliva—. Eres… joder, Grace. Eres la puta mejor experiencia de mi vida. No tenía ni idea de que algo pudiera sentirse así.
Sonrío encanta. Porque tengo a Leo completamente a mi merced y el poder es embriagante.
—Bien —digo—. Porque si te corres ahora, tendremos que repetirlo. Porque yo quiero correrme con tu polla dentro de mí.
Y eso. Esas palabras. Son lo que rompe a Leo.
Gruñe. Un sonido bajo y animal que nunca le había escuchado antes.
Sus manos aprietan mis caderas con fuerza.
Y entonces se levanta. Con su polla todavía dentro de mí.
Me levanta como si no pesara nada, como si fuera una pluma, y yo chillo, sorprendida, agarrándome a sus hombros por instinto.
Mis piernas se enroscan alrededor de su cintura.
Él me sostiene con una mano debajo de mi culo, la otra en mi espalda, y empieza a caminar.
—¿Qué haces? —jadeo.
—Llevándote a mi cama —dice con esa voz ronca que no reconozco—. Si voy a hacerte el amor por primera vez, va a ser en mi cama.
Y esas palabras. Hacerte el amor. No follarte. Hacerte el amor. Me aprietan el pecho de una forma que me aterra y me emociona a partes iguales.
Leo cruza el salón con pasos largos y decididos, su polla todavía enterrada en mí, moviéndose ligeramente con cada paso y enviando oleadas de placer por todo mi cuerpo.
Entra en su habitación. Cierra la puerta de una patada.
Y me tumba en su cama. Boca arriba. Con él encima de mí.
Con su polla todavía dentro. Sus brazos a cada lado de mi cabeza, sosteniéndose, mirándome con una intensidad que hace que olvide de cómo respirar.
Y entonces empieza a moverse.
Despacio al principio. Saliendo casi completamente.
Luego entrando otra vez. Profundo. Tan profundo que puedo sentirlo en todas partes.
Leo me mira mientras lo hace, como si estuviera memorizando cada expresión que cruza por mi cara.
Cada gemido que se me escapa. Cada vez que muerdo mi labio. Cada vez que cierro los ojos.
—Eres preciosa —dice, y su voz tiembla—. No te imaginas cuánto he deseado esto. Cuánto he soñado contigo.
—Leo —gimo.