La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

GRACE

Me despierto con el cuerpo pidiendo más.

No es sutil. No es una sugerencia educada.

Es una necesidad física que me recorre como electricidad.

Estoy en mi cama, desnuda bajo las sábanas, y recuerdo vagamente cómo he llegado aquí.

Leo. Leo me trajo. Me metió en la cama. Me tapó.

Me cuidó después de dejarme tan relajada que me dormí como si tuviera narcolepsia.

Pero ahora estoy despierta. Y mi cuerpo recuerda muy bien lo que pasó anoche.

La boca de Leo entre mis piernas. Sus manos en mi cuerpo.

Cómo me hizo sentir. Y quiere más. Yo quiero más.

Porque anoche recibí, pero yo no di nada.

No toqué a Leo. No sentí su piel bajo mis manos.

No exploré ese cuerpo que llevo semanas mirando de reojo.

Me levanto de la cama de golpe. Me pongo una camiseta y unas bragas. Salgo de mi habitación descalza, con el pelo revuelto y el pulso ya acelerado. Busco a Leo por la cabaña. No está en la cocina. No está en la terraza. Está en el salón.

Y lo que veo me encanta.

Leo está sentado en el sofá, con las piernas estiradas y los pies descalzos apoyados en la mesita baja.

Lleva pantalones de chándal grises y una camiseta blanca que se le ajusta al pecho de una forma que debería ser ilegal.

Tiene un libro en las manos. Ese libro de pasta dura que lleva toda la semana leyendo.

Está concentrado, mordiéndose el labio inferior de esa forma que me vuelve loca, absorto del todo en lo que sea que esté leyendo.

No pienso. No pienso en absoluto. Cruzo el salón en cuatro zancadas.

Leo levanta la vista cuando me oye, abre la boca para decir algo, probablemente un «buenos días» educado o algún comentario sobre si he dormido bien.

Pero no le dejo. Me subo al sofá. A horcajadas sobre él.

Una pierna a cada lado de sus caderas. Mis manos en sus hombros.

Mi centro presionando directamente contra su entrepierna.

Leo tira el libro. Lo suelta como si de repente le quemara las manos.

El libro cae al suelo con un golpe sordo que ninguno de los dos registra porque sus manos vuelan a mis caderas, grandes y firmes y calientes incluso a través de la tela de mis bragas.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, dilatados, y puedo sentir cómo su cuerpo reacciona al instante debajo de mí.

Cómo empieza a endurecerse. Cómo crece contra mí.

—Grace. —Su voz sale ronca, sorprendida, necesitada.

—Cállate —digo.

Y lo beso.

Lo beso como si llevara años esperando este momento.

Como si anoche no hubiera sido suficiente.

Como si nada fuera suficiente. Mis labios se estrellan contra los suyos con una urgencia que no sabía que sentía.

Leo gime contra mi boca, ese sonido grave y áspero que me sacude por dentro, y sus manos aprietan mis caderas con fuerza, acercándome más, como si no pudiera soportar ni un milímetro de distancia entre nosotros.

Abro la boca. Mi lengua roza sus labios.

Leo me deja entrar sin resistencia, sin juego, solo pura entrega.

Su lengua encuentra la mía y el sabor de él me explota en la boca.

Café. Algo dulce. Algo que es puro Leo. Sus manos suben por mi espalda, debajo de mi camiseta, piel contra piel, y joder, sus manos son enormes y están calientes y me están tocando como si no pudiera decidir dónde quiere tocarme primero.

Me muevo. Me froto contra él. Noto cómo su erección crece debajo de mí, presionándose contra mí a través de las capas de tela, dura y caliente y perfecta.

Leo jadea contra mi boca, rompe el beso para respirar, y yo aprovecho para morderle el labio inferior.

Él gime. Ese sonido hace que se me dispare todo el cuerpo.

—Joder, Grace… —Su voz sale destrozada.

—Quiero tocarte —interrumpo. Mis manos bajan por su pecho, sintiendo cada músculo tensarse bajo mis palmas—. Anoche no pude tocarte. Y quiero hacerlo.

—Puedes. —Leo me mira con esos ojos oscuros que me derriten—. Puedes tocarme donde quieras. Hacer lo que quieras. Soy tuyo.

Y esas palabras. Esas dos últimas palabras. Soy tuyo. Hacen que algo se me retuerza en el pecho, algo peligroso que no quiero analizar ahora mismo. Así que hago lo único que puedo hacer. Actúo.

Le quito la camiseta. Rápido. Impaciente.

Mis manos resultan torpes con la tela porque necesito verlo, necesito tocarlo ya.

Leo levanta los brazos para ayudarme y la camiseta sale volando hacia algún rincón del salón que no me importa.

Y ahí está. Ese pecho que me obsesiona. Esos abdominales marcados.

Esa piel dorada que brilla bajo la luz de la mañana que entra por los ventanales.

Ese vello oscuro que le baja del ombligo en una línea perfecta y desaparece bajo la cinturilla de sus pantalones.

Mis manos lo recorren. Pecho. Abdominales.

Hombros anchos. Brazos musculosos. Como si estuviera memorizando un mapa.

Como si quisiera grabar en mi cerebro cada centímetro de él.

Leo se queda muy quieto debajo de mí, dejándome explorar, pero puedo sentir cómo tiembla ligeramente.

Cómo su respiración se acelera. Cómo me mira con una intensidad que hace que se me erice toda la piel.

—Eres impresionante —susurro sin pensar.

—No lo soy —responde Leo, y hay algo vulnerable en su voz que hace que lo mire a los ojos.

—Cállate. Sí lo eres.

Y entonces bajo la mano. Por su estómago. Sintiendo cómo sus músculos se tensan bajo mis dedos. Llego a la cinturilla de sus pantalones. Mis dedos rozan el bulto enorme que se marca en la tela gris. Leo gime. Todo su cuerpo se tensa como si acabara de recibir una descarga.

—Grace. —Su voz sale estrangulada—. Tengo que decirte algo.

—¿Qué? —Mi mano sigue ahí, rozando, sintiendo cómo pulsa a través de la tela.

—No tengo condones.

Me quedo quieta. Lo miro.

—¿Qué?

—No tengo condones. No pensé que los necesitaría. No esperaba que esto… que tú…

Me aparto ligeramente. Lo suficiente para poder mirarlo bien a la cara. A esos ojos marrones que de repente parecen vulnerables de una forma que no le he visto nunca.

—¿Cuánto tiempo llevas sin tener sexo? —pregunto. Intentando calcular. Intentando entender por qué un hombre como Leo Carter, que es un dios griego, no tiene condones en las Maldivas.

Leo me sostiene la mirada. Traga saliva. Y dice, con esa voz tranquila que usa cuando está siendo completamente honesto:

—Toda la vida.

Parpadeo. Una vez. Dos veces. Proceso las palabras. Que no tienen sentido. Que no pueden significar lo que creo que significan.

—¿Qué?

—Nunca he estado con nadie —dice Leo. Sin apartar los ojos de los míos. Sin una pizca de vergüenza o incomodidad. Solo honestidad brutal—. Nunca he deseado a nadie. Hasta ti.

Mi cerebro cortocircuita. Deja de funcionar unos segundos mientras intento procesar lo que acaba de decir.

—¿Me estás vacilando? —consigo decir al fin.

—No.

—Leo. Tienes veintisiete años. Y estás… —Señalo vagamente su cuerpo, porque no tengo palabras para describir lo injustamente perfecto que es—. Mírate. Las mujeres te comen con los ojos. He visto a media oficina babear por ti. Esa rubia del yoga prácticamente te desnudaba con la mirada el otro día.

—No es verdad —dice Leo con esa calma insoportable—. Yo nunca… nunca he sentido nada por nadie. Pensaba que quizás no funcionaba así. Que simplemente no era algo que me pasara a mí.

—¿Y ahora?

—Ahora te conozco a ti. —Leo me mira con una intensidad que hace que se me corte la respiración—.

Soy demisexual. No siento atracción sexual por alguien a menos que tenga una conexión emocional profunda con esa persona.

Y tú eres la primera persona con la que he sentido esa conexión.

La única persona que me hace sentir esto.

No puedo procesarlo. No puedo. Porque Leo Carter, el hombre más perfecto que he visto en mi vida, acaba de decirme que soy la única persona que ha deseado. Que nunca ha estado con nadie. Que soy su primera vez. Y eso es demasiada información. Demasiada responsabilidad. Demasiado sorprendente.

—Pero ayer… —balbuceo—. Tú sabías exactamente lo que hacías. Tú… Dios, Leo, casi me matas con tu boca.

Leo sonríe. De forma tímida. Resulta tan jodidamente adorable que quiero besarlo y estrangularlo al mismo tiempo.

—Investigué —dice—. Leí artículos. Digamos que Internet tiene muchos recursos educativos. Quería hacerlo bien. Quería darte placer.

—¿Investigaste? ¿Cómo darme placer oral?

—Sí.

—¿Por qué?

Leo me mira como si la pregunta fuera absurda.

—Porque quería hacerte sentir bien. Porque eres tú. Porque poder tocarte así, poder darte placer, es el mayor privilegio del mundo.

Y eso. Esas palabras. Esa honestidad brutal.

Este hombre enorme debajo de mí diciéndome que darme placer es un privilegio.

Se me derrite el pecho. Del todo. Pero, a la vez, se me enciende todo lo de más abajo.

Porque si Leo piensa que darme placer es un privilegio, está a punto de descubrir que lo contrario también es verdad.

—Leo —digo. Mi voz sale más ronca de lo que esperaba.

—¿Sí?

—No quiero que me comas el coño otra vez. Bueno, sí quiero. Claro que quiero. Pero ahora no.

Leo parpadea. Confundido. Adorable.

—¿Entonces qué quieres?

—Quiero tu polla.

Leo se queda sin aire. Deja de respirar un par de segundos. Lo veo. Veo cómo sus ojos se oscurecen hasta volverse casi negros. Veo cómo se le tensa todo el cuerpo. Veo cómo su erección, que ya era considerable, pulsa contra mí con más fuerza.

—Grace… —Mi nombre sale de su boca como una súplica.

—Quiero sentirte dentro de mí. Quiero montarte. Quiero verte perder el control. —Me inclino hacia él hasta que mi boca roza su oído—. Quiero ser tu primera vez, Leo.

—Joder —gime.

Me levanto de su regazo. Me quito las bragas. Las dejo caer al suelo sin ceremonias. Leo me mira como si acabara de presenciar algo religioso, como si yo fuera una aparición que podría desvanecerse si parpadea. Luego engancho los dedos en la cinturilla de sus pantalones.

—Levanta las caderas.