CAPÍTULO 11 #2
Y eso es todo lo que hace falta. Leo se mueve.
Rápido. Como si hubiera estado esperando mi permiso.
Como si se hubiera estado contenido y de repente lo hubiera soltado.
Sus manos suben por mis piernas, por los muslos desnudos, dejando un rastro de fuego a su paso.
Se detienen en mis caderas. Firmes. Grandes.
Calientes a través del encaje de mis bragas.
—¿Puedo? —Su voz sale rota. Necesitada.
—Sí.
Leo me atrae hacia él. Me coloca entre sus piernas abiertas. Sus manos recorren mi espalda, suben por mi columna, bajan hasta el hueco de mi cintura. Como si estuviera memorizando cada curva. Cada centímetro. Como si quisiera grabar el mapa de mi cuerpo en su cerebro.
—Eres preciosa —susurra contra mi estómago.
Sus labios rozan mi piel. Besos suaves. Reverentes. Como si yo fuera algo sagrado.
—Eres la mujer más preciosa del universo.
Cierro los ojos. Las palabras me sacuden como una descarga. Las manos de Leo siguen moviéndose. Explorando. Una sube por mi espalda. Encuentra el cierre del sujetador. Lo desabrocha. El sujetador se afloja. Cae.
Leo se queda quieto. Mirándome. A mis pechos. Como si no pudiera creer que esto está pasando. Como si no pudiera creer que tiene permiso para mirar.
—Grace… —Traga saliva—. Sueño contigo.
—¿Qué?
—Sueño contigo. —Sus manos suben. Cubren mis pechos. Grandes. Calientes. Perfectas. Como si hubieran sido diseñadas exactamente para esto—. Cada noche. Sueño con esto. Con tocarte. Con oírte gemir. Con saborearte.
Gimo. No puedo evitarlo. Las palabras de Leo. Sus manos. La forma en que sus pulgares rozan mis pezones. Todo.
—Es un privilegio —continúa Leo. Su voz sale tan baja que casi es un gruñido—. Poder darte placer. Poder tocarte así. Es el mayor privilegio del mundo.
Sus labios bajan. Besan mi estómago. Mi costado. Suben hacia mi pecho. Y entonces su boca se cierra alrededor de mi pezón, caliente y húmeda. Y dejo de pensar.
Leo me tumba en el sofá. Con cuidado. Como si fuera algo precioso que pudiera romperse.
Se coloca entre mis piernas. Sus manos bajan por mi cuerpo.
Encuentran mis bragas. Las baja despacio, arrastrándolas por mis piernas, por mis tobillos.
Levanto las caderas para ayudarlo. Y entonces estoy completamente desnuda.
Y Leo está mirándome como si acabara de ver el cielo abrirse.
—Eres preciosa —repite, como una oración.
Sus manos suben por mis piernas. Grandes. Calientes. Firmes. Separándolas. Y entonces baja la cabeza.
El primer roce de su lengua hace que me arquee en el sofá. Ardiente, húmeda. Leo gime contra mí. El sonido vibra por todo mi cuerpo y hace que se me erice hasta el último pelo.
—Dios, Grace…
Y entonces se entrega por completo. Su lengua me recorre. Me explora. Me saborea. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si esto fuera lo único que quisiera hacer por el resto de su vida. Como si mi placer fuera lo más importante del universo.
Hundo los dedos en su pelo. Tiro. Leo gime otra vez contra mí y la vibración hace que se me dispare todo el cuerpo.
La presión aumenta. Su lengua encuentra mi clítoris.
Lo acaricia. Lo rodea. Lo lame con una precisión que me hace pensar que ha estudiado anatomía femenina como si fuera un examen final.
Y no puedo quedarme quieta. Mis caderas se mueven. Buscando más. Necesitando más. Frotándome contra su boca sin ninguna vergüenza.
—Leo.
—Dime qué necesitas.
Su voz sale amortiguada contra mí. Ronca. Desesperada.
—Más. Dios, más.
Leo obedece. Sus dedos se unen a su lengua. Uno. Entrando despacio. Tan despacio que quiero gritarle que vaya más rápido. Curvándose. Explorando. Encontrando ese punto dentro de mí que hace que vea estrellas.
—Así. Sí, así.
Leo encuentra un ritmo. Dedos y lengua trabajando juntos como si fueran una sinfonía perfectamente orquestada. Entra y sale. Lame y chupa. Y yo estoy perdida. Perdida del todo en la sensación, en el placer, en Leo entre mis piernas haciéndome sentir cosas que nunca he sentido con nadie más.
—Eres perfecta —susurra Leo contra mí—. Sabes perfecta. Como miel. Como adicción. No puedo parar.
Y esas palabras. Esas malditas palabras son lo que me empuja al borde del precipicio.
—Leo, voy a explotar.
—Sí. Córrete para mí, Grace. Déjame sentirlo. Déjame saborearlo.
Y exploto. El orgasmo me golpea como un tren a toda velocidad.
Me arrastra. Me destroza. Me recompone. Grito.
No puedo evitarlo. Su nombre sale de mi garganta como un rezo.
Mi cuerpo entero se tensa. Se arquea. Tiembla como si estuviera en medio de un terremoto.
Y Leo me sostiene. Su boca sigue trabajando.
Prolongando cada ola de placer. Haciendo que dure y dure y dure hasta que no puedo más.
—Para. Para, es demasiado.
Leo se detiene de inmediato. Besa el interior de mi muslo. Suave. Tierno. Como si yo fuera algo que necesita cuidar.
Y yo no puedo mantener los ojos abiertos. El agotamiento me golpea de repente como una ola. Mi cuerpo está blando. Satisfecho. Pesado. Tan relajado que no puedo mover ni un dedo.
Me quedo dormida. Ahí mismo. En el sofá. Desnuda. Con Leo todavía entre mis piernas.
Siento vagamente cuando Leo se mueve. Cuando se levanta. Cuando desaparece un momento. Cuando vuelve con algo suave que me cubre. Una sábana. Y entonces siento cuando me levanta. Coloca sus brazos debajo de mí. Me sostiene como si no pesara nada. Como si fuera algo precioso.
Me lleva a mi habitación. Me mete en la cama. Sube las sábanas hasta mis hombros. Aparta el pelo de mi cara con una ternura que me habría derretido el corazón si estuviera más despierta para procesarla.
Se queda ahí un momento. Mirándome. No lo veo pero lo siento. Esa mirada sobre mí.
Y entonces se va. Cierra la puerta sin ruido. Me deja dormir.
Y yo me hundo en el sueño más profundo y feliz que he tenido en años.