La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

GRACE

Llevo todo el día evitando a Leo. He salido temprano de la cabaña, antes de que se despertara.

He dado un paseo larguísimo por la playa, he almorzado sola en un restaurante del resort, he leído en una tumbona apartada durante horas.

Cualquier cosa con tal de no estar en la cabaña.

De no verlo. De no pensar en lo que pasó ayer en el agua.

En cómo me corrí encima de él como una desesperada.

En cómo él también se corrió. En cómo hui como una cobarde.

Pero ahora es de noche y tengo que volver. No puedo quedarme en la playa para siempre. Aunque la idea es tentadora.

Entro en la cabaña con cuidado, como si fuera una ladrona en mi propia casa temporal. Escucho. Leo está en el salón. Veo la luz encendida. Escucho un sonido que reconozco de inmediato: música de videojuego. Esa banda sonora épica y oscura que reconocería en cualquier parte.

Me asomo desde el pasillo. Leo está sentado en el sofá, con las piernas estiradas y los pies descalzos sobre la mesita baja.

Lleva una camiseta gris y pantalones cortos de chándal.

Tiene el pelo revuelto como si se hubiera pasado las manos por él mil veces.

Tiene un mando en las manos y está jugando a Hades en la tele enorme.

Uno de mis juegos favoritos del universo.

Me ve. Se incorpora ligeramente. Pausa el juego.

—Hola.

Su voz sale tranquila. Normal. Como si ayer no me hubiera tenido temblando encima de él mientras ambos nos corríamos como adolescentes.

—Hola —consigo responder.

Se instala un silencio. Incómodo. Pesado. Como si el aire entre nosotros estuviera cargado de electricidad.

Leo me mira con esos ojos marrones. Directos. Honestos. Sin un atisbo de incomodidad. Como si no supiera que debería haberla.

—¿Quieres jugar?

Parpadeo.

—¿Qué?

—Al videojuego. —Señala la pantalla—. He pensado que quizás te apetecería.

Debería decir que no. Debería irme a mi habitación. Debería mantener la distancia. Debería hacer cualquier cosa menos sentarme en ese sofá con él y fingir que somos personas normales que hacen cosas normales juntas.

Pero la verdad es que sí que me apetece.

Estoy loca.

—Vale.

La palabra sale de mi boca antes de que mi cerebro pueda detenerla.

Me siento en el sofá. No demasiado cerca. Dejo medio metro de distancia entre nosotros. Leo me pasa un mando sin decir nada.

—¿Conoces Hades ? —pregunta.

—Claro. Me lo he pasado tres veces.

Leo sonríe. Esa sonrisa pequeña que hace que se le arruguen las comisuras de los ojos y que se me derrita el pecho, por tonto que sea.

—Entonces esto va a ser interesante.

Empezamos a jugar. Al principio estoy tensa, demasiado consciente de Leo a mi lado.

De cómo se inclina hacia delante cuando se concentra.

De cómo murmura para sí mismo cuando toma una decisión.

De cómo sus piernas ocupan tanto espacio que casi rozan las mías.

De lo grande que es en este sofá que de repente parece demasiado pequeño.

Pero poco a poco me relajo. Porque estamos jugando. Y jugar con Leo es muy divertido. Más que divertido. Es perfecto.

Leo hace comentarios sobre las construcciones, sobre las bendiciones, sobre qué armas son mejores para qué situaciones. Y yo respondo. Debato con él. Le corrijo cuando se equivoca. Él acepta la corrección sin ego, sin ponerse a la defensiva como hacía en la oficina. Incluso se ríe.

—Tienes razón. No había pensado en eso —dice cuando le explico por qué la lanza de Aquiles es objetivamente superior al arco en las fases finales.

Nos reímos juntos cuando uno de nosotros muere de forma estúpida, cuando Leo intenta una estrategia ridícula que sale espectacularmente mal, cuando consigo una combinación perfecta de bendiciones y arraso con todo en pantalla.

Es fácil. Natural. Como si lleváramos años haciendo esto. Como si fuéramos amigos. O algo más.

Y me doy cuenta de algo que me golpea como un puñetazo en el estómago: estoy a gusto. Muy a gusto. Con Leo. Jugando a videojuegos. Riendo. Como si esto fuera lo más normal del mundo.

Le gustan las mismas cosas que a mí. Los mismos juegos.

El mismo humor. Tenemos la misma forma de pensar tácticamente.

Es como encontrar a alguien que habla tu idioma, que te entiende sin que tengas que explicar cada referencia, cada chiste interno del juego.

Y eso me aterra. Porque no quiero que Leo sea perfecto.

No quiero que encaje tan bien conmigo. No quiero que esto se sienta tan bien.

Pero lo es. Y encaja. Y se siente perfecto.

Y no puedo dejar de mirarlo de reojo mientras juega.

Esas manos enormes sobre el mando, cómo se muerde el labio cuando se concentra, cómo se ríe cuando pasa algo gracioso.

Cómo me mira cada vez que digo algo inteligente, como si estuviera impresionado.

Como si yo fuera lo mejor que ha visto en su vida.

Y el deseo vuelve. Ese deseo que llevo días intentando ignorar, ese deseo que explotó ayer en el agua, ese deseo que ahora mismo me crece en el vientre como fuego líquido.

Terminamos la partida. Leo deja el mando en la mesita. Yo hago lo mismo. Nos quedamos en silencio. Pero no es incómodo. Está cargado. Eléctrico. Como si ambos estuviéramos pensando exactamente lo mismo y ninguno se atreviera a decirlo.

Lo miro. A Leo. A este hombre enorme sentado a medio metro de mí. Con el pelo revuelto. Los ojos brillantes. Una sonrisa en los labios que hace que se me dispare el pulso.

Y tomo una decisión. Impulsiva. Temeraria. Marca de la casa.

—Leo.

—¿Sí?

Me giro hacia él en el sofá. Respiro hondo.

—Tengo una propuesta.

Leo me mira. Esos ojos se clavan en los míos con una intensidad que me atraviesa.

—Te escucho.

—Vale. —Me humedezco los labios—. Estamos aquí. En las Maldivas. De vacaciones. Y está claro que… que tenemos necesidades.

Leo no dice nada. Solo me mira. Esperando.

—Y lo que pasó ayer —Me callo. Trago saliva—. Bueno. Ha pasado. Y ha estado bien.

—¿Bien?

La voz de Leo sale más grave. Más ronca. Como si la palabra le hubiera afectado.

—Muy bien. —El calor me sube por el cuello—. Entonces he pensado que quizás… quizás podríamos aprovechar el tiempo. Ya sabes. Darnos placer el uno al otro. Sin complicaciones. Solo mientras estemos aquí.

Silencio. Leo me mira durante un segundo que dura una eternidad. Puedo ver cómo se le tensa la mandíbula. Cómo traga. Cómo sus manos se cierran en puños sobre sus muslos.

Y entonces asiente. Despacio. Sin decir nada. Solo asiente con la cabeza.

Pero no se mueve. Se queda petrificado. Como una estatua. Mirándome con esos ojos oscuros que de repente están casi negros.

Y eso me enciende todavía más. Ver cómo lo afecto. Ver cómo se queda quieto. Como si yo tuviera ese poder sobre él. Como si acabara de romperle el cerebro con solo sugerirlo.

Sonrío.

Y solo puedo pensar en seguir tentándolo.

—¿Te parece bien?

Leo traga. Se le oye.

—Sí.

Solo eso. Una palabra. Ronca. Rota. Como si le hubiera costado un esfuerzo sobrehumano pronunciarla.

Me levanto del sofá. Despacio. Deliberado. Leo me sigue con los ojos. No se mueve. No respira. Solo me mira.

Y empiezo a desnudarme.

Me quito la camiseta despacio, sosteniéndole la mirada, dejando que me vea.

La tela sube por mi estómago, por mi pecho, por encima de mi cabeza.

La dejo caer al suelo. Llevo un sujetador negro de encaje.

Nada del otro mundo. Lo compré en una tienda normal hace años.

Pero la forma en que Leo me mira hace que me sienta como si llevara lencería carísima de esa que sale en las revistas.

Leo no aparta los ojos. No parpadea. No se mueve. Solo me mira. Esos ojos recorren cada centímetro de piel que acabo de exponer, memorizando cada detalle como si fuera a dibujarlo más tarde de memoria.

Me desabrocho los pantalones. Los bajo por las caderas.

Por los muslos. Tengo que sentarme en el reposabrazos del sofá para quitármelos del todo y casi pierdo el equilibrio pero no me importa porque Leo me está mirando como si acabara de ver algo religioso.

Los dejo caer. Ahora solo llevo ropa interior. Sujetador y bragas negras a juego.

Y Leo está duro. Puedo verlo. Puedo ver cómo se le marca en los pantalones cortos de chándal grises, cómo crece bajo la tela, cómo se tensa el tejido alrededor de su erección. Y entonces lo veo. La mancha. Pequeña. Oscura. En la punta. Húmeda. Presemen.

Se me seca la boca. Se me dispara el corazón. Porque Leo está tan excitado que está goteando. Por mí. Solo por mirarme.

Doy un paso hacia él. Leo sigue sin moverse. Sigue mirándome como si estuviera hipnotizado. Como si yo fuera lo único que existe en el universo.

—Quítate la camiseta —digo.

Mi voz sale ronca. Mandona. Y a Leo parece gustarle porque obedece de inmediato. Se quita la camiseta por la cabeza en un movimiento fluido que hace que todos sus músculos se tensen y se muevan bajo la piel.

Y madre mía. No puedo respirar. Porque Leo sin camiseta es una obra de arte que debería estar en un museo.

El pecho ancho, los músculos definidos, los abdominales como esculpidos.

Ese vello oscuro que le baja del ombligo en una línea perfecta.

Esa uve que desaparece bajo la cinturilla de sus pantalones y que hace que quiera seguirla con la lengua.

Los hombros anchos, los brazos con las venas marcadas.

Es perfecto. Perfecto hasta doler. Como si alguien hubiera diseñado el cuerpo masculino ideal y hubiera usado a Leo como modelo.

Me acerco más. Hasta quedar de pie delante de él. Leo tiene que levantar la cabeza para mirarme. Está sentado. Yo de pie. Por una vez yo tengo altura sobre él y algo en eso me gusta demasiado.

—¿No quieres tocarme? —pregunto.