La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

GRACE

Me despierto pensando en Leo. Otra vez. Llevo una semana así.

Una semana entera en la que cada mañana abro los ojos y lo primero que me viene a la cabeza es él.

Su boca. Sus manos. Cómo nos besamos en esa playa.

Cómo me miró mientras hablábamos de Star Wars.

Cómo se ríe cuando dice algo que le parece gracioso y espera medio segundo para ver si yo también lo encuentro divertido.

—Para —digo en voz alta.

Como si decirlo fuera a apagar mi cerebro a voluntad.

Me incorporo en la cama. Miro el techo. Respiro hondo. Vale. Lo mejor que puedo hacer para quitarme la tontería es una lista mental de cosas que NO me gustan de Leo:

Uno: NO me gusta verlo descalzo en la cocina por las mañanas. Esos pies enormes contra las baldosas. Cómo camina sin hacer ruido a pesar de su tamaño. Cómo se apoya en la encimera mientras espera a que el café esté listo.

Dos: NO me gusta cómo se le marcan los músculos de la espalda cuando estira los brazos por encima de la cabeza. Esa uve que baja desde sus hombros hasta su cintura. Cómo la camiseta se le tensa sobre el pecho cuando respira hondo.

Tres: NO me gusta su risa. Esa risa grave que me recorre como una corriente eléctrica. Esa risa que hace que se le arruguen las comisuras de los ojos y que todo su rostro se transforme.

Cuatro: NO me gusta que cocine para los dos sin pedir nada a cambio. Que se levante temprano y prepare el desayuno.

Cinco: NO me da curiosidad qué libro está leyendo. Ese libro de pasta dura que tiene siempre en la mesita del salón y que coge cada tarde. Cómo se muerde el labio inferior cuando lee algo que le interesa. Cómo a veces sonríe para sí mismo.

Seis: NO estoy a gusto con él.

Me quedo mirando el techo.

—Mentiras —susurro—. Todo son mentiras.

Porque sí me gusta. Todo. Cada maldita cosa. Y eso es un problema. Un problema enorme. Porque no puedo acostumbrarme a esto. A tenerlo cerca. A verlo cada mañana. A cenar con él cada noche. A que me mire como si… No. Para.

Me levanto de la cama. Me visto rápido con unos vaqueros cortos y una camiseta. Tengo que retomar el plan. El plan de echarlo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que esto se convierta en algo que no pueda controlar.

Salgo de mi habitación. Miro hacia el salón. Leo no está. La puerta de su habitación está cerrada. Debe de haber salido a correr. Lo hace cada mañana. Perfecto. Ahora es el momento.

Voy a la cocina. Abro la despensa. Busco hasta que encuentro lo que necesito. Miel. Uno de esos botes grandes que el resort deja en todas las cabañas. Sonrío. Esto va a ser épico.

Voy al baño. Su gel de ducha está ahí, azul y medio vacío.

Perfecto. Abro el bote de miel. Lo vierto dentro del envase del gel.

Lleno hasta arriba. Agito. La consistencia es casi la misma.

No va a notarlo hasta que sea demasiado tarde.

Cierro el bote. Lo dejo exactamente donde estaba.

Salgo del baño. Y vuelvo a mi habitación.

Me siento en la cama con el portátil. Y espero.

Veinte minutos después escucho la puerta de la cabaña abrirse. Leo ha vuelto. Oigo sus pasos pesados cruzando el salón. La puerta de su habitación se abre. Se cierra. Silencio. Y entonces el sonido del agua. La ducha. Sonrío mirando la pantalla de mi portátil. Esto va a ser bueno.

Cinco minutos. Diez. El agua sigue corriendo. Y entonces se hace el silencio. Una pausa. Y luego una carcajada. Profunda, genuina, que retumba por toda la cabaña y hace que se me erice toda la piel.

Me quedo helada. Porque Leo se está riendo. No cabreándose. No maldiciendo. Se está riendo.

Me levanto de la cama. Salgo al pasillo. Y entonces lo veo. Y se me olvida respirar.

Leo está de pie en mitad del pasillo. En calzoncillos.

Unos bóxers negros que se le pegan al cuerpo.

Y está cubierto de miel. De la cabeza a los pies.

Tiene el pelo pegado a la frente. Unas gotas doradas le bajan por las sienes, por el cuello, por el pecho, se deslizan entre los surcos de sus abdominales, por los brazos, por las piernas, y brillan bajo la luz que entra por los ventanales.

Como si lo hubieran bañado en oro líquido.

Y sonríe con esa sonrisa enorme que nunca le he visto antes, los ojos brillantes y la boca abierta, los hombros sacudidos por la risa.

Se me seca la boca. Se me para el corazón. Porque está… Madre mía. Está para comérselo. Literalmente.

—Muy buena —dice. Su voz sale divertida, cálida, sin un ápice de enfado.

—Yo... —Trago saliva—. No sé de qué hablas.

Leo da un paso hacia mí. La miel le gotea del pelo. Le cae por el pecho. Marca cada línea de músculo como si alguien hubiera decidido resaltar lo mejor de él.

—¿No? —Otro paso—. ¿Entonces no sabes nada de la miel que hay en mi gel de ducha?

Retrocedo.

—Debe de haber sido un error del resort.

Leo se ríe otra vez. Esa risa. Se me cuela por dentro y prende justo donde no debería.

—Claro. —Da otro paso—. Un error.

Sigo retrocediendo. Salgo a la terraza. Hacia las tumbonas. Leo me sigue, lento y deliberado, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

—¿Sabes qué, Grace?

—¿Qué? —Mi voz sale demasiado aguda.

Leo se detiene a medio metro de mí. Me mira. Esos ojos marrones se clavan en los míos. Brillantes. Divertidos. Peligrosos.

—Me gusta que seas juguetona.

Se me corta la respiración.

—Así que voy a jugar yo también.

Y se lanza hacia mí.

Chillo, medio riendo, medio aterrorizada. Me doy la vuelta, intento correr. Pero Leo es mucho más rápido. Demasiado rápido. Me alcanza en dos zancadas. Sus brazos me rodean por la cintura. Me levanta del suelo como si no pesara nada.

—¡Suéltame! —grito.

Pero me estoy riendo. No puedo parar de reír. Leo me gira en sus brazos. Me aprieta contra su pecho. Y la miel. Dios. La miel está por todas partes, pegajosa, me mancha la camiseta, los brazos.

—¡Qué asco! —chillo entre risas.

Pero no puedo parar. La risa me sale sin control. Como si llevara años guardada. Leo también se ríe, profundo y feliz, como un niño.

Me sostiene contra él. Tan cerca que siento su corazón contra el mío y cuento cada respiración. Y de repente no me estoy riendo. Lo miro. A esos ojos. A esa boca. A este hombre enorme que me sostiene como si fuera algo precioso. Y se me olvida respirar.

—Vale, vale —consigo decir—. Ya está. Bájame.

Mi voz sale ronca.

—¿Segura?

—Tenemos que limpiarnos esto. ¿Cómo demonios vamos a quitamos esta miel de encima?

Leo me mira. Durante un segundo demasiado largo. Y entonces sonríe. Esa sonrisa. La peligrosa.

—Muy fácil.

Y corre conmigo agarrada hacia el borde de la terraza. Hacia las escaleras que bajan al mar.

—¡No! —grito—. ¡No te atrevas! ¡Leo, te juro que…!

Pero ya estamos bajando. Las escaleras de madera crujen bajo su peso. Me agarro a él por instinto. Mis brazos se cierran alrededor de su cuello. Y cuando me doy cuenta, cuando proceso lo que he hecho, mis piernas están enroscadas alrededor de su cintura. Del todo. Sin que yo haya decidido hacerlo.

—Leo —susurro.

Pero ya es tarde. Llegamos al agua. Y caemos. Juntos.

El agua está caliente. Más caliente de lo que esperaba.

Nos cubre hasta el pecho. Transparente. Cristalina.

Pero no pienso en el agua. Porque estoy envuelta alrededor de Leo.

Piernas alrededor de su cintura. Brazos alrededor de su cuello.

Cuerpos pegados. Sin nada entre nosotros excepto tela mojada.

Y puedo sentirlo todo. Su pecho sube y baja contra el mío. Sus manos en mis caderas, grandes y firmes, me queman a través del tejido empapado. Y su erección. Dios. Su erección crece, presiona contra mí. Justo ahí. Donde más lo necesito.

Se me escapa un gemido, bajo y roto, sin permiso. Leo se queda inmóvil. Sus manos aprietan mis caderas. Sus ojos se clavan en los míos. Oscuros. Dilatados.

—Grace…

No es una pregunta. No es una protesta. Es mi nombre dicho como una oración. Y yo pierdo la cabeza. Me muevo, me froto contra él. Una vez, despacio, deliberado. Y la fricción. Dios. La fricción es perfecta.

Leo gime. El sonido me sacude por dentro. Sus dedos se hunden en mis caderas y me marcan.

—Grace —Dice otra vez—. ¿Qué estás haciendo?

Vuelvo a moverme. Más fuerte esta vez. Más necesitada. Y Leo me acerca. Me aprieta contra él, como si no pudiera evitarlo.

—Toma de mí lo que quieras. —Su voz sale ronca. Rota. Susurrada contra mi oído—. Lo que necesites.

Y yo lo hago. Me muevo contra él, uso su cuerpo: la presión de su erección, la fricción, el calor. Leo me sostiene, me guía. Sus manos en mis caderas marcan el ritmo. Sus labios contra mi cuello respiran mi nombre. Una y otra vez. Grace. Grace. Grace. Como si fuera lo único que sabe decir.

Me aferro a él. Las uñas se me clavan en sus hombros. La cara enterrada en su cuello. Y me muevo. Más rápido. Más desesperada. Persiguiendo algo que está justo ahí. Justo…

—Joder, Grace.

La voz de Leo tiembla. Sus manos me aprietan.

Me guían. Y yo exploto. El orgasmo me golpea como una ola.

Me arrastra. Me ahoga. Grito contra su cuello.

Su nombre. O quizás solo un sonido. No lo sé.

Solo sé que todo mi cuerpo se tensa. Se arquea.

Se rompe. Y Leo me sostiene. Me sostiene mientras tiemblo.

Mientras me deshago. Mientras vuelvo a la tierra.

Y entonces lo siento. Siento cuando Leo se tensa. Cuando gime, grave y roto. Cuando su cuerpo entero tiembla también.

—Joder… —susurra—. Joder, Grace.

Y sé que él también se ha corrido.

Durante un segundo. Dos. Tres. Ninguno se mueve. Solo respiramos, con los corazones desbocados y los cuerpos temblorosos, el agua turbia a nuestro alrededor.

Y entonces la realidad vuelve. Como un jarro de agua fría. ¿Qué acabo de hacer? Me he corrido. Encima de Leo. En mitad del océano. Usando su cuerpo. No. No, no, no.

Me aparto de golpe. Desenrosco las piernas. Me alejo nadando.

—Grace.

Me sigue la voz de Leo. Ronca. Confundida.

—No.

Salgo del agua, torpe, empapada, temblando.

—Grace, espera.

—No digas nada.

Subo las escaleras. Cruzo la terraza. Entro en la cabaña. Directa a mi habitación. Cierro la puerta. Echo el pestillo. Y me apoyo contra la madera. Respirando. Jadeando. Con el corazón latiéndome tan fuerte que me duele.

¿Qué he hecho? ¿Qué demonios he hecho?

LEO

Cuando Grace se va, me quedo ahí. De pie en el agua. Solo. Con el corazón latiéndome tan fuerte que lo oigo en los oídos. Intentando procesar lo que acaba de pasar. Grace acaba de… Acabamos de…

Hundo la cara en la mano. Todavía puedo sentirla. El peso de su cuerpo contra el mío. Sus piernas alrededor de mi cintura. Sus manos en mi pelo. Su boca contra mi cuello. Cómo gemía mi nombre. Cómo se movía. Cómo se ha corrido. Encima de mí. Usando mi cuerpo. Tomando lo que necesitaba.

Y yo. Yo también me he corrido. En mis calzoncillos, como un adolescente, sin que me tocara siquiera. Solo con la fricción, con sus gemidos, con tenerla tan cerca.

Miro hacia abajo. El agua turbia alrededor de mis caderas oculta el desastre.

Pero yo lo siento. Lo sé. Por eso no la he seguido.

No solo porque esté en shock. No solo porque no pueda creer lo que acaba de pasar.

Sino porque no puedo dejar que ella vea esto.

La evidencia de lo que me hace. De lo poco que controlo mi cuerpo cuando está cerca. De lo mucho que la deseo.

Me echo el pelo hacia atrás con una mano. Todavía pegajoso de miel a pesar del agua. Y no puedo evitar sonreír. Porque Grace. Grace me ha cambiado el gel por miel. Grace es brillante y juguetona y perfecta. Y acaba de correrse encima de mí.

Me río, bajo, incrédulo. Porque esto no estaba en ningún plan. Yo nunca pensé… Nunca imaginé… Que podría tener esto. Tenerla. Aunque sea solo por un momento.

Salgo del agua. Despacio. Me quito los calzoncillos. Los dejo en las rocas. Me meto en el agua otra vez. Más adentro esta vez. Y me lavo a conciencia: la miel, el resto, todo. El agua salada pica un poco pero no me importa.

Pienso mientras me limpio. Grace ha huido. Otra vez. Cada vez que pasa algo entre nosotros, huye. ¿Por qué? Porque tiene miedo. Lo sé. Lo veo en sus ojos cada vez que me mira. No me tiene miedo a mí. Le tiene miedo a esto. A lo que siente. A lo que podría significar.

Y entiendo el miedo. Lo entiendo porque yo también lo he tenido. Durante dos años. Miedo de acercarme. Miedo de que me vea de verdad y decida que no le gusto. Miedo de perderla antes de tenerla. Pero esto es diferente. Grace me desea. Lo acaba de demostrar. No puede huir de eso. Aunque lo intente.

El problema es que no tengo ni idea de qué hacer ahora.

Nunca he estado con nadie. Me detengo. Respiro hondo.

Pero sé una cosa. Sé que puedo hacerla sentir bien.

Mejor que bien. Puedo aprender. Puedo escuchar.

Puedo leer su cuerpo como leo el código.

Como una serie de respuestas a estímulos específicos.

Y con Grace todo es diferente. Con Grace mi cerebro no se bloquea.

Con Grace entiendo. Leo sus reacciones. Sus gemidos.

Sus suspiros. Como si habláramos el mismo idioma.

Y sé con absoluta certeza que si ella me lo permite, si me da una oportunidad, voy a hacerla sentirse tan bien que no va a querer volver a huir.

Salgo del agua, limpio del todo esta vez.

Cojo una toalla de las que están dobladas junto a las tumbonas.

Me seco. Vuelvo a la cabaña. Entro en mi habitación.

Me pongo unos pantalones limpios. Una camiseta.

Y me quedo ahí. De pie junto a la ventana.

Mirando hacia el mar. Hacia donde todo acaba de cambiar.

Porque lo ha hecho. Ha cambiado. Y no hay vuelta atrás. Grace puede huir todo lo que quiera. Puede fingir que no ha pasado. Puede intentar convencerse de que ha sido un error. Pero yo sé la verdad. Y ella también. Esto que hay entre nosotros es real. Y no va a desaparecer.

Sonrío. Esperanzado. Aterrorizado. Porque por primera vez en dos años, por primera vez desde que la he conocido, tengo esperanza. De que quizás, solo quizás, esto pueda ser real, pueda merecer la pena y valer todo el miedo.

Me siento en la cama. Miro hacia la pared que separa mi habitación de la suya. Y susurro tan bajo que ni siquiera estoy seguro de haberlo dicho en voz alta.

—No voy a rendirme contigo, Grace.

Porque no voy a hacerlo. Aunque tenga que esperar. Aunque tenga que ser paciente. Aunque ella siga huyendo. No voy a rendirme. Porque ella vale la pena. Toda la pena del mundo.