La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Leo da un paso hacia mí.

—¿O tienes miedo?

Y ahí está. Ese brillo en sus ojos. Ese reto. Sabe justo qué botones pulsar.

—Yo no tengo miedo de nada —suelto.

—Entonces quédate. —Da otro paso—. Cena conmigo. Ve una película conmigo. Demuéstrame que puedes estar a gusto conmigo sin salir corriendo.

La furia me sube de golpe. Porque sabe lo que está haciendo. Me conoce. Conoce mi orgullo. Y lo usa contra mí.

—Bien —digo entre dientes—. Pero que te quede claro que no significa nada.

Leo sonríe. Una sonrisa pequeña. Victoriosa.

—Por supuesto.

Nos sentamos a cenar.

La comida está increíble.

Pasta con salsa de tomate casera. Ensalada. Pan recién hecho. Vino blanco.

—¿Has cocinado esto? —pregunto.

—Sí.

—¿Desde cuándo sabes cocinar?

—Desde siempre. En mi casa si no cocinabas, no comías.

—Ah.

Comemos en silencio durante un rato.

Incómodo al principio. Pero poco a poco todo se relaja.

Hablamos de trabajo. De un proyecto que Leo está desarrollando. De un bug que yo estoy intentando resolver.

Y de repente estamos discutiendo sobre arquitectura de software como si fuera lo más natural del mundo.

Leo hace un comentario sobre mi enfoque. No para corregirme. Para mejorarlo. Y tiene razón.

—Demonios —digo—. Tienes razón.

Leo sonríe.

—¿Acabas de admitir que tengo razón?

—No te acostumbres.

Se ríe. Y el sonido me pone la piel de gallina.

Porque no es su risa educada de la oficina. Es real. Cálida.

Y me gusta.

Me gusta demasiado.

Terminamos de cenar.

Leo se levanta. Enciende el proyector.

—¿Qué quieres ver?

—No sé. Lo que sea.

—Tengo Star Wars.

Me incorporo en la silla.

—¿Cuál?

—Todas.

—¿Todas?

—Las nueve. Más las series. Las tengo en un disco duro.

Me quedo mirándolo.

—¿Llevas Star Wars en un disco duro a las Maldivas?

—Nunca se sabe cuándo puedes necesitarlo.

Y no sé por qué, pero eso me hace sonreír.

—Quiero ver El Imperio Contraataca —digo.

—Buena elección.

Leo programa la película. Apaga las velas. Y solo queda la luz de las estrellas y la pantalla.

Nos sentamos en tumbonas. Separados por medio metro.

La película empieza.

Y entonces pasa algo inesperado.

Leo habla.

No de forma molesta. No interrumpiendo. Sino haciendo observaciones. Comentarios. Análisis.

—Fíjate en esta escena —dice cuando Luke cuelga en la cueva de hielo—. Es la primera vez que usa la Fuerza de forma activa. Sin ayuda. Sin Obi-Wan. Es el principio de su verdadero viaje.

—Aunque técnicamente ya la usó en la Estrella de la Muerte —contesto—. Para desviar los disparos.

—Eso fue por instinto. Esto es con intención.

—Buen punto.

Y seguimos así.

Durante toda la película.

Debatiendo. Analizando. Riendo.

Leo tiene opiniones. Profundas. Inteligentes. Sorprendentes.

—La escena de «yo soy tu padre» no funciona sin todo esto —dice señalando la pantalla donde Luke entrena con Yoda—. Sin ver su arrogancia. Su impaciencia. Su necesidad de ser el héroe. Por eso la revelación le destruye. Porque destruye su narrativa de quién es.

—Exacto. Habla sobre la identidad. No sobre el parentesco.

—Sí.

Me giro a mirarlo.

Y Leo me está mirando a mí.

Con intensidad.

Con una mirada que…

Aparto la vista. Rápido.

Vuelvo a la película.

Pero ahora soy demasiado consciente de lo cerca que está. De cómo su voz me eriza la nuca cuando habla. De cómo entiende esta película que amo. De cómo entiende TODO.

Llegamos a la escena final. Han y Leia. Lando y Chewie en el Halcón Milenario. Luke con su mano nueva mirando la galaxia.

—Es el mejor final de toda la saga —digo—. Porque no es un final feliz. Es esperanza. Pero rota.

—Como tiene que ser —dice Leo—. La esperanza que no cuesta nada no vale nada.

Me giro a mirarlo otra vez.

Y se me encoge el pecho. Porque está ahí, bajo las estrellas, hablando de Star Wars con una pasión que no sabía que tenía, con una profundidad que no esperaba, con una comprensión que me llega muy adentro.

Y pienso:

Dios.

Por qué Leo tiene que parecerse tanto al hombre con el que siempre he soñado.

Y el pánico me golpea. Como un puñetazo. Directo al estómago.

¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy sintiendo?

NO. No, no, no.

Me levanto de golpe. Tan rápido que tiro el cuenco de palomitas. Se derraman por toda la terraza.

—¿Grace? —Leo se incorpora—. ¿Qué te pasa?

—Estoy cansada.

—¿Qué?

—Cansada. Me voy a dormir. Gracias por la cena.

—Grace, espera.

Pero ya estoy corriendo. Corriendo de verdad hacia mi habitación.

Entro. Cierro la puerta. Echo el pestillo.

Me apoyo contra la madera. Respirando. Rápido. Demasiado rápido. El corazón me late tan fuerte que me duele.

Desde el otro lado escucho:

—¿Grace? ¿Estás bien?

—Estoy bien. Buenas noches.

Silencio.

Luego:

—Buenas noches.

Y escucho sus pasos alejándose.

Me deslizo por la puerta hasta quedar sentada en el suelo.

Me llevo las manos a la cara.

—¿Qué demonios me está pasando? —susurro.

Porque esto ya no es solo atracción. Esto ya no es solo química. Esto es peor. Mucho peor.

Esto es empezar a sentir. Esto es empezar a querer. Esto es empezar a imaginar cosas que no pueden pasar: estar con él, conocerlo de verdad, que esto sea real.

Y eso no puede pasar.

No puedo enamorarme de Leo Carter. No puedo.

Yo no me enamoro. Yo compito, yo gano, yo sigo adelante. Y de ninguna manera me enamoro de mi rival. De mi enemigo. Del hombre con el que llevo dos años peleando.

Aunque resulte que no es mi enemigo. Aunque resulte que es inteligente y divertido y profundo.

Aunque resulte que entiende Star Wars como yo.

Aunque resulte que cocina y hace yoga y arregla bicis.

Aunque resulte que me mira como si fuera importante.

Aunque resulte que cuando me besa se me olvida respirar.

No.

No puedo.

Me levanto. Me meto en la cama. Me tapo con las sábanas hasta la cabeza.

—No voy a enamorarme de él —digo en el silencio de la habitación.

Como si decirlo en voz alta lo hiciera verdad. Como si pudiera convencerme a mí misma.

Como si no fuera ya demasiado tarde.