La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

GRACE

Me despierto con el sabor de Leo todavía en los labios. De verdad.

Me llevo los dedos a la boca. Como si pudiera borrarlo. Como si no hubiera pasado.

Pero ha pasado. Lo he besado. Yo.

He besado a Leo Carter en mitad de la noche en una playa de las Maldivas después de que me rescatara de un incendio falso que yo misma provoqué.

—Qué locura —susurro.

Me tapo la cara con las manos.

¿En qué estaba pensando?

No estaba pensando. Ese es el problema. Mi cerebro se desconectó en el momento en que Leo me tocó con esas manos enormes y me miró como si fuera lo más importante del mundo.

Y ahora tengo que vivir con eso.

Tengo que vivir sabiendo cómo sabe. Cómo besa. Cómo gime cuando tiro de su pelo. Cómo su cuerpo se siente contra el mío.

Me giro en la cama. Entierro la cara en la almohada.

Plan para hoy: evitar a Leo a toda costa.

No puede ser tan difícil.

La cabaña es grande.

Él tiene su vida. Yo tengo la mía.

Podemos coexistir sin tocarnos.

Me levanto. Me ducho. Me visto con lo primero que encuentro: pantalones cortos vaqueros y una camiseta de Mass Effect.

Salgo de mi habitación con cuidado.

Escuchando.

¿Está Leo despierto?

El olor a café me da la respuesta.

Mierda.

Entro en la cocina intentando parecer casual. Como si no hubiera pasado nada. Como si anoche no lo hubiera besado hasta quedarme sin aire.

Leo está junto a la cafetera. Con camiseta, gracias a todos los dioses. Pantalones cortos de chándal, descalzo, el pelo revuelto.

Se gira cuando me oye entrar.

—Buenos días, Grace.

Su voz suena normal. Normal del todo. Como si nada. Como si anoche no me hubiera devorado la boca en mitad de una playa.

—Buenos días —consigo responder.

Cojo una taza del armario. Me sirvo café. Evito mirarlo.

El silencio se alarga. Incómodo. Pesado.

—¿Has dormido bien? —pregunta Leo.

Es una pregunta normal. Cotidiana. Como si NADA hubiera pasado.

—Perfectamente.

Mentira. He dormido fatal. He dado vueltas en la cama durante horas pensando en él. En su boca. En sus manos. En cómo me hizo sentir.

—Bien —dice Leo.

Otro silencio.

No puedo estar aquí.

—Voy a… —Señalo vagamente hacia mi habitación.

—Vale.

Me voy. Rápido. Con el café en la mano. Cierro la puerta de mi habitación. Respiro.

Huida número uno.

Necesito salir de esta cabaña. Necesito aire. Necesito NO estar cerca de Leo.

El resort ofrece clases de yoga matinales en la playa. Lo he visto en el folleto que dejaron en la habitación el primer día.

Perfecto.

Yoga. Respiración. Paz interior. Justo lo que necesito.

Me pongo ropa de deporte. Cojo una toalla. Bajo a la playa.

Hay un grupo pequeño ya formado. La mayoría son mujeres. El instructor es un joven con coleta y sonrisa amable.

—Buenos días. ¿Es tu primera clase?

—Sí.

—Bienvenida. Coge una esterilla de allí y colócate donde quieras.

Me pongo en la segunda fila. Lejos del instructor. En una esquina. Donde nadie me moleste. Donde pueda concentrarme.

La brisa del mar es agradable. El sonido de las olas, relajante. Cierro los ojos. Respiro hondo.

Por fin. Por fin puedo relajarme.

—Hola.

Abro los ojos de golpe.

No.

No, no, no.

Leo está de pie junto a mí. Esterilla bajo el brazo. Pantalones cortos de deporte negros. Camiseta blanca ajustada que marca cada línea de músculo de su torso.

—¿Qué haces aquí? —suelto.

Leo parpadea.

—Yoga.

—Tú no haces yoga.

—Sí hago yoga.

—Desde cuándo.

—Desde hace años.

—Mentira.

—¿Por qué iba a mentir sobre hacer yoga?

No tengo respuesta para eso.

Leo desdobla su esterilla. Justo al lado de la mía.

—Hay sitio en el otro lado —digo.

—Aquí también hay sitio.

—Leo…

—¿Tienes algún problema?

Sí. El problema es que estás aquí. El problema es que huelo tu jabón. El problema es que anoche te besé y ahora no puedo dejar de pensar en ello.

—Ninguno —respondo entre dientes.

Leo se coloca en su esterilla. Se sienta. Cruza las piernas. Cierra los ojos.

Como si nada.

Como si yo no estuviera a punto de explotar a su lado.

El instructor empieza la clase.

—Comenzaremos con la respiración. Inhalen profundamente por la nariz…

Intento concentrarme. De verdad que lo intento. Pero Leo está A MI LADO. Respirando. Existiendo. Y puedo verlo por el rabillo del ojo.

—Postura del gato y la vaca. A cuatro patas, por favor.

Me pongo a cuatro patas. Leo también.

Arqueo la espalda. Luego la redondeo. Como dice el instructor.

Miro de reojo a Leo.

Está concentradísimo, siguiendo las instrucciones con esa precisión que tiene para todo.

—Postura del perro boca abajo.

Levanto las caderas. Bajo la cabeza. Miro entre mis piernas.

Y ahí está Leo, haciendo la misma postura. Esos brazos tensos sosteniéndolo, esos hombros anchos, ese culo respingón en esos pantalones que le quedan demasiado bien.

Para.

Céntrate.

Respira.

Cierro los ojos.

—Muy bien. Ahora caminaremos con las manos hacia los pies…

La clase continúa.

Y cada postura es una tortura.

Porque Leo está ahí. A medio metro. Moviéndose con esa gracia inesperada para alguien tan grande. Concentrado. Tranquilo.

Y las otras mujeres de la clase lo han notado.

Una rubia de la primera fila sigue mirándolo.

Otra se muerde el labio cuando Leo se estira.

Una tercera suspira. Literalmente suspira.

Me entran ganas de tirarles de los pelos a todas.

No es que me importe. Es solo que es de MALA EDUCACIÓN mirar a un hombre como si fuera un trozo de carne. Como ganado. Yo no hago eso.

Bueno. Quizás un poco. Pero es diferente.

—Postura del guerrero dos. Pierna derecha adelante, brazos extendidos.

Me coloco en posición. Leo hace lo mismo.

En perfecto equilibrio. Músculos tensos. Concentración absoluta.

La rubia se acerca a él.

—Perdona —le susurra—. ¿Puedes ayudarme con la postura? No sé si la estoy haciendo bien.

Leo la mira.

—Claro.

Le explica cómo ajustar la posición. Educado. Amable.

Ella sonríe. Le toca el brazo.

—Gracias. Eres muy amable.

Casi me caigo de mi postura del guerrero.

Me hierve una furia irracional. No tengo derecho a estar furiosa. Leo no es mío. No es nada mío. Pero esas mujeres deberían dejar de mirarlo como si fuera el puto Chris Hemsworth.

—Última postura. Savasana. Túmbense boca arriba. Cierren los ojos. Relájense.

Me tumbo en la esterilla. Cierro los ojos. Intento relajarme. Imposible.

Leo está a medio metro. Puedo oír su respiración. Profunda. Regular. Tranquila.

Y yo no puedo relajarme. No con él tan cerca. No después de anoche. No cuando todo mi cuerpo quiere girarse hacia él y…

—Y con eso terminamos. Namaste.

—Namaste —responde la clase.

Me levanto. Rápido. Enrollo la esterilla.

—Grace.

Leo está de pie junto a mí.

—Tengo prisa —suelto.

—¿Para qué?

—Para hacer cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas de… cosas.

Y me voy. Otra vez.

Huida número dos.

Por la tarde decido hacer una excursión en bicicleta.

El resort alquila bicis. Hay rutas por toda la isla.

Perfecto. Aire libre. Ejercicio. Distancia de Leo.

Cojo una bici. Empiezo a pedalear.

La isla es preciosa. Playas vírgenes. Vegetación exuberante. Caminos tranquilos.

Por fin. Por fin estoy sola. Por fin puedo pensar. O no pensar. Lo que sea mejor.

Pedaleo durante una hora. Siguiendo el camino costero. Disfrutando del paisaje. Del viento. Del sol.

Y entonces la rueda trasera hace un ruido raro. Luego otro. Y se desinfla. Del todo.

—No, no, no.

Me bajo. Miro la rueda.

Tengo un pinchazo. Genial. Perfecto. Justo lo que necesitaba.

Intento recordar si sé cómo se arregla un pinchazo. No lo sé. No tengo ni idea.

Miro alrededor. Estoy en medio de ninguna parte. El resort está muy lejos. No hay nadie cerca.

El sol pega fuerte. Empiezo a sudar.

—Mierda.

Y entonces escucho el sonido de otra bici.

Acercándose.

Me giro. Y por supuesto. Por supuesto que es Leo. Porque el universo me odia.

Leo se detiene junto a mí. Baja de su bici.

—¿Estás bien?

—Estoy perfectamente —digo.

—Tienes un pinchazo.

—Soy consciente.

—¿Tienes kit de reparación?

—No.

—Yo sí.

Por supuesto que sí. Leo está aquí con su kit perfecto y su vida perfecta.

—No necesito ayuda —digo.

Leo me mira.

—Lo sé. Pero te la ofrezco de todas formas.

Y antes de que pueda protestar, se arrodilla junto a la bici.

Saca un pequeño kit de su mochila. Empieza a trabajar.

Sus manos se mueven con precisión. Quita la rueda. Localiza el pinchazo. Saca el parche.

Trabaja en silencio.

Yo lo observo.

No puedo evitarlo.

Esas manos grandes y precisas. Cómo se muerde el labio cuando se concentra, cómo el sudor le brilla en la frente, cómo los músculos de sus brazos se tensan cuando hace fuerza.

—¿Por qué has huido antes? —pregunta Leo sin mirarme.

Me tenso.

—¿Qué?

—Del yoga. Has salido corriendo en cuanto ha terminado la clase.

—No he salido corriendo. Tenía prisa.

—¿Prisa para qué?

No respondo.

Leo levanta la vista hacia mí.

Esos ojos marrones. Directos. Honestos.

—Grace. ¿Por qué huyes?

—No estoy huyendo.

—Sí lo estás. Llevas todo el día haciéndolo.

—No.

—De la clase de yoga. De la cocina esta mañana. Y ahora de mí.

—No estoy huyendo de ti.

—¿No?

Nos miramos.

Y el aire se espesa entre nosotros otra vez. Como siempre. Como cada vez que estamos cerca últimamente.

Leo vuelve a la rueda. Termina de arreglarla. Vuelve a colocarla en su sitio. Se levanta. Se limpia las manos en los pantalones.

—Ya está.

—Gracias —murmuro.

—De nada.

Silencio.

—Grace…

—Tengo que volver.

Y subo a la bici. Y pedaleo. Rápido. Sin mirar atrás.

Huida número tres.

Vuelvo a la cabaña casi a la noche. Sudada, cansada, agotada por dentro.

Y entonces veo lo que Leo ha montado en la terraza.

Una mesa. Con comida. Velas. Un proyector. Una pantalla improvisada colgada entre dos palmeras.

Me quedo helada.

—¿Qué es esto?

Leo se gira. Estaba ajustando algo en el proyector.

—He preparado la cena.

—¿Por qué?

—Porque los dos tenemos que comer. Y he pensado que podríamos hacerlo juntos.

—¿Estás loco?

Leo me mira como si la pregunta no tuviera sentido.

—¿Por qué sería una locura cenar juntos?

—Porque… porque…

No tengo argumentos. Bueno, sí los tengo. Muchos. Pero no puedo decirlos en voz alta.

Porque si los digo tendré que admitir que tengo miedo. Miedo de estar cerca de él. Miedo de lo que siento cuando estamos juntos. Miedo de besarlo otra vez.