La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

GRACE

Son las dos y cuarenta y siete de la madrugada y no puedo dormir. Otra vez. Llevo dos días sin poder dormir. Dos días compartiendo cabaña con Leo Carter. Dos días en el infierno.

Me quedo mirando el techo. El ventilador da vueltas despacio. El sonido del mar entra por la ventana abierta. Debería ser relajante. Debería ayudarme a dormir.

Pero no funciona.

Porque Leo está a diez metros de mí, al otro lado de esta cabaña, en su habitación.

Dormido, a estas horas. Y, conociéndolo, sin camiseta.

Para.

No pienses en eso.

Pero es imposible no pensarlo.

Porque Leo está POR TODAS PARTES.

Es demasiado grande para esta cabaña. Demasiado grande para cualquier espacio.

Cada vez que salgo de mi habitación, ahí está.

En la cocina haciendo café con el torso desnudo y esos malditos pantalones cortos de chándal colgando de sus caderas.

En la terraza leyendo con el sol dándole en el pecho como si fuera una sesión de fotos.

En el salón trabajando en su portátil con las piernas kilométricas estiradas, ocupando todo el sofá.

Y siempre, siempre, invadiendo mi espacio personal sin querer.

Porque es enorme. Porque cuando pasa junto a mí en el pasillo tengo que pegarme a la pared. Porque cuando los dos intentamos usar la cocina a la vez no cabemos. Porque ayer me rocé con su pecho al coger una taza del armario y se me disparó todo el cuerpo como si me hubiera dado un calambre.

Y lo peor.

Lo peor es que es EDUCADO.

Me ofrece café por las mañanas con una sonrisa. Me pregunta si he dormido bien. Me dice «buenos días» con esa voz grave que me eriza la piel.

No se enfada cuando soy borde con él. No me reprocha nada. Solo… está ahí. Existiendo. Siendo Leo.

Y yo estoy cabreada a todas horas. Y excitada a todas horas.

Las dos cosas a la vez. Es insostenible. No puedo vivir así durante dos semanas.

No puedo.

Me siento en la cama. Cojo el portátil de la mesita.

Si Leo está tan decidido a quedarse, yo puedo hackear una alarma de incendios para quitármelo de encima.

Abro el portátil. Entro en el sistema del resort. La seguridad es mediocre. En diez minutos estoy dentro.

Encuentro las alarmas. Hay una en cada cabaña. Conectadas al sistema central. Son tan fáciles de activar a distancia que casi me ofende.

Sonrío.

El plan es perfecto.

Activar la alarma a las tres de la madrugada. Que parezca un fallo del sistema. Leo se despertará. Se cabreará. Me odiará. Querrá irse.

Problema resuelto.

Programo la alarma para las tres en punto. Solo en nuestra cabaña.

Me tumbo otra vez. Faltan diez minutos. Espero. Sonriendo.

A las tres en punto la alarma explota. El sonido es ENSORDECEDOR: un pitido agudo, constante, insoportable que me taladra los tímpanos.

Me incorporo de golpe. Me tapo los oídos.

Y disfruto del momento. De molestar a Leo. Escucho pasos. Rápidos. Pesados.

Leo.

Mi puerta se abre de golpe. No llama. No dice nada. La puerta REBOTA contra la pared.

Y ahí está Leo Carter. Y se me olvida respirar.

Porque está en mi habitación. En calzoncillos. SOLO en calzoncillos.

Bóxers negros que le marcan TODO.

El pelo revuelto de recién despertado, los ojos alerta, el cuerpo en tensión, el pecho subiendo y bajando. Los abdominales marcados le brillan bajo la luz de la luna que entra por la ventana, los brazos tensos, las piernas kilométricas. Y una expresión de pánico absoluto en la cara.

¿Por qué está en mi habitación en vez de salvarse a él mismo?

Me mira. Recorre la habitación con la vista. Me busca a MÍ.

—¿Estás bien?

Su voz sale ronca. Urgente.

—Yo… sí… ¿qué haces?

Pero Leo no responde.

Cruza la habitación en tres zancadas. Me coge. Me COGE de verdad. Pone sus manos enormes bajo mis muslos. Me levanta como si no pesara nada. Me echa al hombro como si fuera un saco de patatas.

—¡¿QUÉ HACES?! —repito.

—Sacarte de aquí.

Su voz es firme. Decidida. Sin dudas.

—¡Bájame!

Pero Leo no me baja.

Sale de la habitación conmigo al hombro. Cruza el salón. Sale a la terraza. Baja las escaleras de madera hacia la playa.

—¡Leo, bájame ahora mismo!

—Cuando estemos a salvo.

—¡No hay ningún incendio!

Pero no me escucha.

O no me cree.

Solo cuando llegamos a la arena, lejos de la cabaña, Leo me baja.

Pero no me suelta.

Me pone de pie. Coloca sus manos en mis hombros. Firmes. Grandes. Calientes a través de la tela fina de mi camiseta de pijama.

Me mira de arriba abajo. Revisándome. Buscando daños.

—¿Estás bien? —Su voz sale tensa—. ¿Te has quemado? ¿Has inhalado humo?

Sus manos me recorren. Brazos. Hombros. Bajan por mi espalda. Suben otra vez. Comprobando.

Y yo… Yo me quedo paralizada. Porque Leo me está TOCANDO. Sus manos enormes sobre mi piel. Calientes. Firmes. Preocupadas.

Y está medio desnudo delante de mí. Esos bóxers negros son lo único que lo cubre. Y puedo verlo todo: cada línea de músculo, cada centímetro de piel, el vello que le baja del ombligo y desaparece bajo la cinturilla, la V de sus caderas, el bulto entre sus piernas que…

Para.

No mires ahí.

Céntrate.

Pero no puedo centrarme. Porque está TOCÁNDOME. Y mirándome como si fuera lo más importante del mundo, como si de verdad hubiera pensado que estaba en peligro, como si le importara. De verdad.

Se me derrite el corazón. Y, más abajo, me enciendo entera. Las dos cosas a la vez: corazón derretido, cuerpo en llamas.

—Grace. —Leo me zarandea con cuidado—. Háblame. ¿Estás bien?

Lo miro. A este hombre enorme que acaba de cargarme como si no pesara nada. Que me ha sacado de una cabaña sin incendio porque pensaba que estaba en peligro. Que me está tocando con una delicadeza que no pega con su tamaño. Que me mira como si… Como si le importara.

Y no pienso. No puedo pensar. Solo puedo sentir. Me lanzo. Me lanzo hacia él de verdad. Cierro la distancia, me pongo de puntillas, agarro su cara con las dos manos.

Y lo beso.

Beso a Leo Carter.

Leo se queda helado. Inmóvil del todo.

Un segundo. Dos. Tres.

Tiempo suficiente para que mi cerebro grite:

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

¿Qué estás haciendo?

Empiezo a apartarme.

Pero entonces Leo reacciona.

No me deja moverme.

Y me devora.

Sus manos suben a mi cara. Me sujetan. Firmes. Posesivas. Sus dedos se hunden en mi pelo.

Su boca se abre contra la mía. Toma el control. Me besa como si llevara años esperando este momento.

Y Dios.

Leo Carter sabe besar.

Su lengua roza mis labios. Los separa. Entra. Y el sabor de él me explota en la boca. Caliente. Masculino. Adictivo.

Gimo.

No puedo evitarlo.

El sonido sale de mi garganta sin mi permiso.

Y Leo gruñe, grave y ronco. Un sonido que noto bajar directo hasta entre mis piernas.

Me atrae más cerca. Sus manos bajan por mi espalda. Me aprieta contra él.

Y nuestros cuerpos chocan. Pecho contra pecho. Cadera contra cadera.

Y puedo sentir… Madre mía. Puedo sentirlo todo. Lo duro que está, lo grande que es, presionando contra mi vientre, caliente incluso a través de la tela.

Se me dispara todo el cuerpo de golpe: el pulso, la respiración, el calor que me baja como lava.

Mis manos suben por su cuerpo. Esos abdominales que me obsesionan. Esa piel caliente bajo mis palmas. Ese cuerpo que he estado admirando durante dos días y que ahora por fin puedo tocar.

Leo me besa más profundo, su lengua contra la mía, explorando, reclamando.

Sus dientes rozan mi labio inferior. Tiran despacio.

Y me derrito del todo.

Mis dedos se hunden en su pelo. Tiro. Lo acerco más.

Leo gime contra mi boca.

El sonido me vuelve loca.

Una de sus manos baja por mi espalda. Se detiene en mi cadera. Aprieta. Me levanta ligeramente.

Y de repente estoy de puntillas, colgando de él, entera a su merced.

Y me encanta. Me encanta cómo me sostiene. Me encanta cómo me besa. Me encanta cómo sus manos me recorren como si no pudiera elegir dónde tocarme primero. Me encanta el sonido que hace cuando tiro de su pelo. Me encanta cómo sabe. Me encanta TODO.

Su otra mano sube por mi costado. Roza el lateral de mi pecho. Solo un segundo. Pero es suficiente para que se me escapen otro gemido.

Leo lo traga. Me besa más fuerte. Más profundo. Como si quisiera devorarme entera.

Y yo le dejo.

Dios.

Le dejo hacer lo que quiera.

Porque esta sensación es mejor que cualquier cosa que haya sentido en mi vida. Mejor que cualquier beso. Mejor que cualquier fantasía. Mejor que…

—¡¿DÓNDE ESTÁ EL INCENDIO?!

La voz me devuelve a la realidad como un jarro de agua fría.

Me aparto de Leo de golpe. O intento apartarme.

Pero sus manos me sujetan. Me mantienen contra él un segundo más. Como si no quisiera soltarme.

Luego me deja ir. Y doy dos pasos atrás. Tres. Jadeando.

Tres personas del resort corren por la playa hacia nosotros. Con extintores. Con linternas.

—¿Están bien? —grita uno—. ¿Alguien está herido? ¿Dónde está el fuego?

Leo me mira. Yo lo miro a él.

Tiene los labios hinchados, el pelo más revuelto todavía, los ojos oscuros, el pecho subiendo y bajando.

Y el bulto en sus calzoncillos es imposible de ignorar.

Dios.

Aparto la mirada. Rápido.

—No… no hay fuego —digo.

Mi voz sale ronca. Entrecortada.

El empleado nos mira confundido.

—¿Cómo? La alarma ha saltado.

—Debe de ser un fallo del sistema —suelto.

Intento que mi voz salga normal.

Fracaso a base de bien.

Los tres empleados nos miran. A Leo medio desnudo. A mí en pijama corto. A los dos jadeando.

Uno de ellos sonríe.

—Ah. Ya veo.

No ve nada. Bueno. Quizás sí ve. Mierda.

—Vamos a revisar la cabaña de todas formas —dice otro—. Por seguridad.

Suben las escaleras hacia la cabaña.

Y Leo y yo nos quedamos solos. En la playa. Medio desnudos. Después de habernos besado. Después de que yo lo haya besado.

Silencio. Absoluto. Ninguno dice nada.

No puedo mirarlo. Acabo de besarlo. Yo. Sin motivo. Bueno, con motivo. Pero un motivo estúpido.

Porque me ha rescatado de un incendio inexistente que yo misma he provocado. Porque me ha tocado con esa delicadeza. Porque me ha mirado como si le importara.

Y yo he perdido la cabeza. Del todo.

—Grace.

Su voz. Esa voz ronca.

—No —digo rápido—. No digas nada.

—Tenemos que hablar de esto.

—No hay nada de qué hablar.

—Acabas de besarme.

Me giro hacia él. Error. Porque sigue medio desnudo. Y sigue duro. Y sigue mirándome con esos ojos que…

—Ha sido un error —suelto.

Leo se queda quieto.

—¿Un error?

Hay algo en su voz. Algo que suena a ¿dolor? Pero no puede ser.

—Sí. Un error. Estaba confundida. Por el rescate. Por la adrenalina. Por… da igual. No va a volver a pasar.

Leo me mira. Largo rato. Esos ojos marrones clavados en los míos. Buscando algo.

—¿Estás segura?

—Del todo.

Mentira. Mentira enorme. Porque quiero que vuelva a pasar. Quiero besarlo otra vez. Ahora mismo.

Pero no puedo. No puedo dejar que esto sea real. Porque si es real entonces… Entonces todo cambiaría. Y no estoy lista para eso.

Leo asiente despacio.

—Vale.

Solo eso.

—Vale.

Se da la vuelta. Vuelve hacia la cabaña.

Y yo me quedo ahí. Sola. En la playa. Con el sabor de Leo todavía en los labios, con el cuerpo todavía ardiendo, con las manos todavía temblando, y con la certeza absoluta de que acabo de cometer el mayor error de mi vida.

Porque ahora sé cómo es besar a Leo. Y quiero hacerlo otra vez. Y otra. Y otra. Y eso es un problema enorme.

Me siento en la arena. Entierro la cara entre las manos.

—Mierda —susurro.

Porque llevo dos días intentando echar a Leo. Y lo único que he conseguido es besarlo. Y descubrir que besa como un dios. Y que su cuerpo contra el mío se siente como si encajáramos. Y que cuando me toca se me olvida todo: mi nombre, mi plan, las razones por las que debería odiarlo. Todo.

Solo existe él. Y yo. Y esto que hay entre nosotros que no sé cómo llamar pero que me está volviendo loca.

Me quedo ahí sentada no sé durante cuánto tiempo. Hasta que escucho pasos detrás de mí.

—Señorita Davis.

Me giro.

Es uno de los empleados del resort.

—Hemos revisado la cabaña. No hay ningún incendio. Parece que ha sido un fallo del sistema. Ya lo hemos desactivado. Puede volver cuando quiera.

—Gracias —murmuro.

El empleado se va.

Y yo sigo sentada. Mirando el mar. Intentando procesar lo que acaba de pasar, intentando entender por qué he hecho algo tan estúpido, intentando convencerme de que de verdad ha sido un error.

Pero no funciona. Porque no se ha sentido como un error. Se ha sentido como lo más correcto que he hecho en mi vida. Y eso me aterroriza.

Me levanto. Sacudo la arena de mi pijama. Vuelvo a la cabaña.

La luz de la habitación de Leo está apagada.

Bien.

Entro en la mía. Cierro la puerta. Me meto en la cama. Y me quedo mirando el techo. Otra vez.

Porque sé que no voy a dormir. No después de esto. No con el sabor de Leo todavía en mi boca, no con mi cuerpo todavía pidiendo más, no con la certeza de que todo acaba de cambiar.

Y no tengo ni idea de qué voy a hacer ahora.