La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

GRACE

Regreso casi corriendo a la habitación.

—Vale —digo en voz alta, más para mí que para él cuando Leo aparece con la camiseta puesta. Gracias al cielo—. Voy a llamar al resort. Ahora mismo. Y van a arreglar esto.

Cojo el móvil de la mesita. Busco el número en el email de confirmación. Marco con dedos temblorosos.

Suena. Una vez. Dos. Tres.

—Azure Waters Resort, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

La voz es masculina, con un leve acento extranjero, profesional.

Activo el altavoz. Quiero que Leo escuche esto. Que sepa que me voy a deshacer de él en menos de cinco minutos.

—Tengo un problema —suelto—. Estoy en la cabaña número siete y hay otra persona aquí. Otra reserva. Para la misma cabaña.

Se hace el silencio al otro lado de la línea.

—¿Perdone?

—Que hay DOS reservas para la MISMA cabaña. La número siete. En las mismas fechas. Estamos los dos aquí ahora mismo.

Escucho tecleo.

—Déjeme comprobarlo… Sí, veo dos reservas confirmadas para la villa siete sobre el agua. Esto es… muy extraño. No debería haber pasado.

—Pues ha pasado. Y necesito que lo solucionen.

—Por supuesto. Veamos qué podemos hacer. —Más tecleo—. Lamentablemente, estamos completos las próximas tres semanas. Es temporada alta y no tengo ninguna villa disponible para reubicarles.

Se me cierra el estómago.

—¿Nada? ¿Ni una habitación en el hotel?

—Lo siento muchísimo. Todo está reservado.

—Vale. Pues devuélvannos el dinero. A uno de los dos. Para que pueda irse.

—Entiendo su frustración, pero nuestra política de cancelación es muy clara. Menos de cuarenta y ocho horas antes del check-in no hay reembolso posible.

—Esto NO es una cancelación. Es un ERROR. Un error de USTEDES.

—Estoy revisando el sistema y… parece que ambas reservas se procesaron bien. Ambas están confirmadas y pagadas. Es muy extraño, sí, pero... lo lamento. No puedo hacer nada con el reembolso. Es política de la empresa.

—¿Me está diciendo que me he gastado tres meses de alquiler para compartir cabaña con un desconocido?

—Como gesto de buena voluntad, podemos ofrecerles una botella de champán de cortesía y…

—No quiero champán. Quiero que solucionen esto.

—Ojalá pudiera ayudarla más, pero…

Cuelgo, tiro el móvil contra la cama y me giro hacia Leo.

Sigue ahí. De pie junto a la puerta. Mirándome con esa calma que me pone de los nervios.

—Tienes que irte tú —digo.

Leo parpadea.

—No.

—No es una petición.

—Lo sé. Y sigo diciendo que no.

—Leo. En serio. Yo he venido aquí para estar SOLA. Para olvidarme del trabajo. Para olvidarme de TI.

—Lo entiendo.

—¿Ah, sí? ¿Lo entiendes? Porque no lo parece.

—Lo entiendo. Pero yo también he pagado por esta cabaña. Y yo también necesito estas vacaciones.

—Pues vete a otro sitio.

—No hay otro sitio. Ya has oído al recepcionista. Está todo lleno.

—Pues busca un hotel en otra isla.

—¿Y pierdo todo el dinero que he pagado?

Me cruzo de brazos.

—No es mi problema.

—Tampoco es el mío que tú quieras estar sola.

El calor me sube por el cuello.

—Eres un capullo.

—Soy práctico.

—Eres un cabezón.

—Puede ser. Pero no me voy.

Y ahí está. Esa tranquilidad. Esa odiosa tranquilidad con la que dice las cosas como si fueran hechos inamovibles, como si el universo tuviera que adaptarse a él, como si yo tuviera que adaptarme.

—No puedes quedarte —digo, y noto cómo se me tensa la mandíbula.

—Claro que puedo. Tengo una reserva confirmada.

—YO tengo una reserva confirmada.

—Los dos tenemos una reserva confirmada. Ese es el problema.

—El problema es que TÚ estás aquí.

—Y tú.

—¡HE LLEGADO PRIMERO!

—Técnicamente yo llegué ayer.

Respiro hondo. Muy hondo. Porque estoy a punto de gritarle, o de pegarle, o de cometer una locura que acabe conmigo arrestada en las Maldivas.

—Vale —digo, y mi voz sale demasiado controlada—. Seamos adultos. Uno de los dos tiene que irse. Y ese eres tú.

—¿Por qué yo?

—Porque YO lo necesito más.

—¿Y cómo sabes que yo no lo necesito igual?

—Porque tú nunca necesitas nada. Eres como una máquina que solo funciona y funciona y nunca se cansa.

Algo cruza por la cara de Leo. Algo que desaparece tan rápido que casi creo que lo he imaginado.

—Me canso —dice, y su voz sale más baja—. Solo que no lo ves.

—Pues da igual. Asunto resuelto. Me quedo yo.

Leo me mira durante un segundo.

Luego dice:

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no me voy. Hay espacio suficiente para los dos. Dos habitaciones. Podemos turnarnos para usar las zonas comunes. Cocina, terraza, salón. Establecer horarios. No tenemos ni que vernos si no quieres.

—No quiero establecer horarios. Quiero que te VAYAS.

—Pues no va a pasar.

—¡Eres imposible!

—Soy razonable.

—¡Eres un cabezón!

—Y tú una terca.

—¡Al menos yo tengo razón!

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu razón?

—¡Es MI cabaña!

—Es NUESTRA cabaña.

Y eso.

Eso me enciende como una cerilla.

A pesar de que una parte enorme de mí sabe que estoy siendo irracional.

Cruzo la habitación hacia él. Rápido. Furiosa.

Me planto delante suyo y tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara pero me da igual porque estoy tan cabreada que podría escupir fuego.

—No es NUESTRA nada. No hay un NOSOTROS. No hay un NUESTRO. Solo hay un TÚ que eres un cabezón y una YO que quiere que te largues.

Leo no retrocede. No se mueve. Solo me mira desde esa altura ridícula que tiene.

—¿Sabes cuál es tu problema, Grace?

—No tengo ningún problema. El problema eres TÚ.

—Tu problema es que no soportas no salirte con la tuya.

Se me corta la respiración.

—¿Perdona?

—Que estás acostumbrada a ganar. A tener razón. A que las cosas sean como tú dices. Y ahora que no puedes echarme te pone de los nervios.

—Puedo echarte. Estoy intentando echarte ahora mismo.

—Pero no puedes obligarme a irme. Y eso te vuelve loca.

Me tiemblan las manos. Toda yo tiemblo. De rabia, de pura y absoluta rabia.

—Eres un capullo arrogante.

—Soy honesto.

—Eres insoportable.

—Soy realista.

—¡Eres un cabezón que no sabe cuándo rendirse!

—¿Y tú sí?

Nos miramos. Nos fulminamos con la mirada. Y estamos demasiado cerca. Otra vez. Siempre acabamos demasiado cerca.

Puedo ver cómo se le tensa la mandíbula. Cómo le late el pulso en el cuello. Cómo su pecho sube y baja más rápido de lo normal.

Está enfadado. Leo Carter está enfadado. Y a mí se me enciende la sangre todavía más, porque nunca lo había visto así, nunca lo había visto perder la calma.

Y me gusta. Me gusta demasiado.

—No me voy a rendir —digo, y mi voz sale ronca—. Voy a conseguir que te arrepientas de haberte quedado. Voy a ser tu peor pesadilla durante dos semanas. Vas a desear haberte largado cuando tuviste la oportunidad.

Leo entrecierra los ojos.

—¿Es una amenaza?

—Es una promesa.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Bien. Hazlo. Intenta echarme. Intenta hacer que me vaya. —Se inclina hacia mí. Solo un centímetro—. Pero que sepas que no va a funcionar.

—Claro que va a funcionar.

—No va a funcionar porque yo también sé ser insoportable, Grace. Y si quieres guerra, tendrás guerra.

El aire entre nosotros cruje. Cruje de pura tensión. Y no sé si es rabia o si es otra cosa, pero toda yo está en llamas.

—Perfecto —digo—. Tendremos guerra entonces.

—Perfecto.

Nos miramos. Ninguno se mueve. Ninguno se aparta.

Y entonces pasa algo raro. Los ojos de Leo bajan. A mi boca. Solo un segundo. Pero lo veo.

Y mi cuerpo reacciona como si me hubiera tocado.

Se me dispara el pulso. Se me seca la boca. Y un calor me baja al vientre, a un punto que no debería despertarse con Leo delante mientras discutimos.

No.

No, no, no.

Para.

Pero no puedo parar.

Porque yo también estoy mirando su boca. Porque de repente soy muy consciente de lo cerca que está. De que si me moviera medio centímetro nuestros cuerpos se tocarían. De que huele a jabón y a algo masculino que me vuelve loca. De que quiero…

No. No quiero. No quiero nada que tenga que ver con Leo Carter.

Pero mi cuerpo es un traidor. Y está diciendo otra cosa.

Leo traga. Veo cómo se mueve su garganta.

—Grace… —Su voz sale más ronca.

Y entonces un golpe en la puerta nos hace saltar a los dos.

—¿Hola? ¿Señorita Davis? ¿Señor Carter? —Se escucha una voz desde fuera—. Servicio de habitaciones. Traemos el champán de cortesía.

Me aparto de Leo como si me hubieran quemado. Doy dos pasos atrás. Tres. Respiro.

¿Qué diablos acaba de pasar?

Otro golpe.

—¿Hola?

—¡Ya va! —grito.

Salgo de la habitación y cruzo el salón. Abro la puerta sin mirar atrás.

Un chico joven con uniforme del resort me sonríe. Sostiene una bandeja con una botella de champán y dos copas.

—Champán de cortesía. Con las disculpas de la dirección por el… inconveniente.

—Gracias —murmuro.

Cojo la bandeja. Cierro la puerta. Me giro. Leo sigue ahí, en el mismo sitio, mirándome.

—Grace.

—No —le corto—. No digas nada.

—Tenemos que hablar.

—He dicho que no.

Dejo la bandeja sobre la mesa con un golpe seco.

Me giro hacia él.

—Voy a dejarte algo muy claro, Leo. No sé qué acaba de pasar. Y no me importa. Porque no va a volver a suceder. ¿Entendido?

Leo no dice nada durante un segundo.

Luego:

—Entendido.

—Bien. —Respiro hondo—. Y ya que te niegas a irte como una persona normal, que sepas que voy a hacer todo lo posible por echarte. Voy a ser tan insoportable que vas a suplicar por volver a Nueva York.

—Ya lo has dicho.

—Pues lo repito. Esto es una guerra. Y yo siempre gano.

Leo me sostiene la mirada.

Y algo en su expresión cambia. No es su sonrisa de anuncio, no es esa tranquilidad insoportable. Es algo más oscuro. Más peligroso.

—Entonces que empiece la batalla del verano.

Se da la vuelta, camina hacia otra habitación y, antes de cerrar la puerta, dice sin mirarme:

—Buenas tardes, Grace.

Y desaparece.

Y yo me quedo ahí, de pie en medio del salón, con el corazón desbocado y la piel ardiendo. Con un pensamiento que no debería estar teniendo:

He estado a punto de besarlo.

Otra vez.

Y esta vez él también.

Lo he visto en sus ojos.

Lo he sentido en el aire.

Y si no hubieran llamado a la puerta…

No. No voy a pensar en eso. No voy a pensar en qué habría pasado. Porque no importa. No va a volver a pasar.

Me acerco a la mesa. Cojo la botella de champán. La abro sin usar las copas.

Me la bebo directamente. Un trago largo. Luego otro.

Porque si voy a sobrevivir dos semanas con Leo Carter sin matarlo o sin besarlo —lo que sea peor— voy a necesitar alcohol.

Y un plan. Un plan para hacerle la vida imposible: para que se arrepienta de haberse quedado, para que se largue de una vez y, sobre todo, sobre todo, para mantenerme lejos de él.

Aunque mi cuerpo siga ardiendo, aunque siga sintiendo su mirada sobre mi boca, aunque siga queriendo saber qué habría pasado si hubiéramos cerrado esa distancia.

Traidor.

Mi cuerpo es un traidor.

Bebo otro trago.

Y empiezo a pensar. En cómo conseguir que Leo Carter desee no haber venido nunca aquí. En cómo ganar esta guerra.

Porque voy a ganar. Siempre gano. Y Leo Carter va a descubrir que meterse conmigo ha sido el mayor error de su vida.

Sonrío.

Que empiece la batalla del verano.