La batalla del Verano (Romances de Verano 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

LEO

Cuatro meses después

Me despierto con Grace enredada a mi alrededor como una enredadera particularmente posesiva.

Tiene una pierna entre las mías, un brazo sobre mi pecho, y la cara enterrada en mi cuello.

Su pelo me hace cosquillas en la barbilla.

Su respiración es cálida contra mi piel.

Y el peso de su cuerpo sobre el mío es perfecto.

Llevamos cuatro meses viviendo juntos. Grace apareció una semana después de nuestra confesión con dos maletas y una caja llena de figuras de videojuegos diciendo «mi hermana ha encontrado novio y necesitan privacidad».

No mencionó que podría haberse quedado en su apartamento.

Solo apareció con sus cosas y esa sonrisa nerviosa que significa que está haciendo algo importante disfrazándolo de broma.

Le ayudé a subir las maletas sin decir nada. Le hice sitio en el armario. Y cuando me preguntó «¿estás seguro de esto?» le respondí «del todo».

Ha sido la mejor decisión de mi vida.

Grace se mueve contra mí. Hace ese sonido entre un gruñido y un suspiro que hace cuando está despertándose. Sus dedos se flexionan contra mi pecho.

—Buenos días —murmura sin abrir los ojos.

—Buenos días.

—¿Qué hora es?

—Las ocho y cuarto.

—Es demasiado temprano. —Se acurruca más—. Cinco minutos más.

Sonrío. «Cinco minutos más» en el vocabulario de Grace significa media hora mínimo.

—Tenemos reunión a las nueve y media.

—Mentira. Tú quieres revisar código. Yo quiero dormir.

—Ayer dijiste que querías revisar la integración.

—Ayer yo era idiota. Hoy soy sabia y sé que la cama es mejor que el código.

Me río. Grace levanta la cabeza para mirarme, con los ojos medio cerrados y el pelo todo revuelto.

—¿De qué te ríes?

—De ti.

—Grosero. —Me da un golpe suave en el pecho—. Por eso no te hago el desayuno.

—Tú nunca haces el desayuno.

—Exacto. Y ahora tienes confirmación de por qué.

La beso. Suave. Perezoso. Grace suspira contra mis labios.

Sus dedos suben por mi cuello, se hunden en mi pelo.

Y el beso se hace más profundo. Mis manos bajan por su espalda.

Encuentran el borde de mi camiseta que lleva puesta.

Porque Grace duerme con mi ropa y eso hace cosas a mi cerebro que no puedo explicar.

—Eh, tortolitos. —La voz de mi hermana atraviesa la puerta cerrada—. Hay café recién hecho. Y si vais a hacer ruidos raros, avisad para que me ponga los cascos.

Grace se separa de mí riendo.

—Tu hermana es lo peor.

—Lo sé.

—Pero también la quiero.

—Yo también. Aunque a veces me planteo echarla.

—Mentiroso. —Grace me besa otra vez. Rápido—. Anda. Vamos. Antes de que entre.

Nos levantamos. Nos vestimos. Salimos al salón donde mi hermana está en el sofá con su portátil, taza de café en mano, mirando algo en la pantalla con el ceño fruncido. Levanta la vista cuando entramos.

—Buenos días, parejita. Grace, tu pelo es un desastre.

—Buenos días a ti también —responde Grace yendo directa a la cocina a por café.

Mi hermana me mira con esa expresión que significa «cuándo vas a pedírselo». Le lanzo una mirada de «cállate». Ella sonríe. Porque sabe lo del anillo. Lo compré hace dos semanas. Está escondido en el cajón de mi mesita. Esperando el momento perfecto.

Grace vuelve con dos tazas de café. Me pasa una. Se sienta a mi lado en el sofá, con las piernas dobladas debajo de ella, robándome calor corporal como hace siempre.

—¿Qué tal el código? —le pregunto a mi hermana.

—Un desastre. Tengo un bug que no encuentro y me está volviendo loca.

—Enséñamelo —dice Grace inclinándose para ver la pantalla.

Y así es como pasamos la siguiente media hora.

Los tres mirando el código de mi hermana, sugiriendo soluciones, debatiendo sobre la mejor forma de resolver el problema.

Grace lo encuentra primero, como siempre.

Señala una línea que todos habíamos pasado por alto.

Mi hermana maldice. Grace sonríe victoriosa.

Y yo solo puedo mirarla pensando en lo brillante que es, joder.

—Eres una diosa —le dice mi hermana—. Leo, cásate con ella antes de que se dé cuenta de que puede hacerlo mejor.

Grace se ríe. Yo me atraganto con el café.

—Ignórala —consigo decir—. Dice tonterías.

—Siempre dice tonterías —concuerda Grace. Pero me está mirando con una expresión que no sé leer.

Mi hermana nos mira a los dos con esa sonrisa de «lo sabía» y vuelve a su portátil. Grace y yo terminamos el café. Nos preparamos para ir a la oficina. Ella coge su mochila. Yo cojo mi portátil. Y salimos juntos, como hacemos cada día.

La oficina es caos controlado, como siempre.

Grace es la lead developer de Eclipse. Yo soy su segundo al mando.

Trabajamos como un equipo. Ella toma decisiones.

Yo las apoyo. O las discuto cuando creo que está equivocada.

Y entonces tenemos debates técnicos que el resto del equipo observa como si fuéramos un espectáculo deportivo.

La reunión de la mañana termina. Grace y yo volvemos a nuestras mesas, que están una al lado de la otra. Abrimos los portátiles. Y durante las siguientes horas trabajamos en silencio, solo interrumpido cuando uno necesita la opinión del otro.

—¿Cómo resolverías esto? —pregunta Grace girando su pantalla hacia mí.

Miro el código. Proceso el problema. Sugiero una solución. Ella la considera. La mejora. La implementa. Funciona. Como siempre.

Porque Grace es brillante. Y trabajar con ella es el mayor privilegio de mi vida. Ver cómo piensa. Cómo resuelve problemas. Cómo convierte ideas en código elegante. Es como ver su cerebro trabajar. Y me enamoro de ella un poco más cada vez.

—¿Qué? —pregunta sin levantar la vista—. Puedo sentir que me miras.

—Estaba pensando en lo brillante que eres.

—Deja de ser raro.

—No es ser raro. Es un hecho.

—Es raro. —Pero está sonriendo—. Ahora cállate y ayúdame con esta integración.

Al final del día, cuando la oficina está casi vacía, Grace estira los brazos por encima de la cabeza.

—Estoy muerta.

—¿Vamos a casa?

—Sí. Y luego me vas a dar de comer y a hacerme cosas sucias.

—Puedo hacer eso.

—Lo sé. Por eso te quiero.

Sonrío. Recogemos nuestras cosas. Salimos juntos. Paramos un taxi. Grace se acurruca contra mi lado durante el trayecto, su cabeza en mi hombro, mi brazo alrededor de ella.

—¿En qué piensas? —pregunta.

—En que hace cuatro meses estaba convencido de que te había perdido.

—Técnicamente me habías perdido.

—Y ahora estás aquí.

—Técnicamente estoy en un taxi.

—Grace.

—Leo. —Me mira sonriendo—. Ya sé lo que vas a decir. Que soy lo mejor que te ha pasado. Que cada día es un regalo. ¿Me equivoco?

—No.

—Entonces déjame decirte algo yo. —Se incorpora para mirarme bien—. Tú también eres lo mejor que me ha pasado. Eres el primero que me ha tomado en serio. El primero que me ha visto de verdad. Y eso es todo, Leo.

Se me cierra la garganta. Porque Grace no hace confesiones emocionales en mitad de un taxi. Pero cuando lo hace, cuando baja esa armadura, es lo más valioso que tengo.

—Te quiero —digo.

—Lo sé. —Sonríe—. Yo también te quiero. Ahora vamos a casa.

Esa noche, después de cenar, después de que mi hermana se haya ido a dormir, Grace y yo estamos en el sofá. Ella con las piernas sobre mi regazo. Yo con una mano en su tobillo, dibujando círculos ausentes. La tele de fondo. Conversación ligera. Momento perfecto.

Y pienso en el anillo en mi mesita de noche.

En cómo he estado esperando el momento perfecto.

Pero miro a Grace ahora, con pasta todavía en la comisura de la boca, hablándome de un bug que no consigue resolver, y pienso que este es el momento perfecto.

No porque sea especial. Sino porque es nosotros.

Real. Cotidiano. Perfecto en su imperfección.

—Grace.

—¿Mmm?

—Tengo que preguntarte algo.

—Si es sobre el código de mañana, la respuesta es que sí, puedes revisarlo.

—No es sobre código.

Algo en mi voz hace que me mire. De verdad me mire. Con esos ojos verdes que me encantan.

—¿Qué pasa?

Me levanto. Voy a la habitación. Cojo el anillo del cajón. Vuelvo. Grace me está mirando con una expresión entre confusión y… ¿esperanza?

Me arrodillo delante del sofá. Abro la cajita. Y su cara. Joder. Su cara es todo.

—Leo… —Su voz sale rota.

—Grace. Eres lo más brillante que he visto en mi vida. Tu cerebro me vuelve loco. Tu forma de pensar me enciende. Tu código es poesía. Y tú eres la mujer más increíble del mundo. ¿Quieres casarte conmigo?

Grace me mira. Al anillo. A mí. De vuelta al anillo. Y entonces se ríe. Esa risa que significa que está abrumada pero feliz.

—Eres un friki —dice.

—Soy tu friki.

—Sí. —Se lanza del sofá a mis brazos. Casi nos caemos los dos—. Sí, demonios, sí. Sí quiero casarme contigo.

La beso. Profundo. Necesitado. Con todo lo que siento. Y cuando nos separamos, cuando le pongo el anillo en el dedo, cuando ella lo mira con esos ojos brillantes, sé que esto es todo lo que siempre quise y no sabía cómo pedir.

—Te quiero —susurro.

—Te quiero —responde. Y luego—. Pero si hackeaste el sistema de la joyería para conseguir este anillo, necesito saberlo.

Me río. Porque es tan Grace.

—No hackeé nada. Esta vez.

—Esta vez —repite—. Dios. Me voy a casar con un criminal informático.

—Solo hackeé un sistema una vez. Y fue por una buena causa.

—¿Yo soy una buena causa?

—La mejor causa del mundo.

Grace me besa otra vez. Y en algún sitio de la casa, escucho a mi hermana gritar «¡POR FIN!» y, casi seguro, llamar a alguien para cobrar una apuesta. Pero no me importa. Porque tengo a Grace. Tengo su sí. Tengo esto.

Y es todo lo que necesito.