La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LEO

La he cagado.

Otra vez.

Me quedo de pie en la sala de reuniones después de que Grace se haya ido. Robert se ha marchado hace un minuto. Me ha palmeado el hombro y me ha soltado un «descansa, Leo» como si descansar fuera posible cuando acabo de ver esa expresión en la cara de Grace.

Esa expresión que dice «lo sabía, sabía que eras un capullo». Me froto la cara.

No quería que pasara esto. No quería que Robert nos echara de la oficina.

No quería dos semanas de vacaciones obligatorias.

Y, sobre todo, sobre todo, no quería ver cómo Grace salía de esta sala como si yo acabara de confirmar todo lo que piensa de mí: que soy arrogante, que estoy en su contra, que disfruto provocándola.

Nada de eso es verdad. Bueno, lo de disfrutar quizás un poco sí, pero no de la forma que ella cree. Disfruto cuando me mira, cuando habla conmigo, cuando esos ojos verdes se clavan en los míos y me reta. Es lo único que tengo.

Pero esto… Esto ha ido demasiado lejos.

Salgo de la sala. Vuelvo a mi mesa. La oficina sigue en tensión. La gente habla en voz baja. Nos miran. A mí. Al sitio vacío donde debería estar Grace.

Marcus se acerca.

—Dura batalla, tío. —Me palmea el brazo.

No respondo. No sé qué decir. No ha sido una batalla. Ha sido un desastre.

Miro hacia la mesa de Grace. No está ahí. Su mochila sigue colgada del respaldo de la silla pero ella no está.

Necesito encontrarla. Necesito… no sé qué necesito. Disculparme. Explicarle. Decirle que no quería que esto pasara.

Aunque es probable que lo empeore. Siempre lo empeoro con ella. Pero tengo que intentarlo.

Me levanto. Cruzo la oficina. La gente me mira. Jake abre la boca como para decir algo y la cierra cuando ve mi cara.

Bien. No quiero hablar con nadie que no sea Grace.

Recorro el espacio. Reviso su zona. No está con su equipo. Sigo buscando. Voy hacia la cocina.

Escucho su voz antes de verla. Esa voz que reconocería en cualquier sitio, rápida y enfadada, con un punto de cansancio. Me acerco. Voy a entrar. Voy a decirle... algo. Lo que sea. Voy a intentar arreglar esto aunque no sepa cómo.

Pero entonces escucho mi nombre. Y me detengo.

—No puedo aguantar un solo día más cerca de Leo. Ya está. Lo he hecho. He reservado una cabaña en las Maldivas.

Se me para el corazón. Me quedo ahí, de pie junto a la puerta de la cocina, escondido como un cobarde. Debería entrar. Debería anunciar que estoy aquí. Pero no lo hago.

—¿En serio? —La voz de Priya suena sorprendida—. ¿Cuándo?

—Justo ahora. Hace cinco minutos. Dos semanas. Del catorce al veintiocho. Una cabaña sobre el agua en el Azure Waters Resort.

Azure Waters Resort.

Las Maldivas.

Del catorce al veintiocho.

Mi cerebro procesa la información sin que yo se lo pida. Como si fuera código. Datos almacenándose.

—¿Y es muy caro? —pregunta Priya.

—Carísimo. —Grace suelta una risa corta—. Me he gastado el equivalente a tres meses de alquiler. Pero me da igual. Lo necesito.

—¿Lo necesitas o necesitas alejarte de Leo Carter?

Se hace el silencio. Un silencio que dura demasiado. Se me tensa la mandíbula. Se me cierra el puño contra el marco de la puerta.

—Necesito las dos cosas —dice Grace al fin—. Necesito desconectar. Necesito aire. Necesito tumbarme al sol con un libro y no pensar en él durante dos semanas.

No pensar en él durante dos semanas.

No pensar en mí.

—Pues perfecto —dice Priya—. Vete. Descansa. Olvídate de todo esto. Y cuando vuelvas, machácalo.

Grace se ríe.

—Ese es el plan. Dos semanas de sol, playa y paz. Dos semanas sin ver a Leo Carter. Dos semanas para recordar quién soy cuando no estoy compitiendo con él.

Odio hacerle sentir así.

Recordar quién soy cuando no estoy compitiendo con él.

Como si yo fuera un obstáculo. Como si estar cerca de mí le hiciera olvidarse de sí misma. Como si yo fuera el problema.

Y quizás lo soy. Quizás Robert tiene razón. Quizás Grace necesita distancia. Quizás dos semanas sin verme sean justo lo que necesita para…

¿Para qué?

Para olvidarse de mí del todo. Para volver como si nada hubiera pasado. Para seguir viéndome solo como su rival.

—¡Grace! —La voz de Jake interrumpe desde algún sitio de la oficina—. ¡Ven! ¡Marcus está intentando demostrar que puede hacer un backflip y va a matarse!

—Demonios. —Grace suelta una carcajada—. Vamos. Esto tengo que verlo.

Escucho el sonido de sillas moviéndose. Pasos.

Me aparto de la puerta. Me meto en el hueco junto al armario de suministros para que no me vean.

Grace y Priya pasan por delante de mí.

Respiro aliviado cuando desaparecen por el pasillo.

Y yo me quedo ahí, con el corazón latiéndome demasiado rápido, con un pensamiento imposible creciendo en mi cabeza.

Vuelvo a mi mesa. Me siento. Abro mi portátil, pero no escribo nada. Solo me quedo mirando la pantalla en blanco. Procesando.

Grace se va a las Maldivas. A una cabaña sobre el agua. Durante dos semanas. Para alejarse de mí.

Y yo… Yo voy a quedarme aquí. Solo. Sin verla.

Sin hablar con ella. Sin esa tensión constante que me está matando pero que al menos significa que existo para ella.

Dos semanas en las que ella va a estar en el paraíso recordando quién es sin mí.

Y yo voy a estar aquí recordando que no soy nada para ella.

Cierro el portátil. Me froto la cara con las dos manos. Esto está mal. Todo esto está mal.

Llevo dos años enamorado de Grace Davis y lo único que he conseguido es que me odie. Que me vea como un obstáculo. Que necesite irse al otro lado del mundo para alejarse de mí.

Y no sé qué hacer con eso. No sé cómo arreglarlo. No sé cómo conseguir que me vea de otra forma. Pero sí sé una cosa.

No quiero pasar dos semanas sin ella. No quiero que se vaya pensando que soy el capullo arrogante que la saca de quicio. No quiero… No sé qué quiero.

Sí lo sé. Quiero estar cerca de ella. Quiero que me mire sin esa armadura de competitividad. Quiero hablar con ella sin cagarla. Quiero… Quiero a Grace Davis.

Y ella se va a las Maldivas para olvidarse de mí.

Me levanto. Cojo mi mochila. Necesito salir de aquí. Necesito pensar. Necesito procesar esto. Necesito hablar con alguien que no me diga que estoy loco.

Aunque puede que lo esté.

Salgo de la oficina sin mirar atrás.