CAPÍTULO 5
LEO
Mi hermana Penny levanta la vista cuando entro en casa.
—Llegas pronto —dice—. ¿Te han echado de la oficina? —bromea. No tiene ni idea de lo cerca que está de la verdad.
—Más o menos.
Dejo la mochila junto a la puerta y me quito las zapatillas de una patada. Cruzo el salón y me dejo caer en el sofá junto a ella con más fuerza de la necesaria. El cojín rebota.
Mi hermana deja de masticar. Me mira de reojo.
—Vale, me estás preocupando. ¿Qué te ha pasado?
—Robert nos ha mandado de vacaciones. Obligatorias. Dos semanas. A mí y a otro del equipo.
—¿Vacaciones obligatorias? ¿Eso existe?
—Por lo visto sí.
—¿Y por qué?
Me masajeo las sienes.
—Porque llevamos varios días convirtiendo la oficina en un campo de batalla.
Mi hermana arquea una ceja.
—¿Varios días? Leo, llevas meses raro. ¿Quién es el otro?
Me quedo callado un segundo demasiado largo.
—Grace —digo al fin.
—Ah. —Mi hermana asiente despacio—. Grace Davis. Tu compañera. La que programó ese sistema que no parabas de alabar hace seis meses.
—Sí.
—La que te tiene así desde hace… ¿cuánto? ¿Dos años?
—No me tiene de ninguna manera.
—Leo.
—Vale. Sí. Grace.
—Ay, Leo.
Se gira hacia mí en el sofá. Me mira con esa expresión que conozco demasiado bien. Esa que dice «voy a obligarte a hablar de tus sentimientos».
No quiero hablar de mis sentimientos.
Pero llevo dos años guardándomelos y no me ha funcionado demasiado bien.
—Cuéntame —dice.
Y le cuento.
Le explico lo de la reunión. Lo de la discusión sobre el problema técnico. Lo cerca que estuve de Grace. Tan cerca que podía oler su champú. Tan cerca que por un segundo pensé que iba a besarla o que ella iba a pegarme y no sabía cuál de las dos cosas prefería.
Le cuento que Robert nos vio. Que los echó a todos. Que luego nos quedamos solos y nos dijo que necesitábamos distancia.
—Y Grace estaba furiosa —digo—. Me miró como si fuera mi culpa. Como si yo hubiera provocado todo esto.
—¿Y no lo has hecho?
La miro.
Mi hermana me sostiene la mirada.
—Leo. Cariño. Llevas dos años provocándola. Discutiendo con ella. Corrigiéndole el código. Compitiendo por todo. ¿De verdad te sorprende que piense que disfrutas sacándola de quicio?
—No disfruto…
Me callo.
Porque sí que disfruto.
No de enfadarla. Sino de que me mire. De que hable conmigo. De existir para ella aunque sea como su rival.
—Joder —murmuro—. Soy patético.
—No eres patético. Estás enamorado. Que viene a ser lo mismo.
Hundo la cara en las manos.
—No sé cómo hablar con ella sin cagarla. Cada vez que lo intento, digo algo que suena arrogante cuando no quiero serlo. O me quedo callado demasiado tiempo. O la corrijo cuando no debería. Y entonces ella se enfada más y yo no sé qué hacer.
Penny me observa durante un segundo.
—¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Con las vacaciones?
—No lo sé.
—¿Vas a hablar con ella?
—Debería, supongo.
—¿Pero?
—Pero no sé cómo.
Mi hermana suspira. Se recuesta en el sofá.
—Es muy fácil, Leo. La llamas. O le escribes. Y le dices: Grace, me gustas. Quiero conocerte fuera del trabajo. ¿Podemos cenar cuando vuelvas?
Lo dice como si fuera tan simple. Como si pudiera hacer eso. Como si las palabras no se me atascaran en la garganta cada vez que la miro.
—No puedo hacer eso.
—Claro que puedes.
—No. No puedo. Porque si lo hago y ella dice que no, se acabó. Ya no tendré ni siquiera esto. Ni siquiera tenerla cerca como rival. Y prefiero eso a nada.
Mi hermana me mira con una mezcla de pena y exasperación.
—Leo…
—Ya lo sé. Lo sé. Es una mierda. Pero es lo que hay.
—Pues entonces no sé qué decirte.
Se levanta y va hacia la cocina.
Y yo me quedo ahí. Solo. Con un pensamiento dándome vueltas en la cabeza.
Grace se va a las Maldivas.
No se lo he dicho a mi hermana. No le he contado lo que he escuchado. Porque sé lo que me diría.
Que la deje ir. Que respete su espacio. Que si Grace necesita alejarse de mí, lo último que debería hacer es seguirla.
Y tiene razón. Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en ello. En Grace en las Maldivas. Sola. Durante dos semanas. En mí aquí. Solo. Durante dos semanas. En volver y que todo siga igual.
Mi hermana regresa de la cocina diez minutos después.
—Me voy a la cama —dice—. Mañana entro a trabajar temprano.
—Vale.
—Piénsalo, Leo. Lo de hablar con ella. Sé que te da miedo. Pero es mejor que seguir así.
Asiento.
Ella me besa en la frente y se va a la cama.
Y yo me quedo ahí sentado en el sofá, con una idea terrible creciendo en mi cabeza.
No debería hacerlo. Lo sé. Mi hermana tiene razón: debería llamar a Grace, invitarla a cenar, hacer las cosas bien.
Pero llevo dos años intentando hacer las cosas bien. Y no funciona. Quizás hacer las cosas mal sea la única opción que me queda.
Cojo el portátil.
Lo abro.
Escribo en Google: Azure Waters Resort Maldivas .
La web se carga y aparecen fotos del paraíso: cabañas sobre agua turquesa, arena blanca y palmeras.
Y Grace va a estar ahí. Sola. Durante dos semanas. A no ser que…
Entro en la página de reservas. Miro el código fuente. Encuentro el sistema de gestión.
No es difícil. La seguridad es decente pero no impenetrable. Me lleva menos de veinte minutos encontrar las vulnerabilidades. Menos de treinta acceder al sistema.
Y ahí están todas las reservas. Busco las fechas. Del 14 al 28 de julio. Y la encuentro.
Reserva confirmada.
Grace Davis.
Cabaña sobre el agua nº7.
14-28 de julio.
Me quedo mirando la pantalla. Esto es invasión de la privacidad. Esto está mal. Debería cerrar el portátil ahora mismo. Debería llamar a Grace mañana. Debería hacer lo que mi hermana me ha dicho.
Pero no lo hago.
Porque si cierro este portátil, Grace se va sola a las Maldivas y yo me quedo aquí. Y cuando vuelva, todo seguirá igual. Yo seguiré sin saber cómo hablarle. Ella seguirá viéndome como su rival. Y así pasarán otros dos años. Y otros dos. Hasta que uno de los dos se vaya o se canse o se rinda.
Y no quiero eso. No quiero rendirme con Grace Davis. Así que cometo una auténtica estupidez.
Navego hasta el panel de reservas. Creo una nueva.
Nombre: Leo Carter.
Cabaña: Nº7.
Fechas: Del 13 al 28 de julio.
Un día antes que Grace. Un día más de estancia. Para que cuando ella llegue el 14, yo ya esté ahí. Para que parezca que he llegado primero. Para que parezca un error del sistema. Una doble reserva accidental. Culpa del resort, no mía.
Manipulo el código para que permita el solapamiento. Obligo al sistema a aceptar ambas reservas como válidas. Como si fuera un fallo de programación. Como si nadie se hubiera dado cuenta.
Y entonces relleno mis datos.
Tecleo mi nombre, mi email, mi tarjeta de crédito.
Veo el precio. Una barbaridad. Menos mal que tengo mucho dinero.
Le doy a confirmar.
El sistema procesa.
Tres segundos. Cinco. Diez.
Y entonces:
Reserva confirmada.
Leo Carter.
Cabaña sobre el agua nº7.
Azure Waters Resort, Maldivas.
13-28 de julio.
Llega el email de confirmación. Lo abro. Lo leo. Es real.
Lo he hecho. De verdad lo he hecho. Voy a ir a las Maldivas. A la misma cabaña que Grace. Sin que ella lo sepa.
Apago el portátil. Me quedo mirando la pantalla negra. El corazón me late demasiado rápido. Las manos me tiemblan. Se me seca la boca.
Esto es una locura. Esto es acoso. Esto es la peor idea que he tenido en mi vida.
Grace va a matarme cuando me vea. Va a pensar que la he seguido. Que soy un psicópata. Que estoy obsesionado con ella.
Y no estará equivocada. Estoy obsesionado con Grace Davis. Llevo dos años obsesionado. Dos años mirándola de lejos, dos años sin saber cómo decirle que me gusta, dos años cagándola cada vez que intento acercarme.
Y ahora voy a pasar dos semanas con ella. En el paraíso. Sin escapatoria para ninguno de los dos.
Puede que sea la peor idea de mi vida. O puede que sea la única oportunidad que tengo.
Porque fuera de la oficina, sin la presión del trabajo, sin la competición en medio, sin todos mirando…
quizás sea diferente. O quizás pase dos semanas conmigo y confirme que soy justo lo que pensaba. Quizás esto sea el final definitivo.
Pero prefiero saberlo. Prefiero intentarlo y fracasar antes que no haberlo intentado nunca. Porque ya no puedo seguir así.
Nos vemos en el paraíso, Grace.
Que empiece la cuenta atrás.