La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

GRACE

Dos días.

Han pasado dos días desde nuestra pelea en el videojuego y la oficina sigue vibrando como si alguien hubiera conectado un cable de alta tensión al edificio entero.

No es mi culpa.

Bueno, vale. Quizás un poco sí.

Pero sobre todo es culpa de Leo Carter y de su cara de «no pasa nada» cuando es evidente que SÍ pasa algo.

Estoy en la sala de reuniones con ambos equipos, el mío y el suyo, revisando el último proyecto antes de que entre en fase de pruebas. Debería ser una reunión normal. Quince minutos, vemos el estado, nos vamos todos.

Pero nada es normal desde que empezó esta competición.

Jake está sentado a mi derecha con una hoja de cálculo abierta en su portátil que definitivamente no tiene nada que ver con trabajo.

Priya está a mi izquierda intentando disimular una sonrisa.

Marcus ni siquiera disimula: nos mira a Leo y a mí como si estuviéramos a punto de protagonizar un combate de lucha libre.

Y puede que tenga razón.

Porque Leo acaba de decir la cosa más estúpida que he oído en mi vida.

—Espera. —Levanto la mano—. ¿Me estás diciendo que tu solución es rehacer toda la estructura de conexión?

Leo me mira desde el otro lado de la mesa. Tranquilo. Calmado. Como siempre.

Como si no acabara de sugerir algo del todo absurdo.

—Es la forma más eficiente de resolver el problema —dice.

Su voz es neutra. Ni defensiva ni agresiva. Solo… informativa.

Y eso me pone de los nervios.

—Es la forma más complicada, querrás decir. —Me inclino hacia delante—. Mi solución es más simple. Más rápida. Y no requiere tirar tres semanas de trabajo a la basura.

—Tu solución es un parche.

Se me cierra el estómago.

—¿Perdona?

—Es un parche —repite Leo—. Funciona a corto plazo pero no soluciona el problema de raíz.

—Y la tuya es matar una mosca a cañonazos.

—La mía es eficiente.

—La mía también.

—La tuya es temporal.

—La tuya es innecesaria.

Nos miramos por encima de la mesa. El aire de la sala se espesa como si alguien hubiera subido la calefacción veinte grados de repente.

Nadie dice nada.

Jake se aclara la garganta.

—¿Sabéis qué? Creo que ambas soluciones tienen mérito…

—No —le corto—. Una es claramente mejor.

—La mía —dice Leo.

Y ahí está.

Esa odiosa seguridad que rezuma por cada poro de su piel.

Como si no hubiera ni un gramo de duda en su cabeza. Como si las matemáticas estuvieran de su lado y yo solo tuviera que aceptarlo y seguir adelante.

Pues no.

—¿Por qué? —pregunto—. Explícame por qué tu forma es mejor.

Leo ladea la cabeza. Me mira con una intensidad que me eriza la piel.

—Porque soluciona el problema de forma permanente.

—La mía también.

—La tuya lo oculta.

—La tuya lo complica.

—La tuya ignora el origen del fallo.

—¡La tuya tira tres semanas de trabajo!

Mi voz ha subido. No me había dado cuenta hasta que las palabras salen y rebotan contra las paredes de la sala.

Leo no se inmuta. Solo me sostiene la mirada.

Y no dice nada.

Nada.

Solo me mira con esos ojos marrones que no sé leer. Como si estuviera intentando descifrar algo. Como si yo fuera un problema que necesita resolver.

Y eso me pone más furiosa todavía.

—¿Vas a decir algo o solo me vas a mirar? —suelto.

Leo parpadea.

—Estoy esperando a que termines.

—He terminado.

—No lo parece.

—Pues lo he hecho.

—Vale.

—¿Vale? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Leo abre la boca. La cierra. Me mira un segundo más.

Y entonces reacciona.

Se levanta de su silla al otro lado de la mesa con ese movimiento lento que tiene. Ese que detiene a todo el mundo para mirarlo porque es imposible no hacerlo cuando mides casi dos metros y ocupas tanto espacio.

Y yo…

Yo también me levanto.

No sé por qué.

Bueno, sí lo sé. Porque quedarme sentada mientras él está de pie me hace sentir pequeña. Y no pienso darle esa ventaja.

Así que me pongo en pie y cruzo hacia su lado de la mesa.

No sé qué pretendo. Plantarme frente a él. Que me vea bien cuando le digo que está equivocado. Que entienda que no voy a dejar que me pase por encima.

Pero no calculo bien la distancia.

O él tampoco.

Porque de repente estamos a centímetros el uno del otro.

Tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.

Tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos marrones.

Tan cerca que noto el calor que desprende su cuerpo como una ola.

Se me olvida respirar.

Se me olvida lo que iba a decir.

Se me olvida que hay otras once personas en esta sala mirándonos como si fuéramos el mejor espectáculo del año.

Solo existe Leo.

Leo y esos ojos clavados en los míos.

Leo y esa mandíbula tensa.

Leo y ese pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal.

Huele a jabón. A algo limpio y masculino que me dispara el pulso.

No me muevo.

Él tampoco.

Estamos suspendidos en este momento imposible en el que no sé si voy a pegarle o besarlo o empujarlo contra la pared o…

—Se acabó.

La voz de Robert nos devuelve a la realidad de un tirón.

Me giro de inmediato. Leo da un paso atrás.

Robert está de pie en la puerta de la sala con los brazos cruzados y una expresión que no augura nada bueno.

—Creo que necesitáis un descanso —dice.

No lo dice como una sugerencia.

Lo dice como una orden.

—Grace. Leo. —Nos señala a los dos—. Os quedáis. El resto, fuera.

Hay un murmullo general. Jake cierra su portátil con cara de decepción. Priya me lanza una mirada de «suerte» mientras sale. Marcus le susurra algo a alguien que hace que se rían.

Y entonces estamos solos.

Los tres.

Robert, Leo y yo.

Sigo de pie junto a Leo. Demasiado cerca todavía. Doy un paso hacia un lado. Luego otro. Me apoyo contra la mesa e intento que no se note que el corazón me retumba en los oídos.

Robert cierra la puerta.

Se gira hacia nosotros.

Y suelta un suspiro largo y cansado.

—Mirad —dice—. Esto no puede seguir así.

—Solo estábamos discutiendo sobre una solución técnica —respondo.

Robert me lanza una mirada que dice claramente «no me tomes por idiota».

—Grace. Leo. —Nos mira a los dos—. Lleváis varios días convirtiendo esta oficina en un campo de batalla. Y no solo vosotros. Todo el equipo está en tensión constante.

—Eso no es…

—Hay apuestas —me interrumpe Robert—. Apuestas sobre quién va a ganar esta competición. Jake tiene una hoja de cálculo con probabilidades. Marcus está aceptando pagos por PayPal.

Me quedo callada.

Vale.

Quizás se nos ha ido un poco de las manos.

—Estáis compitiendo por todo —continúa Robert—. En el trabajo. En los videojuegos. El otro día casi os matáis por el último cruasán de la cocina.

Me viene a la cabeza la imagen de ayer a la mañana. Yo llegando a la cocina. Viendo el último cruasán en la bandeja. Alargando la mano. Y entonces la mano de Leo apareciendo desde el otro lado y cogiendo el cruasán medio segundo antes que yo.

La forma en que nos miramos.

La forma en que él sonrió.

La forma en que yo le dije «esto significa la guerra» y él respondió «ya estamos en guerra, Grace».

Vale.

Quizás Robert tiene razón.

—Solo es una competición —digo.

—No. —Robert niega con la cabeza—. Esto es una obsesión. Y está afectando a todo el equipo. Así que vais a hacer una cosa.

Me tenso.

No me gusta cómo suena eso.

—Os vais de vacaciones —dice Robert—. Los dos. Durante dos semanas. Ahora.

Se me para el corazón.

—¿Qué?

—Vacaciones. Obligatorias. —Robert nos señala—. Hoy.

—No necesito vacaciones —suelto de inmediato—. Estoy bien. Estoy concentrada. Estoy…

—Estás quemada —dice Robert.

Mierda.

Pensaba que nadie se había dado cuenta.

—Y tú. —Robert mira a Leo—. No estás mejor. Llegas antes que nadie y te vas después que nadie. Ayer tu hermana me llamó para preguntarme si te habías mudado aquí.

Leo no dice nada. Solo mira a Robert con una expresión neutra que no revela nada.

—Así que esto es lo que va a pasar. —Robert se cruza de brazos—. Os vais de vacaciones. Dos semanas. Ni correos, ni llamadas, ni trabajo remoto. Desconectáis del todo.

—Pero el proyecto…

—El proyecto puede esperar dos semanas —me interrumpe—. Cuando volváis, me entregáis vuestras soluciones y anuncio al ganador. Pero necesito que os vayáis ya porque si seguís así voy a tener que llamar a recursos humanos para gestionar una demanda por homicidio.

Me quedo mirándolo.

No puede estar hablando en serio.

Pero su cara dice que sí.

Que va en serio.

—Robert….

—No es una sugerencia, Grace. —Su voz es firme—. Es una orden. Cuando acabe el día, recogéis vuestras cosas y os vais. No quiero veros hasta dentro de dos semanas.

Aprieto los dientes.

Miro a Leo.

Él me está mirando a mí con esa expresión indescifrable que me pone de los nervios.

—¿Tú no vas a decir nada? —le pregunto.

Leo parpadea.

—¿Qué quieres que diga?

—No sé. Algo. Lo que sea. ¿También crees que necesitamos vacaciones?

Leo me mira un instante demasiado largo.

—Creo que Robert tiene razón —dice al fin.

Algo en su voz me hace daño.

No sé qué.

Pero me duele.

—Perfecto —suelto.

Me doy la vuelta y salgo de la sala sin mirar atrás.