CAPÍTULO 2
GRACE
Voy a matar a Leo Carter.
No es una metáfora. No es una exageración. Es un plan real que me estoy planteando en serio mientras mastico mi sándwich de atún como si fuera su cara.
—Estás masticando muy agresivamente —comenta Priya desde el otro lado de la mesa de la cocina de nuestra empresa—. ¿Quieres hablar de ello?
—Leo Carter es un presuntuoso —suelto con la boca llena—. Un presuntuoso engreído con su sonrisa de anuncio de pasta de dientes y su código perfecto y sus…
—¿Sus abdominales?
—¡No iba a decir eso!
Pero Dios. Sí iba a decir eso.
Priya se ríe y le da un sorbo a su café.
—Grace. Cariño. Todo el mundo en esta oficina puede ver las chispas que saltan entre vosotros dos. Es agotador. Es como ver dos imanes pelearse por no juntarse.
—No hay chispas.
—Hay un incendio.
—Ni de coña.
—Estás roja.
—Es por el atún picante.
—Has pedido el normal.
La miro con los ojos entrecerrados. Priya me sostiene la mirada con esa sonrisa de «sé que tengo razón» que me pone de los nervios.
—Vale —dice levantando las manos—. No hay chispas. Leo Carter te resulta del todo indiferente.
—Exacto.
—Por eso cada vez que entra en una sala tú sales.
—Eso no es verdad.
—Por eso cada vez que él habla tú le llevas la contraria.
—Porque siempre dice gilipolleces.
—Por eso anoche soñaste con él.
Me atraganto con el sándwich.
Priya se queda mirándome con las cejas levantadas mientras yo intento no morirme asfixiada en mitad de la cocina de Moonframe Studios.
—No… no he soñado… ¿quién te ha dicho eso?
—Tú. Hace cinco minutos. Cuando llegué y te pregunté qué tal habías dormido y me dijiste: «Fatal, porque mi subconsciente es un traidor que me pone a Leo Carter de rodillas en mis sueños».
Mierda.
Lo he dicho en voz alta.
—Era una pesadilla —me apresuro a aclarar.
—Ajá. ¿Y qué hacía Leo de rodillas en tu pesadilla?
No voy a contestar a eso.
No voy a recordar cómo en el sueño Leo estaba entre mis piernas, con esas manos enormes sujetándome los muslos, mirándome con esos ojos marrones que me persiguen, y diciéndome con esa voz grave que me pone la piel de gallina: Déjame probarte, Grace. Por favor.
No voy a recordar que me desperté empapada y furiosa y tuve que meterme en la ducha a las cuatro de la mañana.
No voy a darle esa satisfacción a Priya.
Ni a mi subconsciente traidor.
Ni a Leo Carter, que ni siquiera está presente y ya me está jodiendo el día.
—No quiero hablar de esto —digo al fin.
—Porque sabes que tengo razón.
—Porque tengo que concentrarme en ganar esa competición. Y Leo Carter es mi rival. Punto. Fin de la historia.
Priya abre la boca para contestar, pero un grito desde la sala de descanso la interrumpe.
Nos miramos.
Se oyen más gritos, risas, murmullos.
—¿Qué demonios está pasando? —Priya se levanta.
Yo la sigo.
Porque soy una cotilla. Y porque necesito dejar de pensar en sueños eróticos con hombres que odio.
Cruzamos el pasillo hacia la sala de descanso. Hay un grupo de gente apiñada alrededor del televisor gigante que tenemos conectado a una consola. La sala está abarrotada. Todo el equipo de desarrollo parece estar aquí.
—¿Qué pasa? —le pregunto a Jake, que está en la parte de atrás del grupo.
—Es Leo —dice señalando con la cabeza hacia delante—. Está a punto de batir tu récord.
Se me para el corazón.
—¿Qué?
Me abro paso entre la gente como un bulldozer. Empujo. Me disculpo a medias. Sigo empujando.
Y entonces veo a Leo.
Está sentado en la butaca frente al televisor, con un mando en esas manos enormes. Jugando.
Jugando a mi juego.
El juego en el que tengo el récord absoluto desde que entré en esta empresa hace cinco años.
Mi récord.
Mi orgullo.
Lo único en lo que soy, sin discusión, la mejor de toda la oficina.
Y él está a punto de quitármelo.
Miro la pantalla. Los números suben. La puntuación sigue creciendo.
Leo está concentrado. Ni siquiera parece estar sudando. Sus dedos se mueven sobre los botones con una precisión quirúrgica. Como si fuera fácil. Como si fuera un paseo por el parque.
Me entran ganas de asesinarlo.
Y entonces la pantalla explota en fuegos artificiales digitales.
NUEVO RÉCORD
LEO CARTER
La sala estalla en vítores.
Yo me quedo congelada.
No.
No, no, no.
Ese récord es mío.
Leo se recuesta en la butaca con una sonrisa satisfecha. Alguien le da una palmada en la espalda. Marcus le choca los cinco.
Y entonces me ve, me mira a los ojos y esa sonrisa se hace más grande.
Hijo de puta.
El calor me sube por el cuello como lava. Se me cierran los puños. Se me agarrotan los músculos.
—Eso no te lo vas a quedar —suelto.
Toda la sala se calla.
Leo ladea la cabeza. Sigue sonriendo.
—¿Perdón?
—Que eso no te lo vas a quedar. —Cruzo la sala hacia él—. Quita. Déjame sitio.
Leo parpadea. Por un momento parece sorprendido de verdad.
Bien.
Me planto delante de la butaca con la mano extendida esperando el mando.
Leo lo mira. Me mira a mí. Mira el mando otra vez.
—Grace…
—Dame. El. Mando.
Me lo entrega.
Pero no se mueve de la butaca.
Y la butaca es individual. No hay sitio para dos personas.
—¿Vas a quitarte? —pregunto.
—No.
—Leo.
—Grace.
Nos miramos un instante que se alarga demasiado.
Y entonces, porque soy idiota y competitiva y estoy demasiado cabreada para pensar con claridad, me siento a su lado.
O más bien, me meto en la butaca con él.
Es un desastre. Somos demasiado grandes. Bueno, él es demasiado grande. Yo soy normal. Pero juntos no cabemos.
Tengo que girarme de lado. Apoyarme contra el reposabrazos. Nuestras piernas quedan apretadas. Mi muslo contra el suyo. Mi cadera rozando la suya.
Y Leo es como una estufa.
El calor me golpea de inmediato. Calor que viene de su cuerpo. Calor que me recorre entera y se me instala en sitios donde no debería.
Huele bien.
Demasiado bien.
A algo limpio y masculino que me cortocircuita el cerebro un instante.
Para.
Para ahora mismo.
Concéntrate en el juego, Grace.
—¿Estás cómoda? —pregunta Leo.
Su voz suena rara. Más baja. Más ronca.
No lo miro.
—Perfectamente.
Mentira.
Soy muy consciente de cada centímetro de mi cuerpo que está tocando el suyo. De lo grande que es. De lo sólido que es contra mí. De cómo tengo que levantar el brazo para manejar el mando sin darle un codazo en las costillas.
Y él tampoco se mueve.
Está inmóvil. Ni siquiera respira.
Bueno, sí respira. Lo sé porque puedo sentir su pecho subir y bajar contra mi hombro.
Madre mía.
—Empiezo —anuncio.
Nadie dice nada. Todo el equipo nos está mirando.
Priya tiene una sonrisa enorme en la cara que prometo borrarle después.
Pulso el botón de inicio.
Pierdo la primera partida.
Pierdo por doscientos malditos puntos.
Doscientos puntos que me separan de recuperar mi récord.
Y la única razón por la que pierdo es porque no puedo concentrarme. Porque Leo sigue ahí. Quieto como una estatua. Caliente como el infierno. Y cada vez que me muevo me rozo contra él.
—Otra vez —digo.
—Grace…
—Otra. Vez.
Leo no discute. Solo me observa durante un segundo con esos ojos marrones que no sé leer.
Y entonces asiente.
Segunda partida.
Esta vez bloqueo todo lo demás.
Bloqueo el calor de su cuerpo.
Bloqueo su olor.
Bloqueo la consciencia de que su mano está apoyada en el reposabrazos a dos centímetros de mi muslo.
Me concentro en la pantalla. En los controles. En la música. En ganar.
Porque tengo que ganar.
Porque si no gano esto, ¿qué me queda?
La puntuación trepa sin parar. Mis dedos vuelan sobre los botones como si tuvieran vida propia.
Y entonces la pantalla vuelve a explotar en fuegos artificiales.
NUEVO RÉCORD
GRACE DAVIS
La sala estalla.
Mi equipo grita como si acabara de ganar el Mundial. Priya silba. Jake aplaude. Marcus grita algo sobre que soy una diosa.
Me levanto de un salto y casi tropiezo con mis propios pies al salir de la butaca, al alejarme de Leo como si me quemara.
Porque me está quemando.
Toda yo ardo.
Y no es solo por la victoria.
Me giro hacia él.
Leo sigue sentado. Mirándome. Con una expresión que no sé descifrar.
Le señalo con el dedo.
—Y también voy a ganar el puesto de directora de desarrollo.
Espero que se enfade. Que discuta. Que me lance uno de esos comentarios técnicos que me ponen de los nervios.
Pero no lo hace.
Sonríe.
Y no es su sonrisa de anuncio normal. No es esa sonrisa perfecta que le he visto mil veces y que odio.
Es algo distinto: más cálido, más genuino. Más… grande, como todo en él.
—Acepto cada desafío que me pongas —dice.
Su voz me recorre como una corriente eléctrica.
Y entonces se levanta y se planta delante de mí.
Y joder.
Es enorme.
Mide casi dos metros. Tiene que mirarme desde arriba. Y yo tengo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
Me siento pequeña.
Y odio sentirme pequeña.
Pero hay algo en la forma en que me mira. En la forma en que sus ojos se clavan en los míos y no se apartan. En la forma en que todo su cuerpo parece pendiente de mí.
Como si fuera lo único que existe en esta sala.
Se me seca la boca.
Se me acelera el pulso.
Y ese calor traicionero que había conseguido ignorar vuelve con fuerza. Bajo. Profundo. En un sitio que definitivamente no debería reaccionar a Leo Carter.
Basta.
Basta ya.
Me doy la vuelta.
Y me largo.
Salgo de la sala sin mirar atrás. Sin decir nada más. Sin darle la satisfacción de ver que me ha afectado.
Cruzo el pasillo, voy a mi mesa y me siento.
Y me quedo ahí, con el corazón latiéndome demasiado rápido y las manos temblándome, intentando recuperar el control.
Dios.
Odio a Leo Carter.
Odio su sonrisa. Odio su calor. Odio lo grande que es. Odio cómo me mira.
Pero sobre todo odio lo que despierta en mí.
Porque no es odio.
Y eso es lo que más me molesta.