La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Bueno, vale, sí me importa el puesto. Me encantaría dirigir Eclipse . Sería el proyecto de mis sueños.

Pero no es eso lo que me hace moverme.

Es ella.

Siempre es ella.

Me levanto.

Cruzo la sala.

Todos me miran. Soy difícil de ignorar cuando mides uno noventa y tres y ocupas más espacio del que te corresponde.

Grace se gira cuando me acerco.

Me mira.

Entrecierra los ojos.

Cojo el rotulador de su mano. Mis dedos rozan los suyos un segundo. Un segundo que se me hace eterno.

Y escribo mi nombre justo debajo del suyo:

LEO CARTER

Mi equipo estalla en aplausos también. Marcus grita algo que no entiendo. Jake me da una palmada en la espalda que casi me tira al suelo.

Pero yo solo tengo ojos para Grace.

Está a medio metro de mí. Tan cerca que puedo oler su champú. Algo dulce. Algo que me hace querer inclinarme y enterrar la cara en su pelo.

Me mira con esos ojos verdes que me persiguen.

Y sonríe.

No es una sonrisa amistosa.

Es una sonrisa de desafío .

—Esto va a ser divertido —dice.

Su voz me recorre como una descarga eléctrica.

—Sí —consigo responder—. Va a serlo.

Robert carraspea.

—¿Alguien más?

Silencio.

Todos nos miran a Grace y a mí.

Nadie se mueve.

—Bueno. —Robert se encoge de hombros—. Tenéis hasta las ocho para cambiar de opinión. A las ocho de la tarde, cierro la inscripción y envío el reto.

La reunión se disuelve. La gente vuelve a sus mesas. Hay murmullos, conversaciones en voz baja, miradas en nuestra dirección.

Pero yo no me muevo.

Y Grace tampoco.

Nos quedamos ahí, delante de la pizarra, mirando nuestros nombres escritos uno debajo del otro.

GRACE DAVIS

LEO CARTER

Me gusta cómo se ven juntos.

Me gusta demasiado.

No consigo concentrarme el resto del día.

Intento trabajar. Intento revisar código, contestar correos, atender a mi equipo.

Pero no puedo dejar de pensar en Grace.

En la competición.

En el hecho de que vamos a pasar un mes entero compitiendo.

Un mes entero en el que ella tendrá que pensar en mí. Hablar conmigo. Estar pendiente de lo que hago.

Es más de lo que he tenido en dos años.

Llevo dos años enamorado de Grace Davis.

Dos años observándola de lejos como un acosador.

Dos años intentando encontrar la forma de acercarme a ella sin cagarla.

Y fracasando.

Cada vez que intento hablar con ella de algo que no sea trabajo, se me traba la lengua. Digo algo que suena arrogante cuando no pretendía serlo. O literal cuando debería haber sido sutil. O la corrijo cuando no debería haberlo hecho.

Y ella se enfada.

Siempre acaba enfadada conmigo.

Es lo único que logro arrancarle.

Competitividad. Rabia. Esa chispa en los ojos que me dice que quiere demostrarme que estoy equivocado.

Y yo…

Yo lo acepto.

Porque es lo único que tengo.

Es la única forma en la que me mira. La única forma en la que me habla. La única forma en la que existo para ella.

Así que compito. La reto. La provoco sin querer.

Porque al menos así me ve.

Al menos así soy algo más que un compañero de trabajo invisible.

Pero la verdad, la verdad que no puedo decirle nunca, es que Grace Davis es la mujer más increíble que he conocido en mi vida.

Es brillante. Más inteligente que yo, y eso es decir mucho porque no soy modesto con mi inteligencia.

Es graciosa. Tiene ese humor rápido y afilado que hace que todo el mundo a su alrededor se ría. Hace que el trabajo sea divertido incluso cuando las cosas van mal.

Es preciosa. Jodidamente preciosa. Con ese pelo rojo imposible y esas pecas que le salpican la nariz y esa boca que no puedo dejar de mirar cuando habla.

Y me vuelve loco.

Cada día.

Cada hora.

Cada maldito segundo que paso cerca de ella.

Necesito más.

Necesito que me mire de otra forma. Que me hable sin esa armadura de competitividad. Que me sonría como le sonríe a su equipo.

Necesito besarla.

Tocarla.

Saber qué se siente al tenerla cerca sin ese muro entre nosotros.

Pero no sé cómo.

No sé cómo acercarme a alguien así. No sé cómo coquetear. No sé cómo hacer que una mujer se interese en mí de esa forma.

Nunca lo he sabido.

Y con Grace, con Grace es todo peor.

Porque me importa demasiado.

Porque cagarla con ella no sería simplemente incómodo.

Sería devastador.

Así que me quedo donde estoy.

A distancia.

Mirándola.

Deseándola.

Y compitiendo con ella porque es lo único que sé hacer.

A las ocho menos diez estoy delante de la pizarra.

La oficina está casi vacía. La mayoría del equipo se ha ido ya. Solo quedan los noctámbulos y los que, como yo, están esperando.

Miro la pizarra.

GRACE DAVIS

LEO CARTER

Nadie más se ha apuntado.

Solo están nuestros dos nombres.

Uno debajo del otro.

Como si estuviéramos juntos.

Como si fuéramos un equipo.

La idea me hace algo raro en el pecho.

—Vaya, vaya.

Me giro.

Grace está detrás de mí. No sé cuánto tiempo lleva ahí. No la he oído acercarse.

Lleva su mochila colgada al hombro. Ya se ha soltado el pelo. Le cae por la espalda en ondas despeinadas.

Está preciosa.

Siempre está preciosa.

Se coloca a mi lado mirando la pizarra.

Estamos tan cerca que nuestros brazos casi se tocan.

Puedo oler su champú otra vez. Algo dulce y afrutado que me hace querer inclinarme hacia ella.

No lo hago, claro.

—Nadie más se ha apuntado —comento.

Es una obviedad. Pero no sé qué otra cosa decir.

—Ya. —Grace ladea la cabeza—. Supongo que el resto del equipo es más listo que nosotros.

—O menos ambicioso.

—O menos idiota.

Me río. No puedo evitarlo.

Grace me mira de reojo. Hay sorpresa en su expresión. Como si no esperara que me riera.

—Parece que la competición va a ser entre nosotros, Grace —digo.

Y en cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento.

Nosotros.

He dicho nosotros .

Como si fuéramos algo.

Como si hubiera un nosotros .

Se me eriza toda la piel.

Grace no dice nada durante un segundo. Me mira. Esos ojos verdes se clavan en los míos.

Y entonces sonríe.

Con esa maldita sonrisa que me hace cosas.

—Que gane el mejor —dice.

Su voz suena a reto y a promesa a la vez, y se me asienta en la boca del estómago.

Trago saliva.

—Que gane el mejor —repito.

Grace inclina la cabeza. La sonrisa se le hace más grande.

—O sea, yo.

Y se da la vuelta.

Y se va.

Así.

Sin más.

Cruza la oficina con ese andar seguro que tiene. Con esos pantalones cortos que deberían estar prohibidos. Con ese pelo rojo balanceándose con cada paso.

Me quedo mirándola hasta que desaparece por la puerta.

Me quedo ahí, delante de la pizarra, con el corazón latiéndome demasiado rápido y la boca seca.

Me muerdo el labio.

Grace Davis es jodidamente irresistible.

Y voy a pasar un mes entero compitiendo con ella.

No sé si voy a sobrevivir.

Pero joder.

Qué forma de morir.