La batalla del Verano (Romances de Verano 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

LEO

Varios días antes…

Llego a la oficina a las ocho y diez de la mañana.

Como siempre.

No porque tenga mucho trabajo pendiente ni porque sea de esos que viven aquí. Vengo a esta hora exacta porque Grace siempre llega a las ocho y media, y quiero estar en mi sitio cuando ella entre.

Me gusta verla llegar.

Me gusta cómo cruza la oficina, cómo saluda a su equipo, cómo deja caer su mochila en la silla como si acabara de conquistar el mundo.

Me gusta que, a veces, cuando se gira, me mira.

Y durante ese instante en que nuestras miradas se cruzan, existo para ella de una forma que no consigo el resto del día.

Así que sí. Llego temprano.

Todos los días.

Y si eso me convierte en algo, que sea en alguien que sabe lo que quiere.

Lo que pasa es que no tengo ni idea de cómo conseguirlo.

Dejo la mochila en mi mesa y me preparo un café en la cocina. La oficina de Moonframe Studios está casi vacía a esta hora. Solo están los del turno de noche terminando, y un par de diseñadores que no duermen nunca.

Me gusta la oficina por la mañana. Está en silencio. Las luces son tenues. Todavía no se oyen las conversaciones, las risas, el ruido de fondo constante que aparece cuando el equipo al completo está trabajando.

Moonframe no es como las oficinas tradicionales.

Aquí no hay cubículos grises ni fluorescentes que te matan el alma.

Es un espacio abierto con mesas de madera clara, sillones de colores, una mesa de ping-pong en medio que nadie usa para trabajar, una zona de videojuegos con consolas y pantallas gigantes, y una pared entera de ventanales que dan a Manhattan.

Es el tipo de oficina que sale en las revistas cuando hablan de startups exitosas.

Un sitio donde trabajar no parece trabajar.

Aunque para mí, el noventa por ciento del atractivo de este lugar tiene nombre y apellido: Grace Davis.

Vuelvo a mi mesa con el café humeante y enciendo el ordenador. Tengo correos sin leer, notificaciones de Slack, tareas pendientes. Debería ponerme a trabajar.

Pero no lo hago.

Me quedo mirando la puerta.

Esperando.

Como un idiota.

A las ocho y veinte empieza a llegar el resto del equipo. Primero los madrugadores: Jake, Priya, Marcus. Luego los normales: todo el equipo de diseño, los de sonido, los de QA. A las ocho y media la oficina ya está llena de vida.

Y entonces entra ella.

Grace Davis.

Y toda mi atención se concentra en ella y me olvido del resto.

Me sucede cada día. Cada. Maldito. Día.

Entra por la puerta con esa energía que solo ella tiene.

Como si trajera el sol pegado a la piel.

Lleva el pelo pelirrojo recogido en un moño desastroso sujeto con un bolígrafo (su peinado por defecto) y una camiseta negra ajustada con el logo de Mass Effect que se le pega al cuerpo y me pone de los nervios.

Pero lo que me mata, lo que me tensa el cuerpo entero, son los pantalones.

Esos malditos pantalones cortos vaqueros.

Los conozco bien. Demasiado bien. Son sus favoritos. Los lleva al menos dos veces por semana cuando hace calor, y cada vez que lo hace tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no quedarme mirando como un adolescente.

Le quedan como si los hubieran sacado de mis fantasías más húmedas.

Le llegan a medio muslo. No son obscenos. No enseñan nada inapropiado. Pero dejan a la vista sus piernas, largas y pálidas, con esa piel de pelirroja que parece brillar bajo las luces de la oficina, y cuando camina, cuando se mueve, el tejido se le ajusta al trasero de una forma que…

Aparto la vista.

Respiro hondo.

Intento centrarme.

No funciona.

Porque Grace está cruzando la oficina hacia su zona de trabajo, y yo no puedo dejar de mirarla.

La forma en que se mueve. La forma en que saluda a su equipo con esa sonrisa enorme que nunca me dedica a mí.

La forma en que deja su mochila en la silla y se estira, levantando los brazos por encima de la cabeza, y la camiseta se le sube un par de centímetros y deja a la vista una franja de piel de la cintura.

Se me seca la boca.

Se me tensa hasta el último músculo.

Y siento esa oleada familiar de calor que me recorre cada vez que la veo.

La primera vez que me pasó, hace ya casi dos años, me pilló desprevenido.

Nunca me había sentido atraído por nadie. Nunca. Había asumido que simplemente no funcionaba así. Que mi cerebro estaba cableado de forma diferente en ese aspecto también.

Y entonces conocí a Grace.

Y mi cuerpo decidió que ya era hora de ponerse al día con el resto de la humanidad.

Fue raro al principio. Desconcertante. No entendía por qué de repente me costaba concentrarme cuando ella estaba cerca. Por qué se me aceleraba el pulso cuando la oía reír. Por qué notaba esa tensión incómoda en la entrepierna cada vez que la miraba.

Me llevó un tiempo darme cuenta de lo que era.

Y cuando lo hice, cuando por fin identifiqué esa sensación como atracción sexual, pensé: Ah. Vale. Así que esto es lo que siente todo el mundo.

Ahora ya es normal.

Tan normal como respirar.

En cuanto Grace entra por esa puerta, mi cuerpo reacciona. Siempre. Se me acelera el corazón. Se me calienta la piel. Y sí, se me pone dura.

Cada bendita mañana.

Es inconveniente.

Es incómodo.

Y probablemente es la razón por la que soy tan increíblemente idiota cuando intento hablar con ella.

Es difícil mantener una conversación coherente cuando toda tu sangre ha decidido abandonar tu cerebro y trasladarse dos metros más abajo.

Grace enciende su ordenador y se gira.

Y me mira.

Directamente.

Como si hubiera sabido todo el tiempo que la estaba mirando.

Se me para el corazón.

Entrecierra los ojos. Esos ojos verdes que se me aparecen incluso cuando duermo. Y hay algo en su mirada. Algo que siempre está ahí cuando me mira.

Un reto.

Como si cada vez que nuestras miradas se cruzan estuviera diciéndome: Atrévete.

No sé a qué.

Pero quiero averiguarlo.

Quiero cruzar esta oficina. Quiero acorralarla contra su mesa. Quiero borrar esa expresión de desafío de su cara y reemplazarla con algo muy distinto.

Quiero besarla hasta que se le olvide cómo se llama.

Quiero…

—¡Reunión en diez minutos!

La voz de Robert, nuestro director, rompe el momento como un jarro de agua fría.

Grace aparta la mirada.

Yo suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Robert está de pie junto a la puerta de la sala de reuniones, con su barba hipster perfectamente recortada y su eterno polo de la empresa. Nos mira a todos con una sonrisa enorme.

—Venid todos a la sala de conferencias. Tengo noticias.

Un murmullo recorre la oficina.

Noticias.

Todo el mundo sabe qué significa eso.

Lleva semanas corriendo el rumor. El nuevo proyecto. El más grande que Moonframe ha hecho hasta ahora. Un juego que lleva dos años en fase de concepto y que por fin va a entrar en desarrollo.

Y alguien tiene que dirigirlo.

Miro a Grace.

Ella me está mirando a mí.

Y sé, con absoluta certeza, que está pensando exactamente lo mismo que yo.

Es el momento.

La sala de conferencias está abarrotada.

Todo el equipo de desarrollo está aquí. Los diseñadores. Los programadores. Los artistas. Los de sonido. Los de QA. Incluso los becarios.

Yo estoy de pie junto a la pared del fondo. Grace está al otro lado de la sala con su equipo.

Intento no mirarla.

Fracaso miserablemente.

Tiene las manos metidas en los bolsillos de esos malditos pantalones cortos y está hablando con Priya, una de sus programadoras. Sonríe. Se ríe de algo que Priya ha dicho.

Tiene la risa más bonita que he oído en mi vida.

Y nunca se ríe así conmigo.

Conmigo solo compite. Discute. Se enfada.

Es lo único que consigo sacarle.

—Bueno, bueno, bueno. —Robert se coloca delante de la pizarra blanca con un rotulador en la mano—. Sé que lleváis semanas especulando, así que voy a ir directo al grano.

Silencio absoluto.

—Como sabéis, vamos a empezar el desarrollo de Eclipse . —Escribe el nombre en la pizarra con letras grandes—. Es el proyecto más ambicioso que hemos hecho nunca. Triple A. Presupuesto enorme. Expectativas altísimas.

Todos asienten. Lo sabemos. Eclipse es el juego que va a poner a Moonframe en el mapa de verdad.

—Necesitamos a alguien que lo dirija. Alguien brillante. Alguien que pueda coordinar a todos los equipos, tomar decisiones rápidas, resolver problemas complejos. —Robert nos mira a todos—. Y he decidido que la mejor forma de elegir a esa persona es… una competición.

Un murmullo sorprendido recorre la sala.

¿Una competición?

—Funciona así. —Robert golpea la pizarra con el rotulador—. Quien quiera optar al puesto puede apuntarse aquí hasta las ocho de esta tarde. A las ocho en punto, enviaré por correo un proyecto. Un reto. Algo complejo que requiere pensar fuera de la caja.

Se pasea por delante de la pizarra como si fuera un presentador de televisión.

—Tenéis un mes para resolverlo. El que presente la mejor solución, gana. Gana el puesto. Gana dirigir Eclipse . Gana un aumento de sueldo considerable y su nombre en los créditos como director de desarrollo.

Se hace el silencio.

Es… inusual.

Moonframe nunca ha hecho algo así.

Normalmente Robert simplemente elige a alguien y ya está.

Pero esto…

Esto es diferente.

—Vamos, ¿quién quiere apuntarse? —nos reta Robert con picardía.

Miro a Grace.

Ella está mirando la pizarra con una intensidad que podría derretir el cristal.

Y entonces se mueve.

Se levanta de donde estaba apoyada. Cruza la sala con esas piernas largas y ese andar decidido que aparta a todo el mundo. Coge el rotulador de la mano de Robert.

Y escribe en la pizarra con letras grandes y claras:

GRACE DAVIS

Su equipo estalla en aplausos.

Priya silba. Jake grita: «¡Esa es mi jefa!». Marcus golpea la mesa como si estuviera en un concierto.

Grace se gira hacia todos con una sonrisa enorme. Les hace una pequeña reverencia.

Y yo…

Yo no puedo apartar los ojos de ella.

Está radiante.

Está preciosa.

Está del todo fuera de mi alcance.

Y entonces mi cerebro me susurra una idea.

Apúntate.

Compite con ella.

Es la única forma de que te mire. De que te hable. De que esté pendiente de ti.

No es por el puesto.