La batalla del Verano (Romances de Verano 2) PRÓLOGO
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La batalla del Verano (Romances de Verano 2)

La batalla del Verano (Romances de Verano 2)

Por Lucy Summers

© inepub.com

PRÓLOGO

GRACE

Si alguien me hubiera dicho hace una semana que iba a gastarme el equivalente a tres meses de alquiler en una cabaña sobre el agua en las Maldivas, le habría dicho que estaba loco.

Pero aquí estoy.

De pie en el porche de madera que da al océano Índico, con una maleta en cada mano y la mandíbula por los suelos.

Porque este lugar no parece real.

La cabaña es preciosa. Toda de madera clara con ventanales del suelo al techo que dan al agua turquesa, una cama que parece sacada de un anuncio de colchones carísimos, y una escalera privada que baja al mar.

En el porche hay hamacas colgadas y tumbonas con cojines blancos, y una ducha exterior rodeada de plantas tropicales.

Es el paraíso.

Y me lo he ganado.

Llevo cinco años trabajando como una posesa en Moonframe. Cinco años programando hasta las tantas, corrigiendo código ajeno, arreglando desastres de última hora. Cinco años siendo la graciosa del equipo, la friki, la que siempre está disponible porque no tiene vida fuera del trabajo.

Y ahora estoy a un paso de dirigir el desarrollo del próximo juego del estudio.

Solo tengo que ganar a Leo Carter.

No pienso en él. Es mi regla para estas vacaciones. Dos semanas sin pensar en ese hombre insoportable con su sonrisa perfecta y su código impecable y esa forma que tiene de mirarme como si me estuviera analizando.

No.

No voy a pensar en él.

Para eso he venido aquí.

Entro en la cabaña. Dejo las maletas junto a la cama. Saco mi portátil para cargarlo y me tiro encima del colchón sin quitarme ni los zapatos.

Y me quedo dormida casi sin darme cuenta.

Necesito un descanso.

Me despierta un ruido.

Un golpe sordo que viene de algún sitio de la cabaña.

Abro los ojos. La luz que entra por los ventanales es anaranjada, más suave que cuando llegué. He dormido horas. Ni idea de cuántas.

Otro golpe.

Me incorporo como un resorte.

¿Qué demonios?

Escucho pasos. Alguien se está moviendo por la cabaña como si fuera su casa.

El corazón me da un vuelco.

Hay un intruso en mi cabaña.

En las Maldivas.

¿Quién roba en las Maldivas?

Me levanto despacio. Sin hacer ruido. Busco con la mirada algo que pueda usar como arma y lo único que encuentro es mi portátil sobre la mesita.

Perfecto.

Desenchufo el portátil y lo cojo con las dos manos. Es un Lenovo de diecisiete pulgadas que pesa como un ladrillo. Si tengo que estamparle esto a alguien en la cabeza, lo haré.

Avanzo hacia la puerta. El corazón me late tan fuerte que casi no oigo los pasos que vienen hacia mí.

La puerta se abre.

Y entonces lo veo.

No veo una cara.

Veo un pecho.

Un pecho masculino, desnudo, cubierto de una fina capa de sudor que lo hace brillar bajo la luz anaranjada del atardecer. Tiene los pectorales marcados, los abdominales como esculpidos en piedra y un torso en forma de uve que baja hasta…

Madre mía.

Es el pecho más espectacular que he visto en mi vida.

Ni siquiera sabía que los pectorales podían ser así fuera de los videojuegos. Ni que los abdominales pudieran ser tan… grandes.

Para.

Céntrate.

Este tío está entrando en tu cabaña.

Pero una parte de mí, una parte muy traidora, está pensando que quizá no es tan malo que te atraque un buenorro.

Y entonces, sin querer, sin poder evitarlo, digo en voz alta:

—¿Eres un stripper?

Porque es la única explicación lógica. Emery. Mi hermana debe de haberme contratado un stripper porque sabe que estoy estresada y que necesito desconectar y que llevo más tiempo sin sexo del que puedo recordar.

Escucho una risa.

Una risa baja, profunda, que hace que se me erice todo el vello del cuerpo.

Porque es una risa que conozco.

No.

No, no, no.

Se me tensa todo el cuerpo de golpe. El estómago se me cierra como un puño. Porque esa risa…

Esa risa la escucho todos los días.

En mis pesadillas.

En la oficina cuando algo le hace gracia y el resto del equipo se ríe con él.

En mi cabeza cuando estoy trabajando a las tres de la madrugada y me acuerdo de algún comentario suyo.

Es la risa de Leo Carter.

Elevo la mirada despacio.

Muy despacio.

Subo por ese pecho de infarto, por el cuello, por la mandíbula marcada, por los labios que están sonriendo, por la nariz recta, hasta llegar a los ojos.

Ojos marrones. Cálidos. Divertidos.

Los ojos de Leo Carter.

Y entonces empiezo a gritar.

—¡¿QUÉ COÑO HACES EN MI CASA?!

Leo parpadea. La sonrisa no se le borra de la cara.

—Hola, Grace.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?! ¡¿Y POR QUÉ ESTÁS DESNUDO?!

—No estoy desnudo. —Leo baja la vista hacia sí mismo como si necesitara comprobarlo—. Llevo pantalón corto.

—¡Llevas el torso desnudo!

—Vengo de correr. Hace calor.

—¡ESO NO EXPLICA QUÉ HACES EN MI CASA!

Leo me mira durante un segundo. Luego dice, con esa calma que me pone de los nervios:

—Tú eres la que estás en mi casa.

Me quedo helada.

—¿Qué?

—Esta es mi casa. La he alquilado.

—No. —Niego con la cabeza—. No, no, no. Esta es MI casa. YO la he alquilado.

—Imposible. Yo la he reservado hace tres días.

—Yo también.

Nos miramos un instante mientras intento asimilar lo que está pasando.

—¿Me estás vacilando? —pregunto al fin.

—No te estoy vacilando.

—Sí me estás vacilando. Esto es una broma. Has descubierto dónde iba a pasar las vacaciones y has venido hasta aquí para fastidiarme.

—Grace. —Leo se pasa una mano por la cara y es entonces cuando me doy cuenta de que está empapado de sudor—. No tengo ni idea de qué estás haciendo aquí. Pero yo he alquilado esta cabaña desde ayer hasta dentro de dos semanas.

—Desde ayer…

—Sí.

Esta broma se le está yendo de las manos. Me entran ganas de estamparle el portátil en esa cara perfecta.

—Enséñame la reserva —digo.

—¿Qué?

—La reserva. Enséñamela. Ahora.

Leo me observa un momento. Luego asiente y se marcha.

Vuelve treinta segundos después con su móvil en la mano. Me lo tiende sin decir nada.

Miro la pantalla.

Reserva confirmada. Cabaña sobre el agua nº7. Del 13 de julio al 28 de julio.

Se me hiela la sangre.

Abro mi portátil con manos temblorosas. Busco mi confirmación. La abro.

Reserva confirmada. Cabaña sobre el agua nº7. Del 14 de julio al 28 de julio.

No, no, no.

—No puede ser —susurro.

—¿Qué pasa?

Le enseño mi portátil. Leo mira la pantalla. Luego me mira a mí.

Y dice, con esa voz tranquila que me está volviendo loca:

—Han reservado la misma cabaña dos veces.

—Eso es imposible.

—Evidentemente no.

—Tiene que haber un error.

—Quizás. Pero está hecho.

Nos quedamos ahí de pie, mirándonos, con los dos dispositivos entre nosotros mostrando la misma reserva.

La misma cabaña, las mismas fechas. Dos semanas atrapada con Leo Carter sobre el agua, en mitad del océano y sin escapatoria posible.

Nos miramos.

Y de repente soy demasiado consciente de que sigue sin camiseta, de que está a menos de un metro de mí y de que puedo ver cada línea de sus abdominales. El sudor le hace brillar la piel de un modo casi obsceno. Huele a sal y a algo más masculino que me acelera el pulso.

Para.

Para ahora mismo.

—Vale —digo, y mi voz sale demasiado aguda—. Voy a llamar al resort. Y voy a solucionar esto. Y tú te vas a poner una camiseta porque esto es… esto es inapropiado.

Leo baja la vista hacia su pecho. Luego me mira.

—¿Te incomoda?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque… porque… —Me callo. Respiro hondo—. Porque sí, Leo. Ponte una maldita camiseta.

No dice nada. Solo me sostiene la mirada durante un segundo que dura demasiado.

Y entonces sonríe.

No es su sonrisa normal. No es la sonrisa de anuncio de dentífrico que le he visto mil veces en la oficina.

Es algo más íntimo y privado. Y, sobre todo, peligroso.

—Como quieras —dice.

Y se va.

Y yo me quedo ahí de pie, con el portátil todavía en las manos y el corazón latiéndome tan fuerte que me duele.

Porque acabo de darme cuenta de algo.

Leo Carter no me incomoda porque sea mi rival.

Me incomoda porque está buenísimo.

Y porque voy a tener que pasar dos semanas con él.

Atrapada en mitad del mar.

Sin un rincón donde esconderme.

¿Cómo voy a sobrevivir a esto sin perder la cabeza… o algo peor?