Capítulo 25 - El poder del calzado
¡L ucas, reacciona!—le gritó el Sr. J. A. a su hijo, pasándole la pelota. Lucas se sorprendió tanto que dejó que la pelota rebotara en su hombro—. ¿Estás bien, hijo?
—Sí, sí—lo tranquilizó Lucas. Miró a Javier, Iván, Beatriz y Manuel. Podía asegurar que estaban tan confundidos como él. Se encontraban de nuevo en la cancha de baloncesto, como si nunca hubiera pasado nada. Justo como antes.
Lucas se deshizo de su confusión y corrió tras la pelota, lanzándosela de vuelta a su padre.
El Sr. J. A. le hizo un pase a Javier, quien esquivó con destreza antes de lanzársela a Manuel.
Este tiró la pelota de forma descontrolada mientras Iván corría para bloquearlo.
Por algún milagro, la pelota entró limpiamente en la canasta.
—¡Has conseguido una canasta!—gritó Javier, recuperando la pelota.
—¿De verdad?—exclamó Manuel, mirando arriba.
—Oye, Manuel, ¿cómo rompiste tus gafas?—preguntó el Sr. J. A. acercándose para recoger la pelota.
Manuel miró al Sr. J. A. un momento, luego se quitó las gafas y las miró.
No podía verlas muy bien, así que pasó su dedo por las lentes…
y sintió una gran raja. Levantó las gafas para mostrárselas a los demás niños; era la prueba de que todo lo que habían vivido había sido real. Se sonrieron unos a otros.
Manuel volvió a mirar al Sr. J. A.
—Eh… debe de ser por la humedad—justificó él—. Los cambios repentinos en la presión atmosférica pueden hacer que el vidrio se raje.
—¿Cambios repentinos?—repitió el Sr. J. A. Levantó una ceja, mirando a los demás niños con una sonrisa cómplice—. Ah, ya entiendo.
Javier estaba a punto de pasarle la pelota a Lucas cuando Lorenzo se acercó a la cancha, con las manos en los bolsillos. Los miró fijamente, como si les estuviera comunicando algo con la mirada, antes de hundirse en el banco y descansar los codos sobre sus rodillas abiertas. Continuó mirándolos.
Tratando de ignorarlo, Javier le lanzó la pelota a Lucas, quien se dirigió hacia la canasta. Iván se acercó para bloquearlo. Lucas miró a Manuel, que estaba parado inmóvil como una estatua, listo para correr si era necesario.
Entonces, por alguna extraña razón, mientras observaba a Lorenzo por el rabillo del ojo, Lucas pensó en Rocco. Había algo en ellos que parecía similar.
El prisionero había estado atado, indefenso en su celda, encadenado tras unas rejas de hierro.
Lucas recordó las lágrimas que habían dejado manchas de óxido en su mejilla.
Sintió que el estómago se le retorcía, como antes de un gran examen o de un truco muy difícil en el skate .
En lugar de seguir con el juego, caminó con la pelota en las manos hacia donde estaba Lorenzo.
El muchacho lo miró, y Lucas volvió a tener de nuevo la sensación de familiaridad. A pesar de su insolencia, los ojos de Lorenzo tenían un destello de cansancio y de esperanza. Exactamente como los de Rocco. Entonces Lucas supo de inmediato lo que tenía que hacer.
—¿Quieres jugar?—le preguntó en voz baja. Le ofreció la pelota.
Los ojos de Lorenzo se abrieron de par en par. Se enderezó; sus ojos iban de la pelota a Lucas, y viceversa. Ninguno de los demás niños dijo nada. Lucas supuso que solo lo miraban, preguntándose si se había vuelto loco.
Lorenzo se recostó hacia atrás y, por un momento, Lucas creyó que iba a aceptar su oferta. Pero Lorenzo negó con la cabeza, se levantó, y se alejó de nuevo con las manos en los bolsillos de sus pantalones holgados.
Fue entonces cuando Lucas notó sus zapatos. Lorenzo llevaba unas botas de trabajo viejas y pesadas, tan destrozadas que estaban unidas con cinta adhesiva. No podía jugar al baloncesto con esos zapatos.
—¡Hey, espera!—llamó Lucas.
Lorenzo se dio la vuelta, y esperó en silencio.
—Puedes usar mis zapatillas—indicó Lucas—. Quiero decir, si quieres jugar.
El rostro de Lorenzo mudó; el gesto severo se suavizó un poco.
Miró hacia abajo, y Lucas vio que en realidad se sentía avergonzado.
Fue en ese momento cuando Lucas tomó una decisión.
Se sentó en el banco y se quitó las zapatillas.
Sus Vans nuevas. Negras con el logo dorado.
Los sostuvo un momento, echándoles un buen vistazo por última vez, antes de ofrecérselas a Lorenzo.
Lorenzo miró a Lucas como si hubiera perdido la cabeza. Los otros niños intercambiaron miradas sorprendidas. El Sr. J. A. sonrió para sus adentros.
Lorenzo caminó de regreso al banco y se sentó.
—¿Por qué me das tus zapatillas?
—Para que puedas jugar.
—Pero, entonces, tú no puedes jugar.
Lucas se encogió de hombros.
—No pasa nada. Solo voy a mirar. De todas formas, no soy tan bueno en baloncesto. Probablemente seas mejor que yo.
—¿Cómo sabes eso?
—Te vi jugar una vez, hace un tiempo.—Lucas recordó haber salido del gimnasio una noche, cuando su papá estaba cerrando, y había visto a Lorenzo botando la pelota por la cancha de baloncesto cuando pensaba que nadie lo veía.
Lorenzo se giró un poco, mirando a los chicos que lo observaban. Luego sus ojos volvieron a Lucas. Extendió la mano y tomó las zapatillas.
—Gracias—murmuró.
—No hay problema—contestó Lucas.
Lorenzo se ató las zapatillas bajo la mirada de Lucas, y después levantó la pelota y salió a la cancha.
Manuel permaneció congelado de terror cerca de la canasta, tal vez imaginando que Lorenzo aprovecharía la primera oportunidad que tuviera para pulverizarlo.
El muchacho botó la pelota una vez, dos veces.
Javier corrió a bloquearlo, pero Lorenzo lo esquivó con facilidad; era rápido para un chico de su tamaño.
Giró, botó la pelota y se dirigió a la bandeja.
Pero se detuvo en pleno salto y pareció notar a Manuel acurrucado bajo la canasta.
Por un largo momento pareció que de verdad iba a golpear al chico de las gafas.
Pareció pensarlo. Luego, casi suavemente, le pasó la pelota a Manuel.
Manuel la atrapó, sorprendido. Dudó, sin saber qué debía hacer. Luego, por desesperación, lanzó la pelota hacia el aro y falló. Se encogió, se inclinó hacia atrás, y se preparó para la represalia.
Lorenzo no pareció darse cuenta. Recogió la pelota y siguió jugando.
Lucas se sentó en el banco mirando, una vez más descalzo. Pero esta vez no estaba triste. Su corazón estaba lleno de algo maravilloso, algo que ningún truco de patineta o jugada de baloncesto podría darle jamás. Vio a su papá mirándolo y sonrió ampliamente. Su papá le devolvió la sonrisa.
Beatriz vino a sentarse junto a Lucas. Echó un vistazo a sus pies descalzos.
—Tú y los zapatos—comentó, poniéndose un poco de brillo labial.—No puedes mantenerlos en tus pies, ¿verdad?
Lucas la miró y le sonrió.
—Supongo que no.
El teléfono de Beatriz emitió un pitido. Se lo sacó del bolsillo de su sudadera, sorprendida de que realmente estuviera allí. Lo desbloqueó, y la aplicación llamada INVISIBLE se abrió de inmediato.
—¡Hey, mira!—exclamó Beatriz, mostrándoselo a Lucas—. Se ha abierto la aplicación.
—Sí, pero son las mismas fotos y los símbolos raros—comentó Lucas.
Beatriz pensó por un momento.
—¿Recuerdas lo que dijo Ruaj? El Libro estaba en la punta de nuestros dedos. ¿Te acuerdas? Tal vez esto es lo que quiso decir, que esta aplicación es como un Libro portátil .
—Creí que eso era una de sus expresiones extrañas.
—Bueno, tal vez no. Quizás sea algo más.
Beatriz colocó su dedo índice sobre el teléfono y lo mantuvo allí durante varios segundos. De repente, las imágenes y los símbolos comenzaron a moverse por la pantalla, reorganizándose hasta formar algo que ambos reconocieron: El Blasón de Ahóratos.
—¡Es el Blasón!
—Es la portada del Libro—exclamó Lucas—. ¡Ábrelo!
Beatriz tocó la pantalla, y la imagen se giró para revelar una página en blanco con un cursor que parpadeaba.
Tocó la línea, sin saber bien qué hacer al principio. A continuación, hizo lo único que se le ocurrió: escribió su nombre. Al instante, más palabras aparecieron en la pantalla.
B IEN, SIERVO BUENO Y FIEL . H AS DEMOSTRADO QUE SE TE PUEDE CONFIAR EN ALGO PEQUEÑO . S E TE CONFIARÁ ALGO MÁS GRANDE .
Lucas sacó su propio teléfono del bolsillo y abrió la aplicación. Puso su dedo en la pantalla y escuchó un sonido metálico. Recordó entonces que la punta de su dedo era de metal. Retiró la mano y frotó su pulgar sobre la fría superficie. Se le encogió el corazón.
Beatriz le puso una mano en el hombro.
—¿Por qué no pruebas con la otra mano?—le indicó suavemente.
Lucas se cambió el teléfono a su mano derecha y lo intentó de nuevo con su dedo índice izquierdo. La aplicación respondió. La imagen del Libro apareció, tal como lo había hecho para Beatriz. Suspiró aliviado.
Escribió su nombre, y la misma instrucción que Beatriz había recibido apareció también en su teléfono. Se quedó mirando las palabras por un largo momento. Después de todo lo sucedido, nunca pensó que vería esas palabras escritas para él. Miró a Beatriz y le sonrió.
—Dice que se nos confiará algo más grande—leyó—.Así que supongo que… regresaremos allí.
Beatriz asintió, y la comisura de su boca se alzó en una sonrisa.
—Genial.